Yo te pago 14. Capítulo 13
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14. Capítulo 13

C ada semáforo en rojo me cae como una mala mano. Para no perder la costumbre voy justa de tiempo a recoger a mi madre para su primera dosis del tratamiento.

Aprovechando el parón impuesto por la tiranía de la luz roja, marco el número de mi madre. Su voz temblorosa llena el coche.

—¿Ken?

—Sí, mamá, soy yo. ¿Ya estás lista? En diez minutos estoy ahí.

—Sí, ya estoy lista, pero de verdad, Ken, no hace falta que vengas, puedo ir en taxi y después me vienes a recoger. O tu hermana, ya sabes que dijo que podía hacerlo sin problemas.

Llevamos una semana con la misma discusión que no va a ninguna parte.

Acompañaré a mi madre porque así lo quiero y porque es una de las pocas victorias que me puedo anotar en una sucesión de días marcados por la derrota.

Desde que salí de casa de Mira he pasado la última semana en un hotel.

He estado huyendo del hecho seguro de encontrarla.

Sé que tengo que confrontar a Mira, pero todavía no.

Necesito desintoxicarme de su efecto sobre mi cuerpo.

—Será esta primera sesión. Solo quiero estar cerca en esta primera sesión para asegurarnos de que todo vaya bien. Ya después es más fácil —le explico una vez más.

El tráfico vuelve a cobrar vida y aprovecho para despedirme de mi madre. Sus lamentos al decir adiós son los mismos que al recibirme, así que siento que el trayecto hasta llegar a su casa es parte de una misma escena.

—Vamos, mamá, tenemos el tiempo justo para llegar —la apremio.

Me fastidia darle la razón a mi padre, pero si en algo la tiene es que paso mi vida con prisas. Solo cuando estoy con Mira —cuando estaba, ella ya es pasado— el tiempo parecía perder el poder de mantenerme siempre al borde del ahogo.

Así que no es una rareza que al llegar al centro en el que mi madre recibirá el tratamiento salgamos del coche apurando el paso.

Tal vez les suceda a todas las hijas, tal vez nos suceda a Jill y a mí, acostumbradas como estamos a fijarnos en el estado emocional de nuestra madre (hasta la cena podía depender de ello), pero la realidad es que percibo con incómoda claridad la angustia y la incertidumbre que la embargan.

Debería abrazarla, pienso, debería decirle alguna palabra de confort. Pero a mí solo me sale ponerme más rígida, señalar la dirección que debemos tomar con el brazo, como si siendo más segura, más formal, mi madre encontrara algún consuelo.

—Todo va a salir bien —dice a cambio—. Y si no, al menos me gano un colocón.

Me alcanza las manos, las presiona. Es ella la que intenta darme consuelo. Y funciona. Algo que no sabía que necesitaba funciona.

—Pues sí, eso que te llevas. —Imito una despreocupación ajena a ambas.

Ante las puertas de cristal que dan acceso al centro, me detengo un segundo.

—¿Lista? —pregunto.

Pero mi madre no tiene tiempo de contestar porque desde dentro sale una presencia a recibirnos como si este fuera otro lugar sobre el que ella también tiene poderes especiales.

—Le dije a Jill que vendría. Tengo tiempo y así ella se queda más tranquila. —Es la explicación que nos da Mira.

Mi madre no necesita mucho más porque con Mira las excusas se aceptan fáciles, las mentiras cuelan mejor, las barreras duran menos.

Arrggggg. Mierda. Mierda. ¿Qué hace aquí?

Lo realmente patético es que quiero ir hacia ella, rodearla con mis brazos, decirle… Soy como un perro apaleado. ¿Qué más necesito que Mira haga para yo reaccionar a su bajeza?

Mi madre hace realidad los abrazos que yo imagino, encuentra en Mira el consuelo que yo no sé dar. Mira, consuelo falso.

—Puedes irte, Mira. No es necesario que estés aquí —la apremio a dejarnos solas. Nunca debió venir.

—Ken. —El tono de mi madre es de reproche—. Mira tuvo este detalle, hay que agradecérselo.

Mis ojos se cruzan con los de Mira. Espero ser capaz de transmitirle todo el desprecio con el que la pienso y de ocultarle todo el deseo con el que la anhelo.

—Lo que digas, mamá, pero que sea rápido porque ya estamos atrasadas —digo y entro en el centro, dejando a Mira y a mi madre detrás.

—Pero, Ken… —intenta protestar mi madre.

Escucho sus pasos que me siguen, la voz de Mira que aparenta comedimiento.

—No te preocupes, Carys. Ken está tensa, es normal. Está preocupada.

No lo veo, pero estoy segura de que Mira le rodea los hombros con un brazo, que camina así a su lado.

Mi malhumor burbujea por demasiadas cosas: la presencia de Mira, lo que siento y no debería sentir, la normalidad con que ella lo toma mientras yo quiero romper algo y solo consigo romperme los dientes.

Soy una bomba de anhelos, frustración y deseo.

—Ken, es aquí. —Escucho la voz de mi madre.

Comprendo que estamos frente a la recepción, que toca entregar la documentación. La recepcionista nos indica que esperemos, que en unos minutos la llamarán.

Cuando nos sentamos, Mira se sienta al otro lado de mi madre. Le toma la mano, la envuelve entre las suyas.

—¿Cómo te sientes? —Mira se interesa.

Supongo que esa pregunta debía hacerla yo.

—Un poco nerviosa. —La voz frágil de mi madre me desconsuela.

Mira no tiene tiempo de responder porque una enfermera aparece y llama a Carys. Me pongo en pie, intento acompañarla, pero la enfermera, con ese aplomo tan propio de quien pasa los días ayudando a personas en sus peores momentos, me detiene.

—Los familiares se quedan aquí. Ella estará bien —dice en un tono práctico.

Mi madre me aferra el brazo un instante, después, desaparece por una puerta que se cierra sin ruido.

Ahora solo quedamos Mira y yo.

Vuelvo a mi sitio, separada por un asiento de ella. Me apresuro a tomar el móvil. Pero la presencia de Mira, que parece en total calma consigo misma, será imposible de ignorar durante dos horas.

—Puedes irte —repito, sin rabia en cada sílaba esta vez. Solo hastío.

—Prefiero quedarme.

Y no se va.

El silencio vuelve, solo que esta vez sé que tengo que aceptarlo. Mira una vez más me ha impuesto lo que ella desea. Yo me limito a asumirlo.

¿Si le pago, se irá? Pienso en hacerle la pregunta, en humillarla. Después me doy cuenta de que solo me haría daño a mí misma. Estoy en el punto en el que todo lo que haga para dañar a Mira es una forma de autoagresión.

—¿Quieres un café? Creo que hay una cafetería por aquí —ofrece Mira después de un rato.

—No.

—De acuerdo, Ken. —Mi voz no es la única cargada de hastío.

Poco más de dos horas después, cuando por fin aparece mi madre —el pelo algo deshecho, los ojos con la lentitud de quien acaba de abrirse al mundo—, la enfermera la acompaña hasta nosotras y le recuerda que no puede conducir hoy, que si nota algo raro, tiene el número del centro, que la próxima sesión es en tres días.

Mi madre asiente a todo. Me busca con la mirada.

—¿Cómo estás? — pregunto.

Sonríe y no sé si son mis ganas, que han ido aflorando sin que mis defensas les pongan límites, pero parece una sonrisa auténtica, como la que puede tener Jill cualquier día de su vida. ¿Hará efecto tan rápido? No puedo hacerme ilusiones, no puedo, me digo.

—Rara. Como que todo está más lento, pero bien.

Asiento, como si yo tuviera idea de cómo debe sentirse.

—Es normal, según leí —Mira explica.

—Sí, eso me dijo el médico.

—¿Vamos? —Quiero perder a Mira de vista. Mira, que dedicó tiempo a investigar cómo sería la terapia.

Pongo una mano en la espalda de mi madre. Un gesto que dejo a ella interpretar como confort o simple indicación. Mira alza su brazo, lo ofrece de apoyo a Carys. ¿Cómo siempre sabe qué hacer?

Al salir de la clínica, espero que Mira se despida de nosotras, pero continúa caminando hacia donde está el coche. ¿Agotará hasta el último segundo de tortura?

—Bueno, Mira, gracias por acompañar a mi madre. Ya nosotras nos vamos —le digo a pocos pasos del coche.

—¿Te molesta que vayamos juntas? Le prometí a Jill que acompañaría a Carys hasta casa —explica y se gira un poco hacia mi madre, le da un apretón leve en el brazo que sostiene sobre el suyo .

Está utilizando a mi madre. Está utilizando a Jill. Pero a mí no me engaña.

—Ya me ocupo yo, Mira. No hace falta. Es mi madre.

—¡Ken! ¿Qué formas son esas? No te hemos criado así.

Mi mandíbula encierra la respuesta que me viene como una arcada: no me has criado de ninguna forma.

Pero mi madre acaba de salir de un tratamiento médico, mi madre está llena de esperanzas, Jill está llena de esperanzas. Mi familia está bullendo de ilusión mientras ignoran que se asientan sobre un polvorín.

—De acuerdo, Mira, vamos.

En el trayecto de regreso a casa de mis padres, Mira y Carys no paran de hablar como si yo no existiera.

Soy la conductora que desde la parte delantera las oye reírse bajito y trazar planes para agasajar a Jill, mientras yo mastico silencios y vigilo semáforos, fingiendo indiferencia, aparentando no escuchar nada.

Ver al fin la casa de mis padres me abre un resquicio de alivio. Dura poco.

—Escúchame, sabes que es lo mejor. ¿No necesitas volver al trabajo?

Aunque no lo digan, no deben estar muy contentos —Mira insiste desde el centro del salón.

Mi madre asiente a cada palabra—. De verdad, Ken, no me cuesta nada quedarme un rato acompañando a Carys. Es más, aprovecho y le hago una tarta.

¿Una tarta? Mira es capaz de tener un reguero de cadáveres y en medio de ellos estar con un delantal impoluto sacando una tarta impresionante del horno. Ya, ya. Lo sé. Siempre pienso lo peor de ella. Porque Mira saca lo peor de mí.

Pero tiene razón, me vendría bien volver al trabajo, más ahora que… Ahora que por culpa de Mira tengo que estar atenta a lo mío y a tantas otras cosas que no debería.

Dios, ¿cómo terminé en este punto? Sí, recuerdo: «Te propongo tener sexo conmigo a cambio de dinero».

La sangre, una tormenta atrapada en mis venas, parece querer escapar de mí. Miro a mi madre.

—Está bien, pero cualquier cosa, me llamas, ¿de acuerdo?

Regreso al coche como quien llega a una meta, mi cuerpo se siente exhausto, pero saliendo del estado de alerta. Entonces, como un bucle infernal que busca mi ruina, veo por el rabillo del ojo que Mira se acerca.

Debo arrancar el coche, debo partir lo más rápido posible de aquí, pero el potencial de agravio y degradación me mantiene estática. Nunca tendré suficiente de Mira, incluso de sus vejaciones.

Toca el cristal del coche. ¿Querrá en verdad escenificar punto por punto cómo comenzó todo?

—¿Sí, me dejé algo? —Bajo la ventanilla. No puedo evitar interpretar mi papel.

—No, no creo. ¿Podemos hablar?

—No, no tengo nada que hablar contigo, Mira —al fin logro salirme de la escena, evitar repetir errores del pasado.

Enciendo el coche, intento ponerlo en marcha, pero las palabras de Mira me detienen.

—¿Lo denunciaste?

Me sobra aire, tanto que parece que me va a ahogar. Las manos me resbalan del timón, cayendo sobre mis muslos.

—¿Sabías que fue a mi banco? —La voz me sale muy baja, cualquiera diría que cansada.

—Eso no importa ahora. Dime, ¿denunciaste a Ewan? —Mira insiste.

—¿Sabías que tendríamos esa conversación?

—Ken, escúchame. ¿Lo denunciaste o no?

—¿Sabías que me iba a chantajear?

—Nada de eso importa. Créeme, Ken. Mírame, por favor —Mira hace una pausa, aguardando a que cumpla lo que pide, pero yo ya he abierto las puertas a la realidad de la traición y, aunque esperada, el dolor no es menos paralizante—. Yo nunca te haré daño a ti o a Jill. Tienes que creerme.

—Un poco tarde para eso, ¿no, Mira?

—¿Qué quieres decir? Tú denunciaste a Ewan, Ken, ¿ verdad?

¿Denunciar a Ewan? ¿Destruir a Jill? Y a saber qué otra consecuencia puede traer denunciar a Ewan.

—No, no denuncié a nadie, Mira. Ya soy un poco como tú, espero que estés satisfecha.

Ahora sí la miro. Quiero que vea en lo que me ha convertido, en lo que yo me he convertido deseándola. Amándola. Amo a Mira. Me desprecio por amar a Mira.

—Ken. No. No. Se suponía que debías ser tú. Que tú seguirías siendo tú. —Las manos de Mira se aferran con fuerza a la puerta del coche. Lo intenta zarandear—. Debías denunciar, Ken. Se suponía que tú debías denunciar.