Yo te pago 25. Capítulo 24
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25. Capítulo 24

Un año y cuatro meses después

Hoy es el día de mi libertad. Libertad con amarras, pero fuera de rejas.

Algunas de las mujeres con las que he compartido este tiempo me cuentan que tienen temor a salir, a comprobar cómo ha cambiado lo que les importa, dejándolas atrás.

Yo no tengo miedo. Estoy ávida. Me carcome la urgencia de volver al mundo y doblegarlo a mi voluntad.

Mi urgencia brota del hambre, del exterior y de ella.

El pensamiento de que hoy nada se interpondrá entre nuestros cuerpos desgaja mi vientre, dejándome el cuerpo sensible y electrizado.

Escucho las botas del oficial Pereira acercarse y de inmediato vuelvo al estado de alerta.

—Mira, llegó tu día —anuncia, con una sonrisa muy poco frecuente—. Recoge tus cosas. Te vas.

Hago uno de mis últimos intentos de contención dentro de esta cárcel y recojo la sábana gastada, la meto dentro de la funda.

No hay mucho más que devolver. Salgo de mi celda, pienso en pedirle a Pereira unos minutos para despedirme de quien ocupará mi rol en este sitio, pero entonces lo escucho.

Primero uno, aislado, después se le unen unos pocos más hasta que en todo el módulo el ruido de los aplausos y los golpes contra la reja es ensordecedor.

Pereira pide silencio. Yo río. Miro alrededor.

Hago una reverencia cual si estuviera al final de una función de teatro.

En un año y pocos meses hice de este sitio mi cortijo. Me despiden como debe ser.

Por mucho que me gusten las despedidas triunfales, más anhelo mi libertad. Sigo a Pereira hasta llegar a Admisiones y Altas. La oficial que está en la ventanilla desliza una pila de papeles sobre el cristal de seguridad.

—Firme aquí. Son sus condiciones de libertad vigilada. Preséntese ante su oficial en Toronto antes de cuarenta y ocho horas —recita como una máquina—. Ropa al cesto. Vístase en el cubículo.

Me entregan una bolsa de plástico sellada al vacío que llevo conmigo al pequeño vestidor. Quitarme al fin este uniforme verde es también una liberación. La de la piel .

Abro la bolsa de plástico. El olor de la ropa escogida por Jill me golpea.

«Mejor dejo eso en manos de Jill», me dijo Ken cuando le comenté que necesitaría una muda para mi salida.

Una mujer que invierte el capital de sus clientes sin pestañear, pero insegura para elegir unas prendas de ropa. Esa es Ken.

Cuando saco el jersey gris claro de la bolsa, tengo el impulso de hundir la cara en su suavidad. Me pongo enseguida el pantalón sastre, amplio, solo por la vanidad de comprobar si todavía me vale. Me queda perfecto. Para algo sí da tiempo la cárcel, para hacer ejercicio.

Termino de calzarme las botas de cuero y me cubro con el abrigo de lana marrón.

Me enderezo y, por un instante, empiezo a recuperar las esquirlas de mí que se quedaron fuera.

Mira Radley regresa.

Salgo del cubículo, Pereira comprueba que está todo bien y entonces, al fin, aprieta un botón en su consola.

—Puerta exterior abriendo —anuncia un altavoz.

Camino hacia la exclusa. La primera puerta de acero se desliza con un silbido hidráulico.

Entro al pequeño pasillo de transición y espero a que el metal se cierre a mis espaldas, dejando para siempre detrás los olores y el ruido de la prisión.

Y entonces, un zumbido agudo y seco libera el pestillo de la segunda puerta. Empujo.

El aire helado de Toronto, ese que siempre parece tener la intención de exterminarte, se estrella contra mi rostro. La luz plomiza de la mañana me llega sin mediar barrotes o muros. No hay lágrimas ni ganas de gritar. Mi pena era merecida.

Miro el aparcamiento de la prisión. En medio de los coches de familiares que vienen a la visita de la mañana, hay un sedán negro, impoluto, que reconocería en cualquier lugar.

Del asiento del copiloto sale Carys. Aun en la distancia, veo cómo une sus manos, alzándolas a la altura del rostro, después estira un brazo, me saluda.

No veo sus lágrimas, pero sí la mueca del llanto.

Del asiento trasero sale Jill, en sus brazos está la pequeña Olivia, a la que enseguida pone en el suelo.

Es la primera vez que nos vamos a conocer.

Ahora sí siento los nervios de un encuentro.

Desde que Jill me dijo por primera vez que estaba embarazada, asumí que algo que también era mi responsabilidad se acercaba.

Seré para Olivia lo que los Cullen fueron para mí.

Lo que siguen siendo. Seguridad y cobijo.

Carys camina hacia mí. Reacciono y echo a andar. Algo falta en esta escena. ¿Por qué demora tanto en salir?

Nos encontramos en medio del aparcamiento. Las manos de Carys cubren mi rostro. La dejo hacer, inmóvil ante ella, que recorre mi cara como si no terminara de creer que nos encontremos sin una mesa de por medio.

—Bienvenida, pequeña. Bienvenida a la vida otra vez.

Le tomo una mano, beso su dorso. Después entrelazo mis dedos con los suyos.

—Se siente bien volver a la vida, ¿cierto? —Carys sabe de resurrecciones. Su expresión es muy diferente a la de meses atrás. Hay llama detrás de sus ojos, su cuerpo parece habitado al fin.

Miro hacia el coche. Jill sigue esperando con Olivia de la mano, pero ella continúa con su puerta cerrada. ¿No vino?

—Está dentro, con una llamada de un cliente. Ya sabes cómo es —Carys explica.

En su voz solo hay indulgencia y cariño.

Nos acercamos a Jill. Olivia se esconde tras sus piernas, mirándome con ojos agrandados y una sonrisa tímida en los labios.

—Olivia, ¿por qué te escondes? ¿Quién es? —le pregunta Jill.

Olivia baja la cabeza, mueve las piernas, intenta desaparecer detrás de su madre. No la culpo, su madre y yo, hasta ahora, también evitamos mirarnos a los ojos.

—¿Pero qué es eso, Liv? ¿No sabes quién es?

Ahora Olivia asiente, saca un poco el rostro de detrás de las piernas y me mira de esa forma franca e indiscreta que tienen los niños.

—Entonces, ¿quién es?

Olivia ahora responde:

—Tía Mira.

Las palabras llegan, tienen su efecto. Me dejan feliz y algo liberada. Ahora entiendo por qué Jill no me ha mirado. Había un mensaje que dar: yo todavía soy familia.

—Hola, Olivia. Tengo muchas ganas de conocerte. —Me agacho, le hablo con suavidad, un tono que me cuesta, como si lo estuviera usando por primera vez—. ¿Me dejas ahora darle un gran abrazo a tu madre?

La pequeña Liv asiente y yo me levanto. No tengo que forzar el contacto con Jill porque es ella la que me envuelve en sus brazos, me zarandea como cuando éramos adolescentes, excesivas y desinhibidas.

—Bienvenida, bicho —Jill lo dice pegada a mi oído, sin soltarme.

—Gracias, friki.

No me engaño. El momento está marcado por mi liberación. Las emociones están a flor de piel. Tengo mucho por reparar con Jill, pero este, sin dudas, es un buen comienzo.

—Hija, al fin terminas — escucho a Carys decir. Solo entonces reparo en que he oído abrirse la puerta del coche.

Me separo de Jill con calma aparente. No. No es aparente, es real. Estoy en paz. Quizás como nunca lo había estado. A mi alrededor todas hacen silencio, juraría que están inmóviles, atentas a lo que puede suceder a continuación. ¿No conocen a Kendra Cullen?

Cuando mi mirada se encuentra con Ken, cada una en el extremo del coche, veo en ella la misma adustez que siempre muestra en público. La misma contención.

—¿Nos vamos de aquí? —pregunta.

Pero la adustez de Ken lleva consigo más cosas. En ella también hay paz. Hay resolución. Ken y yo nos elegimos a pesar de todas las razones para no hacerlo.

—Sí, vamos.

Son las únicas palabras que intercambiamos Ken y yo durante todo el trayecto. Al llegar a la casa que fue mi refugio durante tantos años, Carys me la vuelve a ofrecer.

—Hoy haremos un almuerzo en casa de Jill, si te parece bien. Pero antes, puedes descansar aquí, darte una ducha, lo que quieras. Es tu casa mientras la necesites.

Lo sé. Siempre he sentido la casa de Carys como el sitio final al que siempre puedo regresar. Pero yo tengo casa. Soy la heredera de Ewan. Nuestra casa ahora es mi casa.

—Gracias, pero voy a casa. Necesito volver poco a poco.

Carys entiende. Ella siempre lo hace. Nos despedimos, también de Jill, y al fin quedo a solas con Ken. Dentro de su coche, en el camino de acceso al garaje de sus padres. No hablamos, no hace falta. La cercanía de su cuerpo basta para que mi carne murmure.

Hay algo familiar en esta escena, algo de repetición.

Lo recuerdo bien. Aquí empezó todo, y por la forma en que aprieta el volante, sé que ella también lo recuerda.

El día del cumpleaños de Carys volví a ver a Ken después de mucho tiempo.

Estaba magnífica. Me fijé en su boca y no pude evitar desearla.

Luego me enteré de su ascenso en el trabajo, y pensé que también podía serme útil.

Todavía no sabía cómo exactamente, pero algo en mí lo presentía.

Ken podía ayudarme a deshacerme de mi marido sin perder lo que era mío, y de paso, saciar las ganas que sentía por ella.

Siempre deseé borrarle la severidad del rostro, escucharla rogar de placer.

—Puedes ir para mi piso —dice, las manos quietas en el volante, el coche todavía sin arrancar.

—¿Ahora?

—Ahora y cuanto quieras. Sabes que te he estado esperando. —No aparta la vista del frente, ni una sola inflexión delata lo que hay detrás de esas palabras.

—Yo no he estado esperando por ti, solo esperaba por el sistema penitenciario. A ti ya te sentía como mía.

Ken no responde. Espera mi decisión con la misma quietud aparente con la que espera todo lo demás.

—Me encantaría ir contigo. El único problema es que di la dirección de la casa de Lawrence Park.

—Tienes cita con el oficial en 48 horas, ¿cierto?

Esto es parte de la maravilla que es esta mujer. A pesar de la distancia que marca con todos a su alrededor, Ken es de las que se interesan de verdad. Ella todo lo sabe, todo lo prevé.

—Sí, entonces puedo cambiar la dirección. ¿Sabes que tendría que pasar todas las noches en tu cama?

—En mi casa, no en mi cama, pero como siempre, tienes planes más ambiciosos que yo.

Por primera vez deja ver una sonrisa.

—¿Tengo que creer que no planeas tenerme en tu cama?

La sola frase es suficiente para inflamarme, para que mi sangre presienta la posibilidad: Ken y yo en una cama. Tanto tiempo. Tanto tiempo.

—Solo si tú también lo deseas.

—Ken, mírame —ordeno, la Mira de siempre asomando al fin.

Ella gira la cabeza, en su rostro se refleja la franqueza del que ofrece todo sin esconder nada.

—Llevo años esperando volver a sentirte. Años corriéndome pensando en ti. Si crees que hay una posibilidad de que no cumplas tu parte, estás equivocada.

Los labios se expanden a los lados, luchando contra una sonrisa que intenta contener. Error. Debió dejar la boca inmóvil.

Comienzo a acercarme a ella, dándole tiempo para negarme este capricho enquistado durante largos meses. Capricho gigante.

La boca de Ken me espera, con los labios separados y húmedos, listos para complacer.

Nos unimos y, pensamiento tonto, por un momento considero que tal vez se me olvidó besar.

Pero es como la primera apertura de ojos al llegar al mundo.

Un impulso y un alivio. Besar a Ken ahora, al fin, es desahogo y también llama.

Un deseo que se expande, demandando ser atendido ya.

Me separo, conteniendo el jadeo. El viejo hábito de disimular lo fácil que lo tiene con mi cuerpo.

—Nos vamos ya para mi casa, ¿verdad? —Ken se limita a traducir lo que ve en mí.

—Rápido. —Mi voz, ronca, debería provocarme algo de sonrojo, pero nunca se me ha dado bien el recato.

Tengo tiempo que recuperar, una vida por rehacer. La primera piedra no puede ser más sólida. Si algo es Kendra Cullen, es sólida. No tengo incertidumbres ni prevenciones que tomar. Con Ken solo deseo desatarme toda, dejar que ella me contenga en mis excesos, hacer que ella afloje sus nudos.

Nos espera una vida muy poco aburrida, ella lo sabe. Lo único constante seremos nosotras.