Yo te pago 23. Capítulo 22
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23. Capítulo 22

Un año y siete meses después

E l verde nunca fue mi color preferido. Ahora se está convirtiendo en mi color más odiado. Aun sentada tras esta mesa de metal, sin apenas mover un músculo, siento la bastedad del mono verde bosque que vestimos todas, áspero contra la piel.

Miro la revista delante de mí, aunque realmente no estoy prestando atención a sus páginas.

Solo busco que me dejen en paz. Llevo más de treinta días en este correccional para mujeres en el que cumpliré mi condena, dos años menos un día, y algo de esfuerzo me ha costado el poder elegir cuándo quiero que me dejen en paz.

En la sala común, todas buscan alguna forma de llenarse la cabeza de ruido para no pensar demasiado. El ruido es permanente y no he tenido otra alternativa que convertirlo en una banda sonora de fondo. Al final la cárcel será mi mejor curso de meditación.

Hoy no medito. Hoy espero. Y me humilla descubrirme tan ilusionada como una colegiala.

Porque debería sentirme agraviada. Traicionada.

Esta espera en la que estoy inmersa no tendría que tener lugar.

Después de más de un año y medio sin saber de ella, la misma moneda es lo único que le debo.

Estoy en la puta cárcel evitando que ella lo esté.

¿Y qué he sabido de ella en casi dos años esperando un juicio?

Pues nada, o casi nada. Lo que me decía Jill, por descuido, o Carys, muy a propósito.

—Hey, Mira. —Escucho una voz que chilla muy cerca de mí.

—¡¿Qué?! —Mi mal humor se muestra, exuberante.

—Nada, nada, paz y amor, mujer. —Jenna, una reclusa con todas las señales de haber sido presa de una adicción, pone distancia entre las dos—. Solo quería consultarte algo sobre mi hijo.

—Mañana.

Este es el rol que estoy empezando a adoptar, consejera en asuntos varios. ¿Coach lo llaman ahora? Todavía tengo que estudiar más el lugar para saber qué otros caminos me podrán llevar a su control.

Jenna se va, dejándome otra vez el desasosiego de la espera. Carys. Es culpa de Carys.

—Ken vendrá a verte. Por favor, inclúyela en la lista de visitas autorizadas —me pidió Carys en su segunda visita.

—No. Sabes que no haré eso.

—Ambas lo necesitan. No dejes que el orgullo se interponga en algo tan importante.

—No es orgullo. Solo estoy siendo recíproca.

—Entonces estás siendo vengativa —concluyó Carys y yo cambié de tema.

Durante su tercera visita, Carys sacó las armas pesadas.

—Hazlo por mí. O no, mejor, hazlo por tu estimada reciprocidad.

—Gira los ojos, ya más adaptada a verme entre suelos de linóleo, paredes de un amarillo apagado y mobiliario de metal atornillado al suelo—.

Cuando supimos que necesitabas un avalista para tu fianza, Ken fue quien me dijo que pusiera nuestra casa sin temor, que ella nos daba su palabra de que si sucedía cualquier cosa, ella nos devolvería el dinero.

Ya sabes, Ken no podía ser avalista por ser parte del proceso, pero sí se aseguró de que tenías lo que necesitabas todo el tiempo.

Saberlo solo me hizo estar más resentida con Ken.

Me imaginé gritándole a todo pulmón que dejara de ser tan correcta.

Que lo que necesité es que olvidara las leyes de la libertad bajo fianza y buscara la forma de verme.

Necesité sentir que estábamos juntas en esto.

Y follar, necesité, necesito tremendamente follar.

Quizás, correctísima Ken, si hubieses aparecido cuando te necesité, no estaría yo ahora como un animal en celo, pensando en ti entre furiosa y hormonada.

—Radley, visita. —Escucho y a mi pesar, el corazón sale en desbandada. Las cárceles son feas, frías y te convierten en un guiñapo emocional. Ante esa frase yo debería levantarme, lista para humillar. En su lugar, me levanto ilusionada por encontrar.

Porque al final cedí ante Carys. Sabíamos que lo haría, al igual que yo sabía que finalmente Ken volvería a mí.

Sigo a la oficial que vino a buscarme, no intento caminar de prisa.

No le daré a nadie, y menos a mí misma, el espectáculo de verme correr hacia Kendra Cullen.

La oficial abre la primera puerta. Esperamos a que se cierre a nuestra espalda antes de que la segunda se desbloquee.

Avanzar por una prisión se parece mucho a un videojuego.

—Contra la pared —dice la oficial al llegar al control.

Apoyo las palmas en la pared fría, abro las piernas lo justo. Detesto este momento. Su cargado simbolismo de subordinación.

La oficial, colocada detrás de mí, empieza el registro.

Es eficiente, no es cruel y, aun así, yo lo tomo como una afrenta.

Supongo que nos sucede a todas. Sus manos enguantadas palpan mis costados, la cintura, los tobillos.

Me pide que levante un pie, luego otro. Que abra la boca.

Cuando está convencida de que no llevo un arma con la que me llevaré por delante media sala de visitas, volvemos a avanzar.

Me conduce por otro pasillo más estrecho. Al final, alguien ha pegado un cartel con las normas de visita en una puerta. Ya me las sé, pero la oficial no deja pasar la oportunidad de recordármelas.

—Es visita de contacto limitado —dice—. Se sienta frente a ella. Manos sobre la mesa. Nada de intercambiar objetos. Si hay algún problema, se termina.

Asiento sin mirarla. Conozco este ritual.

Sé que detrás de esa puerta está la persona que espera verme.

A la que yo temo ver. Como parte del descalabro personal, me da por pensar en cómo me veo.

En el mono verde bosque, en la falta de maquillaje, en el pelo sin cuidados. Si alguna emoción despierto, será pena.

El pensamiento desata la rabia. Soy consciente de cómo los puños de mis manos se cierran, de mi espalda que se estira, del aire que comienza a entrar y salir por mi nariz con más fuerza.

—¿Algún problema, Radley? —la oficial pregunta con sospecha.

Escondo mi alzamiento de plumas, la miro como si no entendiera nada .

—¿Ninguno? Solo estoy un poco nerviosa por la visita.

Y ni tan siquiera he tenido que mentir.

—Vamos —dice al fin.

La sigo, despacio. No quiero que quien está al otro lado descubra mi recién encontrada inseguridad.

Entramos en la zona de visitas. Ya la conozco.

Está iluminada en exceso, las sillas son un horror y siempre hay alguien riendo o llorando de más.

Yo ahora me empeño en evitar verla todo el tiempo que pueda. Mi rostro solo transmite indiferencia.

Pero hay un límite a lo que puedes evadir entre estas paredes. La veo.

Ken está sentada cerca del fondo. Me observa, quizás desde que entré. No se levanta, seguro le han dicho que no puede hacerlo. Lleva un abrigo oscuro, el pelo más corto. Sus manos, unidas, se muestran sobre la mesa que tiene enfrente.

El resto de visitantes en esta sala diría que es la personificación de la serenidad.

Y lo es, pero yo veo más. En Ken siempre hay que fijarse en la mandíbula, que hoy se mueve al ritmo que mastica su tensión.

En la distancia que pone entre la espalda y el respaldo de la silla, en la excesiva corrección de su postura.

Constatar sus nervios me satisface, me regala la carta ganadora que necesito para caminar hacia ella como si estas cuatro paredes fueran un espejismo, como si el mundo y Ken todavía fueran un poco míos.

La oficial me señala la silla frente a ella.

—Ahí.

Me siento y esta vez sí no rehúyo mirarla todo el tiempo. Es indignante que baste con mirarle los labios para olvidar por qué estoy furiosa. Mi piel todavía añora esos labios, como añora lo que un día la hizo feliz.

—Hola, Mira —habla ella la primera.

Un saludo. Correcta. Ken nunca deja de ser correcta.

Voy a responder, pero comprendo que no me apetece.

Que realmente tengo ganas de seguir mirándola porque a pesar de sus ojeras pronunciadas y de que ha perdido algunos kilos de peso, Ken sigue teniendo un rostro magnífico, sólido.

El tipo de rostro que quieres a tu lado para los días de hielo y nubes.

—Estás preciosa —dice ella como si fuéramos parte de una misma conversación—. Sin maquillaje estás preciosa. Eres más tú.

—Soy más como tú quieres que sea. —Es la verdad. Si algo no soy, es esta versión de Mira tras rejas.

Ella mueve la cabeza, negando.

—Yo te conozco perfectamente, Mira. Desde siempre. Y desde siempre te quiero.

No debo llorar, no debo, aunque para lograrlo tenga que agachar la cabeza, tomar todo el aire que aguanten mis pulmones.

—Y a pesar de eso me has abandonado. —El reproche sale, inevitable, dejándome débil y resquebrajada.

—Hice lo que tenía que hacer. Igual que tú.

—Yo lo hice por ti. Tú lo hiciste por ti misma.

—Yo te protegí de la autodestrucción. Sabes que si descubrían que nos veíamos, complicarías aún más tu situación. Funcionó. Tienes la menor pena posible.

Dos años menos un día.

—¿Te funciona esconder la cobardía dentro de tanta lógica?

—¿Te sirve llamar sacrificios por el bien ajeno a lo que no son más que decisiones extremas para ganar la partida?

Por cierto, seguro que tu abogado ya te lo dijo —añade Ken, bajando la voz—.

Los dos asesinos de Ewan fueron condenados a cadena perpetua.

A pesar de lo difícil de la situación a la que te enfrentas, el hallazgo del cuerpo al menos te permitirá acceder a los bienes a los que tienes derecho como viuda.

Una cámara en una gasolinera permitió ver el momento en el que asaltaban a Ewan dentro de su coche, lo metían en el maletero y se lo llevaban.

Los asaltantes aseguran que una llamada les alertó de que Ewan estaba huyendo después de robar algo que era de ellos.

El registro de la llamada estaba, solo que nadie había podido localizar de dónde se había realizado ni de quién era el móvil. Mala suerte .

Ken tiene razón. A pesar de la poco halagüeña situación, heredaré los bienes de Ewan. También sus desastres, pero confío en mi capacidad para convertir desastres en ventura.

Pero ahora, aquí, tengo que centrarme en las implicaciones de lo que acaba de decir Ken.

Ella lo sabe. No en forma de curiosidad morbosa que tendrá todo el que nos conocía.

No de la forma factual que tuvo que desechar la policía porque yo tenía coartada (gracias, Jill).

Y Ken lo sabe con la certidumbre de quien, durante años, solo se ha permitido ver mis peores partes.

¿Qué hace aquí?

—¿Qué haces aquí? —pregunto y ya me siento más yo. El sentimiento de debilidad va pasando, el resquebrajamiento comienza a ceder a la restauración de las primeras grietas.

—Vine a verte. Pretendo venir a verte cada vez que me lo permitas.

—¿A qué? ¿Soy una especie de caso de caridad? ¿O buscas algo más? ¿Aumentar la cuenta de tus traiciones?

Para mi desespero, cada una de mis palabras serena más el ánimo de Ken.

—Nunca te he traicionado. Siempre he buscado protegerte. Tú no resultarías un caso de caridad para nadie ni aunque lo intentaras, Mira. Demasiado bella, demasiado soberbia .

Su calma es un insulto.

—Si tuviera un puñal, te lo clavaría en el pecho ahora mismo.

Ken me mira, echa la cabeza para atrás y su boca se expande en una risa magnífica. Idiota guapa.

Contengo el impulso de comprobar si alguien escucha. El ruido de las conversaciones de las otras mesas acalla nuestras propias voces. Las normas, al menos, prohíben que se grabe lo que decimos.

—¿Sabes qué? Estoy segura de que sí. Estoy segura de que lo harías. —Ken vuelve a mirarme, sus ojos brillantes, intensos. Ojos de quien sabe y no teme—. Y a continuación, de inmediato, intentarías salvarme. Lo sé y no me importa. Me arriesgo a recibir tus puñales.

—Nunca he tocado un puñal, tranquila.

—También lo sé, aunque no es precisamente una idea que tranquilice.

Puedo continuar con este intercambio superficial y gracioso. O puedo intentar que me diga la verdad.

—¿A qué viniste, Kendra?

—A verte. A hablar contigo. Llevo mucho extrañando hablar contigo.

Y sin más, Ken se levanta e inicia el ritual de salir de aquí.

Lo abrupto de su partida no me da tiempo a ofenderme, solo a asombrarme.

Cuando ya está en la puerta de salida, se vuelve, alza la mano y me dice adiós.

La próxima vez tengo que decirle que no vuelva a hacerlo.

O yo tengo que tener cuidado de no volverme a mirarla.

Su adiós es el reflejo más preciso de mi situación.

¿Pero habrá una próxima visita? ¿No era que yo la llenaría de improperios? ¿Que sería una sola visita? Mi descenso en los clichés del enamoramiento está siendo ejemplar. La cárcel es un asco.