16. Capítulo 15
E ntro a casa y de inmediato me siento hipervigilante. No sé si Ewan estará aquí, no parece que haya nadie entre tanto silencio y penumbra. Necesito una ducha caliente, necesito pensar mis próximos pasos con tranquilidad.
Objetivo: ganarle el juego a un marido que por ahora me ha ganado la partida.
La idea me estimula el ánimo. Nada como un buen entresijo de artimañas para subirme la moral. Sin embargo, hay un minúsculo bicharraco en mi cerebro que insiste en recordarme que esas mismas artimañas me hicieron perder algo a lo que me había aficionado. Alguien a quien me había aficionado.
Lo que tiene imaginar bicharracos es que la imaginación se puede extender hasta tomarlos con las puntas de los dedos, tirarlos en el suelo, pisarlos; dos o tres olas de fuerza extendiéndose sobre su cuerpecito menudo. Pastita de bicharraco, resultado final .
Acepto que no es la solución más eficiente, el bicharraco regresa. En ocasiones con más fuerza. Porque es lo que sucede cuando creen que…
Ewan está en casa.
Me quedo inmóvil en mitad del salón, con las llaves todavía en la mano y el abrigo abierto sobre los hombros. Acabo de darme cuenta. No porque lo haya visto. No porque haya oído su voz, ni sus pasos. Las luces siguen apagadas. Casi todas las cortinas echadas.
Pero yo sé que Ewan está en casa.
—¿Ewan? —elevo la voz.
Nada.
Ni una respuesta. Ni un movimiento. Miro a mi alrededor sin mover la cabeza, solo los ojos, poniendo bajo control el impulso de revisar hasta debajo del sofá.
La casa parece la misma de siempre. La mesa baja con los libros perfectamente alineados.
El jarrón con flores pálidas que yo misma compré hace pocos días.
Las butacas de lino. La alfombra clara. La manta doblada con una precisión que antes me tranquilizaba y ahora me pregunto hasta qué punto es una mentira.
Todo está en su sitio y ese es el problema. Ewan sabe que una cosa fuera de lugar me habría puesto en guardia demasiado pronto.
Cabrón. Tú y yo todavía tenemos muchas puñaladas traperas que darnos.
Me obligo a moverme. Cruzo el salón sin encender ninguna luz. No lo llamo otra vez. No premiaré a Ewan por esconderse.
La escalera me espera al fondo del vestíbulo, la barandilla negra subiendo hacia la penumbra del piso superior.
Recorro los escalones, la madera no cruje bajo mis pies, y por primera vez odio haber elegido bien.
Me irrita la discreción de la casa, su manera ejemplar de guardar silencio.
Al llegar al primer descansillo, siento la necesidad de mirar a mi espalda.
No porque crea que Ewan esté detrás. Si quisiera atraparme, ya lo habría hecho.
Pero no me giro, no por valiente. No me giro por orgullo. No sé si terminaré maldiciéndolo como mi mayor debilidad.
El pasillo del piso superior también está en semipenumbras. Entra una luz grisácea por la ventana del fondo, filtrada por las ramas de un árbol de la calle.
Mi habitación está al final del pasillo.
Mi habitación. No nuestra. Hace mucho dejó de tener ese pronombre.
Las razones comenzaron siendo prácticas: horarios diferentes e irregulares, los ronquidos proinsomnio de Ewan, la comodidad de que cada uno tuviese su espacio.
Las razones se fueron haciendo más enrevesadas, más “tenemos vidas paralelas”, ¿cómo no vamos a tener habitaciones separadas ?
Mi habitación, mi búnker. Y ahora comprendo que eso era exactamente lo que quería. Que fuera hacia allí. Que pensara en mi sitio seguro. Y entonces jodérmelo. Muy bien, Ewan. Estás en racha.
Camino despacio. Cada paso me enfría más. El primer latigazo de alarma ya ha pasado y deja algo mejor en su lugar. Un desprecio afilado corre por mis venas y busca dónde clavarse. Alcanzo la puerta. Apoyo la mano en el tirador. Está frío. Lo giro y la puerta se abre sin resistencia.
Entonces lo veo.
Ewan está sentado en la butaca junto a la ventana, como si llevara horas allí. Una pierna cruzada sobre la otra. En una mano sostiene un vaso con dos dedos de lo que, estoy segura, es whisky. Su amor por el whisky es excesivo.
Su amor por mí hace tiempo que se extinguió.
—Cariño, ¿no escuchaste que te llamé? —Sonrío a mi esposo, conjuro la expresión justa de ilusión y reproche.
Ewan ya no me ama. Yo lo desprecio, pero Ewan nunca podrá demostrar que yo no soy lo que debo ser. Su esposa perfecta.
—Quería darte la sorpresa. —Se apresura a llevarse el vaso a los labios, da un trago rápido y después lo deja en el suelo a su lado .
Se levanta y avanza hasta mí. Cuando Ewan me tiene al alcance de sus manos, me toma por las caderas, tira de mí.
Cuando estoy pegada a él, hace que nos besemos.
El sabor del whisky, que para mí es el sabor de Ewan, hace que evite respirar.
Él insiste en profundizar el beso, su lengua adentrándose en mi boca, sus manos presionándome el trasero.
En otro tiempo este sería un momento para demostrar mi particular poder sobre Ewan, pero mi cuerpo parece haberse olvidado de lo que es capaz. Se cierra, apenas conteniendo el impulso de alejarse del cuerpo del hombre que alguna vez, al menos, sí me atrajo.
—Para ser puta con tu esposo finges fatal. —Me empuja sin mucha fuerza por los hombros.
Me encantaría tener un garrote y romperle la cabeza. Me quedaría muy a gusto. Pero no hago nada de eso. En lugar de seguir instintos torpes, pongo cara de preocupación, le añado un toque de esposa herida.
—¿Qué te sucede, Ewan? ¿Por qué me tratas así? —Me acerco a él, le tomo las manos—. ¿Va todo bien con el negocio?
Mi querido esposo y yo nos miramos a los ojos. ¿Estaremos preguntándonos lo mismo? ¿Hasta dónde sabrá el otro que llega el desprecio y hasta dónde estamos dispuestos a fingir ?
—Sí, sí, disculpa. Fue de muy mal gusto. —Él decide fingir hasta el final. Buen chico.
—No pasa nada. Sé que estás estresado. —Contribuyo con mi parte del papel. Esta obra está bien sustentada entre dos.
—Todo va mejorando. Gracias en buena parte a ti. Ken está siendo muy útil. Lo viste muy claro.
Tan clarísimo que tú deberías estar en la cárcel o huyendo ahora mismo, pero aquí sigues. Yo, a Ken, clarísima la vi.
—Me alegro, cariño.
—Oye, sin ánimo de ofender. ¿Todavía le sigues cobrando cinco mil por polvo a esa infeliz? —Y mi querido esposo me rodea, observándome como una pieza en exposición—. A mí me has salido más barata, cariño.
Culmina el acto con una palmadita en mi culo.
Mastico la humillación. Pienso en Ken, que mastica la vida para no terminar gritándonos a todos.
Pienso, además, en cosas muy relajantes.
Como las formas más inmediatas que tengo de poder hacer daño a Ewan.
Hay mucha paz en conocer los límites propios, en reconocer tu tope de males.
No gana quien busque más la victoria, sino quien está dispuesta a aceptar más derrotas.
El umbral del dolor nos distingue a Ewan y a mí.
Cuestión de infancia, supongo. Porque mientras Ewan se queda con la satisfacción fácil de demostrar su superioridad física sobre mí, de utilizar a Ken como bandera de infamia (¡A Ken!
Qué perdido está, por favor), yo imagino cómo puedo destruir su vida con la red que he construido a lo largo de los años.
Stella, que trabaja en el taller al que lleva sus coches. Sterling, el fundador del principal grupo de la competencia, con el que siempre me he asegurado de mantener una relación cordial. Tess, antigua amante, crítica gastronómica que tan bien ha hablado de nuestras propuestas. Hasta que yo diga.
Pero todos los caminos son imperfectos. Concluyen con Ewan herido, pero no derrotado, con Ken posiblemente más empantanada que antes y conmigo en una posición muy poco satisfactoria. Vengada, sí, pero todavía sin aquello a lo que tengo derecho y que Ewan me arrebató.
Porque toda esta guerra empezó cuando comprendí que Ewan no tenía intenciones de darme lo que me correspondía del negocio. Que los bares que yo ideé y fui construyendo a lo largo del camino eran solo de él. Yo no aparecía en ningún papel.
Entonces comenzó el declive de un proyecto que deslumbró a la ciudad. Un declive que no es casual. Lo que hizo Ewan para intentar arreglar las cosas solo hundió más el negocio y lo comprometió a él. Pero oye, ¿no es todo suyo? Que disfrute del hundimiento.
Todavía con la sensación ardiente de su mano palmeando mi nalga, aligero el rostro. Recuerdo que gana quien más dolor soporte.
—No, ya no es necesario seguir viéndola. Tienes todo lo que necesitas, ¿no?
Me observa, es evidente en su rostro el esfuerzo por adivinar si algo de lo que digo es verdad.
—Sí, la situación parece estar bajo control.
—Me alegro. —Camino hacia el baño, alejándome decidida de Ewan—. Me voy a dar una ducha. ¿Te unes?
Por un segundo la tensión recorre mis hombros, pero Ewan no desbarata mis expectativas.
—Otro día. Tengo que ir a trabajar.
Y se va porque a pesar de la escena anterior, de sus besos y sus toques en mis nalgas, Ewan hace mucho que no se atreve a forzar una intimidad entre nosotros.
Creo, y aquí puedo estar pecando de ingenuidad, que no quiere manchar el único recuerdo que aún tenemos libre de lodo.
Una época en la que de verdad creímos que podría funcionar.
Me doy una ducha larga, caliente y llena de vapor que me hace desear la presencia de otra persona. De esa persona. Me digo que es un capricho. Como quien se compra relojes a precios ridículos o manda a traer una fruta del otro lado del planeta.
Pero el anhelo está sembrado, por eso cuando me levanto después de caer dormida tras el sopor de la ducha, solo una idea me aviva: tengo que verla. Y lo pienso con vergüenza, como una debilidad que he de ocultar porque contradice lo que soy.
Pero el pudor no es suficiente para evitar que vaya. Miro por la ventana y compruebo que ya es de noche. ¿Estará en casa? Con ella nunca se sabe.
Me cambio de ropa, salgo hasta el garaje y tomo el coche que uso con muy poca frecuencia, pero que hoy será necesario.
Cuando llego a su condominio, me quedo aparcada enfrente, en un sitio reservado para discapacitados. Sí, múltenme.
No salgo, me quedo dentro, mirando hacia arriba, hacia donde sé que da su salón. Está apagado. Ken todavía no ha llegado. La alegría que siento es desproporcional a la promesa de recompensa; si acaso veré su coche pasar.
Recuesto la cabeza contra el asiento del coche. Sé que es irracional, pero solo el estar aquí me hace sentir más en calma, como acunada. ¿Acunada? Tengo que salir del atolladero en el que estoy metida con esta mujer. No soy así.
Pero lo haré a partir de mañana. Mejor después de ayudar con lo de Carys.
¿Qué tiene que ver lo de Carys? Mi deber es ayudar como los Cullen me ayudaron a mí.
A Ken tengo que volver a verla como la hermana guapa y complicada de Jill.
Solo eso. Si no, terminaré hundiéndonos a las dos.
Eso. Hecho. Es lo que haré. Pero mañana.
Arrrggg.
No sé cuánto tiempo llevo esperando cuando el negro ordinario del coche de Ken me pone en alerta. Siento que mis ojos se agrandan, sabiendo qué es lo que buscan. Y entonces la veo.
Me incorporo en el asiento. No puedo evitarlo. Los dedos se me cierran alrededor del volante. Soy consciente de lo estrambótico de la situación. Una mujer adulta escondida dentro de un coche para ver pasar otro coche.
Pero es Ken, pienso, y la idea me enerva y la idea es como un imán.
El vehículo reduce la velocidad frente a la rampa del garaje. La luz blanca del acceso le cruza el rostro a través del parabrisas. Apenas veo un perfil. La línea firme de la mandíbula. La boca seria. La mirada al frente, concentrada. Siempre Ken, aun cuando puede descansar de ser ella.
Algo en mí responde, aletea. Como si sintiera que una parte importante está cerca. Qué insoportable. ¿Cómo dejé que significara tanto?
Ken no mira a los lados, no sospecha que estoy aquí.
El portón del garaje se abre lentamente y su coche desciende hasta desaparecer.
Y ya está. Eso ha sido todo. Me quedo mirando la rampa vacía como una atontada.
Pero las degradaciones que hoy pretendo autoadministrarme no tienen fin. Ahora viene la segunda parte.
Sigo esperando.
Miro hacia arriba, hacia su piso. Una ventana se enciende en una planta equivocada.
Luego otra. Después nada. La espera se alarga lo suficiente para desesperarme.
La ropa me escuece en la piel, la temperatura en el interior del coche la percibo elevada.
Entonces, al fin, el ventanal de su salón se ilumina.
No la veo. Solo veo la luz que se traspasa a través del cristal.
Sin embargo, esa prueba de su cotidianidad en un espacio que hemos compartido me es suficiente.
Me siento mejor. Ken está a salvo. Y de permitírmelo, puedo quedarme aquí a imaginar futuros posibles.
No lo haré. Por Ken y por mí. A ella no le complicaré la vida ya más.
Yo no me haré ilusiones vanas. Nunca he podido permitírmelas. Me voy.
Solo unos minutos más , me digo.
Como si desde que probé el cuerpo de Ken por primera vez yo hubiera sabido hacer otra cosa que quedarme demasiado.