Yo, un malentendido y él (Serie amores divertidos 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

—¡Espere! ¡No lo haga!

El hombre no se giró. Siguió con medio cuerpo colgando sobre la roca, el brazo estirado hacia algo que yo no alcanzaba a ver, el viento moviéndole el pelo oscuro contra la cara.

Corrí. No pensé en si el sendero estaba mojado, ni en si mis botas nuevas tenían suela para correr sobre piedra húmeda. Corrí como se corre cuando el cuerpo decide por ti antes de que la cabeza tenga oportunidad de opinar.

—¡Oiga! ¡Mírame, por favor!

—Estoy bien —dijo él, sin volverse, con una voz grave y con un acento que no supe ubicar—. Se me ha caído algo.

—No hace falta que finja que está bien. Sé lo que estoy viendo.

—No sabe lo que está viendo.

—Aléjese del borde. Hablemos.

Se incorporó por fin, con un cuaderno de tapas de cuero en la mano, y me miró como quien mira a alguien que acaba de gritarle algo en un idioma incomprensible.

Era más joven de lo que había calculado desde lejos —treinta y pocos, quizá— y tenía la clase de cara que en Florida habría hecho que alguien le pidiera una foto para Instagram: mandíbula marcada, ojos claros, una barba de tres días que parecía más accidente que decisión.

—¿De qué está hablando?

—Del borde del acantilado. De que estaba usted colgado ahí, agarrado a saber qué, con medio cuerpo fuera.

—Se me ha caído el cuaderno. —Levantó el objeto de cuero como si fuera una prueba en un juicio—. Se me resbaló de la mochila. Estaba recuperándolo.

—¿Y no podía dejarlo caer? ¿Tenía que arriesgar la vida por un cuaderno?

—Llevo dos años de trabajo en este cuaderno. Una traducción entera. Sin copia.

—Podría haber caído usted detrás del cuaderno.

—No iba a caer. Sé dónde piso.

Su tono no tenía ni un gramo de disculpa, y eso me irritó más de lo que me habría irritado una disculpa falsa.

—Perdóneme por haber pensado que un hombre colgado sobre un acantilado, en un pueblo donde no conozco a nadie, podría estar intentando quitarse la vida en lugar de rescatar sus apuntes.

—Es una conclusión bastante rápida.

—Es una conclusión razonable.

—Es la conclusión de alguien que ve demasiadas películas.

Me quedé mirándolo, con el corazón todavía acelerado, mientras él se sacudía el pantalón, se colgaba la mochila al hombro y empezaba a alejarse por el sendero sin ninguna prisa, como si la conversación ya hubiera terminado y yo no me hubiera enterado todavía.

—¿Eso es todo? ¿Se va sin más?

—¿Qué esperaba? ¿Que le diera las gracias por gritarme en mitad del bosque?

—Esperaba, no sé, algo de educación básica.

—Y yo esperaba dar un paseo tranquilo sin que nadie me acusara de suicida.

Se marchó. No corrió, ni siquiera aceleró el paso, solo caminó cuesta arriba con la misma tranquilidad exasperante con la que había estado colgado sobre el vacío minutos antes, y me dejó allí, sola, con el pulso todavía disparado y una sensación de ridículo que me quemaba la cara más que el viento.

•  •  •

Gus se rió tanto cuando se lo conté que tuvo que apoyarse en el mostrador.

—¿Le gritó a Harold que no se tirara?

—¿Se llama Harold?

—Harold Voss. Vive en la cabaña grande, la que está pasado el puente. Traduce libros. Del alemán, creo. O al alemán. Nunca me ha quedado claro cuál de las dos cosas.

—Es la persona más antipática que he conocido en mi vida, y he conocido a mi ex marido.

—No es antipático. Es raro. Hay diferencia.

—Desde donde yo estaba no había diferencia ninguna.

Gus siguió colocando latas en una estantería, sin prisa, con la misma calma con la que todo el mundo en ese pueblo parecía hacer todas las cosas.

—Lleva aquí cuatro años. Vino de Seattle después de… —Se detuvo, como si hubiera estado a punto de decir algo que no le correspondía—. Vino de Seattle. No habla mucho con nadie. Nancy le lleva el correo hasta la puerta porque él nunca viene a recogerlo.

—¿Y a usted no le parece raro que un hombre viva solo en una cabaña, no hable con nadie y encima se cuelgue de los acantilados por diversión?

—Me parece más raro que una mujer de Florida decida vivir sola en Alaska sin saber encender una estufa de leña. Pero aquí a nadie le importa lo que sea raro. Es el único sitio de este país donde a nadie le importa.

Eso me dejó callada más tiempo del que me habría gustado admitir.

•  •  •

Esa noche, mientras luchaba otra vez con la estufa —con las manos llenas de astillas y el orgullo cada vez más pequeño—, oí unos golpes en la puerta. Eran las nueve, ya había oscurecido del todo, y en Silver Creek nadie llamaba a la puerta de nadie a las nueve de la noche sin un motivo.

Era Harold.

Llevaba un abrigo distinto, sin la mochila, y en la mano un objeto metálico que tardé un segundo en identificar como un fuelle para avivar el fuego.

—Birdie me ha dicho que no consigue encender la estufa.

—Birdie tiene una fijación con mi estufa.

—Birdie tiene una fijación con que nadie se congele en su casa el primer invierno. Ya perdió a un vecino así, hace años.

Eso me calló la boca de golpe.

—¿Puedo pasar o prefiere seguir gritándome cosas desde la puerta?

Me aparté para dejarlo entrar. Se arrodilló frente a la estufa sin pedir permiso, sacó la mitad de la leña que yo había metido, la reorganizó con un método que no me molesté en entender, y en menos de tres minutos había una llama de verdad, no la humareda pobre que yo llevaba produciendo toda la tarde.

—Estaba ahogando el fuego. Hay que dejarle aire.

—Gracias.

—No lo he hecho por usted. —Se levantó, se sacudió las rodillas del pantalón, y me miró con una expresión que no supe leer del todo—. Lo he hecho porque Birdie me lo ha pedido tres veces y la tercera ya empezaba a resultar molesta.

—Qué generoso.

—Lo de esta tarde. —Se detuvo en la puerta, con la mano en el marco—. No estaba intentando nada. Solo para que quede claro.

—Ya me ha quedado claro. Larga y sonoramente claro.

Algo cambió en su cara, algo pequeño, casi nada, la sombra de una expresión que podría haber sido diversión si él se hubiera permitido llegar hasta el final.

—Es usted bastante intensa para ser profesora de filosofía.

—¿Cómo sabe que soy profesora de filosofía?

—Aquí todo el mundo sabe todo de todos en menos de dos días. Debería haberlo aprendido ya.

Se marchó sin despedida, cerrando la puerta con el mismo cuidado silencioso con el que hacía todo lo demás, y yo me quedé mirando el fuego que él había encendido en tres minutos cuando yo llevaba tres días fracasando, preguntándome por qué me molestaba tanto que un desconocido tuviera razón sobre casi todo.

•  •  •

Al día siguiente hice un pan. No porque supiera hacer pan especialmente bien, sino porque tenía harina de la tía Susan caducada desde hacía un año y necesitaba una excusa para caminar hasta la cabaña de Harold sin admitir ante mí misma que era una excusa.

La cabaña estaba pasado el puente, tal como había dicho Gus, con leña apilada hasta la altura del tejado en un lateral y una ventana grande, la única de todo el edificio, con las cortinas descorridas.

Desde el camino se veía una mesa cubierta de papeles y un hombre inclinado sobre ellos, con unas gafas que no le había visto antes, moviendo los labios en silencio como si estuviera probando palabras antes de decidir si servían.

Llamé a la puerta. Tardó en abrir lo suficiente como para que me planteara marcharme.

—¿Ha pasado algo?

—No. Le he traído pan.

Se quedó mirando el paquete envuelto en un paño de cocina como si le hubiera ofrecido algo sospechoso.

—¿Por qué?

—Porque me arregló la estufa. Es lo que se hace, ¿no? Se devuelve el favor.

—No hacía falta devolver nada.

—Ya lo sé. Lo he hecho de todas formas.

Cogió el pan con las dos manos, con más cuidado del que el objeto merecía, y por encima de su hombro alcancé a ver, en la mesa, un diccionario alemán con las tapas gastadas y un montón de fichas escritas a mano con una letra diminuta y apretada.

—¿Le interrumpo?

—Sí.

—¿Y me va a dejar entrar de todos modos o me va a tener aquí en el porche como si fuera el mapache de mi casa?

Eso le hizo algo en la cara, un tirón breve en la comisura de la boca que no llegó a ser sonrisa del todo.

—Tiene mapaches en su casa.

—Tengo un mapache. Con nombre propio ya, si sigue viniendo a cenar mis sobras.

No me invitó a pasar. Se quedó en el marco de la puerta, con el pan entre las manos, mirándome con una atención que empezaba a resultarme más difícil de sostener que su antipatía inicial.

—Gracias por el pan.

—De nada.

—En serio.

—Ya le he dicho que de nada.

Cerró la puerta, no de un golpe, sino con la misma lentitud metódica de todo lo que hacía, y me quedé en el porche de un desconocido, sin pan y sin muy claro por qué me sentía mejor que en las últimas seis semanas enteras.

•  •  •

Birdie me esperaba en mi propio porche cuando volví, sentada en el escalón como si fuera suyo.

—¿Le ha llevado usted pan a Harold Voss?

—¿Cómo sabe eso ya?

—Le he visto cruzar el puente desde mi ventana. En este pueblo las ventanas dan a todas partes, cariño, se acostumbrará.

—Le arregló mi estufa. Le devolví el favor con pan. No hay ningún misterio que resolver.

—Yo no he dicho que hubiera ningún misterio.

—Su cara dice que sí lo hay.

Birdie se levantó, sacudiéndose el abrigo, con una sonrisa que no se molestó en disimular.

—Llevo cuatro años viendo a ese hombre rechazar invitaciones a cenar de todo el pueblo, incluida la mía, y usted consigue que le abra la puerta al segundo día. Perdóneme si eso me parece digno de comentario.

—No me abrió la puerta. Me tuvo en el porche todo el rato.

—Para lo que es él, cariño, tenerla en el porche todo el rato ya es un discurso de bienvenida.

Se marchó sin darme tiempo a contestar, dejándome con la sensación, cada vez más difícil de ignorar, de que en Silver Creek cualquier gesto por pequeño que fuera se convertía en un acontecimiento, y de que quizá llevaba razón alguien que hasta ese día yo no había tenido ningún interés en darle la razón.