Yo, un malentendido y él (Serie amores divertidos 3)
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Capítulo 1
La caja de cartón pesaba menos de lo que debería pesar una vida entera dedicada a Kant.
—Puedes usar mi coche si no quieres cargar con todo en el autobús —dijo el decano, sin levantarse del sillón.
Le miré la corbata. Tenía un estampado de veleros diminutos, del tipo que se compra en rebajas y se pone el primer día que hace sol. Me pregunté si la habría elegido esa mañana sabiendo que iba a despedirme con ella puesta, o si simplemente el universo tenía ese sentido del humor.
—Prefiero el autobús —dije.
No era verdad. El autobús de Tallahassee a mi apartamento tardaba cuarenta minutos y paraba en once esquinas distintas donde nadie subía nunca.
Pero coger su coche habría significado darle las gracias, y llevaba dieciocho años dándole las gracias a ese hombre por cosas que no merecían agradecimiento.
—Los recortes del departamento no son algo personal, Diana.
—Ya lo sé, Richard. Es solo que la persona con menos años de antigüedad y sin plaza fija va a la calle primero. Da la casualidad de que soy yo. Nada personal en absoluto.
Cogí la caja. Dentro iba un cactus que llevaba tres años sin florecer, catorce ejemplares de mi propia tesis que nadie había pedido nunca, y una foto enmarcada de mi boda que debería haber tirado hacía seis meses, cuando Marcos se llevó sus cosas del apartamento en menos de lo que tarda una lavadora en hacer un ciclo.
Richard se levantó, seguramente para acompañarme a la puerta, seguramente para decir algo sobre lo mucho que había disfrutado tenerme en el departamento. No le di tiempo.
En el pasillo me crucé con dos alumnos de segundo año que discutían sobre si el dilema del tranvía tenía sentido en la vida real. Uno de ellos me miró la caja y luego a mí, con esa expresión rápida de quien hace cuentas y decide que no quiere preguntar.
Antes de salir del edificio me crucé con Priya, la única persona del departamento que se había molestado en escribirme algo más largo que "lo siento mucho" en un mensaje de texto.
Estaba sentada en su despacho con la puerta abierta, corrigiendo exámenes con un boli rojo que parecía llevar toda la mañana sin descanso.
—¿Ya está? —preguntó, levantando la vista.
—Ya está. Veleros incluidos.
—¿Qué veleros?
—La corbata de Richard. No importa.
Priya dejó el boli sobre la mesa y se quitó las gafas, un gesto que en ella siempre precedía a algo que valía la pena escuchar.
—Esto es una estupidez, Diana. Llevas aquí más años que la mitad del departamento junto.
—Los años no dan plaza fija. Dan antigüedad para que te despidan con más ceremonia, nada más.
—¿Qué vas a hacer?
—Todavía no lo sé del todo.
Mentía a medias. La idea de la casa en Alaska ya me rondaba la cabeza desde que había llegado la carta del notario, dos semanas antes, aunque no se la había contado a nadie porque decirlo en voz alta la habría convertido en una posibilidad real, y no estaba segura de querer cargar con esa responsabilidad todavía.
—Llámame cuando lo sepas —dijo Priya—. Y cuando no lo sepas también.
Fuera hacía el calor de siempre. En Florida siempre hace el mismo calor, da igual el mes, da igual si has perdido el trabajo esa mañana o si te has casado esa mañana. El aire no distingue.
Mi hermana me llamó cuando ya estaba sentada en la parada, con la caja entre los pies.
—Mamá dice que vengas a cenar el domingo.
—No tengo ganas de cenar el domingo.
—Diana. Llevas seis meses sin ganas de nada. En algún momento hay que presentarse.
Colgué antes de contestarle algo de lo que luego tendría que disculparme. Me quedé mirando el cactus, que seguía sin florecer, como llevaba haciendo desde el día en que Marcos me lo regaló diciendo que era resistente, que aguantaba cualquier cosa, que por eso me lo había comprado a mí.
• • •
La cena del domingo fue exactamente lo que mi hermana había prometido y exactamente lo que yo había temido.
Mi madre puso un plato de más en la mesa, delante de la silla vacía donde antes se sentaba Marcos, y tardó cinco minutos enteros en darse cuenta de que no hacía falta, y otros cinco en retirarlo sin que nadie dijera nada al respecto, lo cual fue peor que si lo hubieran comentado.
—¿Y qué vas a hacer ahora? —preguntó mi padre, cortando el pollo con una precisión que no tenía nada que ver con el pollo.
—Buscar otra plaza. Hay universidades en el norte que…
—Diana tiene cuarenta y tres años —dijo mi madre, dirigiéndose a mi hermana, como si yo no estuviera físicamente en la mesa oyéndola hablar de mí en tercera persona—. A los cuarenta y tres años no se empieza de cero.
—No estoy empezando de cero. Estoy...
—Perdiste el trabajo. Perdiste a Marcos. —Mi madre contaba con los dedos, literalmente, como si necesitara ayuda visual para llegar hasta el final de la lista—. ¿Qué te queda, cielo? Dímelo tú.
Nadie en esa mesa mencionó que Marcos se había ido con una alumna de veintiséis años que estudiaba fisioterapia y que llamaba "cielo" a todo el mundo, incluido el portero del edificio.
Nadie mencionó que llevaba dando clases de filosofía dieciocho años para que ahora me dijeran que enseñar a pensar no daba de comer.
Me serví más vino. Mi padre me miró la copa con esa cara que ponía cuando pensaba que bebía demasiado, y yo le sostuve la mirada el tiempo suficiente para que apartara la suya primero.
—Tengo una casa —dije.
Todos se giraron hacia mí.
—¿Qué casa?
—La tía Susan me dejó una casa en su testamento. En Alaska. Un sitio que se llama Silver Creek.
Mi hermana se rió, un sonido corto que no tenía ninguna gracia dentro.
—¿Alaska? Diana, hace menos ocho grados en invierno.
—Menos veinte, según el registro de la propiedad.
—No puedes irte a vivir sola a Alaska.
—¿Por qué no?
Nadie tuvo una respuesta que no empezara con "porque" y terminara en nada.
Mi madre siguió comiendo pollo. Mi padre se sirvió más ensalada.
Y yo, por primera vez en seis meses, sentí que el aire se movía dentro del pecho de un modo distinto, como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación que llevaba mucho tiempo cerrada.
• • •
La casa de la tía Susan tenía fotos por todas partes: Susan con un salmón del tamaño de su propio brazo, Susan subida a un trineo, Susan con un hombre sin identificar que llevaba un gorro de piel y una sonrisa torcida.
Nunca la había visitado. Murió sola, con ochenta y un años, y dejó todo lo que tenía —una casa de madera con las tejas verdes y once acres de terreno cubierto de abetos— a la única sobrina que nunca le había devuelto una sola llamada.
Marcos me llamó esa noche.
—Me han dicho que vas a mudarte a Alaska.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Tu madre. Hablamos a veces.
Eso sí me dolió, aunque no dejé que se me notara en la voz.
—Qué bien que os llevéis tan bien.
—Diana, esto es una locura. No conoces a nadie allí. No sabes ni cazar ni pescar ni…
—No necesito cazar nada, Marcos. Voy a comprar la comida en una tienda, como una persona civilizada.
—¿Y el frío? ¿Y la oscuridad? En invierno hay días enteros sin sol.
—Prefiero la oscuridad de verdad a la que hay aquí con las luces encendidas.
Colgó sin decir nada más, y me quedé con el teléfono en la mano, mirando la pantalla apagada, sintiendo algo parecido al alivio y algo parecido al vértigo, y sin ganas de averiguar dónde terminaba lo uno y empezaba lo otro.
Mi hermana llegó el día antes del vuelo con dos cajas de cinta de embalar y una expresión de quien ha venido a cumplir un deber más que a despedirse.
—Podrías haberme pedido ayuda antes —dijo, mirando el desastre de bolsas a medio hacer en el salón—. No el último día.
—No te la pedí ningún día, Carol. Has venido tú sola.
—Porque alguien tenía que venir.
Nos pasamos media hora envolviendo platos en papel de periódico sin decir nada que mereciera la pena, hasta que ella encontró, en el fondo de un cajón, una foto mía de la graduación, con la toga y el birrete y una sonrisa que ya no recordaba haber puesto nunca.
—Estabas tan segura de todo —dijo, sin ninguna maldad, lo cual lo hizo peor.
—Tenía veintitrés años. Todo el mundo está seguro a los veintitrés años.
—Yo no.
—Tú te casaste con Doug a los veintitrés años. Eso es estar bastante segura de algo.
Carol dejó la foto encima de la pila de libros que yo había decidido no llevarme, y se sentó en el brazo del sofá, con las piernas cruzadas, mirándome empaquetar las tazas una por una.
—Mamá no lo dice para hacerte daño.
—Mamá lo dice exactamente para hacerme daño. Solo que ha decidido que hacerlo con preocupación queda mejor que hacerlo con maldad directa.
—Es su forma de querer.
—Pues es una forma pésima.
Carol no me llevó la contraria. Se quedó callada, jugando con el borde de una servilleta de papel, y cuando volvió a hablar lo hizo más bajo, como si le costara sacar las palabras.
—Te vas a ir muy lejos.
—Sí.
—¿Y si no funciona? ¿Y si te odia el sitio tanto como parece que te odia todo lo demás últimamente?
—Entonces habré fracasado en Alaska en lugar de fracasar aquí. Al menos habré cambiado de paisaje.
No se rió, aunque yo esperaba que lo hiciera. Se levantó, me abrazó fuerte y rápido, del modo en que se abraza cuando no se quiere que el otro vea la cara que se está poniendo, y se marchó sin ayudarme a terminar las cajas que quedaban.
Puse el cactus de Marcos en la maleta más grande, junto a tres jerséis que no había usado en Florida en dieciocho años y una carpeta con la tesis que nadie había pedido leer. Dejé la foto de la boda encima de la cama, boca abajo, para que la encontrara quien alquilase el apartamento después de mí.
El vuelo salía a las seis de la mañana. Hasta Anchorage, y luego una avioneta de seis plazas hasta una pista de tierra que, según la página web del aeropuerto, "podía cerrarse por nieve sin previo aviso".
Hasta entonces nunca había estado en un sitio donde el clima decidiera si podías llegar o no. Hasta entonces nunca había estado en un sitio donde nadie supiera mi nombre, mi apellido, ni la palabra "divorciada" pegada a los dos como una etiqueta que no me había puesto yo misma.
En la avioneta a Silver Creek me tocó al lado un hombre de unos cincuenta años, con las manos manchadas de grasa y una caja de herramientas entre los pies que ocupaba parte de mi espacio también.
—¿Va de visita o se queda? —preguntó, sin más preámbulo que ese.
—Me quedo. Heredé una casa.
—¿La de Susan Ferrer, en la punta del camino viejo?
—Esa misma.
—Buena mujer. Dura como una piedra, pero buena. —Se ajustó el cinturón, que le apretaba en la barriga—. Earl. Trabajo para la eléctrica. Voy dos veces al mes a revisar la línea que llega al pueblo, cuando el tiempo lo permite.
—¿Y cuándo no lo permite?
—Entonces el pueblo se queda sin luz y todos se acuerdan de mí con mucho cariño.
Se rió de su propio chiste con más ganas de las que merecía, y yo, para mi sorpresa, también sonreí, la primera sonrisa de verdad desde la cena del domingo.
—¿Cómo es la gente allí?
Earl se lo pensó, mirando por la ventanilla las montañas que empezaban a asomar entre las nubes.
—Es gente que se ayuda porque el sitio no perdona a quien no se ayuda. No espere charla fácil ni sonrisas de bienvenida. Espere que alguien le traiga leña sin que se lo pida, y que nadie le pregunte cómo está usted por educación, sino porque de verdad quiere saberlo.
—Suena mejor que la gente de donde vengo.
—Depende de lo acostumbrada que esté a que le pregunten las cosas por educación.
No supe qué contestar a eso, y Earl no pareció necesitar que contestara nada. Cerró los ojos y no volvió a hablar hasta que las ruedas tocaron la pista de tierra con un golpe seco que me hizo agarrarme al asiento por segunda vez en el vuelo.
Hasta entonces, tampoco había conocido a Harold.