Yo te pago 17. Capítulo 16 #2
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17. Capítulo 16 #2

—Ahora resulta que tú sabes más de mi madre que yo —ironiza, pero no hay fuerza en sus palabras. Sigue cansada.

—No, solo que nos llevamos bien. Siempre lo hemos hecho. Es una relación diferente a la que se puede tener con una hija.

—¿Por qué diferente? —Creo que Ken está preguntando muy a su pesar. La sigo hacia el sitio donde elige sentarse a esperar; las sillas más cercanas a las puertas por donde saldrá Carys. Al menos se pone en una esquina con varios asientos libres alrededor.

—Porque delante de una hija siempre se intenta mantener una imagen. En este caso de entereza, de bienestar, incluso un decoro que las madres suelen mostrar y que cuando están entre iguales se relaja .

—¿Tu madre no era así, tengo entendido?

Agradezco a Ken el no intentar suavizar la imagen de una mujer que hizo tan difícil la vida de todos los que la rodearon.

—No, mi madre era lo opuesto de Carys. Donde Carys se escondía para no dañar, la mía buscaba hacer daño. Carys desea la realización de sus hijas, mi madre habría disfrutado verme hundida en la miseria, a su lado.

No estaba en mis planes que la mañana transcurriera así, dramática y visceral. Mi voz oculta la agitación que remueve.

—Lo siento —me dice y, como es Ken, sé que hay pesar real en sus palabras—. ¿Ella ya murió, verdad? Creo recordar que no lo dijiste. Todos quedamos muy impresionados.

—Una sobredosis. Con una amiga. El dinero lo conseguían prostituyéndose ellas o prostituyendo a la hija de la amiga.

Stella. Mi sensible y compleja Stella.

—Es… es horrible. ¿Tú también tuviste que…?

—¿Prostituirme? No, Ken, tranquila. Eso solo lo he hecho a voluntad. —Sonrío como cuando necesito que Ken me desee, aunque sé que no es el lugar, no es el momento.

La veo ponerse en pie, encorvada y con el rostro contraído. Parece que se va a ir, escapando una vez más de mi lado.

¡Fue un chiste, por favor! Siempre ha sido demasiado sensible. Tomando las cosas muy a pecho.

Pero Ken no se va, se vuelve hacia mí, me mira con el rostro desencajado.

—Me has jodido la vida, Mira. Me has jodido la vida.

Pienso en callarme, en proyectar una expresión de pena y culpabilidad. Después me pregunto quién es esa.

—Yo no te he jodido la vida. Hay mucha vida por delante. Y puede ser fabulosa. Solo tienes que atreverte. —Me levanto, me acerco a ella, pero dejando el espacio suficiente para que no se sienta abrumada—. Cena conmigo esta noche. Te explicaré todo lo que quieras. Por favor, cena conmigo.

Ken me mira con ojos desorbitados, la boca entreabierta. No puede creer lo que le estoy pidiendo. Dar el salto nunca fue lo suyo.

—¿Cómo puedes tener tan poca vergüenza? —pregunta al fin en un susurro escandalizado.

Quienes nos rodean deben estar pasando un buen rato. Entretenimiento en vivo.

Me acerco un poco más a Ken antes de soltar mis siguientes palabras .

—Cinco mil, te doy cinco mil dólares si cenas conmigo.

Si la expresión de Ken es una señal, el plan me está saliendo fatal.

—¿Has perdido la cabeza?

—Por ti, un poco. Pero de eso ya hace mucho —le digo una verdad como si fuera una mentira.

Veo a Ken tragar saliva, bajar la vista unos segundos. ¿Quizás también hay un poco de color en sus mejillas? Todavía soy capaz de ruborizarla. De pronto, todo parece posible.

—Mientes por sistema. Es lo que eres, una mentira —Ken comienza a hablar y esas posibilidades que vi tan cercanas se van desdibujando como víctimas de un borrador inclemente—. Nada de lo que digas me…

—Ya está aquí. Todo ha ido muy bien —escucho a la enfermera que se acerca, con Carys a su lado. Los ojos brillantes pierden un poco su brío al fijarse primero en Ken, después en mí.

Yo echo mano de tantos años de posar, de aparentar.

—Genial, ¿regresamos a casa?

—¿Sucede algo? —pregunta Carys, insegura.

La enfermera se despide apresurada, sin dudas percibiendo el ambiente crispado entre nosotras. Chica sabia.

—Nada. ¿Nos vamos? —La voz de Ken puede cortar diamantes.

Pero yo, cuando veo una oportunidad, aunque minúscula, la tomo. Carys puede ser mi oportunidad.

—Tu caprichosa hija, que no quiere cenar conmigo esta noche para enterrar el hacha.

En cualquier momento es posible que vea salir despedidos como proyectiles los molares de Ken.

Carys se aproxima a su hija, entrelaza el brazo con el de Ken y le indica que camine.

—Mira está usándome para lograr lo que quiere, pero eso no le hace tener menos razón. —Su hija la mira como si de pronto le estuvieran saliendo dos cabezas—. Será bueno que hablen, que al menos intenten decirse la verdad con calma.

—¿Mira decir una verdad? —De nuevo Ken y ese resoplido incrédulo cuando se trata de mí.

—Mira puede ser de una honestidad brutal —hablan como si yo no estuviera presente.

Debiera molestarme. No me importa porque lo importante es que esta escena terminará a mi favor—.

Yo diría que su honestidad puede incomodar.

Eso sí. Cuidado. Nuestra querida Mira puede manipularte hasta con las más grandes verdades.

Carys se gira hacia mí sin detener el paso. Estira el brazo que tiene libre y atrapa mi mano. Yo suelto una risotada.

—Las dos están fatal, pero fatal. —Ken ya se ve desesperada.

—¿Pero hay cena o no hay cena? —insisto.

Nos mira moviendo la cabeza, después suelta el brazo de Carys, apresura el paso y nos deja atrás.

Va a haber cena. De eso estoy segura.

Mi pecho se siente ligero, como una adolescente que todavía cree en una vida llena de posibilidades, que todavía no ha aprendido a temer las bofetadas del camino.

—Cuídala —me advierte Carys.

—Todo lo que se deje —le prometo.

En ese momento una notificación del móvil me anuncia que tengo un mensaje.

«Buen trabajo con nuestra amiga. Que siga así. Mantenla contenta.»

Maldito, Ewan. Maldito.