Yo te pago 17. Capítulo 16
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17. Capítulo 16

E scucho el timbre de la casa. Carys y yo sabemos quién es. Ken viene a recogernos, solo que no sabe que yo también estoy aquí.

—Le va a hacer una gracia… —sugiero lo evidente y estoy segura de que mis ojos logran transmitir el ánimo gamberro y juguetón que ahora me mueve.

Ken también logra ponerme así. Traviesa y frívola, dispuesta a sacar todas sus espinas.

—Le abro yo —digo y no le doy tiempo a Carys a negarse.

Mis pies se deslizan en una carrerilla infantil hasta la puerta de entrada. Al llegar, me detengo, tomo aire, recompongo mi rostro. Soy Mira Radley, nada de delatar motivaciones banales.

—¡Ken! Ya estamos listas y esperando por ti. —Sonrío, compongo una sonrisa falsa y espectacular que esconde otra, la auténtica, a mi pesar embelesada por la presencia de esta mujer .

Ken levanta la mirada del móvil que tenía su atención.

Por su rostro pasan las emociones como en un visor de películas Fisher-Price.

Asombro, confusión, enfado. Cuando Ken se enfada, que es muy a menudo, yo sé que el interior de su boca está siendo destrozado, pero el exterior es una cosa que hay que ver.

Porque Ken, y esto es algo que no puede oír porque el enfado pasaría a ira, pone morritos. Sus labios, una V especialmente acolchada en el centro, se unen con fuerza, mostrando desaprobación. La desaprobación de Ken hace temblar mis rodillas, una flaqueza sobre la que debo trabajar.

Esto no es nuevo. Un día me di cuenta de que la hermana hosca y formal de Jill ya era una mujer. Una mujer muy distinta de mí y muy diferente a las mujeres que yo conocía.

Ken, para empezar, nunca buscaba agradar a nadie.

Tampoco necesitaba que alguien le dijera lo que tenía que hacer.

Ella, de forma natural, sabía lo que debía y no debía hacer.

A su apariencia no dedicaba más que el tiempo necesario para no parecer descuidada y, aun así, bajo ese pelo que le cubría gran parte de la frente y las mejillas, ya se podía adivinar el rostro anguloso y de belleza franca que hoy tiene.

Pero era la hermana de Jill, la menor, así que me aseguré de mantenerme en la zona que me correspondía. Hasta que la necesidad venció a los escrúpulos. Es importante que los escrúpulos no sean un gran problema ni en la mesa, ni en el sexo ni en los negocios.

—¿Qué haces aquí? —Más que una pregunta, Ken me está lanzando un reproche.

—Pues ya ves, acompañando a Carys. Si quieres puedes regresar al trabajo. —Me doy la vuelta—. ¿Verdad, Carys?

Pero mi compañera de confidencias ha decidido no meterse en estas batallitas. Mueve la cabeza, sonríe.

—Yo no sé nada. Solo me dicen dónde tengo que subirme y poco más. —Se desentiende de nosotras.

—Pobre, está muy nerviosa. —Vuelvo a mirar a Ken. Le susurro como en una confidencia que no debe salir de nosotras—. Seguro que se le ha olvidado cuando me dijo «Mira, solo en ti confío para que me acompañes hoy».

Se oye la risotada de Carys, escucho el aliento furibundo de Ken. Se pone rígida, me lanza una mirada con claros ánimos homicidas. Qué buena está, la Ken hostil. Qué buena está.

—¿Madre? —Ken no me mira. Su cuerpo es una línea recta que da la sensación de poder partirse en cualquier momento—. Tenemos que irnos ya o llegaremos tarde.

Me quedo donde estoy, esperando a que Carys salga. Después cierro la puerta y sigo a mis dos compañeras de aventura como si yo fuera una más. Los fuegos de Ken a mí no me queman las alas, solo me las forjan.

—Hace buen día hoy, ¿no? —Yo hablando del tiempo como un jubilado cualquiera. Del tiempo.

Ken se enreda con un ladrillo. Tiene un traspié. Carys me mira abriendo los ojos de forma descontrolada. ¿Petición o advertencia? Es Carys; petición.

Este día promete. Falta nos hace a todas.

—¿Qué tal el trabajo, hija? —Carys intenta sacarle alguna palabra a Ken durante el trayecto.

—Bien. —El éxito es escaso.

—¿Cómo está Mark? —insiste.

—Bien. —El resultado es invariable.

Pobre Carys. Ignora que el trabajo no es precisamente un tema que pueda levantar el ánimo de Ken ahora. Recuerdo el porqué y mi espíritu juguetón sufre un aguijonazo.

—Ken, si quieres nos dejas en el centro y después ya nosotras regresamos en un taxi. No hay problema. Al contrario, nos lo pasaremos bien Carys y yo.

—Esto no es una fiesta, Mira. —Ken no me decepciona, reacciona como pelota que rebota contra la pared—. Mi madre no tiene que pasarlo bien. Tiene que ir a sanar.

—¿Pero el tratamiento no va de que se sienta mejor? —La inocencia que imprimo a mis palabras suena tan falsa que no la creería ni un ajeno.

—¿Puedes dejar de tocarme los ovarios, Mira ?

¡Lo logré! Ken me grita. Como grita Ken, claro. Que es una voz más baja de lo normal, profunda, como si estuviese siendo tirada por una cuerda desde dentro. Un grito deconstruido diríamos si nos ponemos modernas.

—Uy, Ken, no quiero hablar de lo que te toco o no delante de tu madre. —Le guiño un ojo a Carys, quitándole importancia a este juego sin mucho sentido en el que estoy metiendo a Ken solo porque puedo, porque ella es tan fácil de picar.

Pero Ken no me sigue el juego. Sus dedos se cierran alrededor del volante con demasiada fuerza. Va inclinada hacia delante, separada del asiento, observando la carretera con una concentración feroz que desentona con el tráfico lento de la ciudad. Todo en su postura parece contenido a la fuerza.

Hoy es un día en el que lo importante es Carys, me recuerdo. Tengo que reconducir la situación.

—A ver, ¿más nerviosa, menos o igual que la vez anterior? —le pregunto a Carys cuando bajamos del coche.

Entrelazamos nuestros brazos y no sé si esto solo hace que Ken se sienta más excluida, pero si yo no lo hago. ¿Lo haría ella? No creo.

—Mucho menos. Ahora ya sé a lo que voy, ya vi resultados.

Creo que todos hemos visto los resultados, pero para variar esta vez pienso en Ken antes de abrir la boca. Ella y Jill han visto estos brotes de esperanza surgir y marchitarse tantas veces que no me asombra la precaución con la que Ken se toma cada cambio. Ojalá esta vez sí. Ojalá.

—Pues vamos allá. A por todas —digo con aire triunfalista al cruzar las puertas de la clínica.

Ken se gira, brusca. Supongo que su dosis de charla motivacional tiene un límite no visible.

—Por aquí, mamá.

—Recuerdo perfectamente dónde es, hija.

Carys, valiente, se acerca a Ken, le acaricia la mejilla. No sé cómo, pero incluso así se ve más tensa.

—Ya está, mamá. Vamos a acercarnos, que ya nos toca.

Carys mira al techo, divertida y desesperada con esa hija que no sabe qué hacer con una muestra de cariño en público. Para ser justas, Carys sabe que en buena parte la historia familiar ha hecho de Ken lo que es.

Cuando se llevan a Carys, ya no queda entre Ken y yo nada que desvíe la atención de nosotras mismas. De mis palabras imprudentes. De su resentimiento. De mi impulso irrefrenable a buscar cualquier reacción de ella, de su obstinación en no dármela.

—Voy a salir a hacer una llamada —dice, optando por huir.

No me da tiempo a responder, se va dando zancadas amplias y rápidas, como si un asunto de gran importancia la esperara al otro lado de la puerta.

Kenny, Kenny, si fuese tan fácil…

Espero 10 minutos, suficiente para tener una conversación telefónica sobre cualquier asunto de sustancia.

Me acerco a la cafetería, pido dos cafés solos para llevar.

Salgo al exterior, el olor del café haciéndome sentir reconfortada.

Un primer vistazo y no veo a Ken alrededor de la entrada del edificio.

Camino unos pasos, miro más detenidamente alrededor. Ni un pelo de esa cabeza arisca.

Una corazonada me hace encaminarme hacia el parking, hacia el coche de Ken que dejamos aparcado hace apenas media hora. Está con la cabeza apoyada en el asiento del coche, con los ojos cerrados. Parece agotada.

Y en un ejemplo más de mi patética situación, pienso en que sería maravilloso decirle a Ken que se olvide de todo por un rato, que apoye la cabeza en mis piernas y que descanse al fin. Que yo me ocuparé de todo.

En medio de mis ensoñaciones, me encuentro con los ojos verde avellana de Ken. Ella parece sobresaltada. Yo estoy sobresaltada. Como si hubiésemos sido sorprendidas en medio de una escena muy íntima.

La veo abrir la puerta del coche, sacar un poco la cabeza .

—¿Qué quieres, Mira?

—Solo te traigo café. —Estiro la taza de cartón entre nosotras, la evidencia de que no miento. Bueno, no tanto.

Duda, pero al final la cafeína se impone. Ken sale del coche, toma la taza sin mirarme y emprende el camino de vuelta a la clínica. El mal humor me sube hasta la lengua y está a punto de convertirse en una frase desafortunada. No es el momento.

—Quiero pedirte disculpas —comienzo.

Me interrumpe el resoplido incrédulo de Ken.

—¿Por qué, Mira? Entre tantas cosas, ¿por qué estás pidiendo disculpas?

Razón lleva, pero no se la voy a dar. No voy a discutir cómo se reparte la culpa entre quien ofrece y quien acepta.

—Roma no se construyó en un día, Ken. Comienzo por disculparme por el comentario que hice antes delante de Carys. Sé que te hizo sentir incómoda. Lo dije sin pensar, creo que se lo hubiese dicho a cualquiera con el que tuviera algo de confianza.

—Da igual, Mira. Mi madre ni se entera de la mitad de las cosas que dicen a su alrededor.

—No subestimes a tu madre.

—¿Subestimarla? —Ken toma un sorbo de café delante de las puertas de cristal que dan acceso al edificio—. Estuviste bastante por casa como para saber de qué hablo. No vayamos ahora creando una imagen de una Carys que no existe.

—Precisamente porque tuve la suerte de estar en tu casa, de ser una más, pero sin la carga del pasado común, te puedo decir que no subestimes a tu madre. Carys lo ve todo, Ken.

Traspasamos las puertas de cristal, todavía nos queda por delante algo más de una hora de espera.

¿Qué hará Ken? Controlo mi deseo de ponerle una mano en la espalda, guiarla hacia la zona en la que están los asientos más despejados y sentarnos una al lado de la otra.

Yo, con las peores intenciones entre manos.