Yo te pago 13. Capítulo 12
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13. Capítulo 12

N unca había estado en casa de Mira y Ewan. No debí venir. Frente a su puerta, me doy cuenta de que la única buena decisión que tomé hoy fue decirle la verdad a Emma: no me siento cómoda incluyéndola en reuniones familiares.

Emma, recordatorio de mis incapacidades. Incapacidad de que me guste la mujer correcta.

La puerta blanca de cristal y madera por fin se abre.

Detrás de ella está la mujer que anoche estaba entre mis brazos.

No se quedó a dormir. Tampoco hablamos de dinero.

Llevamos dos encuentros sin mencionarlo.

No sé si mis deudas por sexo se van amontonando o van desapareciendo.

Me da igual, haré lo mismo. He llegado a un punto de no retorno: necesito mis momentos con ella.

La necesito en mi vida. Por Mira, soy capaz de soportar incontables escarnios, de ejecutar impensables traiciones .

Soy capaz, incluso, de no preguntar qué hacía Ewan en el lugar en el que trabajo.

—Hola, Ken. —Sus ojos me dicen mucho más. Sus ojos, quiero pensar, me dicen que al fin llego, que me estaba esperando—. Adelante. Ya estamos todos.

Cierra la puerta detrás de mí. Intento alcanzarle la caja de frutas que traje, pero ella tiene otros planes. Me toma las mejillas entre sus manos, acerca mis labios a los suyos, me da un beso profundo y urgente.

—Por todas las veces que tendremos ganas hoy y no lo vamos a poder hacer —dice.

Debería reprenderla, pienso, pero por el cuello me sube un cosquilleo que es como una efervescencia que se extiende por mi cuerpo. Sé que en mi boca no hay un rictus endurecido, sino una sonrisa atontada.

—¿Ya llegó Ken? —Un trueno rompe este momento que nunca debió existir.

—Sí, ya está aquí. —Mira pasa de besarme a mí a responder a Ewan con tanta naturalidad que debería ser una bofetada de vuelta a la realidad, pero ese viaje de regreso a mí me lo da la cercanía de este hombre. ¿Por qué abarca tanto, por qué?

—Pensábamos que ya no venías —dice Ewan, su mano en mi hombro guiándome al interior de la casa.

—Una llamada de última hora, lo siento. —Ni tan siquiera estoy mintiendo.

La cercanía de Ewan no me permite apreciar con calma el lugar donde vive Mira. Es tan diferente a la casa de su pasado. Aquí hay espacios amplios, enormes ventanales que lo inundan todo de luz y muebles de diseño escogidos con mimo.

Nunca visité la casa de su infancia, pero por lo que le escuchaba decir a mi familia, me hago una idea.

Allí los únicos cristales que había solían estar rotos o tenían forma de botella de cerveza.

El espacio era minúsculo, siempre invadido por el amante de turno de su madre.

Un lugar donde tenías que mirar muy bien antes de atreverte a tocar cualquier mueble.

Mira hará lo que sea para defender lo que tiene, pienso y me inunda la tristeza.

Al entrar en el salón, Ewan señala al grupo reunido entre sofás bajos de lino claro y sillones de cuero.

—No son necesarias las presentaciones, ¿verdad?

No, no es necesario. Están Jill y Dan, la razón por la que se hace esta reunión. Están mis padres. Me asombra también ver a Bronwyn y su novio. Bronwyn es una amiga de Jill y Mira, pero no imaginaba que tan cercana como para invitarla a este tipo de reunión.

—Hola —digo y alzo la mano libre en un saludo falto de todo carácter.

—¿Te ayudo con esto? —Mira me salva de la incomodidad de tener a todos observándome. Toma la caja con frutas tropicales que traje—. ¿Algo para beber? ¿ Vino, cerveza?

—¿Kombucha? —pregunto y me siento atrevida. ¿Ella lo notará?

—¿También te gusta esa bebida de hippies? —Ewan suelta un bufido. Todo indica que no es amante de la kombucha.

—Solidaridad con la embarazada —le quito importancia a la elección. Estar tonteando con tu esposa no es la mejor excusa.

—Gracias, hermanita. —Jill se levanta del sofá, se acerca a mí y pasa un brazo sobre mis hombros—. Mamá estaba explicándonos cómo será el tratamiento.

Mi hermana levanta las cejas, asegurándose de que está de espaldas a mis padres.

—¿Sí? —Mi madre nunca ha sido de hablar abiertamente de su enfermedad. Mi padre y yo tampoco. Es lo que sucede con la enfermedad mental. Es motivo de vergüenza, nos hace sentir averiados, que hay algo mal en nuestra estirpe que necesita ser silenciado.

Nadie oculta un infarto, al contrario, se exhibe como muestra de batalla ganada. Un infarto es algo que nos pasó. La depresión, la esquizofrenia o la ansiedad se ocultan como defecto personal. Lo tomamos como lo que somos.

Por eso el que mi madre esté hoy hablando abiertamente del tratamiento al que se someterá, e indirectamente de su enfermedad, es un paso tan enorme.

—Sí, tenemos que ponernos de acuerdo con lo de las sesiones.

—No te preocupes por eso —respondo como una autómata, aunque todavía no sé qué haré.

—No le vendrá mal salir un poco de ese banco. —Mi padre hace su gran aporte.

La irritación me llega rápida y ligera. La mandíbula muerde una nada en la que descargo el agravio.

—Ya quisiera yo estar dentro de ese banco haciendo el dinero que hace Ken. —El bueno de Dan salta en mi ayuda.

Le doy una sonrisa de agradecimiento que se queda a medio camino, detenida por una nueva andanada de palabras de mi padre.

—Tú trabajas honestamente con tu cuerpo, ofreces un servicio real de valor.

¿Cómo vas a comparar tu situación a la de gente que solo especula para hacer ricos a los más ricos?

—Mi padre parece acomodarse más en el sillón, mueve un pie con insistencia—.

Piensa en esto, si mañana el mundo sufre una catástrofe y volviéramos a lo más elemental.

¿Qué tú harías? ¿Lo mismo, no? ¿Y Kendra?

No sé qué es más ofensivo. El hecho de que mi padre no tiene idea de en qué consiste realmente mi trabajo o este discurso público de desprecio total sobre lo que cree que hago.

—Papá, ya te vale —lo amonesta Jill.

—Como yo soy parte de esa casta malvada a la que le encanta hacer dinero especulando, me llevo a Ken para servirle el menjunje que quiere. —Ewan hace gala de su encanto de chico brutote, pero majo, y con un movimiento de cabeza me invita a seguirlo—. Brindaremos por el malvado capitalismo.

Yo, cuerda tensada, lo sigo.

—Padres, ¿hmm? —me dice cuando ya estamos en lo que supongo que es una oficina en casa. Hay dos ordenadores, hay carpetas, libros, cajas.

¿No iba a servirme kombucha?

—¿No íbamos a la cocina?

—Pensé que necesitabas algo más fuerte —dice y se inclina ante un aparador bajo y alargado, de madera oscura. Empuja una de las dos puertas que se abren ante la ligera presión. De dentro, Ewan saca dos vasos y una botella de lo que parece ser whisky.

No estaba entre mis planes compartir un trago con este hombre.

—Realmente no soy una gran bebedora. Con un vaso de agua será suficiente.

—Créeme, un toque de esto es el mejor remedio contra padres imbéciles. Sé de lo que hablo.

No me voy a poner a indagar cómo sabe de lo que habla ni a discutir la imbecilidad de mi padre.

Ewan sirve dos dedos del líquido ámbar oscuro en cada vaso y me pasa uno a mí. No me apetece beber alcohol, pero quiero terminar ya con este momento y volver con todos. Muevo el vaso; el olor dulce, pesado y a madera quemada del líquido me llega. Lo llevo a mis labios y tomo un sorbo.

—¿A que está bueno? —pregunta Ewan, que ya se sirve una segunda dosis.

—Sí, está muy rico.

Lo disfruté. Mentiría si digo que no lo disfruté.

—¿Le estás cogiendo el gusto a las cosas buenas? —vuelve a preguntar Ewan, parapetado detrás de su vaso.

Algo en su tono, en su forma de mirarme, me pone alerta de inmediato.

—¿Qué quieres decir?

—Nada, no me hagas caso, pero siéntate, siéntate —dice y arrastra una silla cerca de otra—. Quería comentarte que hace pocos días estuve en tu banco.

La escena no es casual. Este encuentro no me va a gustar. La certeza de que nada de lo que va a salir de aquí será positivo para mí corta el calor del alcohol como agua helada cayendo sobre brasas .

—No debo hablar de las operaciones del banco fuera de los canales oficiales. Seguro que te han dicho lo mismo.

—Bah, somos como familia, ¿no?

No, tú y yo no somos como familia, Ewan.

—No somos familia y aunque lo fuéramos, tampoco podríamos compartir información.

—¿Pero sí podríamos compartir mujer, verdad?

El golpe me deja inmóvil y desorientada.

—¿Crees que no lo sabía? —insiste Ewan. Su tono es calmado, casi divertido. Como si estuviera preguntando por la última pifia del equipo de béisbol de la ciudad.

—¿De qué hablas? —Mi primer instinto es intentar proteger a Mira.

Ewan me mira con la cabeza ladeada, las cejas fruncidas.

—Es raro verte mentir. No es la imagen que me han dado de ti. —Alza uno de sus brazos—. Que tampoco es que te conozca. Eso de que somos familia es un decir.

—¿Qué quieres? —Necesito terminar con esto de una vez.

—Ya vamos avanzando al fin. ¿Qué quiero? Vamos a ver, ¿qué quiere todo el mundo? Paz en el mundo, salud, una mujer bella, un plato de comida en la mesa.

Mi mandíbula entra en acción, dejando salir todo lo que yo me limito a tragar. El deseo de mandarlo a la mierda, por ejemplo.

—La paz en el mundo se escapa a mi capacidad.

Lo he tenido que aceptar. Salud tengo. Una mujer bella, estarás de acuerdo, también tengo.

El problema, Ken, es que está en peligro el plato de comida en la mesa.

Y ahí entras tú porque un día me dije, pero Ewan, tú, que eres tan buen tipo y compartes tu mujer con Kendra, ¿por qué Kendra no puede devolverte el favor?

¿Por qué Kendra no comparte sus conocimientos y contactos contigo? Y aquí estamos.

Y aquí estamos, hijo de la gran puta. Hijo de la gran puta.

—Dilo ya. ¿Qué quieres?

—¿No lo ves? Que hagas posible el trato. Que compren mis empresas.

—¿Estás hablando en serio? No solo no voy a hacer eso, sino que te animo a abandonar lo que estás haciendo. O lo haces tú o lo denunciaré yo. Es fraude. Se penaliza con cárcel.

—Uy, qué miedo. —Mueve sus manos de gorila, agitándolas como si espantara moscas—. No harás nada, Ken. ¿Sabes cómo lo sé?