Yo te pago 18. Capítulo 17
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18. Capítulo 17

P or qué decidí ver a Stella antes de cenar con Ken es algo que no sé explicar con razones objetivas. Quizás por una especie de inoportuno sentimiento de lealtad a ambas. Cuando sientas que un sentimiento noble te atrapa, detente y piensa. Suele ser el comienzo de una metedura de pata. Como esta.

—¿Dejarlo todo atrás? —Su carcajada sin gracia sirve de adelanto a lo que sin dudas me dirá después—. ¿En qué estás pensando? ¿Tú crees que un tipejo como ese marido tuyo te dejará en paz, te dejará salir limpiamente con un divorcio y ya?

Endurezco el gesto. Ambas sabemos la respuesta.

—Te dejará ir, sí, pero sin un céntimo y cargando con todas sus cagadas. Que yo te tenga que decir esto a ti, Mira Radley.

La decepción en las palabras de Stella es genuina. Yo siempre fui quien vi estas cosas, quien actuó varios pasos por delante antes de que una posibilidad indeseada se convirtiera en una realidad odiosa.

Pero lo que Stella no sabe, o quizás solo intuye, es que ahora hay una posibilidad deseada, una posibilidad mínima, que me encuentro añorando.

Y como todo lo valioso de la vida, tiene un precio.

Para mí, quizás, ese precio es dejar a Ewan salirse con la suya y esperar a cambio que me deje marchar en paz.

¿Será mucho esperar?

—¿No deseas tener una vida normal? ¿Sin estar mirando por encima del hombro? ¿Sin tener que estar siempre manteniendo esa pose de que puedes romperle la cabeza a alguien en cualquier momento?

Mi pregunta, genuina, se encuentra con la mirada de sorna y desprecio de Stella.

—No sé qué mierda te está pasando, ni si tiene algo que ver con que vayas ahora así, con tu ropa de follar.

—La vulgaridad de Stella me saca una carcajada.

Cualquiera diría que voy en tanga y sin sujetador.

Llevo un vestido cruzado color vino, tacones de aguja, el pelo y el maquillaje hechos por profesionales, pero sin pasarse, unos toquecitos de nada—.

Pero no te autoengañes, Mira, no engañes a los demás.

La gente como tú y como yo nunca será normal.

Eso que llamas normal es un disfraz. Lo que has hecho todos estos años es una actuación.

Así será toda tu vida. ¿Sabes cómo lo sé ?

Dejo a Stella hablar. Hoy necesito que se sienta escuchada aunque a cambio yo tengo que esforzarme para que la furia no me descomponga el rostro.

—Cuando iba al instituto y salíamos a un centro comercial, pasábamos por alguna tienda que nos gustaba, yo al inicio comentaba qué fácil sería llevarse cosas de esos sitios.

Después de ver las miradas que me ganaba, comprendí que ellos no eran como yo.

Ellos no veían una chaqueta y pensaban inmediatamente en la forma más fácil de robarla.

Ellos pensaban en pedir a sus padres que se la regalaran, en ahorrar de su paga.

No en robar. Eso lo pensaba yo. Y yo estoy segura, Mira, de que a ti te sucede lo mismo.

No me refiero al robo. Me refiero a la manipulación, a los esquemas para conseguir lo que quieres. ¿A que sí?

Los ojos de Stella brillan como los de quien ha dado la estocada final. Yo imito a Ken y mastico la bilis de la realidad.

—No sé qué crees saber de mí, Stella. O qué prefieres creer para sentirnos más cerca.

—La lengua me escuece, queriendo devolver a Stella su misma dosis de verdad.

Pero todavía puedo necesitar a Stella, así que me limito a decirle medias verdades—.

Da igual. Eso no va a cambiar el hecho de que ahora mismo hay demasiado riesgo en ir tras Ewan.

¿Vas a darme la espalda solo porque no hago lo que tú quieres ?

Para personas como Stella, la lealtad en su versión más maximalista lo es todo.

Baja los ojos, se remueve. Cuando dejo a Stella para ir a cenar con Ken, sé que mi amiga esperará mi próxima petición. A cambio, llevo conmigo una inquietud odiosa. Las palabras de Stella no hieren, pero dejan señal. Quedan como una mala música de fondo.

Por eso cuando llego al restaurante y veo a Ken, que ya espera por mí sentada frente a una copa de vino, el pálpito exaltado de verla queda amortiguado por una capa de incertidumbre. Nunca seremos iguales. Siempre lo he sabido. ¿Por qué entonces las palabras de Stella me importan?

Ken parece dispuesta a demostrar que esta es una cita impuesta.

Viste como lo haría un día cualquiera para ir al trabajo.

Blazer azul marino, blusa blanca, pantalón recto también azul.

Seguro que si menciono la palabra cita, ella se apresura a aclarar que no lo es, que es una cena para que la deje en paz.

Lo que Ken no sabe es que ella me resulta rematadamente bella y eso no tiene nada que ver con lo que viste. Ahora, delante de ella, me deja unos segundos sin saber qué decir, todas mis neuronas pendientes de percibir cada uno de sus gestos.

—¿Qué? —pregunta, hosca.

Una forma muy romántica de comenzar una cita.

—Qué forma tan romántica de comenzar una cita. —Voy a demostrar un punto.

—No te confundas, Mira. No es una cita.

¡Ja! Ahí está. La negación. Sí es una cita. Ella lo sabe y yo también.

—Pues qué pena, yo me vestí de cita. —Hago un mohín de fingida contrariedad y me siento frente a ella.

Ken me mira de reojo, a su pesar me recorre el cuerpo.

¿Se estará reprendiendo por el desliz? De estar a solas, le quitaría tanto tormento innecesario a besos.

Extraño los besos de Ken, sus labios martirizados, sus manos dedicadas y hábiles.

Extrañar, extraño tener sexo con ella, correrme...

Por favor, qué ganas de correrme abrazada a esta mujer.

Pongo cara inocente, que no se me note el calentón. Hoy soy una Mira más contenida.

—¿Qué vas a cenar? —pregunta, brusca.

—¡Pero qué sé yo! Ni he leído la carta. ¿Y esas prisas?

—Quiero terminar rápido. —Supongo que debo alegrarme de que entre Ken y yo queden pocas máscaras que quitar. Ella no hace el más mínimo esfuerzo en ocultar lo que siente. Yo estoy empeñada en declarar lo que quiero. Y lo digo, sin más.

—Y yo quiero alargarlo toda la noche. —Aliso la servilleta sobre mis piernas, echo un vistazo a la carta—. Dime, ¿qué pierdes con cenar tranquilamente conmigo? Al menos te llevas la experiencia de una buena cena. Este sitio está muy bien.

—¿Por qué siempre propones tratos?

—No sé. Pero tienes razón. ¿Me crees si te digo que no soy muy consciente de ello?

—No, no te creo.

—Bienvenidas. —El camarero se acerca a nuestra mesa con agilidad felina—. ¿Desean que les explique las sugerencias del chef?

—No será necesario. Ya tengo decidido qué pediré —se adelanta Ken.

—Yo no. ¿Nos das 5 minutos, por favor?

Ken puede intentar marcar el ritmo de la noche. Yo también.

El camarero se va y yo vuelvo a donde lo dejamos.

—Sé que tiendo a crear situaciones en las que la otra persona cree obtener alguna ventaja, pero me sale de forma automática. Lo tengo tan interiorizado que ni siquiera soy consciente de cuándo lo hago. ¿Ahora me crees?

—Digamos que te creo, pero sigues sin responder a mi pregunta. ¿Por qué lo haces?

—Porque así es más fácil conseguir lo que quiero de los demás. No veo nada malo en eso. —Si Ken quiere verdades, vamos a dárselas. Estoy para complacer.

—¿Y nunca has probado, no sé, a hacer algo tan raro como pedir directamente lo que quieres?

—No es la primera vez que me dices algo así, ¿ cierto?

—Y nunca me has dado una respuesta real.

—¿Qué tal si lo intentamos? Así probamos mi teoría de que tú nunca creerás mis buenas verdades.

Siempre estás dispuesta a aceptar mis peores miserias.

—Me inclino hacia delante, atrapo sus ojos decidida a no dejarla escabullirse—.

Quiero que esta cena dure toda la noche, quiero hablar contigo durante horas.

Te extraño. Más que extrañar es un anhelo.

Anhelo de más noches contigo. De más tú. ¿Me crees?

Ken baja la vista, remueve el menú entre sus manos.

—¿Pedimos?

La decepción es inmediata e intensa, pero me aferro a un detalle minúsculo. No dijo que no me creía.

—Pedimos.

Cuando el camarero regresa y dice que se llama Robert, pido lo primero que me salta a la vista.

—El atún blanco.

—La ensalada de guisantes y espárragos y el solomillo —le pide Ken a Robert. Después se dirige a mí—. ¿No quieres beber algo sin alcohol? —me pregunta, y su pregunta la siento como el despliegue de un puente entre ella y yo.

—Agua es suficiente. Gracias.

Controlo el entusiasmo, limito el impulso de presionar por una mayor intimidad. Cuando el camarero se va, hablo de cosas banales.

—¿Cómo sigue Carys?

—Dime tú, la conoces mejor que yo.

No sé si Ken ha tenido una conversación banal en su vida.

—Yo la veo muy bien, pero al igual que Jill y tú, tampoco quiero decirlo mucho, no vaya a ser que esta vez también sea un espejismo.

—Son tonterías. No lo decimos por miedo a la decepción, sin más.

Que Ken confiese algo así en relación a su madre es enorme.

—Lo sé, pero yo sí lo digo por no gafar.

—¿Supersticiosa?

—Un poco. No te rías.

—Me cuesta creer que Mira Radley es supersticiosa.

—Tú y tus ideas sobre esa tal Mira Radley. —Giro los ojos, inyecto algo de descaro a mi gesto. Ken, generosa Ken, me regala un estiramiento minúsculo de sus labios. Sin mostrar dientes, eso sí.

La cena llega y estamos unos minutos probando nuestros platos. Entonces, alguien la llama.

—Ken, qué casualidad. —La voz suave, que intenta no llamar mucho la atención, viene de detrás de mí—. ¿Cómo estás?

Primero miro a Ken, a sus ojos agrandados por la sorpresa, a su intento por aparentar que esa sorpresa es bienvenida y agradable.

Después me vuelvo, aunque no era necesario porque la mujer de pelo muy corto que un día pretendió tener algo con Ken pasa por mi lado, se pone a la altura de nuestra mesa.

Viene acompañada de otra mujer. No parece una reunión de amigas.

—Emma, sí, una gran casualidad. —Ken se pone de pie. Admiro la calma que de inmediato logra proyectar—. Yo estoy bien. ¿Cómo estás tú?