Yo te pago 22. Capítulo 21
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22. Capítulo 21

A l día siguiente de mi último encuentro con Ken, la policía llegó a casa. Me sorprendió la rapidez de su respuesta, no su presencia. Muy pronto supe por qué.

—La familia de su esposo denunció su desaparición.

Hemos encontrado el coche de Ewan en un polígono industrial de Scarborough —el detective que dice llamarse Joshua y viste de civil habla con simpatía ensayada—.

Señora Radley, había una cantidad considerable de sangre en el asiento del conductor y en el maletero.

También se encontró una bolsa de viaje con algo de ropa.

Me llevo las manos a la boca. Dejo que mis ojos se abran de par en par. El temblor en mis hombros es real. No viene de la pena. Es la emoción de una victoria manchada.

No debía ser así. Ewan debía huir. Solo con saber que irían a por él cualquier persona sensata huiría .

¿De verdad era ese mi plan? Nunca me engaño. No a mí misma. Sabía que podía pasar. Claro que podía pasar. Dejo escapar un sollozo ahogado.

—¿Qué me quiere decir? ¿Le ha sucedido algo a Ewan? Ayer estaba bien. Lo vi en la mañana, aquí, en casa. En la noche me llamó por teléfono y lo noté muy alterado, pero no es raro en él.

—¿Alterado, dice? —interviene por primera vez la detective que viene junto a Joshua, una mujer de expresión concentrada que se presentó en la puerta como la detective Singh—. ¿Le dijo por qué, señora Radley?

—Sí, pero no entendí nada. Algo de un dinero.

Que devolviera un dinero o si no… lo iban a matar.

—Dejo escapar otro sollozo, pero intento recuperarme como una mujer que se aferra a su fortaleza en medio de grandes adversidades—.

La realidad es que no le hice caso porque Ewan estaba fuera de sí, paranoico. Tampoco es que fuese raro en él.

—Señora Radley —el detective Joshua vuelve a hablar, con su tono suave diseñado para que los ciudadanos potencialmente problemáticos creyamos que él está de nuestra parte—, dada la gravedad de la situación, ¿cree que podría acompañarnos a la división para tomarle una declaración formal?

Durante unos segundos lo miro. Mi rostro, estoy segura, refleja confusión y dudas.

—¿Por qué? ¿Qué creen que puede haberle pasado a Ewan? —Permito que se filtre un poco de miedo en mi voz.

—Ahora mismo lo estamos tratando como una investigación de persona desaparecida en circunstancias sospechosas —la detective Singh explica—. Nos ayudaría muchísimo repasar los últimos movimientos de su marido y los detalles de esa llamada en un entorno más profesional.

—Usted no está bajo arresto, por supuesto —se apresura a aclarar Joshua—. Su ayuda es completamente voluntaria. Puede venir en su propio coche si lo prefiere, pero en estas circunstancias, le sugerimos que nos permita llevarla nosotros. No debería conducir en este estado.

Siento que estoy en un pequeño teatro, donde ellos aparentan que yo no soy sospechosa de nada y yo hago como que les creo.

—Sí, sí, claro. —Asiento repetidamente—. Iré con ustedes. Haré lo que pueda para ayudar. ¿Me permiten un minuto para coger mi bolso y el abrigo?

—Por supuesto —dice Joshua.

La detective Singh baja la vista hacia mis manos, después la sube al pasillo, a la escalera, al resto de la casa que se abre detrás de mí como un sospechoso más. Antes de dar oportunidad a que ella exprese lo que se insinúa en sus ojos, me voy a por mis cosas.

En el dormitorio tomo el bolso del sillón, abro el armario y saco un abrigo ligero. Miro por última vez la habitación que un día vi como mi refugio. No sé cuándo volveré a ella. No lo pienso con pesar. Algunas victorias son gemelas de las derrotas, pero eso no las hace menos victorias.

—¿Vamos? —Me adelanto a los detectives cuando llego a ellos.

—Por supuesto. —Joshua, solícito, se echa a un lado para dejarme tomar la delantera.

Camino intentando mantenerme erguida, pero como cualquier otra en mi situación la cabeza se me inclina hacia abajo. Mis gestos están llenos de tensión.

—¿Quiere que llamemos a alguien por usted? —pregunta Joshua desde el asiento delantero, una vez ya estamos dentro del coche—. ¿Algún familiar? ¿Una amiga?

Ken, pensé primero. Después Jill. Carys. Después comprendí que no era momento de llamar a nadie.

—Mi mejor amiga está embarazada —digo—. No quiero preocuparla si no es necesario.

Lo siento, Jill, pero aunque no te llame, sí es momento de ir apareciendo en esta historia.

Al llegar a la división me ofrecen el pack de bienvenida: agua, café, un baño y una silla.

Acepto el agua, un vaso de cartón del que no voy a beber, pero me sirve para establecer cierta cordialidad.

Hay una cámara en una esquina de la sala donde me hacen esperar a solas.

La miro un momento. Las personas culpables evitan las cámaras, las inocentes las ignoran. Yo las uso.

—Gracias por esperar, señora Radley —dice Joshua al entrar.

—Mira, por favor —ofrezco. Siempre hay alguna ventaja cuando una mujer como yo logra hacer desaparecer el señora de la frase. De repente, Mira les parece más alcanzable.

Joshua sonríe, complacido.

—Mira, vamos a grabar esta conversación, si le parece bien. Como le dijimos, no está bajo arresto. Puede marcharse cuando quiera y puede solicitar asesoramiento legal en cualquier momento.

Asiento. Dejo que mis dedos rodeen el vaso de agua. En ese momento, Singh se sienta frente a mí.

—Entonces empecemos por ayer. ¿A qué hora habló por última vez con su marido?

—Depende de lo que considere hablar —digo, y veo cómo algo mínimo cambia en los ojos de Singh—. Hablamos por la mañana. Nos vimos en casa. Sobre las diez y media. Después me llamó por la noche, pero desde un número que no reconocí. Fue una llamada extraña, como ya comenté.

—Volvamos sobre esa llamada. ¿De qué hablaron?

—Hablar es mucho decir. Me limité a escucharlo e intentar calmarlo.

Él solo me decía algo de un dinero, que yo tenía que devolverle un dinero.

Que si no… bueno, ya saben, lo que dije.

Que si no lo matarían. —Miro el agua. El reflejo de la luz en la superficie tiembla aunque mis manos no—. Nunca pensé que podría ser algo real.

—¿Por qué pensó eso, señora Radley? Su esposo le estaba diciendo que estaba en riesgo de muerte. Usted misma reconoce que estaba alterado. ¿No le preocupó su situación? Según se desprende de sus palabras no lo vio en toda la noche. Cualquiera en una situación similar tendría razones para la alarma.

—Cualquiera que no lo conociera, detective.

Así vive Ewan. Al borde de un desastre todo el tiempo.

Siempre tiene problemas. Deudas, apuestas, inversiones absurdas, gente a la que promete cosas que no puede cumplir.

Y en cada uno de nuestros conflictos es capaz de usar cualquier inconveniente como una tragedia para garantizar mi atención.

Estoy cansada. La llamada de Ewan fue para mí, al menos hasta que ustedes llegaron a mi casa, una forma más de retenerme.

—Vuelvo a mirar el agua. La punta de mis dedos recorre el frío vaso humedecido—.

Ese día habíamos hablado abiertamente de divorciarnos.

—¿Estaban separándose?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde mucho antes de atreverme a decirlo en voz alta. Ewan y yo llevábamos una vida más de socios de negocio que de pareja.

Singh tomó nota.

—Esta pregunta es muy importante, Mira. —Joshua hace uso de su prerrogativa—. ¿Dijo quién iba a matarlo?

—No.

—¿Y sabe quiénes son esas personas con las que Ewan tiene problemas? ¿A quién le debe dinero o prometió lo que no debía?

—No, de esa parte de la vida de mi marido solo conozco las consecuencias en nuestra cuenta corriente. Ewan realmente quería mantenerme alejada de todo eso. Era un romántico, a su manera. Un buen tipo con malos hábitos muy difíciles de eliminar.

Eso llegué a creer durante una parte de mi matrimonio. Después construí una imagen más realista. Cosas del convivir.

—¿Dónde estaba cuando recibió la llamada? —La detective Singh decide dejar de dar vueltas.

—En casa de una amiga. Jill Cullen.

Joshua baja la mirada hacia una carpeta que tiene delante de sí en la mesa.

—¿Cullen? —pregunta.

—Sí.

—¿Tiene relación con Kendra Cullen?

Su mención es como un susto esperado que no dejo que se refleje en mi rostro.

Ken. Ken.

—Es su hermana.

—¿Y usted conoce a Kendra Cullen?

Sonreí sin alegría.

—Desde hace años.

Singh deja el bolígrafo sobre la mesa.

—¿La vio anoche?

Fue un error verla anoche. Lo supe. Lo sé. Pero fue un error asumido. Uno de los que vale la pena pagar. Porque el recuerdo de anoche será lo que me quede en la incertidumbre por venir.

Vamos allá.

—Sí.

Ninguno de los dos tomó nota. Se me quedaron mirando, quizás a la espera de que dijera algo más.

—¿Antes o después de la llamada de su marido? —preguntó Singh.

—Después.

—¿Fue directamente desde casa de Jill Cullen a casa de Kendra Cullen?

—Sí.

—¿Pasó allí la noche?

En apariencia, no había nada diferente en la formulación de esta pregunta. Ni unos decibelios de más o de menos. No había cambios en su mirada. Y, sin embargo, se sentía como una acusación.

—Sí.

—Señora Radley, ¿cuál es la naturaleza de su relación con Kendra Cullen?

Naturaleza. Vaya palabreja aséptica. Como si fuera a darle a estos la verdad de lo que Ken significa para mí.

—Si está preguntando si tuvimos sexo, sí.

—¿Su marido conocía el tipo de relación que tenía con Kendra Cullen?

—Sí.

—¿Y qué opinión le merecía?

—Le parecía muy útil.

—¿Útil? —Singh desliza la pregunta con la suavidad de una pluma que comienza a caer.

—Detective Singh, no creo que mi intimidad le ayude a encontrar a Ewan. —Doy muestras de impacientarme.

—Necesitamos entender el contexto —interviene Joshua, en su rol de conciliador. Pesado—. Sobre todo porque, según nos ha informado la familia de Ewan, su marido había iniciado acciones legales contra Kendra Cullen.

Por fin ha llegado el día en el que esa panda de arpías me son útiles. Nunca han querido a Ewan, solo han deseado controlarlo. A mí me tienen una inquina particular. Cada vez que me ven, parece que en cualquier momento comenzarán a echar espumarajos por la boca.

—Lo sé —dije.

—¿Cómo lo sabe?

—Me lo contó ella.

—¿Cuándo?

—El mismo día que lo supo. Yo estaba presente cuando su abogada la llamó. Creo que fue ayer.

—Ayer vio a su marido por la mañana, habló de divorcio con él, recibió una llamada suya por la noche diciendo que alguien podía matarlo y después fue a casa de una mujer a la que él acababa de demandar. —Singh acentúa su filo. Va haciéndome ver que estoy en problemas.

—Dicho así suena fatal, detective. Es lo que tiene no inventarse nada. La realidad está lejos de ser perfecta.

Joshua abre la carpeta y saca una hoja.

—La demanda sostiene que Kendra Cullen le realizó a usted varios pagos en concepto de consultoría. Su marido afirmaba que esos pagos eran, en realidad, sobornos a cambio de información financiera confidencial de su empresa.

—Mi marido tiene mucha imaginación y mayor cinismo.

—¿Qué quiere decir, Mira?

—La demanda de Ewan era una reacción —digo.

Joshua inclina apenas la cabeza.

—¿Una reacción a qué?

—A que Ken denunció ante el banco la situación real de sus negocios.

—¿La situación real?

—Que la empresa de Ewan estaba mucho peor de lo que él fingía. Se estaba ahogando en deudas. Ninguna proyección pintaba un futuro esperanzador.

—¿Y de dónde sacó Kendra Cullen esa información?

Aquí vamos.

—De mí y de Ewan.

Los dos detectives parecen haber tropezado con un escollo o con un tesoro.

—¿Qué quiere decir, Mira?

—Que Ewan sabía perfectamente que yo le di esa información a Kendra Cullen. Fue algo planeado entre los dos.

—¿Por qué su marido le daría una información que podría dañarlo a quien podía influir en una operación financiera tan importante para él?

—Para crear confianza, para seguir involucrando a Ken y para que ya no pudiera salirse de nuestro control.

—¿Usted y su marido estaban intentando controlar a Kendra Cullen? —Singh quiere saber.

Me tomo mi tiempo antes de responder. Tengo derecho a pensar en lo que voy a hacer, en por qué lo haré.

Haré lo correcto, pero no porque sea lo correcto. Lo correcto me importa una mierda.

Lo hago porque no puedo no hacerlo. La obligatoriedad de la emoción. De las emociones que me despierta Ken, tan nuevas, tan poco lógicas. Tan efervescentes. De las emociones asociadas a Jill y también a Carys.

Y de otras emociones, las que me despierta el Ewan del final, intentando destruirme a mí y a quienes me importan. Esa es otra de las grandes diferencias entre Ken y yo. Ella dejaría que sus emociones por Ewan tuvieran salida en manos ajenas: abogados, policía, el banco.

A mí tipos como Ewan me joden y yo los destruyo.

Tipos como Ewan tocan a quien amo y yo los aplasto. Si no confiaste en mi amor, Ken, espero que hayas confiado en mi odio.

Vuelvo a observar el vaso de agua. Mis manos se aferran a él, una salida mediocre para mi furia. Joshua quizás piense que me está costando decir lo que tengo que decir. Singh, estoy segura, considera que estoy tramando alguna patraña que ella todavía no es capaz de ver.

Levanto la vista. Mi rostro solemne los confronta. Después digo lo que vine a decir. A confesar. Yo vine a confesar .

—Ewan y yo estábamos extorsionando a Kendra —digo al fin y con esta frase sé que ya no hay vuelta atrás. Estoy confesando un delito grave. Tendré que pagar.