19. Capítulo 18
L legar a casa de Ken es mi detonante más potente.
Este lugar guarda tantos recuerdos de nuestros cuerpos buscándose que solo con atravesar la puerta ya estoy húmeda, estoy lista.
Seguimos sin hablar de lo necesario, ahora solo ocupadas en lo urgente; este deseo de lo que sabemos hacer la una con la otra.
Me acerco a ella. Creo que por primera vez lo hago con calma. Quiero darle al momento la significación que lleva. Ken está inmóvil, la mandíbula un cristal que en cualquier momento puede dar saltos por el suelo.
Con la lentitud del que teme que el animal silvestre eche a correr, meto las manos bajo su chaqueta, rozando apenas los costados.
Mis manos quitan la pieza de ropa, cae al suelo y el espacio entre nosotras se estrecha un poco más.
Mis dedos, apresurados, hacen por ir hacia la blusa, pero los detengo a tiempo.
Basta con imaginar lo que estoy a punto de ver para que una corriente me recorra y me obligue a apretar las piernas.
El pantalón. El orden correcto dicta que ahora le toca al pantalón. Desabrocho el corchete con suavidad, después el botón, y por último llevo los dedos a la cremallera y la bajo despacio, disfrutando de cada diente que cede.
Un impulso me lleva a sujetar la tela a ambos lados de la cremallera. La retuerzo en el puño y tiro de ella con fuerza hacia arriba. El quejido de Ken es breve, contenido; su inclinación un ligero arco que de inmediato rectifica.
Respiro profundo, el aire lleva su olor. Ken obediente, metida en el papel, es la mejor Ken.
Tiro un poco del pantalón que cae en silencio junto a la chaqueta.
Ken ya está como tiene que estar: semidesnuda, solo con una blusa blanca que deja ver el comienzo del pubis todavía cubierto por una braga con un color muy similar al de su piel.
Me recreo en la imagen. Es efímera y perfecta.
Sé que la blusa se debe ir, lo mejor está todavía por llegar.
Tiro de la fina tela desde los hombros y la retiro con cuidado, consciente de que recorre la piel de Ken antes de que mis manos puedan hacerlo.
Frente a frente con su sujetador, decido mirarla a los ojos.
Oh, Ken .
No sé si está reprimiendo el placer, el dolor o está molesta conmigo. Sí sé que yo reprimo el deseo de caer de rodillas y comer, comer hasta escucharla gritar.
Me doy prisa. El cuerpo me apremia. Rodeo su torso con mis manos, dejando espacio entre nosotras.
Desabrocho el sujetador. Trago el exceso de saliva en mi boca.
Si dejo a mis impulsos campar, ahora mismo sacaría la lengua, repartiría lametazos gustosa y terminaría con una mordida que causara el dolor justo. Pero no, todavía no.
Ahora le toca desaparecer a mi vestido. Me lo quito de un tirón, sujetándolo por los costados. La cercanía de lo que de verdad deseo me llena de premura.
En pocos segundos mis pechos están desnudos, a la expectativa de sentir una presión sobre ellos. Si Ken me los retorciera, anhelo, y vuelvo a cerrar las piernas. ¿Por qué se me ocurrió optar hoy por la lentitud?
La última barrera entre nuestros cuerpos son las pequeñas piezas de tela que cubren nuestros pubis.
—Quítatela, por favor —dice una mujer que estoy segura de que soy yo, pero que se escucha muy diferente a la yo que ha estado junto a Ken en situaciones similares.
Ella me mira, como siempre cargada de sospechas. ¿Cuáles creerá que son mis intenciones al tenerla desnuda? No creo que pueda ser más evidente .
Su suspicacia no impide que lleve las manos hacia la braga y en un gesto que parece un reto, pero yo sé que lucha contra cierto recato, Ken baja la delicada tela.
Mis ojos siguen el movimiento, decididos a no perderse la magia.
Por un segundo tengo mi recompensa. La visión de una pequeña y brillante humedad.
Reacciono bajando mi propia braga. Al fin estamos desnudas las dos. Mi cuerpo sufre el pulso que le impone el cuerpo de la mujer que tengo en frente. Vuelvo a mirar entre sus piernas, a su pubis con el vello recortado. Un ramalazo de deseo juega con dar al traste con todo el control.
Ken, Ken.
Acercándome, pongo mis manos en sus caderas, junto nuestros cuerpos hasta el imposible.
Yo necesito más.
Mis manos pasan a sus nalgas, la empujo hacia mí.
Ya casi lo siento. Aumento la fuerza con la que presiono mi centro desnudo contra ella.
Ken, ya entregada, también me busca. Lo siento, ya lo siento.
El roce del vello sobre mi pubis. Dejo escapar un gemido, nunca pretendí poderlo contener.
Vuelvo a restregarme contra ella, como un animal cualquiera.
Si sigo así, terminaré corriéndome en medio de un movimiento torpe.
Acerco mi boca a su boca, Ken me recibe y nuestros labios huyen de cualquier juego, besan con hambre y deseo, un reflejo de lo que sentimos.
Mi lengua encuentra su lengua, la rodea, el músculo firme respondiendo a un ritmo dictado por el cuerpo.
Ken me sorprende alejándose unos centímetros, tomando mi labio entre sus dientes y mordiendo.
Duele. Es magnífico. Cuando creo que está a punto de brotar sangre, suelta el labio, lo lame. Ken me castiga y me cura.
—Ven. —Tira de mí hacia el sofá.
Ken tomando la iniciativa. Sí, por favor.
—Échate. —Su voz parece atrapada en la garganta, saliendo con esfuerzo, raspando en el camino.
Me acuesto en el sofá, sintiendo que hay una multitud de hilos que tiran de mí hacia el cuerpo de la mujer que ahora me alza la pierna izquierda, la pone sobre su muslo y cruza su otra pierna sobre mí, hasta hacerla llegar al suelo.
Entre mis muslos ya se percibe el calor de sus labios. Me impulso hacia arriba, quiero sentirla ya.
—¿Aguantarás? —le pregunto. Un ruego.
Ella asiente y, a pesar de la incomodidad de la postura, sé que Ken aguantará hasta el final.
Desciende, me roza. Ahhhh.
Por unos segundos el aire queda atrapado en mi cuerpo, mis ojos abiertos, inflados de incredulidad. Ken relaja la presión entre nuestros centros, solo para volver con un movimiento circular que provoca un placer puro y nítido en cada terminación nerviosa.
La escucho jadear por el esfuerzo y porque si está sintiendo una mínima parte de lo que yo estoy sintiendo ahora, su cuerpo necesita aliviar de alguna forma la detonación que se prepara dentro.
Será magnífica. Será demasiado pronto.
Estiro mis brazos. Ella entiende lo que quiero y sus manos se unen a las mías que la sostienen.
Ken se mueve con menos control, se restriega contra mí, que le devuelvo la embestida.
Mi clítoris en ocasiones logra tocar su clítoris, en otras, sus labios y en cada ocasión creo que me correré en ese instante, pero ella se aleja y vuelve a comenzar.
Ahora me suelta una mano, la lleva hacia mi entrepierna y con un movimiento apresurado, recoge humedad de mi vagina y la reparte donde ella y yo nos unimos. Joder.
Cuando reanuda el movimiento, hay tanto en mí que necesita liberarse, pugnando por alcanzar el placer absoluto, que sé que el final es inmediato.
Miro a Ken a los ojos. Los de ella están nublados, observándome a través del velo del sexo. Lo comprende, sé que lo comprende.
Le atrapo un pezón entre los dedos, lo aprieto y lo giro. Su dolor es mi dolor, su gemir es mi gemir. Nuestro orgasmo es vida y es muerte. Es un renacer continuo. La cuenta que se renueva en cada ocasión.
Ella cae agotada, pero no cae sobre mí. Huye hacia la otra esquina del sofá. No lo tendrás tan fácil, mi amor.
Me incorporo, cambiando la dirección de mi cuerpo que ahora no pide permiso para echarse sobre Ken. Ella no protesta, me deja estar escuchando su respiración todavía trastornada.
Ha pasado ya mucho tiempo cuando se rinde, doblando su brazo sobre mí. Aprovecho y presiono más mi cuerpo contra ella. Siento que mis músculos se relajan y si lo dejo suceder, me quedaré dormida aquí mismo.
—¿Me puedo quedar esta noche contigo? —pregunto.
—Haz lo que quieras —murmura contra mi cabello.
Contengo un gesto de victoria. Lo echaría todo a perder.
—Me voy a la cama, que tengo frío. —Ken se remueve debajo de mí.
¿Mujer difícil? No, imposible. Pero seré paciente. Sé lo que quiero. La quiero a ella en mi vida. Haré lo que sea para que ocurra.
—¿Te puedo acompañar? —pregunto con algo de sorna—. No me digas, ya sé, ya sé. Que haga lo que quiera.
Le doy espacio para salir, solo para ponerme detrás de su espléndido cuerpo desnudo y caminar así, pegada a ella.
—Mira… —advierte.
Le muerdo el hombro, presiono mi pubis contra sus nalgas.
—¿Qué?
—¿Qué haces?
Mis manos van a sus pechos, los masajean.
—Buscando calor. Yo también tengo frío.
—Mira… —vuelve a advertir, pero ya su cuerpo me está dando otras señales.
Este tiempo juntas será corto, pienso, pero lo que viviremos tendrá la infinitud de las emociones intensas. Porque Ken quizás no lo sabe, pero yo pasaré aquí todo el fin de semana.
Cuando llega el lunes, no hay asombro por tener razón. Solo la laxitud de un cuerpo saciado que empieza a despertar a otro tipo de necesidad. La de destruir lo que debe ser destruido. La de salvar lo que debe ser salvado.
Me levanto y Ken no está a mi lado. No la esperaba. Estos dos días que pasamos juntas fue alguien que huía asegurándose de que la podía alcanzar. Puedo jugar ese juego.
Voy a la cocina, segura de encontrarla.
—Buenos días. —Me acerco y le doy un beso. Me apetece. No sé cuándo podré volver a hacerlo.
Ken ya está lista para ir a trabajar. Lleva falda lápiz, una blusa de cuello alto y la chaqueta descansa sobre la butaca a su lado. Tiene la espalda demasiado recta para ser natural. Frente a ella, el café todavía humea.
Ya es el momento de hablar del elefante en la habitación, decido, pero el sonido de un teléfono se me adelanta.
—Dime, Leila —Ken responde encogida, como si quisiera esconder la cabeza en el pecho.
No logro escuchar lo que la tal Leila dice, pero sé que no es bueno. El rostro de Ken va endureciéndose palabra a palabra.
—¿Puede tener recorrido? —pregunta a Leila y, aunque no hay un mínimo de titubeo en su voz, sé que están hablando de infortunios.
—¿Qué vamos a hacer?
Por un instante, alcanzo a ver a la Ken que, siendo tan joven, llegó tan lejos en un mundo dominado por hombres.
—De acuerdo, espero tu llamada.
Cuelga. Pone el teléfono sobre la isla, después extiende sus dos manos sobre la fría piedra y mira al frente.
—Ewan me ha demandado —informa con calma, en control—. Me acusa de asociarme contigo para forzar la quiebra de su empresa usando información financiera robada.
—¿Qué?
—Según mi abogada, Ewan tiene pruebas de pagos que te he realizado en concepto de consultorías. Según Ewan son pagos por información financiera privilegiada.
Los 5000 dólares, la mitad en efectivo, la otra mitad… Quiero gritar, quiero romper algo, sobre todo algo que forme parte del cuerpo de Ewan. Pero no es el momento. Me acerco a Ken, mis dedos se cierran sobre su hombro.
—Ewan argumenta que yo estoy obsesionada con su mujer. Que primero la soborné y después la seduje. Que él tiene pruebas de esa relación. Según Ewan, el fin último de mi plan es que su empresa quiebre y su mujer pueda adquirirla a precio de saldo.
No era el plan, pero no suena nada mal. El plan era que Ewan acabara con sus huesos en la cárcel o huyendo como una rata de los delincuentes con los que se asocia.
Pero me distraje en el camino. No volverá a pasar. Por Ken que no volverá a pasar.
Me inclino, la beso en la cabeza.
—Vas a estar bien —murmuro entre sus cabellos que huelen a coco y lima—. No confíes en mi amor por ti. Confía en mi odio por Ewan.