18. Capítulo 17 #2
—Genial, cenando aquí siempre se está bien, ¿no? —Emma, mosca muerta Emma, parece ser del tipo de persona que siempre busca hacer sentir cómodas a los demás.
—Pues la verdad que no sé. Es mi primera vez aquí —dice Ken y después se produce el temido incómodo silencio. Yo lo disfruto.
—Yo soy Mira, amiga de Ken —digo todavía sentada en la silla, dirigiéndome a la mujer de ojos rasgados y pelo como la noche que la acompaña.
Le doy una mirada cómplice, que espero que sea percibida por todas.
—Sí, ella es Mai. Mi pareja. —La voz de Emma parece que se va a romper en la frase final, pero gana un último impulso—. Llevamos saliendo poco tiempo, por eso no la conocen.
—¡Felicidades! —exclamo con una efusividad irreprochable. Para que después se sugiera que no soy de naturaleza amable.
Mai me agradece, aunque estoy segura de que a solas con su novia tendrá preguntas que hacer, reproches que vociferar. Ay, Emma, tu noche acaba de complicarse.
¿Y mi noche? Cuando las dos mujeres se van, me apresuro a dirigirme a Ken.
—Siento mucho que no funcionara. —Practico mi cara compungida.
—¿De verdad? —El escepticismo en su voz podría derribar religiones.
La carcajada me sale espontánea y disfrutona.
—Pues no. Me alegro. Si te veo con ella seguramente ya estaría provocándole un daño irreversible.
—¿Tú te escuchas? —Y a pesar de mis palabras y a pesar de sus palabras, Ken tampoco puede encerrar la sonrisa que le curva los labios—. ¿Te parecen normales las cosas que dices?
—Pues claro que no lo son. Si quieres escuchar cosas normales, ve con Emma. —Me inclino hacia ella y bajo un poco la voz—. Pero ¿con quién estás cenando hoy? ¿Y qué pasó con Emma?
Ken mueve la cabeza, sus defensas resistiendo cualquier evidencia. ¿Será que no siente lo que siento yo? Es humillante, este dudar de mí, esta necesidad de ella.
Por un momento la ira me domina. Me imagino poniéndome de pie, tirando todo lo que hay sobre la mesa.
Una escena excesiva y teatral. Después pienso que esta puede ser mi última oportunidad.
Miro a Ken, que ha vuelto a estar concentrada en su comida.
Para Kendra Cullen hasta el acto cotidiano de alimentarse lleva concentración, cierto cuidado.
Ken no hace nada en su vida sin el propósito del buen hacer.
La ira me abandona, sustituida por una emoción revisitada: anhelo. Por lo que podríamos ser juntas.
Decido arriesgarme. Así se gana o se pierde en la vida.
Busco en mi cartera, saco un sobre que me ha acompañado toda la noche.
—Aquí tienes. —Pongo a su lado el rectángulo abultado.
—¿Qué es? —pregunta, pero yo sé que ella tiene una sospecha muy específica sobre qué hay dentro.
—Lo que te prometí si cenabas conmigo.
Se queda mirando el sobre, con sus 5000 dólares, como si dentro le esperaran serpientes.
—¿Estás en la ruina y das dinero innecesariamente? Es el tipo de decisión económica muy poco prudente que te desaconsejo, Mira.
Por Dios, esta mujer es para comérsela.
—Pues no sé, Ken, si lo anterior te pareció poco prudente, lo siguiente, ¿qué te parecerá? —Me inclino hacia delante, mi voz se hace más profunda.
Sé que mis ojos despiden un brillo húmedo y un mensaje inequívoco.
—¿A qué te refieres? —El surco en medio de su frente es un grito de desconfianza.
Recorro su rostro con la mirada y me detengo en sus labios, en ese pliegue lateral que tanto contribuye a su expresión severa. Tengo que volver a romper a esta mujer. Romperla para reconstruirnos nuevas.
—Compro una noche contigo. Esta noche. Cinco mil más por pasar esta noche contigo.
—¿Qué? —Levanta la voz, horrorizada.
Pero antes del horror hubo algo más, un segundo, cosa de nada: el despliegue involuntario del deseo. Incluso en ese qué tan airado, Ken deja escapar algo de temblor.
—De cierta manera sería una recompensa para mí. Un cambio de rol. Ahora el poder sería mío.
—Mira, ambas sabemos que el poder siempre fue tuyo.
Pero lo he perdido y lo quiero de vuelta, deseo confesarle.
—El poder ahora está en tus manos, es tu decisión —termino diciendo. Es también parte de la verdad.
Desde que conozco a Ken he sabido leerla con total certeza. Mejor que Jill, tal vez mejor que Carys. Por eso veo pasar por su rostro la lucha entre deseo y prudencia, entre atracción y miedo. Ken teme empezar todo de nuevo. Ken muere por empezar todo de nuevo. Como yo.
La victoria, nuestra victoria, la percibo quizás antes que ella.
—Vamos —dice.
No necesito nada más para ponerme de pie, gestionar la cuenta y salir con ella a mi lado. Me atrevo a más. Hoy es una noche para atreverme a todo. Saliendo del restaurante le tomo de la mano. Ella se deja hacer. Yo no sé si lo que me atraviesa es euforia o las burbujas del deseo.
—Mira, hay algo que tengo que decirte. La razón final por la que vine a la cena y por la que me voy ahora contigo.
—Su tono me borra la euforia. El cuerpo se me tensa antes de que continúe—.
Hoy denuncié a Ewan ante el banco. Lo hice por Mark, pero también por Jill.
No merece que su vida dependa de los chantajes de un tipo como Ewan.
En medio de la acera, mientras esperamos al coche que pedimos, presiono con fuerza la mano de Ken, la llevo a mi boca y la beso. Nos quedamos en silencio, pequeñas ante la inmensidad de la ciudad.
Oh, Ken, Ken. ¿Ahora?