Capítulo 2
La avioneta dio un bandazo que me hizo clavar las uñas en el asiento de tela raída, y el piloto, un hombre de unos sesenta años con una gorra de los Seahawks, ni siquiera giró la cabeza.
—Es el viento del fiordo. Aquí siempre hace lo mismo al bajar.
—¿Siempre baja así de mal?
—Depende de lo que entienda usted por mal.
Aterrizamos en una pista que era, básicamente, un camino de tierra con una manga de viento naranja colgada de un poste.
No había terminal, ni cinta de equipajes, ni nadie con un cartel con mi nombre.
Había una camioneta oxidada aparcada de cualquier manera y una mujer apoyada en el capó, con un abrigo de cuadros y el pelo blanco recogido en una trenza que le llegaba a la cintura.
—¿Es usted la sobrina de Susan?
—Diana.
—Birdie. Vivo al lado de su casa desde hace treinta y un años. —Me miró de arriba abajo, sin disimular, con la clase de mirada que hace inventario—. Tiene usted cara de ciudad.
—Vengo de Florida.
—Eso ya lo veo. Suba, que la casa tiene goteras y quiero que las vea con luz.
El trayecto duró veinte minutos por una carretera sin asfaltar que bordeaba el agua.
El fiordo tenía un color que no había visto nunca, entre gris y verde, con montañas nevadas al fondo que parecían recortadas de una postal por alguien con muy mal gusto para poner las cosas donde tocaba.
No dije nada de todo eso en voz alta. Birdie tampoco parecía esperar que lo hiciera.
—Su tía cazaba sus propios patos —dijo, sin venir a cuento—. ¿Usted caza?
—No.
—¿Pesca?
—Tampoco.
—¿Sabe encender una estufa de leña?
—No sabía que las estufas de leña necesitaran saber nada.
Birdie soltó una carcajada corta, casi un ladrido, y no volvió a hablar hasta que llegamos.
La casa de la tía Susan era más pequeña en persona que en las fotos, con las tejas verdes descascarilladas y un porche que se hundía ligeramente hacia la izquierda, como si llevara años intentando sentarse.
Dentro olía a humedad, a leña vieja y a algo indefinido que solo pude identificar cuando encontré, dos días después, un cadáver reseco de ardilla debajo del fregadero.
—El agua se corta cuando hiela la tubería —explicó Birdie, dando golpecitos a un radiador con el puño cerrado, como si eso fuera a arreglar algo—. Y la única tienda del pueblo cierra a las seis, así que si necesita algo, vaya antes.
—¿Y si necesito algo después de las seis?
—Entonces necesitaba haberlo comprado antes.
Se marchó sin despedirse, con la misma camioneta oxidada, dejándome sola en una casa que olía a ardilla muerta, con dos maletas, un cactus sin flores y la sensación cada vez más nítida de haber tomado la peor decisión de mi vida entera, incluida la de casarme con Marcos.
• • •
El pueblo de Silver Creek tenía cuatrocientos dos habitantes, según el cartel oxidado a la entrada, y una calle principal con seis edificios: la tienda, un bar que también hacía de restaurante, la oficina de correos, una iglesia blanca con el tejado torcido, un embarcadero con tres barcas amarradas y un edificio sin ventanas que nadie supo explicarme para qué servía hasta la tercera semana, cuando descubrí que era donde guardaban la maquinaria de la quitanieves.
Fui a la tienda al día siguiente. El dueño, un hombre corpulento llamado Gus que llevaba una camiseta con un oso pescando salmones estampado en el pecho, me cobró el doble por una lata de café que en Florida costaba tres dólares.
—Los precios suben cuando el barco no puede atracar —explicó, sin que yo hubiera preguntado nada—. Y últimamente el barco no puede atracar casi nunca.
—¿Por qué no?
—El tiempo. —Dijo la palabra como si eso lo explicara todo, y en Silver Creek, según descubrí con el paso de las semanas, esa palabra lo explicaba absolutamente todo.
Detrás de mí, en la cola, dos mujeres hablaban sin bajar la voz, con la tranquilidad de quien no cree que la persona de la que habla pueda entender su propio idioma.
—Es la de la casa de Susan.
—La profesora.
—¿La que se ha divorciado?
Me giré. Las dos mujeres me sostuvieron la mirada sin ninguna vergüenza, como si comentar mi divorcio en voz alta delante de mí fuera lo más normal del mundo, que en Silver Creek, resultó, lo era.
—Sí —dije—. La divorciada. La que perdió el trabajo. Esa soy yo. ¿Alguna pregunta más o ya tienen suficiente para la próxima cola del supermercado?
Una de ellas se rió, sorprendida, y la otra sonrió con algo parecido al respeto.
—Yo soy Nancy —dijo la que se había reído—. Llevo la oficina de correos. Bienvenida.
Gus, detrás del mostrador, asintió como si acabara de presenciar una especie de examen que yo había aprobado sin saber que existía.
—Aquí la gente cotillea —dijo, metiendo mi café en una bolsa de papel—. Pero se acostumbrará. O se irá antes de que llegue el invierno de verdad, como los últimos tres que compraron casa aquí.
—No pienso irme.
—Eso dicen todos.
• • •
El tercer día decidí que sabría cortar leña porque había visto hacerlo en documentales.
Cogí el hacha oxidada que encontré en el cobertizo, coloqué un tronco sobre el tocón que la tía Susan usaba para eso, y descubrí, después de seis intentos y un dolor sordo instalado en el hombro derecho, que la diferencia entre ver algo en un documental y hacerlo con las manos propias era del tamaño de todo un océano.
Birdie pasó por allí a media tarde, cargando dos bolsas de la compra, y se quedó mirándome desde el camino sin decir nada durante más tiempo del que resultaba cómodo.
—Está agarrando el hacha mal.
—Estoy agarrando el hacha como puedo.
—Va a perder un dedo así.
—Prefiero perder un dedo a pedirle ayuda a todo el mundo del pueblo para cada cosa que tengo que aprender.
Birdie soltó las bolsas en el porche, se acercó, y me quitó el hacha de las manos sin preguntar, con la misma autoridad tranquila con la que hacía todo lo demás. Colocó el tronco de otra forma, más cerca del borde, y dio un golpe seco que lo partió en dos limpiamente.
—El truco no está en la fuerza. Está en dejar que el hacha caiga donde tiene que caer.
—Eso suena a metáfora barata.
—Es leña, cariño. A veces la leña es solo leña.
Me devolvió el hacha y se quedó observando mientras yo lo intentaba de nuevo, con menos fuerza y más paciencia, hasta que el tronco cedió al tercer golpe, no limpiamente, pero cedió.
—Mejorará —dijo Birdie, recogiendo sus bolsas—. Todo el mundo mejora aquí o se va. Es la única regla que de verdad importa en este pueblo.
La primera semana la pasé básicamente sola, luchando contra una estufa de leña que se negaba a encenderse, contra una tubería que goteaba en el sitio exacto donde había puesto la única silla cómoda de toda la casa, y contra una sensación de silencio que en Florida jamás había experimentado, un silencio tan completo que por las noches oía mi propio corazón, y a veces algo que sonaba como pasos entre los árboles, y que decidí no investigar porque prefería no saber si era un oso, un alce o simplemente el viento jugando con mi imaginación de mujer que se ha mudado sola a un sitio donde nadie la conoce.
La segunda noche me despertó un ruido fuera, algo pesado arrastrándose contra la madera del porche, y me quedé inmóvil en la cama, con el edredón hasta la barbilla, calculando cuántos segundos tardaría en llegar hasta el teléfono si de verdad había algo al otro lado de la puerta.
No llamé a nadie. Cogí la linterna que Birdie había dejado sobre la encimera "por si acaso" y salí al porche en pijama y botas de agua, con el corazón latiéndome en la garganta, dispuesta a enfrentarme a lo que fuera con una linterna de plástico como única defensa.
Era un mapache. Sentado sobre la basura que yo había dejado fuera sin saber que en Silver Creek eso era una invitación formal, mirándome con una tranquilidad que resultaba casi ofensiva, como si fuera yo la intrusa en su porche.
—Fuera —le dije, en voz baja, como si el animal pudiera entender el tono de autoridad que había usado durante dieciocho años con alumnos de veinte.
El mapache no se movió. Volví a entrar, cerré la puerta con el pestillo, y me pasé el resto de la noche despierta, escuchando cómo el animal terminaba tranquilamente su cena a costa de mis restos de pasta, pensando que en Florida jamás había tenido que negociar con fauna salvaje por el derecho a la basura.
Llamé a mi amiga Renata al día siguiente, la única persona del departamento de filosofía que me seguía escribiendo desde que me habían despedido.
—¿Cómo va la nueva vida de ermitaña? —preguntó.
—Anoche me enfrenté a un mapache en pijama.
—¿Y quién ganó?
—El mapache. Con diferencia.
Renata se rió con esa risa suya que sonaba siempre a que se estaba fumando algo, aunque llevaba diez años sin fumar.
—Suena horrible.
—Es horrible. También es lo primero que hago en meses que no tiene nada que ver con Marcos, con mi madre o con la universidad. El mapache no sabe que me despidieron. El mapache no sabe que me divorcié. Para el mapache solo soy la mujer de la basura.
—Eso es lo más filosófico que te he oído decir en años.
No hablé con nadie más que con Gus y con Nancy hasta el sábado, cuando salí a caminar por el sendero que bordeaba el acantilado, con la idea de despejarme la cabeza, y encontré, en el borde exacto de la roca, a un hombre inclinado sobre el vacío con medio cuerpo fuera, agarrado a algo que no podía ver desde donde estaba yo.
Se me paró el corazón antes de que se me ocurriera pensar racionalmente en nada.