Yo te pago 24. Capítulo 23
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24. Capítulo 23

E sta vez la visita la espero con impaciencia, mirando todo el tiempo por dónde debe venir alguno de los guardias a llevarme a la sala del encuentro.

No ha pasado ni una semana y ella está de regreso. La voracidad con la que acepto todos sus gestos me asusta. ¿Es solo porque estoy en la cárcel? Después pienso en por qué estoy en la cárcel y me calmo.

Me imagino mi vida después de dos años menos un día con ella y la idea me hace traspasar estas paredes, sentirme libre, poderosa, feliz.

Cuando el guardia viene y me avisa que tengo visita, el ritual de seguridad parece menos humillante. Solo que me espera una sorpresa.

—¿Carys?

—Sí, insistió en que era su día. —Ken a su lado está enfurruñada, con la espalda curvada, las manos entrelazadas con fuerza. Mmm, las cosas que le haría para ponerle de buen humor.

—¿Cómo estás, cariño? —Carys es todo sonrisa, brillo, luz—. Ya sabes que el sábado es el día que vengo a verte. Si alguien más quiere unirse, perfecto. Serán mis invitados.

Ken gira los ojos. Yo suelto una carcajada.

—¿Sabes que ahora te daría un gran abrazo, no? —le pregunto a Carys. Desde que estoy aquí no ha dejado de venir un solo sábado. Yo la adoro, pero es algo que ella sabe.

—Lo sé, cariño. También sé que preferirías darle un gran beso a la estirada de mi hija.

—¡Madre! —Ken salta.

—Mmm, no sé, no te creas. Todavía no se lo ha ganado.

—Yo creo que sí. Mírala, está en los huesos. No vive pensando en ti.

Las mejillas de Ken son antorchas escarlatas.

—Carys, si sigues así no tendré más remedio que irme —amenaza Ken, solemne.

—No le hagas caso, solo lo hace por entretenerme un poco. Sabe que la prisión es muy aburrida. —No tanto, no tanto. Lograr que no te jodan y joder cuando lo necesitas lleva su maña—. ¿Cómo están Jill y Olivia?

Jill, que en apariencia sigue siendo la amiga de siempre y en realidad todo ha cambiado. Ahora tiene en su vida a Olivia, la niña que no he visto nacer.

Yo he roto una de sus convicciones más personales: que nunca haría daño ni a ella ni a su familia. Tengo mucho que demostrar.

La devolución que hice del dinero a Dan, ese dinero que Ewan logró extraerle bajo promesas de grandes riquezas, fue solo un primer paso. Jill y yo tenemos años de reconstrucción de la amistad por delante.

—Maravillosas. Jill está siendo la madre que todas suponíamos que sería —comenta Carys, nostálgica y feliz—. Te manda un abrazo. La semana que viene vendrá a verte.

—¿Cuándo? —pregunta Ken, rápida—. Solo podemos venir dos por visita.

Intento no mostrar la satisfacción que me provocan sus palabras.

—Ken, no tienes que venir dos veces a la semana. En tu trabajo no te pasarán muchas más —me muestro comprensiva y juiciosa. En realidad, la quiero ver siempre.

Se produce un pequeño silencio, que Carys se encarga de explicar.

—Ya no está en el banco. Ahora está por su cuenta.

Ken la mira, con el gesto torcido, pero no hay reproche real en su actitud.

—¿Qué sucedió? —pregunto .

¿Al final todo fue en vano? El objetivo siempre fue evitar la cárcel a Ken, pero conservar el trabajo por el cual tanto había sacrificado también era importante.

—Yo me fui. No me sentía ya cómoda ahí —me explica—. No te preocupes.

—¿Te presionaron para irte?

—No, no directamente. El banco nunca se arriesgaría a que este tema trascendiera más allá de lo inevitable. Si a algo tienen miedo es a que la imagen de la institución se vea vinculada a situaciones de este tipo. Me fui porque sé que no confiarían más en mí. Y porque esa etapa de mi vida pasó.

Siento nacer el impulso de pedir perdón. Después, me mantengo en silencio y miro a Ken. Espero que vea la fiereza en mí, la disposición a luchar a su lado todas las batallas.

—¿Qué sucedió con tu amigo? ¿Mark se llama?

—Mark está bien. Mark siempre está bien.

La mención de su amigo suaviza la dureza habitual de su rostro.

—¿Y qué harás ahora?

—Ya está haciendo. ¡Kenny abrió su propio negocio! Una cosa muy elegante relacionada con el dinero —me explica Carys, exuberante.

—¿Sí, Kenny? Te lo tenías muy bien guardado. Cuenta, cuenta.

—¿Dos contra una, hoy, no? OK, OK. Yo puedo. —Ken se dispone a soportar los embates de entusiasmo de su madre y mi disposición a resaltar sus frases más enervantes—. Creé una consultoría boutique de inversión. Algo pequeño, muy especializado. Me deja un poco más de tiempo.

—Suena bien, sobre todo lo del tiempo. —Y es verdad, me alegro por Ken, pero también la noticia me produce una sensación nueva. ¿Celos? ¿Envidia? La Mira que vive en mí saca sus agujas—. ¿A qué lo vas a dedicar? ¿A buscar novia?

—Uy, esta conversación se está poniendo íntima y yo estoy de más.

Voy a salir. No tengas prisa, hija, te esperaré en el coche.

—Carys entonces se centra en mí. En sus ojos comienza a aparecer un brillo de agua y espejo—.

Mira, te queremos. Recuérdalo. Te queremos en todas tus formas, como tú me has querido a mí. Hasta el próximo sábado.

Es inevitable que a mí también se me humedezcan los ojos, que mis brazos vuelvan a añorar estrecharla. Me pongo recta, pestañeo con prisa mientras la veo marchar.

—Mira —escucho a Ken llamarme en el momento en que Carys cruza la puerta de salida—. Yo no busco novia. Sabes quién quiero que sea mi novia. Ahora puedes reírte.

La solemnidad con la que habla despierta temores. Con Ken no hay medias tintas. Se entrega completa, te llena sin huecos, sin reservas, sin red. Y yo, tan de nadie, tan de cuidar no amarrarme las alas, tengo que decidir si me doy a ella, si yo le corresponderé en ese darse sin suelo.

—Dos años es mucho tiempo. Se destruyen y reconstruyen vidas en menos. —Intento acordarme de algo llamado sentido común.

—Dos años no es un tiempo largo o corto. Es solo el tiempo necesario —enuncia formal.

—Sabes que no puedo pedirte que esperes dos años por mí. No es justo.

—Podrías pedirlo, y lo harías. Solo te frena Jill. La Mira que no cargaba con culpas me diría que soy suya, que esperaré dos años y los que hagan falta.

Me conoce demasiado. Por mis venas, la sangre corre densa y caótica.

—¿Sabes que yo también soy un poco tuya?

—Un poco, sí. Pero nunca te entregarás completamente a alguien. No eres así. Y también por eso siento lo que siento por ti.

Ken no tiene que decirme lo que siente por mí. Lo sé desde hace mucho, he usado sus sentimientos a mi favor. Mi temeridad fue una trampa y cambió mi vida para siempre. Ahora estoy en la cárcel por lo que siento por ella.

—La entrega no es la única medida de un sentimiento. Yo, por ejemplo, soy más de actuar.

—Lo sé. Pero, por favor, que tu próxima actuación sea menos radical. Prefiero tenerte fuera de rejas.

Una media sonrisa aparece en sus labios.

—No te puedo prometer nada. Por ahora tengo planes de viajar en cuanto salga y me dejen, descansar y recuperar mi vida. Me encantaría que me acompañaras en algunos de esos viajes. —Hago una pausa, me aseguro de que comprenda que esta frase trivial es en realidad importante—. En otros no.

Queda poco tiempo para que termine la visita. Siento el apremio de decir más, de amontonar las palabras para que Ken se vaya empapada de mí. Pero tengo que poner esta prueba final.

—¿En cuál no quieres que te acompañe? —El volumen de su voz vuelve a bajar.

No pregunta por qué. Ella tiene razón. Me conoce. ¿Me acepta?

—A Belice. Hace mucho que no voy a una de sus estupendas playas. Quiero ir y descansar en soledad durante días.

Ken asiente. Hurga en mis ojos. Vuelve a asentir.

—Siempre hay algo de una en los sitios donde se ha sido feliz.

—Sí, hay mucho de mí allí.

—Llegado el momento te desearé buena suerte encontrando lo que buscas en Belice. Y te extrañaré.

Y así queda todo dicho. Yo sigo siendo yo. La amo, pero sigo siendo yo. Ken lo acepta y en este pequeño intercambio es como si hubiéramos firmado un pacto. O no, un pacto no. Un voto.

Te quiero en la salud y en la enfermedad. En tus oscuros y en tus claros. Te quiero aun cuando es demencial quererte.

Porque en Belice está Stella. O debería estar. La ruta de escape se la debo a Ewan, que en vida planeaba todo para catástrofes que llegaron, pero le ganaron la partida. Ewan no hizo nada. Yo sí.

Stella cruzó a EE. UU., condujo hasta Galveston y desde allí tomó un vuelo chárter. Sabe a quién contactar en aduana. Con el incentivo correcto, tus maletas simplemente no existen.

Confío en que lo haya conseguido. Siempre he sabido que es una mujer de recursos.

Y luego está mi fe en ella. Esperar que alguien conserve durante años semejante cantidad de dinero para entregártelo solo porque te pertenece no es confianza.

Es fe. Una fe bien fundada. Stella es leal, tiene lealtad de barrio.

Además, ahora nos conocemos mucho mejor. Yo sé de qué es capaz ella, ella ha descubierto de qué soy capaz yo. Las deslealtades entre nosotras pueden tener muy mal final .

Pero eso será dentro de dos años, seguramente más. Hasta entonces, Stella y lo que guarda no dominarán mis pensamientos. Tengo demasiado por hacer. En la cárcel, en los negocios, y con Ken, construyendo una nueva forma de relacionarnos.

Miro hacia la puerta por donde ella acaba de salir y primero siento deseo —malditas rejas—, después, vértigo. Ken me ve, me acepta y solo con ser ella me obliga a ser mejor.

Para alguien como yo es milagro y es desafío.