Yo te pago 20. Capítulo 19
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20. Capítulo 19

E n casa todo está cerrado. Ewan no está aquí y seguramente no ha estado en todo el fin de semana. Nuestro matrimonio llegó a su fin hace mucho, ahora solo toca hacerlo explícito.

Sin detenerme a abrir una sola cortina, subo hasta la habitación de Ewan guiándome apenas por la luz obstinada que se cuela por los resquicios de los cristales.

Abro sin titubear y aquí sí enciendo una lámpara. En la habitación de Ewan todo está en su sitio. Siempre coincidimos en eso, en la necesidad casi patológica de orden y pulcritud.

Ahora agradezco esa, nuestra necesidad de orden.

Me permite ir directamente hasta donde sé que está su bolsa de viaje.

En el vestidor, tomo dos mudas de ropa, después me acerco a un espejo de tamaño medio que sobresale unos centímetros de la pared.

Tiro de él y el espejo, incrustado, sale, dejándome ver la puerta de una caja fuerte .

«Es nuestra», me dijo Ewan hace muchos años ya, y para demostrarlo me enseñó la combinación. ¿Se acordará de aquello? Lo dudo porque su confianza en mí está en zona negativa mientras que la combinación que abre la caja sigue siendo la misma. Lo he comprobado varias veces. Ahora una vez más.

Quizás su descuido tiene más que ver con el contenido de la caja que con la seguridad que le inspira su esposa.

Dentro solo hay unos relojes caros, pero que para Ewan son calderilla, joyas mías y las escrituras de propiedad de la casa.

Ah, también está su pasaporte. Lo tomo junto con dos de los relojes y lo pongo todo en la bolsa de viaje.

Me aseguro de dejar la habitación tal y como la encontré, yo también tengo que contribuir a mantener el orden incluso en las despedidas.

Después, saco el teléfono, marco el número de Ewan, y cuando escucho el primer tono, sé que acabo de apretar el gatillo que da comienzo a todo.

—Vaya, vaya. Mi querida esposa aparece al fin.

—Mi querido esposo todavía no ha aparecido.

—Yo estoy donde siempre, trabajando para mantener una esposa como tú. Ya se sabe que no sale gratis.

—¿Podemos hablar? Estoy en casa.

—¿Tienes algo que ofrecerme?

—Siempre.

Ewan parece valorar mis palabras, pero yo sé que es una pantomima. Él vendrá, como siempre, convencido del potencial de mis bajezas.

—Llego en 40 minutos.

—Aquí estaré.

Después de colgar, me dirijo hacia la puerta de salida, pero no llego a traspasarla. Mi destino está a un costado, en el aparador de madera que sostiene tantas cosas inútiles. Lo abro y en una de las baldas vacías, guardo la bolsa de viaje.

Mi propio bolso descansa en el salón, de ahí lo tomo antes de dirigirme al estudio a esperar a Ewan. Sé dónde guarda su querido whisky. Tomo un vaso de cristal pesado y reluciente, sirvo dos dedos del líquido tan preciado por Ewan y lo dejo reposar.

Me siento a esperar, la tranquilidad que siempre me dan estos momentos sigue en mí. Cuando comienzo a temer que ya él no vendrá —ha pasado demasiado tiempo—, escucho el timbre del teléfono.

—¿Dónde estás? —quiere saber Ewan. El mal humor vuelve su voz todavía más retumbante.

—En el estudio.

Cuelga de inmediato. Unos segundos después, sus pasos resuenan sobre el suelo de madera, cada vez más cerca .

Cuando me ve, cruza los brazos sobre su pecho, ríe la risa de la victoria, que para él es también la risa de la burla. Disfrútalo, querido.

—Mira, Mira... ¿Cómo estás?

—Muy bien. ¿Y tú?

—Mejor imposible. La vida está siendo buena conmigo. Gracias a ti. Debo reconocer que todo tu gran trabajo está dando frutos.

Alimaña. Lo único que mereces es ser aplastado.

—Me alegro. Lo mereces. Tómate una copa. Te la puse hace unos minutos.

Ewan me observa con abierta suspicacia. No lo culpo. Como si quisiera demostrar cuán valiente es, se acerca, toma el vaso y me da una última mirada antes de beberlo de un solo trago. Bravo, machote.

Va hacia el aparador y saca otra botella, se sirve más alcohol antes de sentarse frente a mí.

—Supongo que tenemos que hablar de divorcio, Mira. Comprenderás que no puedo seguir casado con la mujer que ha pasado información financiera privilegiada a quien busca mi ruina. No puedo seguir casado con quien me ha traicionado.

Cretino.

—Lo entiendo perfectamente. ¿Tú entiendes que no será un camino fácil, verdad?

—Para unos será más fácil que para otros, cariño .

Su «cariño» prende mi ira. Proyecto una expresión más amable.

—El divorcio puede ser más fácil de lo que imaginas si me ayudas con algo —sugiero.

—Espera, espera, no lo digas que yo lo adivino —Ewan me interrumpe—. ¿Kendra Cullen?

—Sí. Kendra Cullen. Es muy feo lo que estás haciendo, Ewan.

Se carcajea. Yo me imagino embutiéndole su propia lengua. ¿Será verdad lo que dice Stella? ¿Los demás no imaginan estas cosas?

—¿Feo? Feo es que mi propia esposa se folle a la hermana de su amiga. Feo es que la mujer que juró estar conmigo en la salud y en la enfermedad esté buscando mi bancarrota para comprar mis negocios a precios de saldo. Eso sí es feo, cariño.

—En lo primero estuviste de acuerdo. Lo segundo te lo has inventado. Y son nuestros negocios, Ewan. Recuerda que son nuestros.

—Que yo sepa, en los papeles estoy solo yo.

Tú no tienes nada, nunca lo has tenido. Yo hice de ti lo que eres —el tono de Ewan se va acerando, convirtiéndose en una metralleta que escupe durezas y deja escapar minúsculas gotas de saliva—.

Voy a disfrutar a lo grande cuando vuelvas a la mierda de vida de la que te saqué.

Encajo el golpe. Es lo que toca.

—Me voy — anuncio mientras me pongo de pie—. Sigue sobre la mesa la vía fácil, Ewan. Ya sabes que soy muy de paz y amor.

—Pendenciera y puta es lo que eres. Como todas las de tu clase.

Dejo que la ofensa sea lo último que escucho de él. Es una banda sonora que me inspira para lo que viene a continuación.

Antes de salir, me detengo en el aparador al lado de la puerta exterior.

Saco la bolsa de viaje que dejé antes. Sé que Ewan no me seguirá.

Cuando tiene que elegir entre perseguirme y quedarse cerca de una botella de whisky, siempre elige el whisky.

Las debilidades de un hombre son lo primero que conviene conocer. Terminan siendo tus mayores ventajas.

Con la bolsa de nuevo en mi poder, salgo al jardín. Como casi siempre, Ewan no ha entrado el coche al garaje. Miro alrededor, pero es difícil saber si detrás de los cristales y cortinas de estos chalés de gente discreta hay ojos atentos a lo que hacen los demás.

Con toda la naturalidad que implica que una mujer vaya a colocar una bolsa de viaje en el vehículo familiar, me dirijo al de Ewan.

Del pequeño bolso que cuelga de mi hombro saco un mando a distancia y lo pulso.

Un sonido breve y seco me indica que ya está abierto.

Nunca había probado aquel mando, pero no dudé ni un instante de que funcionaría. Stella es muy buena en lo suyo.

Me dirijo al maletero, lo abro con un movimiento del pie bajo el paragolpe y sin apenas detenerme, dejo la bolsa de viaje de Ewan en una esquina. Ya mi esposo tiene todo preparado. No se podrá quejar de que no cumplo con mis deberes de esposa.

Ahora sí abandono la casa a la que volveré muy pronto. Camino unas calles y pido un coche. Le digo al conductor que pare en un sitio intermedio que no tiene nada que ver con mi destino final. Un segundo coche, esta vez un taxi que tomé directamente en la calle, me lleva a donde necesito estar.

—A Bleecker Street.

Stella abre la puerta enseguida. Está alerta. Concentrada. Es Stella haciendo aquello para lo que cree que nació.

—¿Estás bien? ¿Todo listo? —pregunta en cuanto entro en su piso.

Hoy en la mañana le hice una llamada muy corta desde un teléfono que no es mío pero que yo tengo, desde un número que no está a mi nombre pero yo decido a quién llama.

Solo le dije a Stella que era el momento de relanzar nuestras ideas, que me parecía la ocasión ideal, y al momento supo a qué me refería.

—Mi parte está lista. Ahora te toca a ti aprenderte el código. Escucha.

Stella presta atención. El código abre la caja fuerte que más importa, en la que Ewan guarda un dinero que no le pertenece.

Un dinero por el que sus malas amistades están dispuestas a hacer mucho.

Comenzó lavando dinero para ellas. Después se convirtió en una especie de tesorero que guarda dinero en un sitio supuestamente libre de redadas.

Ewan cree que no sé nada. O al menos confía en que no lo sé todo.

Pero Ewan tiene menos calle que un perro de escaparate.

El entrar y salir de gente con determinadas pintas, proveedores los llamaba él, me puso en alerta.

Después el cambio de código de la caja del que me excluyó hizo evidente que algo tramaba.

—¿Y cómo conseguiste el código? ¿Él te lo dio? —quiere saber Stella.

—No te voy a decir todos mis trucos. —Evito responder porque en realidad no hay nada extraordinario detrás. Una cámara muy discreta y bien colocada fue todo lo que necesité.

—Como quieras. Con que este truco funcione, me vale. ¿Todo como habíamos planeado, entonces?

—Así es. —Me acerco a Stella, le atrapo la mirada—. Cuídate mucho.

Ella asiente, esconde cualquier debilidad que pueda estar sintiendo. Querida Stella, la vida te debe tanto.