Yo te pago 15. Capítulo 14
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15. Capítulo 14

C uando Ken se va, detrás solo queda el fracaso. El mío, a lo grande. Aposté todo a que Ken sería Ken y siguió sorprendiéndome, esta vez siendo una versión de ella, ¿mejorada? No lo sé. Cuando se trata de Ken la objetividad no es mi aliada.

Mierda.

Maldito Ewan. Esta partida me la ganó bien ganada. Pero todo no está perdido. No puede estarlo. Hay demasiado en juego. Demasiadas vidas dependen de ello.

Recuerdo que Carys me espera. Vuelvo al interior de la casa que para mí representa cobijo en tiempos de oscuridad.

Para Ken tiene un significado muy distinto, para ella, quizás, es la oscuridad.

Pero ella y yo no podemos ser más diferentes y a la vez tenemos similitudes muy oportunas.

Ken y yo, cuando queremos, lo hacemos a contracorriente.

¿Similitudes oportunas? Seguramente Ken utilice otro adjetivo, pero lo dicho es que somos muy diferentes .

—¿Ken se fue?

—Sí. —Tomo a Carys de los hombros, busco sus ojos—. ¿Cómo sigues? Dime la verdad.

—Creo que mejor. ¿Lo puedes creer? —dice y su rostro parece iluminado por una luz nueva, un estreno en el rostro de Carys.

—Ojalá, ojalá. —La atraigo a mi pecho, la abrazo con fuerza.

—¿Qué está sucediendo contigo, pequeña? ¿En qué guerra estás metida ahora? —me pregunta separándose un poco de mí.

—Ewan. —Suspiro, voy hacia un sillón, me tiro con aire dramático—. Deshacerme del marido rico está siendo infinitamente más difícil que hacerme con el marido rico.

Carys ríe, como sabía que haría. Es lo que tiene tener un vínculo íntimo y excluyente durante tanto tiempo con alguien.

Cuando una persona es capaz de decirte si ese día tiene deseos de acabar con su vida solo para que tú lo puedas evitar, hay muchas máscaras que no son necesarias.

A cambio, tú le puedes confesar tranquilamente cosas menores: tus profundos deseos de matar a los amantes de tu madre, el desprecio que te despierta tu propia madre, la decisión de ir a por un tal Ewan, que no estaba mal, pero que lo mejor que tenía era que venía de familia con dinero.

—¿Ya no estás bien con él?

Ewan siempre fue tolerable. Divertido incluso. Ahora ha dejado de tener gracia, jugando sucio, poniéndonos a todos en riesgo. Y después está… No. Debo centrarme en Ewan.

—Se ha convertido en un problema. Haciendo lo que no debe. Debo alejarme, pero controlando los daños.

—¿Y qué tiene que ver Ken con eso?

Sus hijas, incluso Jill, nunca le dieron el suficiente mérito a lo perceptiva que puede ser Carys. Es una habilidad que ahora me es inconveniente. Carys y yo no tenemos el hábito de mentirnos.

—Pensé que podía ayudarme, pero ya sabes cómo es Ken. Así que no, al final no tendrá nada que ver.

He dicho una verdad y un deseo. No está mal.

—Ambas sabemos que Ken, aunque bien escondida, es capaz de hacer muchas cosas por ti. —Carys se acerca, me toma las manos—. Por favor, no hagas daño a mis niñas.

Quiero responder de inmediato, pero las palabras no me salen. Las ha frenado lo sugerido por Carys: que yo puedo dañar a Jill o a Ken. Que yo puedo hacerlo a voluntad.

—Yo nunca haría daño a nadie de esta familia —le digo. Y es una afirmación. Y es un compromiso.

—Tú nunca harías daño a Jill, ¿pero a Ken?

¿Qué es hacer daño, Carys? Las imágenes de Ken deshaciéndose en mis manos, perdiendo por unos segundos su severidad, vienen a mi mente.

Después, pienso en mí, arriesgándome a verla cada noche, corriéndome gloriosa en su boca. Cierro los ojos. Siento el animal inquieto que es mi corazón. Tomo una buena bocanada de aire. Me levanto todavía con las manos de Carys entre las mías.

—A Ken solo le haré el daño que ella acepte. —Y para evitar que pregunte lo que ni yo misma sé, la abrazo, me despido de ella—. Ahora tengo que irme. ¿Estarás bien?

—Sí, no te preocupes.

Dejo a Carys sola para ir en busca de la otra persona que conoce mi parte menos presentable. Camino hasta encontrar un taxi y evitarme así dejar un rastro en una aplicación.

—A Bleecker Street —le instruyo.

El conductor mueve la cabeza, seguro satisfecho por el trayecto tan largo que le ha tocado hacer. ¿Hará los típicos comentarios sobre St. James Town?

Espero que no, no estoy para aguantar tonterías. Solo los que tuvimos que soportar vivir en una de esas odiosas torres tenemos el derecho de criticarlas.

Pero el conductor me dice lo que no espero.

—Me viene muy bien esta carrera. Vamos para mi barrio.

Y lo expresa tan normal. ¿Estás loco, señor del taxi? Me imagino diciéndole a alguno de los amigos de Ewan que “yo me crié en St. James Town”. Su cara de espanto, que intentará ocultar con compasión, sería todo un espectáculo.

De ser más generosa, compartiría con él mi origen, crearía un instante de camaradería artificial pero satisfactoria.

Soy generosa cuando es conveniente. Detesto la camaradería, una emoción que predispone al desliz.

—Bien —me limito a decir. Un monosílabo que cumple su objetivo porque el taxista no intenta iniciar una nueva conversación en todo el trayecto.

Cuando entramos en St. James Town, no necesito mirar el letrero de la calle.

Mi cuerpo es el primero en reconocer el sitio por el que hice tanto por salir.

A quien voy a ver dice que exagero. Que no está mal.

Que nadie se mete en nada, que si tienes un alquiler antiguo ahorras mucho dinero.

Que como en todas partes, hay gente estupenda y estupendos hijos de puta. Muy bien.

¿Y qué haces con la fealdad? ¿Con el exceso de gente en cada centímetro? ¿Qué haces con el pasado?

—¿Dónde la dejo? —pregunta el conductor.

—Ya le diré.

Avanza despacio. Unos metros más. Dos torres más. La misma fealdad repetida.

—Ahí.

Me bajo sin despedirme. El aire huele a comida recargada. El estómago me da un vuelco. Frente a mí se alza el edificio, inmenso y superpoblado. Nunca he visto en él otra cosa que un almacén de infortunios.

Yo era el infortunio del apartamento 1412. Ahora voy al 1413.

Entro. El vestíbulo está en exceso iluminado y, aun así, parece sucio. Baldosas gastadas. Paredes con demasiadas capas de pintura. Al fondo, los ascensores, un juego de azar en toda regla. Que los han cambiado, insiste ella, pero las ganas de subir andando los 14 pisos siempre están presentes.

Hoy me corre prisa, así que me la juego. Tengo suerte. El ascensor parece que es de esta década y llega a la planta 14 sin incidentes.

Toco el timbre. Me pongo bien visible delante de la mirilla para que compruebe quién soy. Aquí no se abre por descuido la puerta.

—¿Y eso tú por aquí? —Stella me recibe en un batín de seda rojo con flores blancas. No parece alarmada, más bien avergonzada de verse fuera de su disfraz de mujer de cuero.

De verdad que intento mantener una expresión neutral, pero ¿seda, flores, Stella?

Ja, curvo los labios, después intento mantenerlos disciplinados, pero es tarde, Stella lo ha visto.

Frunce el entrecejo, me mira toda amenazante y con su tamaño, con sus músculos, seguro que funcionaría en otras. A mí solo me provoca más risa.

Stella, tan disfrazada de fiera siendo cachorra necesitada de afecto.

Pero recuerdo a qué he venido. Por qué he venido. La risa se va como un cambio brusco de escena.

—Tenemos que parar lo que teníamos pensado.

Entro en su casa. La conozco como la mía. Es como era la mía. Stella y yo nos conocemos desde que tenemos memoria. Ella era el infortunio del 1413.

Nuestras madres compartían alcohol y dejadez. Tanto compartieron que hasta el último pico adulterado que se las llevó fue compartido.

¿Quién se lo había vendido? La policía trató de averiguarlo, pero en Bleecker Street nadie veía ni oía nada.

Stella y yo caímos en manos de los servicios sociales y nuestra vida terminó siendo muy distinta, aunque siempre hemos mantenido el contacto.

Nunca dejé de tener este vínculo con mi pasado no por nostalgia, no por cariño, sino por conveniencia. Porque Stella no sabe que yo aprendí algo sobre ella cuando ya no la tenía como mi vecina del 1413.

Fue por azar. Me encontré con uno de los camellos de nuestro barrio. Entonces todavía era reconocible para la gente de mi pasado .

—Hey, Mira. ¿Sigues en contacto con Stella? —me preguntó.

—No mucho. ¿Qué pasa?

—Solo curiosidad. ¿Sabes si se mete caballo?

—No contesté porque no le iba a contestar eso a un camello.

Daba igual si la respuesta era sí o no. Pero James se rascó la cabeza, miró a lo lejos—.

Yo pensaba que no, pero estuvo un día buscando en mi zona.

Se llevó algo. Lo recuerdo porque a los pocos días escuché que murieron su madre y la tuya.

James se fue sin decir nada más. No quería decir nada más. Y yo me quedé con una información muy valiosa: Stella era capaz de hacer cosas consideradas terribles si ella las consideraba necesarias. Y esa es una cualidad muy útil.

—¿Por qué? ¿Estás loca? ¡Ya está todo planeado! —Stella protesta en cuanto cierra la puerta.

—No es que no lo vayamos a hacer, Stella. Solo que no podrá ser ahora. No se han dado las circunstancias.

—¿Qué circunstancias?

—Ocúpate de tu parte. Yo me ocupo de la mía. No te tengo que dar explicaciones. Te estoy diciendo que no es el momento porque no lo es.

—Me estoy jugando el culo por ti. ¿Y me vienes con esto? Me debes más que explicaciones, Mira.

—No te juegas nada por mí. Lo haces porque hay buen dinero detrás. Sin historias, Stella .

—¿De verdad crees que solo lo hago por eso? —Parece herida y con razón. Si no hubiese un dólar involucrado, Stella también estaría echándome una mano.

—Da igual, de todas formas ahora no podemos hacerlo. —Me acerco a ella, le rodeo los hombros con mi brazo—. Ewan no va a caer. No ahora.

—No tienes que esperar a que caiga. Con esta operación bien hecha, tenemos para empezar de cero donde queramos. Nueva identidad, nueva vida.

El problema, Stella, es que a mí me encanta quien soy. Y mi vida se estaba sintiendo muy bien.

—¿Es por ella, verdad? —insiste Stella—. ¿Por la estirada esa del banco, la hermana de Jill?

El desprecio que vibra en sus palabras me pone alerta. Lo que insinúa hace que mis defensas se alcen cual púas.

—¿Qué, celosa? —Pongo un dedo bajo su mentón, intento alzarlo.

Stella se revuelve como huyendo de un animal peligroso. Yo, animal peligroso.

—No seas imbécil. Una cosa es que me uses en público para dar celos, como aquel día. No pasa nada. Pero otra cosa es que me jodas por estar encoñada con esa desabrida .

Hay palabras, frases, que son corpóreas. Vas sintiendo su materialidad significado a significado, mientras salen. Se sienten en el rostro, en el abdomen.

El problema, me doy cuenta, es que no hay forma de responder a las palabras mazo de Stella sin parecer defensiva.

La miro con desgana, como si sus desvaríos solo me provocaran cansancio.

—Me voy. Ya te avisaré cuando podamos seguir con la operación.

—Robo, finolis, se llama robo. Le vamos a robar más de dos millones a tu marido y sus socios pandilleros. —Stella proyecta su voz más intimidatoria.

Mi respuesta se limita a un giro de ojos. Stella está hoy imposible. Muy irracional. ¿Operación, robo? ¿Qué más da? Detallines de nada.