13. Capítulo 12 #2
Se inclina hacia delante, apoya los antebrazos en sus muslos y por un instante parece más pequeño. Un hombre que se está cayendo y que, en su caída, está dispuesto a agarrarse de la garganta de cualquiera.
—Porque tú no eres Mira —dice—. Tú tienes un pequeño defecto y es que te importa la gente.
Mi mandíbula cruje.
—No me conoces.
—No necesito conocerte. Me es suficiente con las pocas veces que te he visto y con lo que he escuchado de ti. —Ewan ahora cruza los brazos sobre su pecho—. Vives para tu reputación. La carrera. El “yo no haría eso”.
Trago saliva. El rastro del whisky todavía me raspa la garganta, vuelto arena.
—No voy a ayudarte —insisto, pero mi voz no tiene filo. Lo noto. Lo noto y me provoca miedo y desprecio.
Ewan va hacia el aparador. Se sirve otro trago de whisky.
—Yo creo que sí vas a ayudarme —afirma de espaldas a mí.
—No.
—Sí.
—No lo haré y además no puedo. —Al fin encuentro la coherencia en mí para explicar la situación—. Aunque quisiera, no puedo. Conflicto de interés. No puedo tocar nada que tenga que ver contigo o con Mira. Si mi banco se entera…
—¿Tu banco se entera de qué? —me corta—. Yo no te estoy pidiendo que lo lleves. No te estoy pidiendo que firmes nada. No te estoy pidiendo que tu nombre aparezca por alguna parte.
Me mira como si yo fuera lenta. Como si yo no entendiera el juego.
—Te estoy pidiendo que hagas lo que hace la gente como tú todo el día, que abras puertas.
La irritación me prende.
—No sé ni por qué estoy discutiendo esto contigo. No, está mal. Punto —digo al fin con la firmeza que espero de mí—. O le das marcha atrás a esta locura o te obligaré a dársela yo.
Me pongo en pie, dispuesta a salir de inmediato de aquí.
—Ok, ok. Intenté ser razonable. Civilizado. Pero sí va a ser verdad que eres un poco terca, ¿no? Escucha, Ken: o me ayudas o tu vida y la de quienes te importan pueden cambiar mucho.
Sus palabras me detienen.
—¿Me estás amenazando?
—Te estoy explicando la realidad.
Saca el móvil del bolsillo, camina unos pasos y lo coloca sobre la mesa, boca abajo. No lo enciende. Solo lo pone ahí, como un objeto que no debemos ignorar .
—Te crees que eres intocable porque vives de la casa al trabajo, haciendo lo correcto. Pero tú tienes puntos blandos. Todos los tienen.
Mis manos se aprietan en mis costados.
—Jill —dice.
El nombre de mi hermana es un golpe físico.
—No.
—Sí. Jill. Embarazada. La buena de Jill. Con la de cosas que Jill ha hecho por ti, Ken, ¿eh?
Me recorre un frío tan brusco que el alcohol deja de existir.
—¿Qué pasa con Jill? —me oigo preguntar y mi voz ya no es la de una mujer adulta. Es la de una niña que de pronto ve aproximarse el peligro hacia su hermana.
Ewan me sostiene la mirada.
—Dan tiene dinero metido en el grupo.
Me quedo quieta. Parpadeo una vez, dos. Como si el parpadeo pudiera servir de escudo ante lo que escucho.
—Eso es mentira.
—¿Sí? —alza una ceja—. ¿Quieres apostar?
El aire se vuelve pesado. Pienso en Jill diciendo que Mira “les dio dinero”. Pienso en Dan preocupado “por hacer más dinero”. Recuerdo ese pudor suyo, esa vergüenza de no sentirse suficiente. Y pienso: qué fácil sería para un hombre como Ewan envolver a Dan en una supuesta oportunidad.
—¿Qué dinero? —pregunto.
—Una inversión. Una cosa temporal. —Hace un gesto con la mano, minimizando—. Dan firmó. Y ahora su suerte está atada a la mía.
Mi corazón late tan fuerte que me duele.
—Jill no sabe nada de eso —susurro.
Ewan sonríe y esa sonrisa está cargada de satisfacción.
—No.
Me vienen ganas de vomitar.
—¿De dónde viene el dinero que puso Dan?
—¿Qué tú crees? —De nuevo esa sonrisa satisfecha que me encantaría borrarle de un puñetazo.
Dan, Dan. ¿Cómo has podido endeudarte para poner dinero en los negocios de Ewan? Me da pánico pensar que la casa de mi hermana esté en riesgo por culpa de este miserable. Por culpa de Mira.
—No lo uses —digo, y la voz me sale demasiado baja, demasiado humana.
—Yo no lo uso —se encoge de hombros—. Lo usa la realidad. Si esto sale mal, si yo caigo, Dan cae y Jill se entera. Y al mismo tiempo se entera de lo otro… no sé, no sé si tu pobre hermana pueda soportar tantos golpes juntos.
—¿Lo otro? —No he terminado de hacer la pregunta y ya sé que es un error.
—Ya sabes, enterarse de que su hermanita se folla a su mejor amiga —se acerca a mí, se acerca tanto que me llega el aire caliente de su boca al hablar—. Pagando, claro.
Sé que Ewan no me ha golpeado, pero el dolor que late en el centro de mi estómago me hace pensar en puñales, en arietes, en puños lanzados a toda velocidad.
—¿También creías que ignoraba este detalle?
Qué ingenua eres, Ken. —Ewan se aleja, me da espacio para que la humillación entre en mí con total libertad—.
Me das un poco de pena, no te creas. No eres el primer capricho que se da Mira fuera del matrimonio, siempre hemos sido abiertos con nuestras necesidades.
Ni tampoco es la primera vez que un capricho de Mira nos es útil.
¿Qué casualidad, no? Con Mira, todo termina siendo útil. Nuestra Mira, una chica lista.
Aprieto los dientes. Siento el músculo de la mandíbula protestar.
—¿Qué quieres que haga? —pregunto al fin y me odio por concederle esa frase. Me odio con una claridad perfecta.
—Ahora sí —dice, satisfecho, como quien al fin logra que un animal coma de su mano—. Quiero que hagas posible el trato.
—No puedes vender un negocio en ruinas y esperar que un banco serio …
—No me des clase, Ken. Tú y yo sabemos que el mundo está lleno de gente que mira hacia otro lado cuando le conviene.
—Mi banco no compra empresas.
—Ya. —Pone los ojos en blanco—. No compra. Asesora, introduce, convence. Tú entiendes el idioma, yo no. Por eso te necesito.
Se inclina hacia mí de nuevo, y ahora baja la voz.
—Tu amigo está en el equipo. Quiero que me recomiendes. Y sobre todo, quiero que me digas lo que quiere escuchar el banco. Qué números le van a convencer, dónde puedo evitar levantar sospechas.
—No puedo estar involucrada.
—No lo estarás —insiste, como si me estuviera tranquilizando—. No oficialmente.
Hace una pausa. Me mira fijo.
—Solo vas a asesorarme, nada más.
Siento cómo me arde la cara. La rabia es tan inútil cuando no la puedes usar para nada.
—¿Y si me niego?
Ewan me mira como se mira a un desquiciado. Con lástima e incomprensión.
—Jill ve su vida destruida. En tu trabajo recibirán pruebas de cómo contratas servicios sexuales.
Aunque no lo puedan probar, todo el mundo notará que hay algo muy turbio en el hecho de que el marido de la mujer a la que pagas por sexo vaya a hacer negocios al banco en el que trabajas. Tu reputación no se salva de eso.
—No te atrevas.
—Todos tenemos que atrevernos a hacer lo que hay que hacer —dice, y ahora sí hay algo casi triste en su tono—. Ya aprenderás.
El silencio se mete entre nosotros como un gas tóxico.
—¿Mira sabe que estás haciendo esto? —pregunto, porque aunque la pregunta me haga parecer desesperada y patética, es lo que más he querido saber desde el comienzo.
Ewan suelta una risa breve, como si yo acabara de contar el chiste con menos gracia.
—Mira sabe muchas cosas.
No es una respuesta.
—¿Qué significa eso?
Ewan alza los hombros. Finge indiferencia, pero se le nota el placer.
—Ya lo descubrirás. Tú cumple con tu parte, Ken. No me falles.
Ewan camina hacia la salida. Abre la puerta. La luz del pasillo se mete en la oficina, me devuelve al mundo de Jill y Dan, de mi madre y sus esperanzas de mejoría. Al mundo de Mira, que dispensa traiciones con total impudicia.
—Vamos — dice Ewan, y su tono vuelve a ser el del chico brutote, pero majo—. Hay que brindar por el malvado capitalismo.
Camino detrás de él como si estuviera atravesando agua muy densa. Cada paso cuesta.
Cuando volvemos al salón, las conversaciones siguen como si nada. Como si mi vida no acabara de ser arrastrada hacia una ciénaga de fraudes y puñales sacados.
Jill ríe por un comentario de Bronwyn. Dan está de pie junto a la mesa, llenando varios vasos altos. Mi madre habla con Mira y se está riendo. Riendo de verdad. Mira gira la cabeza. Me ve. Sus ojos se quedan en los míos un segundo.
Y en ese segundo, con la ingenuidad que tanto me echan en cara, me pregunto si Ewan está diciendo la verdad.
Mira se acerca, suave, como si flotara sobre el suelo.
—¿Todo bien? —me pregunta, con su sonrisa de mujer que siempre sabe qué cara poner.
Ewan aparece detrás de ella, pasa un brazo por su cintura como si estuviera marcando territorio. Mira no se aparta. Solo me observa.
Yo intento hacer que mi rostro sea una máscara.
—Sí —miento—. Todo bien, pero tengo que irme. Trabajo.
Mira entorna apenas los ojos. Me observa como si buscase una verdad que no es la que dicen mis labios.
—¿Escuchan? —mi padre protesta—. Ya se va. Trabajo le llama. Yo le llamo otra cosa, pero me voy a callar.
Mira me está mirando todavía.
Y entonces, por primera vez en semanas, no siento deseo. No siento humillación. No siento ternura. Siento algo peor.
Vacío.
El pozo al que me hizo asomarme Ewan arrasó con todo, dejó un secarral dentro de mí. Gracias, Mira. Tu inmundicia es el mejor anticuerpo contra ti misma.