Yo te pago 21. Capítulo 20
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21. Capítulo 20

M e toca hacer la visita que más temo. Entre Jill y yo se ha instaurado un silencio que no es más que su forma de decirme que está esperando.

Espera a que su amiga vaya y le confiese qué está sucediendo. La fortaleza de Jill está en la aceptación y la paciencia. No podemos ser más diferentes y, aun así, nada en mi vida tendría sentido sin ella.

Jill me dio un remedo de hogar cuando yo solo tenía naufragios. Sobre todo, Jill me dio una brújula moral a la que mirar cuando la ausencia innata de la mía era evidente.

Por eso cuando toco el timbre de su casa perfecta, para mí todo lo que rodea a Jill siempre será perfecto, tengo miedo.

Pero ella es perfecta, vuelvo a decirme cuando me abre la puerta y sus primeras palabras solo ofrecen más alivio. Esta mujer lleva más de media vida ofreciéndome alivio .

—Ven aquí —dice y me abre los brazos.

Voy hacia ella, no lo pienso, me encadeno a Jill en un abrazo intenso. Siento que dejo ir parte de la tensión que hoy parece tirar de cada uno de mis músculos. El efecto Jill.

Me separo, le miro el abdomen. Es mágico comprobar la rapidez con la que va creciendo.

—Estás preciosa —constato lo evidente.

—Gracias. Tú siempre estás preciosa.

Y ella siempre es demasiado generosa. Hoy no es mi mejor día. Stella. ¿Cómo estará yendo lo de Stella? Tengo que concentrarme en el ahora. En lo que puedo cambiar.

—¿Cómo te estás sintiendo? —le pregunto a Jill, que camina a mi lado, nuestros brazos entrelazados por la espalda.

—Yo bien, pero Mira… —Y aquí es cuando Jill se detiene a las puertas del salón, rompe el contacto entre nuestros cuerpos y me observa de frente—. ¿Qué está sucediendo contigo?

Yo puedo mentirle a Jill, pero hace mucho me propuse hacerlo lo menos posible y nunca en algo que pudiera dañarla. ¿Pero por dónde empezar? Que decida ella.

—¿A qué te refieres?

—A todo. ¿Qué está sucediendo contigo? Hace días que no te veo ni sé nada de ti.

Y lo mismo con Ken, pero me dice mi madre que la acompañas a los tratamientos.

¿Y que tú y Ken parece que van por el buen camino?

¿El buen camino de qué? Y después está Dan.

Pregunta por ti y por Ewan con preocupación.

Lo hace de forma disimulada, pero da risa. Ya sabes cómo es.

Sí, el bueno de Dan. Tan bueno que terminó en las redes de Ewan. Poner límites a la ingenuidad también es muy aconsejable para sobrevivir.

—Me voy a divorciar —suelto. Es un comienzo fácil.

Abre con exageración los ojos. Después mueve la cabeza, un movimiento muy de Jill que dependiendo del contexto puede significar «no estoy segura» o directamente «te lo dije». Esta vez sospecho que el significado va por la segunda opción.

—¿Qué te hizo decidirte?

—¿No vas a aparentar que te sorprende, que lo sientes? —La ironía va implícita, pero es necesaria. Jill lo entenderá.

—Sí, claaaro. Sorprenderme que te divorcies de un tipo con el que en realidad no te une nada. —Jill va hacia el sofá y se acomoda contra los cojines—. Ya sabes lo que siempre he opinado de él.

Sí, lo sé, Jill. Nada bonito.

—Pero dime, ¿qué te hizo decidirte ahora? ¿Los problemas que me comentaste con la empresa?

Hay algo que sí quiero confesarle a Jill. Una verdad que me apetece compartir con ella como he compartido todo lo bueno que ha sucedido en mi vida desde que la conozco.

Solo que mi verdad puede ser nuestro fin. Pero Jill merece saber, más que nada, yo le debo a Jill el saber.

—Tu hermana. Me temo que estoy terriblemente encoñada con tu hermana.

Termino con un mohín cobarde, de disculpa porque no puedo hacer nada.

Todo en la frase es cobarde. No estoy encoñada con Kendra Cullen.

Esa etapa, me temo, pasó muy rápido. Ahora estoy en una etapa con alto potencial de permanencia y estropicios.

La etapa del amor. Llegué entre formalidad y osadía, entre orgasmo y contención.

Porque Ken es todo lo que no tuve, todo lo que no soy, una rara joya con la que me siento segura y espoleada.

Ella es paz y mi deseo de iniciar guerras banales.

Veo a Jill cubrirse parte del rostro con una mano. Sus ojos, cerrados, no me dejan adivinar lo que piensa, pero su expresión algo deja ver. No es bueno.

—¿Desde cuándo? —pregunta todavía con la mano en la cara.

—Poco después del cumpleaños de tu madre.

La mano en la cara desaparece al instante. Sus ojos, bien abiertos, reflejan estupor.

—¿Todo este tiempo? ¿Y no me habías dicho nada? De Ken lo esperaba, pero de ti, Mira, de ti…

—Es muy complicado. En realidad no somos nada. Es más, yo creo que tu hermana me odia un poco.

—Es mi hermana, la conoces desde que era una cría. Estás casada, Mira, casada. Y es Ken, que con todo lo huraña que parece, no tiene una gota de maldad en su cuerpo.

—¿Y qué quieres decir? ¿Que Ken necesita de maldad para estar conmigo?

Las palabras de Jill, por venir de Jill, hacen herida.

—Venga, Mira, por favor…

—¿Qué? Dime, Jill.

Jill mira hacia el lado contrario a donde me encuentro. Abre la boca, tomando el aire que parece insuficiente si solo le entra por la nariz.

—Dime. ¿Por qué te sienta tan mal que me guste tu hermana?

—Déjalo, haz lo que quieras.

—No, necesito que me lo digas. Eres mi mejor amiga. Eres familia para mí. Yo confesé lo que siento por tu hermana por ese vínculo y ahora te pido que hagas lo mismo.

—¡Porque la estás usando! Estoy segura de que la estás usando de algún modo —Jill grita, girándose hacia mí y puntualizando sus palabras con el movimiento de las manos.

Por unos segundos las dos nos quedamos inmóviles. Ella, con la furia congelada en el rostro. Yo, redescubriendo a una Jill que me conoce más de lo que creía.

¿Cómo responder a quien quieres cuando la verdad lleva a la herida? ¿Cuando mentir ya no funciona?

—Puedo estar usándola y quererla. —Me arrimo a la verdad.

—Esa eres tú, Mira. Usas a todo el mundo, incluso a los que quieres.

Intento decirle que no a todos, que a ella no, pero me callo a tiempo, bombardeada por ejemplos pasados, pensando en mi objetivo de esta noche.

—Tu hermana sabe lo que hay que saber de mí. Tu hermana es quizás una de las personas que más me conoce. Tal vez por eso no quiere tener nada que ver conmigo.

Termino torciendo la boca, alzando las cejas.

—Mi hermana siempre ha estado colada por ti. Lo sabes y te has aprovechado de eso.

El filo que llevan las palabras de Jill me era desconocido. Por primera vez veo abrirse entre ella y yo una grieta que nos separa. Y es solo el comienzo. Lo dicho es lo menos lesivo de lo que tengo que decir.

—Hablas como si yo fuera incapaz de querer a alguien. Como si no pudiera sentir nada por nadie.

—Estoy intentando impedir que hagas daño a quien no lo merece. Ken no es Ewan .

Y esta Jill no es mi Jill.

—¿Puedo ir al servicio? Lo siento, pero necesito ir.

Ella me mira desconcertada antes de asentir.

Cuando llego al servicio, me aseguro de pasar el seguro. Abro el bolso que traigo conmigo y de él saco un teléfono móvil que dejó de ser actual varias generaciones atrás.

Reviso los mensajes. Solo hay uno. Al terminar de leerlo, presiono el teléfono con fuerza, lo agito en el aire.

Si alguien leyera el mensaje, tampoco hallaría razones para tanta exaltación.

«Todo bien. Sigo destino».

Pero yo encuentro todas las razones. Sé que es un mensaje de Stella.

Sé que su misión va transcurriendo con éxito.

Sé que ya Ewan no tiene un dinero que debía custodiar y que dentro de muy poco los dueños originales de ese dinero sabrán que ya no está donde debería estar.

Y yo, en todo este tiempo, tengo una coartada perfecta.

Estoy con mi amiga Jill, que nunca olvidará el momento en el que le dije lo que siento por su hermana.

Al volver al salón, encuentro a Jill tumbada en el sofá, con un aire agotado que le suaviza los rasgos.

Me acomodo en la esquina donde descansan sus pies, levanto sus piernas con cuidado y las apoyo en mi regazo.

Mis pulgares van a buscar sus puntos tensos y comienzo a masajear despacio, en silencio.

—Por muy bien que se sienta, no te voy perdonar, Mira.

—Ya lo sé. Solo aprovecha y disfruta.

—¿Ken entonces te ha puesto en tu lugar? —pregunta después de varios minutos en los que una calma más auténtica parece imponerse entre nosotras.

—A lo grande —digo.

—Pues ya le diré yo que se mantenga firme, que no sucumba a ti —Jill dice medio en broma, bastante en serio.

El problema es que su hermana rinde su cuerpo a mí, mientras blinda sus emociones para convertirlas en un sitio inalcanzable y hostil.

—No es necesario, créeme.

—Mira, ¿qué necesidad tenías? ¿Mi hermana? —Jill vuelve al reproche.

Voy a responder, pero el teléfono suena. El mío, el que uso en el día a día.

Es un número desconocido, pero hoy no puedo permitirme dejar de tomar ninguna llamada.

—¿Sí?

—¿Qué cojones has hecho con el dinero? ¿Dónde tienes el dinero, Mira? Te juro…

—¿Ewan?

—Esto no es un juego, estúpida. Me pueden matar. Primero a mí y después a ti si no les devuelvo su dinero. ¿Dónde cojones estás?

—¿Pero tú estás bien? ¿De qué hablas? Ewan, por favor, dime dónde estás para poder ir a buscarte.

En mi tono no hay una alarma excesiva. Hay control y algo de preocupación, la justa que esperaría de mí Jill en relación a Ewan.

—¡Te vas a arrepentir de esto, hija de puta, te vas a arrepentir! —Ewan grita, un rugido profundo que maltrata mis oídos, pero termina convirtiéndose en fiesta para mi ánimo. Después, cuelga. La revancha se siente bien.

Miro el móvil mudo, aparento estar tejiendo algún plan para las nuevas contingencias.

—¿Sucede algo? —pregunta Jill.

—No sé. Ewan está rarísimo.

—¿Rarísimo cómo?

—Gritando tonterías, llamándome de todo. —Suspiro con aire cansado—. Este divorcio va a ser cualquier cosa menos fácil.

—Lo siento. —Jill ahora sí es la amiga que conozco desde hace tanto—. ¿Quieres quedarte a dormir? Dan está en casa de sus padres, debe estar al llegar, pero ya sabes que no le importa que te quedes.

Debo quedarme, claro que debo quedarme. Es la coartada perfecta, la que planifiqué.

Pero hay una mínima posibilidad de que otra Cullen me reciba en su casa, en su cama.

Es tan difícil negarse a algunas cosas. Sobre todo cuando ya ves las fichas del futuro moviéndose y ninguna combinación resulta perfecta para ti.

—No te preocupes. Me vendrá bien estar sola —miento y me levanto de inmediato para evitar que detecte los signos de la mentira—. Mañana te llamo.

Evitando sus ojos me inclino sobre Jill, pongo mi mejilla sobre la suya, mis manos descansan en sus hombros.

—Mira. —Su voz suena a pocos centímetros de mi oído—. ¿Vas a verla a ella, verdad?

—Solo si ella me deja —le confieso a Jill.

Salgo de prisa, evitando peticiones que no voy a conceder. En la calle, llamo a Ken. Responde enseguida, como si estuviera esperando esa llamada, igual que yo estaba esperando el final de la noche para llamarla a ella.

—¿Quieres que pase por tu casa?

—¿Crees prudente hacerlo, Mira? —pregunta como la profesora que quiere enseñar a su alumna una lección.

—No. Tampoco pregunté si era prudente. ¿Deseas que pasemos la noche juntas?

A través del teléfono escucho cómo deja escapar el aire.

—Haz lo que quieras. Total…

El fantasma de una sonrisa se insinúa en mis labios. Pego mi rostro al teléfono, como si así pudiera sentir más cerca a la mujer que me abre una puerta aparentando desgana.

—Total, ¿mmm?

Escucho el pequeño bufido indignado de Ken. Me muerdo los labios, pero no para ocultar una sonrisa. Mis ojos arden, la humedad insinuándose como primer signo del fin.