11. Capítulo 10
L o primero que pienso al ver a Emma es una reiteración: debería gustarme mucho esta mujer risueña, con su pelo como coral tallado y la piel tersa y luminosa.
Una mujer que me recibe en medio de la calle con un beso en la mejilla, con un «¿Cómo estás?
» seguido de un «no pensé que te volvería a ver».
Esta mujer despierta en mí sonrisas que no son forzadas, respuestas que buscan agradar y no herir.
—Yo estoy bien, pero tú pareces estar estupenda —me atrevo a decir, aunque en la última palabra tuve que desviar la mirada—. Y yo sí estaba segura de que nos volveríamos a ver.
Quien habla es una Ken bajo el efecto de Mira. Me siento desinhibida, imprudente. Capaz de tantas cosas. Hasta de imaginar un borrón y cuenta nueva. Anoche fue mi despedida de Mira. Una despedida que fue de cierta forma una reconciliación .
—¿Te costó mucho el amago de piropo? —Emma me pregunta, divertida.
—¿Se notó? —Yo que pensaba que había salido tan bien.
—No, estuvo muy bien. Gracias. Solo que, no sé, tengo la sensación de que no es algo que te sea natural.
La amabilidad en la voz de Emma abre puertas.
—Tienes razón, me cuesta soltarme. Prometo hacerlo mejor.
Si algo puedo prometer es esfuerzo. Yo, Ken, reina del esfuerzo.
—¿Mejor qué? ¿No ser tú? Por favor, no. Prefiero todas las malas noticias en la primera cita.
¿Cita? Claro, es una cita, pero escucharlo decir a Emma hace que el estómago me dé volteretas.
—Entonces pondré esfuerzo en mostrar todos mis defectos con la mayor claridad. Por ejemplo, ya me está haciendo sentir inquieta no saber a dónde vamos a ir. Necesito saber si me voy a sentir o no fuera de lugar. No me gusta sentirme fuera de lugar.
Nuestro intercambio, en todo momento revestido de humor, esconde mucho de verdad. Dejé en manos de Emma la elección del sitio por temor a no parecer lo suficientemente moderna, o sofisticada, o relajada, o… uff, es agotador.
Entonces, en este mismo momento, una idea retorcida me visita: esa es una ventaja de pagar por sexo con Mira. No hay que aparentar nada. ¿Pero no hay que aparentar porque pago o porque Mira me conoce tanto que aparentar sería un sinsentido?
—A Velvet, está en esta misma calle.
—¿Qué? —Lo que oí puede ser, pero deseo tanto que no sea.
—El sitio al que te propongo ir. ¿Velvet?
¿Lo conoces? —Me quedo callada delante de su cara amable, tan ignorante de los disturbios que está provocando en mí—.
Es un local en el que podemos probar pequeñas porciones de diferentes platos y además tienen una excelente carta de cócteles. Creo que te va a gustar.
No me va a gustar, Emma. Nada de lo que digas me puede convencer de que uno de los locales de Ewan y Mira me va a gustar.
—No he estado nunca.
Desde que Emma propuso encontrarnos en la Avenida Ossington temí la posibilidad. Enfrenté el recelo diciéndome que Emma no me llevaría a un sitio tan consagrado a la apariencia y a la vanidad.
Pero aquí estamos, a pocos minutos de entrar en un local diseñado como una inmensa y lujosa librería en la que vas a tomarte fotos para redes sociales. Todo, yo lo sé, asentado sobre barras de un rojo delator, el de un negocio que pierde más dinero del que ingresa .
—Yo tampoco, pero hace tiempo que quería venir. Me lo recomendó una amiga —Emma hace un movimiento de cabeza, una invitación—. ¿Vamos?
A su lado, yo me desplazo con el agarrotamiento del músculo castigado.
Mi reacción es la de quien sabe lo que sucederá.
Por eso cuando entramos al Velvet solo experimento resignación al ver a Ewan de pie frente a una mesa baja, derrochando encanto con una pareja que le escucha desde la comodidad de unos sillones color burdeos. Clientes, supongo.
Solo me queda la esperanza de que Mira no esté aquí hoy, de que él no me vea.
—¿Nos sentamos aquí? —Me adelanto a Emma. Necesito estar lejos y a espaldas de Ewan.
—¿Tan cerca de la entrada? ¿No te gusta más aquel rincón? —Emma, por favor, que en la primera cita se supone que todas somos complacientes. El monstruo confrontador no sale hasta pasados unos meses.
Pero el rincón que sugiere Emma no está mal. Junto a la chimenea, con una pared de estanterías oscuras al fondo.
La sigo sin protestar, me olvido de mis modales porque mi preocupación fundamental es dar la espalda a Ewan. Al sentarme, todavía Emma está de pie y eso solo me hace sentir una engreída falta de modales.
—Perdona. —Vuelvo a levantarme apresurada.
—¿Por qué? —Emma pregunta risueña, se adelanta y pone sus manos en mis brazos sin apenas ejercer presión.
—¿Por sentarme antes que tú? No sé, no es educado.
—¿Cuento hasta tres y nos sentamos a la vez? —Me agarra las manos y parece que va en serio. La inseguridad comienza a asomar en mí, pero decido agarrarme al trozo de ilusión que por algún sitio también germina.
Asiento, espero por Emma y su juego improvisado.
—Uno, dos, tres…
—Uy, cuidado, Kenny —otras manos agarran mis hombros. Estas manos no acompañan; se adueñan—. Aquí, aquí.
Miro a Emma, a su expresión desconcertada. Me digo que tengo que calmarme, que la furia de piedra lanzada que siento solo hará más incómoda la situación.
—¿Esa es Kendra? ¿Ken? —Su voz es lo peor porque es una gran voz. Cualquiera diría que la está impostando, pero no lo creo, desde que lo conozco la voz de Ewan siempre ha sonado así, como trueno domado.
Giro la cabeza, me recuerdo que debo aligerar el gesto, pero Mira sigue sin soltarme los hombros y Ewan, a su lado, parece esperar un saludo entusiasta.
Lo más ligero que siento ahora mismo es el deseo de salir corriendo.
Esta mañana, la mujer que ahora me rodea los hombros con tanta simpatía estaba desnuda en mi cama. Dios, las mejillas me arden.
—¿Nos presentas? —Mira primero se dirige a mí, pero de inmediato lo hace con Emma—. Disculpa a Ken, odia que la interrumpan.
Lo explica como lo haría mi hermana, mi madre, alguien íntimo con la confianza necesaria para desvelar debilidades y mortificarme.
—Soy Ewan, Mira es mi esposa y este es nuestro bar —Ewan extiende los brazos, abre el pecho y se muestra como quien se cree atractivo y exitoso.
Nunca he soportado al tipo. Ya está dicho. Y no es solo por Mira, aunque sea lo más fácil de pensar. Hay algo en su forma de ser que me repele de manera natural.
Tiene una presencia ruidosa, de gestos ampulosos y verdades absolutas que agotan a cualquiera. Todo en él es un exceso de mal gusto: manos de gigante, una cabeza demasiado grande y músculos inflados. Es como si alguien hubiera tomado el molde de un hombre y lo hubiera inflado.
—Amigos de la familia —aclaro a Emma con una voz cobarde.
—Emma, proyecto de amiga de Ken —Emma, encantadora Emma, no espera a que yo la presente y lo hace ella misma.
—Mmm, eso suena muy bien, ¿no es así, cariño? —Mira aleja una de sus manos de mi hombro, la cambia por el hombro de Ewan. Ahora su cuerpo nos conecta en un gesto que rezuma posesión. Es insultante—. Jill se alegrará de saber que Ken está haciendo nuevas amigas. ¡Y tan guapas!
Emma ya no tiene escapatoria. Le rehúye la mirada a Mira, se castiga el labio sin ser consciente de ello.
Sé exactamente lo que está sintiendo ahora, un efecto del que no hay escapatoria.
Una mujer de las que solo se ven en las revistas, de esas que suelen pasar por tu lado como si fueras invisible, se detiene para lanzarte un piropo. Chupito en estómago vacío.
—¿Dónde están esas amigas guapas? ¿Y quién es Jill? —Emma intenta recuperar algo de compostura.
—¿No conoces a Jill? Es la hermanísima de Ken, mi mejor amiga y alguien que te encantará conocer. ¡Tienes que venir a casa! El próximo domingo. Estás invitada. Así animas a Ken, que nunca nos acompaña.
Mira remata toda esta pantomima poniendo morros, como si yo fuera una caprichosa que solo hace las cosas por molestar. Mastico, muela contra muela. Mira terminará costándome también una dentadura nueva.
—Queda acordado, el domingo vienen a casa —sentencia Ewan justo cuando me dispongo a negarme—. Ahora debo dejarlas, chicas. Tengo asuntos que atender .
Remata su despedida con una mano en la parte baja de la espalda de Mira. ¿En la parte baja de la espalda, digo? Yo soy una remilgada y él un ordinario. Le toca el comienzo de las nalgas, sin más.
—Mira, muchas gracias por la invitación, de verdad, pero… —Emma comienza a elaborar una excusa. Bien hecho, Emma.
—No, no. No hay escapatoria. Lo pasarás bien, Emma, de verdad. En el peor de los casos, ¿qué puede pasar? ¿Que hagas nuevas amigas? Nos encantará tenerte con nosotras.
Veo la incomodidad en el rostro de la mujer que esta noche es mi cita, a la que debo estar haciendo sentir bien y no dejar a la intemperie, bajo la influencia de Mira.
—¿Podemos hablar un momento a solas? —Es lo que se me ocurre preguntar a Mira.
—Sí, claro. —Mira se gira hacia Emma, le habla con total camaradería—. Ahora va a actuar como gran caballera del reino y me reñirá por haberte puesto en una situación incómoda.
Se ríen entre ellas, como si compartieran un chiste de códigos propios. Hermandad femenina. Pobre Emma.
—¿Vamos? —insisto y sé que como cita estoy dando una pésima imagen, pero en este punto qué importa ya nada. A Mira o le paro los pies o a saber qué termina pasando esta noche. Pero ella me ignora y no deja de dirigirse a Emma.
—Ya ves, Emma, Ken te quiere solo para ti. Nos vemos la próxima semana. Pide todo lo que quieras, te diría que invita la casa, pero es mentira, invitará Ken.
Desvergonzada. Cínica. Descarada.
La sigo en medio de un túnel creado por mi mente en el que solo la percibo a ella caminando delante de mí. Con sus pasos seguros, con movimientos elegantes que yo no puedo dejar de ver como lascivos. ¿Solo en mí tendrá ese efecto?
—¿Entras? —Mira me ha llevado a las entrañas del bar, a una pequeña oficina que bien podría ser en otra vida el cuarto de las escobas. Una mesa, una silla, un ordenador, algunas carpetas sin mucha aspiración de orden. El aire huele a cerrado.
Todavía me doy permiso de pensar que es un sitio en el que nadie imaginaría a Mira, pero es un pensamiento fugaz, accesorio. Lo que me trajo aquí es otra cosa.
—Aléjate de Emma, de mí. ¿Entiendes? Mantente lejos de ambas.
Mira me observa con una sonrisa congelada en los labios pintados de un tono marrón. Sus ojos recorren mi cuerpo, en ellos no hay deseo ni simpatía. En los ojos de Mira hay evaluación y amenaza.
—Traes a una sosa que quieres como novia a mi bar. Un día después de un momento que creí importante. ¿Y soy yo la que debo mantenerme alejada?
El control de Mira sobre su voz provoca escalofríos.
—No sabía que vendría, lo eligió ella.
—¿Las demás siempre eligen por ti, Kenny? —Se acerca, me rodea, la sensación de claustrofobia crece en mí—. Nunca más vas a traer cerca de mí a uno de tus sucedáneos de amante. No soporto verla. Con su carita de no haber roto nunca un plato. Mira qué guay, qué inteligente, qué moderna soy.
Las burlas de Mira me revuelven el estómago. Debo protestar, defender a Emma, no se lo merece.
—Qué alivio sería si te gustara, ¿verdad? —Los labios de Mira en mi oído son lija sobre pizarra—. Porque no te gusta, Kenny. No como tú lo necesitas, ¿cierto?
Me tiembla la mandíbula, mi cuerpo es garrote incapaz de responder. Mira acuna una de mis mejillas, a la otra le da un beso largo que parece un mensaje enrevesado. Se queda ahí, con su rostro pegado al mío, pasando de la fría agresividad a la ternura en unos pocos segundos.
—Te entiendo. ¿Me crees cuando te digo que te entiendo? Es una putada cuando nos gusta lo que no encaja en el plan.
No encaja en el plan... ¡Ja! Para Mira, algo no necesita ser inconveniente ni prohibido para convertirse en un problema. Basta con que altere sus cálculos. Mira, puta y calculadora. Al fin lo admito.
—Y tú tienes un problema, Ken —Mira no cede, no me deja ir—. Tu problema, estoy descubriendo, es que eres menos capaz de lo que creía de renunciar a lo que te gusta cuando no es lo que te conviene. ¿Quién diría eso de Kendra Cullen, mmm?
Al menos yo tengo sorpresas guardadas, aunque decepcionantes.
Mira no. Ella no deja una nota suelta en su papel de manipuladora y arribista.
Como ahora, que intenta manipularme a ritmo de besos locos sobre mi rostro.
Se sienten tan bien, como un bálsamo. Si cierro mi mente a todo, si impido cualquier juicio sobre nada durante unos segundos, los besos de Mira me llevarían a tomarla por la cintura y devolverle sus mimos con igual arrebato.
—Esto es lo que va a pasar. Vas a salir ahí fuera.
Vas a tratar bien a esa chica, vas a beber poco, vas a comer ligero y después la acompañarás a su casa o lo que sea que prefieran esas modernas.
Pero no vas a quedarte con ella. Porque yo te estaré esperando, Ken.
¿Entendido? Yo estaré esperándote en tu edificio para pasar la noche contigo.
Mira no espera una confirmación. No la necesita. Sabe que haré lo que dice, de la misma forma que yo sé que no pasaré la noche con Emma. Tiene razón. He descubierto que soy incapaz de renunciar a lo que me atrae, por mucho que me complique la vida.