12. Capítulo 11
V oy con retraso para acompañar a mi madre al terapeuta, por eso cuando salgo de la oficina, apresurada, carcomida por la escasez de tiempo, por poco paso por alto al grupo que también parece ir de salida de una de las salas de reuniones.
Una voz me hace detenerme a tiempo. Una voz como trueno domado.
La misma seguridad de siempre, esta vez con mi jefe regalándole una pequeña risa como respuesta a algo que dice.
Ewan Fenner está en mi trabajo, acompañado de mi jefe, también de Mark y otros dos analistas júnior.
Solo puede significar algo, pero la posibilidad me trastoca el ánimo.
¿Vendrán con todas las cartas sobre la mesa?
Por mucho que los locales de Ewan y Mira hayan ganado popularidad, dudo que haya una fila de interesados en invertir o comprar el negocio una vez vean los números. ¿Por qué justo mi banco ?
Retrocedo unos pasos y me aseguro de que Ewan se haya alejado lo suficiente para no cruzarnos. Entonces vuelvo a avanzar por el pasillo, donde el cristal y las luces frías distorsionan el paso del tiempo.
¿Por qué Mira no me dijo nada? ¿Porque no lo sabe o porque tiene un plan?
Camino con la sensación de mil ejércitos retumbando dentro de mí. El impulso de regresar e interrogar a Mark me detiene durante unos segundos, pero pienso a dónde voy. Mi madre, tengo que concentrarme en mi madre. Es el tiempo que tengo reservado para ella, no para Mira.
Cuando llego a la casa de mi infancia, Carys me abre de inmediato.
—¿Vamos? —pregunta retorciendo las manos.
Su ansiedad es mi debilidad.
—Sí, vamos un poco justas de tiempo, pero llegaremos, no te preocupes. —Intento sonreír, pero con mi madre el intento queda a medio camino.
—¿Cómo estás, cariño? ¿Cómo te va en el nuevo puesto? —Mi madre intenta establecer conversación en el trayecto hacia el hospital.
—Más responsabilidades, pero ya lo esperaba. —Y ahora aprovecho para hacer la pregunta que debía hacer hace muchos días—. Una cosa, mamá, ¿estás segura sobre ese tratamiento que quieres probar?
No me responde enseguida con una de sus frases huecas y eso ya lo tomo como una victoria.
—Estoy segura de que quiero estar mejor. No quiero seguir sintiéndome vacía y apagada. Ni tú ni tu hermana ni tu padre lo merecen. Tampoco la criatura que viene.
—Nunca lo hemos merecido. —La frase me sale cargada de una recriminación que no tiene cabida en este momento—. Lo siento, no quise decir eso.
—Sí quisiste decirlo. Por supuesto que sí, pero no te lo reprocho —mi madre habla con el mentón pegado al pecho y la mirada baja—. Yo también me lo reprocharía. En mi defensa, solo puedo decir que intenté molestar lo menos posible.
Los deseos de llorar me agarrotan la garganta. Es quizás la conversación más honesta que hemos tenido mi madre y yo en mucho tiempo, quizás nunca, y es también la conversación que con más crudeza la describe. Mi madre, la mujer encerrada en un cuarto para no molestar.
—Lo siento mucho, Ken. Siempre lo he sentido y eso lo hacía todo peor.
Ya no puedo contener las lágrimas. No sé a quién terminará atendiendo el psiquiatra.
—No pasa nada.
—No seas como tu madre. Sí pasa, pasa mucho.
La cercanía del hospital me libera de esta particular terapia mutua. No cambia nada, supongo. Eso no le quita su valor.
Al acceder a la fría mole de cristal y ladrillo, me invaden las mismas sensaciones que la vez anterior: la hipervigilancia constante, la búsqueda de las señales de “anomalía” en todos los que me encuentro, la necesidad de transmitir, aunque sea con una postura más recta de lo normal, que yo no pertenezco aquí, que yo estoy sana.
Yo, la que paga a Mira, sana. Vaya fraude.
—Buenos días, Carys, ¿qué podemos hacer por ti hoy?
Las secretarias conocen a mi madre por su nombre, es una habitual.
—Tengo cita con el Dr. Kaplan, Lauren. ¿Cómo tú estás, cariño?
Ahora mi madre vuelve a ser la figura temblorosa que sonríe demasiado.
—Muy bien, ahora mejor después de verte a ti. Ya sabes cómo va. Siéntate y cuando toque tu turno, te llamamos. Hoy será rápido porque has llegado justo a tiempo.
Lauren tiene tanta razón que apenas nos da tiempo a sentarnos cuando ya nos toca ir hacia la consulta del psiquiatra.
Es la primera vez que lo veo. Debe de rondar la mediana edad, lleva el pelo corto y la barba bien recortada, ambos entrecanos.
Sus ojos muestran que reconoce a mi madre en cuanto la ve.
Nos hace pasar con un gesto tranquilo de la mano y espera a que nos acomodemos antes de sentarse él.
—Carys, ¿seguimos donde lo dejamos la vez anterior? —el Dr. Kaplan pregunta, amable—. Hablamos de la posibilidad del tratamiento con esketamina intranasal. Estabas interesada.
—Sí, lo voy a hacer. —Aunque a mi madre le tiembla la voz, se adivina cierta firmeza en ella.
—Vamos por pasos. Primero tendremos que ver los riesgos de que esnife un tranquilizante de caballos.
—Es mi hija menor, Kendra —dice mi madre y no puedo evitar pensar que en esa explicación van muchas explicaciones que solo ella y su psiquiatra conocen.
—Entiendo perfectamente tus preocupaciones.
De hecho, es lo normal al escuchar el término ketamina.
En el caso de tu madre es una alternativa que se propone después de años de no tener éxito con terapias convencionales.
La familia es la primera testigo de cómo no hemos sido capaces de ofrecer una mejor terapia a tu madre.
—La voz del Dr. Kaplan se hace más cálida, buscando formar un vínculo con dardos de empatía—.
Lo que administramos aquí no es la ketamina de la calle, que se usa en dosis masivas como anestésico o droga recreativa.
Usamos esketamina. Es una versión purificada, aprobada por Health Canada .
—Health Canada ha dado el aprobado a mucho de lo que vende el camello de la esquina.
El Dr. Kaplan levanta las manos y no sé si su gesto me da la razón o pide una tregua.
—Comprendo tu miedo, pero la dosis que se administra con el espray nasal es minúscula. El objetivo no es sedarla ni que tenga un "viaje", solo se busca que las neuronas dañadas durante años vuelvan a reconectarse. Es una oportunidad.
—Ja, ¿oportunidad? ¿Sabe cuántas oportunidades hemos tenido a lo largo de los años? Con cada nuevo fármaco aparentaba que funcionaba los dos o tres primeros meses, después cada caída era más profunda que la anterior.
El Dr. Kaplan, con su expresión comprensiva, parece a punto de ofrecerme una terapia a mí.
—No hay curas mágicas. Te mentiría si te dijera lo contrario, pero a diferencia de las pastillas que tardan semanas en hacer un efecto que apenas notan, el 70 % de los pacientes con depresión resistente notan un alivio profundo en cuestión de horas o días tras la primera dosis.
Si en ti, Carys, tiene un efecto positivo, lo notarás muy rápido.
—Y, Ken. —Mi madre pone con suavidad su mano sobre mi brazo—. Es mi decisión, cariño.
Es su decisión. Es su decisión. Asiento.
—Bien, ahora la logística, que no es menos importante.
La primera fase de inducción son dos sesiones por semana, durante cuatro semanas.
Carys, vendrás, te tomaremos la presión arterial y tú misma te administrarás el espray bajo la supervisión de nuestra enfermera.
Por ley, no puedes abandonar la clínica hasta que pasen dos horas completas de observación en una de nuestras salas de reposo.
Mi madre mueve la cabeza mientras yo solo voy sumando horas, días. La respiración se me hace dolorosa en el pecho.
—Muy importante —el Dr. Kaplan sigue dándonos detalles—. El día del tratamiento, Carys necesita un acompañante, alguien que la recoja aquí tras las dos horas, la lleve a casa y se quede con ella hasta que los efectos residuales desaparezcan por completo.
Una acompañante, dos veces por semana. Durante horas, quizás.
¿Qué fue lo que le dije a Jill? No sé si prometí más de lo que puedo dar.
Si tan solo no llevara tan poco en el nuevo puesto.
¿Por qué no se puede contar con mi padre para nada?
Siento el resentimiento subir como una pompa de jabón dentro de mí.
—¿Puedo hacer que venga un taxi por mí? Me llevaría directo a casa, no hay riesgo de nada, me deja prácticamente en la puerta. —La voz de mi madre me saca de la inutilidad de la rumiación—. Es que Ken está en un trabajo nuevo, tiene mucho que hacer.
—Lo siento, pero la presencia del acompañante es importante. ¿Quizás pueden valorar algún servicio externo?
No sé hasta qué punto este psiquiatra conoce a mi madre en realidad. No creo que mucho. De ser así, no mencionaría tan a la ligera meter a una persona nueva en su vida, más en un momento de vulnerabilidad como es ir a un tratamiento psiquiátrico.
—Ya nos arreglaremos. —Doy por cerrado el asunto, aunque en realidad siga ardiendo y no sepa por dónde abordarlo—. ¿Qué más debemos saber?
Cuando salimos, mi madre y yo lo hacemos en silencio.
Yo no hablo porque de hacerlo, solo seré un espejo de ella misma.
Diré palabras vacías para complacerla, para evitar que caiga en la angustia y la tristeza eterna.
De decir la verdad, solo podría hablar de miedos, de tiempo que no tengo, de responsabilidades a las que no llego.
A mi edad, a la de mi madre, no se supone que yo sea su cuidadora, que ella necesite ser cuidada. Dios, ¿cómo puedo pensar así, después de todo lo que ha hecho Jill?
—Hablaré con tu padre —dice mi madre con palabras que parecen galletas cuarteadas.
—No, no. No te preocupes, todo se solucionará, de verdad .
Me despido de mi madre sin salir del coche, intentando una expresión segura que al menos no contribuya a hacerla sentir más ansiosa. Es tan difícil.
En mí, una preocupación sustituye a otra con asombrosa agilidad: de mi madre a Ewan solo me separa arrancar de nuevo el coche y dirigirme al trabajo.
Necesito ver a Mark.
—¿Mark? —Lo imito, colándome en su oficina sin esperar su permiso. Se vuelve, sorprendido, levanta la vista del ordenador.
—Hey, ¿qué haces? ¿Qué tal todo con Carys? Te iba a llamar dentro de un rato.
—Más problemas, lo habitual, luego te cuento. Solo una pregunta. —Entro, me aseguro de cerrar bien la puerta—. ¿El que estaba aquí hoy era Ewan Fenner?
Mark despliega una sonrisa maliciosa y triunfal.
—¿Lo viste? Preguntó por ti. Parece que le hubiera gustado que llevaras tú la operación. Aunque ya sabes, yo no te he dicho nada.
—¿Y qué le dijeron?
—Que estaba en las mejores manos. —Mark alza sus manos, saca la lengua. Ahora parece un adolescente inconsecuente e ignorante.
—¿Y qué busca? —me atrevo a preguntar.
—Sabes que no te lo puedo decir, Ken. Además, seguro que terminas enterándote, ya te dije que preguntó por ti .
—Sí, sí, disculpa. Solo una pregunta más, prometido. ¿Todo se veía bien? ¿Con los números, digo?
—¿Eso a qué viene? Todo se veía bien, genial, pero ya sabes que es solo el comienzo. —Mark me mira, rebusca en mis ojos—. ¿Hay algo que deba saber?
Es Mark, le debo a Mark más lealtad que cualquier encoñamiento que me provoque Mira. Es el momento de demostrar que sigo siendo yo. Que queda en mí rectitud de monja.
—No, nada, solo es curiosidad. Mi hermana nunca me habla de Mira y Ewan.
Me alejo sintiéndome un guiñapo. Me digo que el desastre de Ewan y Mira eventualmente saldrá cuando nuestro equipo evalúe más a fondo, pero es solo una justificación para soportarme un poco mejor a mí misma. Si Ewan ha venido hasta aquí, no es para jugársela con dos números mal atados.
He traicionado por inacción a mi amigo. Lo he hecho por Mira.
Mi vínculo con ella es tan torcido que ahora solo pienso en follarla. No sé si sería un castigo o una recompensa.