10. Capítulo 9
A las siete, Mira aparece en mi puerta vestida de normalidad. Lleva un maletín de cuero en la mano, una chaqueta de aviador de un azul profundo y una falda gris perla que se ciñe a su cintura de junco antes de abrirse y caer hasta media pierna.
Me saluda con un hola desprovisto de complicaciones que remata con un roce en mis labios.
Pasa por mi lado aparentando que esta es una escena cotidiana.
Yo, encandilada, tardo en reaccionar. Porque cualquier hombre o mujer en el mundo querría una escena así para sí.
Me llamo a rendir cuentas: momento falso de una mujer falsa, recuerdo.
—¿Trajiste la información? —rearmo mis defensas, consciente del deseo que su sola presencia hace surgir en mí.
Si fuese una mujer normal, si entre nosotras existiese un vínculo sano, no dejaría pasar un minuto más sin tomar a Mira entre mis manos y desbaratarle su estilo de gamberra con buen gusto a costa de besos y lametones.
—Está aquí, en el ordenador —dice, alza la mano donde lleva el pequeño maletín y se vuelve hacia donde estoy, rezagada detrás de ella.
Cuando Mira me ve, se le dibuja una sonrisa voraz. Sabiendo descubiertos mis deseos, me apresuro a esquivar sus ojos, a ir hacia el sofá.
—¿Qué tienes?
—Es un programa que nos hicieron para llevar las cuentas del negocio, es personalizado —dice dejándose caer a mi lado. Abre el maletín y saca un ordenador—. Solo podemos acceder a él Ewan, uno de nuestros contables y yo.
Pone el ordenador abierto en sus piernas, lo desbloquea con la huella y veo que hace clic sobre un ícono azul que tiene directamente en el escritorio.
Una ventana solicita un correo y una contraseña.
Los dedos de Mira se deslizan con inesperada agilidad sobre el teclado y un segundo después, la pantalla se llena de columnas y números.
Un panel oscuro se despliega con el nombre del grupo en la esquina superior izquierda.
A la derecha, un gráfico de barras muestra los últimos doce meses, doce rectángulos estrechos que suben y bajan con una oscilación que me resulta tan familiar como a otros el abecedario.
Ingresos totales en azul, gastos en rojo.
En casi todos los meses, el rojo supera al azul con soltura.
Contengo el impulso del regaño fácil, me predispongo a indagar más. Desde donde estoy y por lo poco que he visto, la situación luce fatal.
—¿Te explico cómo funciona o tú sabes orientarte en estas cosas?
—No sé cuánto te habrán cobrado por crearte un Excel con contraseña, pero creo que sobreviviré.
—Lo que más me asombra es que entendí el chiste. Y que se lo advertí a Ewan, pero escuchar no es su fuerte. —Mira pasa el ordenador a mis manos y se levanta—. Voy a por agua, ¿quieres algo?
—No —respondo distraída por las filas de números que van desvelando una historia de desastre e inconsciencia.
La columna de “Préstamos y líneas de crédito” tiene más filas de las que debería, la de “Proveedores pendientes” se alarga hasta abajo del todo. Aunque el sector de la restauración no sea mi fuerte, sé que ningún restaurante saneado, ni con esperanzas de sanearse, debería acumular una deuda así.
—¿Entretenido? —La voz de Mira me saca de esta particular película de terror contable en la que no sé cuántos minutos llevo inmersa .
Cuando desvío la mirada del ordenador y centro mi atención en Mira, tiene una mano estirada hacia mí, ofreciéndome una copa de vino.
—Pensé que te iba a hacer falta.
—¿Lo trajiste tú? —no recuerdo haberlo visto.
—No, lo tenías en la cocina, en uno de los cajones —se vuelve a tirar en el sofá, muy cerca de mí, su hombro rozando mi hombro, su muslo tocando mi muslo a través de la tela de la falda—.
Por cierto, es un buen vino, pero esa no es forma de guardarlo.
La cocina en general es muy mal sitio para guardar vino.
Si no quieres comprar una vinoteca, guarda tus botellas en uno de los armarios de la habitación, en la parte de abajo te servirá.
Lo grotesco de la situación me borra las palabras. ¿Cómo puede Mira pensar intrascendencias cuando tenemos delante la evidencia de su ruina? ¿Y qué rayos hace Mira moviéndose en mi casa como si fuese la suya? “Tú no eres así”, escucho en mi cabeza a Jill decir.
—Quizás deberíamos centrarnos más en los números y menos en el vino. —Canalizo a la Ken que recuerdo, a esa Ken que se supone que soy y de la cual tengo un recuerdo muy bonito. No dice cojones, por ejemplo.
—Que sí, que sí. Pero en los números céntrate tú.
Yo me los tengo muy aprendidos, créeme. —Deja la copa de vino en la mesa que hay frente a nosotras, vuelve a recostarse en el sofá y con la mano que acaba de liberar me rodea la espalda.
Mira me atrae hacia sí, acerca mi sien a su boca, besa ese cacho de piel sensible—. Me pone mucho tu cara de concentración.
—¿Podrás tomarte algo en serio? —el problema es que siento la boca de Mira sonreír contra mi sien y aunque no quiero, a mí también se me escapa una sonrisa.
—Es muy serio esto de que me pongas tanto, ehh. No me lo tomo en broma. Tan serio que es casi en lo único que pienso. Todo el día ahí, maquinando cómo liar a Ken para volver a estar con ella.
En esta sarta de mentiras, hay un residuo de verdad: su empeño en buscar cómo manipularme.
—Qué bien hueles —Mira dice y empieza a deslizar su nariz por mi rostro, por mi cuello como si fuera un animal en busca de un rastro.
Y ese gesto, ese acto que siempre me ha provocado cosquillas, ahora me enciende y aviva la carne.
Ella toma uno de mis brazos, lo levanta y esta vez hace que sea yo la que la rodee con él. Mi rigidez es la de un engranaje oxidado que lleva años sin girar.
—Un poco de ayuda por aquí, por favor. Ya me estoy sintiendo patética —Mira insiste en que mi brazo la rodee, en que los suyos formen un círculo que atrape mi cintura. El ordenador, en mis rodillas, se tambalea.
—¿Qué pretendes? ¿Qué buscas? Si me lo dices directamente quizás lo consigas sin tanto esfuerzo, de verdad. —Soy una persona racional, no necesito montar un teatro por cada objetivo.
—Allá vamos otra vez. —Ella deja ir un sonido frustrado, apoya la frente en mi hombro—.
No me vas a creer. Si te digo lo que quiero directamente pensarás que es un plan macabro para conseguir no sé cuál otro objetivo igual de macabro.
Porque la capacidad de malas intenciones que me supones es infinita.
—¿Por qué será, Mira?
—Porque eres una pusilánime y me tienes miedo.
Si algo puedes decir de mí es que siempre he ido de frente.
Brutalmente de frente. Si ofrecer sexo a cambio de dinero no es ir de frente, ya me dirás.
Me crees cuando te humillo. Sospechas cuando te mimo.
Ahora pregunto yo —Mira pierde todo rastro de ligereza—. ¿Por qué será, Ken?
Sé que es capaz de ver cómo me tiemblan los músculos cercanos a la mandíbula. Su pregunta me cierra a ella y me cierra a mí. ¿Dijo algo de pusilánime? Bien, otro día defenderé mejor mi causa.
—¿Nos centramos de una vez en lo importante? No tengo tiempo que perder.
Mueve la cabeza con gesto de pesar, pero al menos me deja continuar.
—¿Entiendes lo que dicen estas cifras ?
—Sí, entiendo, Ken. Aunque no lo creas se me dan bastante bien los números.
Ok, hora de ser desagradable.
—Mira, si se te dieran bien los números, esto no se vería así.
—Pensé que ibas a tener el buen gusto de dejar pasar una respuesta tan evidente, pero en fin… A quien no se le dan bien los números, las constricciones de la vida real en general, es a Ewan.
—Echarle la culpa a quien no está para defenderse es muy feo —digo sin desviar la vista de la pantalla del ordenador.
Mira no responde nada y de inmediato me arrepiento de mi tendencia a moralizar, yo, que en las últimas semanas voy acumulando debilidades como si pretendiera agotar mi cupo vital.
Pero entonces siento sus manos en mi rostro. Con delicadeza me obliga a mirarla. Ella reluce, sus ojos parecen querer quedarse con cada trozo de mí. En su boca una sonrisa fresca, una sonrisa capaz de hacer brotar infinidad de sonrisas.
—Eres maravillosa, ¿lo sabes? Aunque me desesperes, aunque en ocasiones me lleves al límite de la frustración y la furia, sigues siendo la persona más honesta que conozco, la más lúcida y exigente.
Sus palabras y la fuerza con que las pronuncia se convierten en un espejo de mi propia hipocresía .
—No, no. —Muevo la cabeza, me libero de sus manos—. Ya sabes que no es así.
—¿Qué no es así? ¿En esto también te estoy engañando?
—No me engañas ni me engaño. Soy una hipócrita. Mucho pregonar honestidad y lo único que hago es mentir y pagarte.
Una lágrima delatora se me desliza por la mejilla. Intento secarla con un movimiento de hombros, pero Mira me detiene.
—Espera, quitemos este trasto de aquí.
Toma el ordenador y lo deja sobre la mesa, junto a la copa de vino intacta. Después se sienta a horcajadas sobre mis piernas rodeándome el cuello con los brazos.
—Mientes y pagas porque sabes que no tiene consecuencias reales importantes.
Nada de lo que hemos hecho afecta a nadie —habla a media voz, impostando empatía—.
Y porque yo he hecho imposible que te niegues.
Te conozco desde antes de que aprendieras a esconder lo que sientes y utilizo ese conocimiento contra ti. Es una ventaja injusta.
Mira exhibe una mueca de disculpa. El amago de disculpa es mentira, el resto es verdad. Por supuesto que usa todo lo que conoce de mí para lograr lo que quiere. ¿Pero por qué no iba a hacerlo? Es Mira.
—Que no sea capaz de resistir tus manipulaciones no es el alivio que crees.
Comienzo a sentirme incómoda con esta versión mía, plañidera y débil. Otra cosa que admirar de Mira: nunca se queja, nunca va pidiendo que la perdonen por su ristra de imperfecciones.
—¿No? Bueno, lo intenté. Solo recuerda algo: yo confío en ti. Si surge una situación que ponga a prueba quién eres de verdad, yo confío en la Ken con exceso de seriedad y exigencia —se inclina, me besa en los labios—. Ahora, ¿me das un abrazo?
Como una actriz interpretando varios personajes, Mira pasa a ser una mujer necesitada de mimos que se encoge, esperando abrazos. Negarme llevaría a otro juego de estrategias con pérdidas aseguradas.
Yo también la rodeo con mis brazos.
—Esta vez aparenta que te gusta aunque sea un pelín —se queja con la cabeza apoyada en mi pecho.
Intrigante Mira, irresistible mujer que me arrebata sonrisas que yo quiero mantener cerradas a perpetuidad.
Infundo fuerza al abrazo, finjo fastidio por tener que estar rodeando con mi cuerpo el cuerpo de la mujer que primero deseé. Mi parodia se va resquebrajando y solo queda el placer de estar entrelazada a Mira, olvidando las versiones de Mira, recordando solo su esencia.
—Hoy también me puedo quedar —murmura.
Y no quiero, no quiero, pero el corazón se pone alegre, como campanilla delatora.
—¿Qué opina Ewan de eso? —Tengo que matar la alegría, es la ruta más indolora a la pérdida de ilusiones.
—Opina que mi apego a Jill es ridículo, pero ya ha aprendido que no hay mucho que pueda hacer contra ello.
—¿Y si llama a Jill? —Hoy necesito poner piedras en el camino, aunque solo esté retrasando la llegada a un destino inevitable y deseado.
Se separa unos centímetros, toma mi cara en sus manos.
—Déjame a mí preocuparme de esas cosas, ¿de acuerdo? Hoy déjame ocuparme de todo. ¿Me vas a dejar hacer?
Distribuye con cuidado besos por mi rostro, como quien cartografía rutas. Sé que la dejaré hacer; mi cuerpo la espera, rendido, sin fuerzas para alzar otra barrera contra lo que provoca en mí.
—Hay que hablar de las cuentas. La empresa está a un paso de la insolvencia. No sé cómo siguen cumpliendo con los pagos. Lo siento, pero es la realidad. —Mi mente logra resistir un poco más.
—Lo sé, lo sé.
Pega la cadera a la mía. Creo, Dios, creo que se ha subido la falda y que solo la fina tela de su ropa interior nos separa. Acerca su boca y entreabre mis labios con la punta de la lengua.
—¿Qué solución sugieres?
—Recortes… ga stos. —Los fragmentos de palabras me salen en jirones de aliento húmedo de la boca—. Recorte radical.
—Ajá. —Mira atormenta mi labio inferior—. Hay que recortar gastos como unas desquiciadas, ¿no?
Con criterio, quiero decir. Recortar con criterio. Pero Mira ya está en mi cuello, recorriéndolo con la lengua y deteniéndose para clavarme los dientes.
Ella sabe lo que hace en mí. Ese impulso como una ola en el que siento que me voy a correr, en el que en una simple mordida terminará la tortura y todo para volver al punto de partida, al momento del deseo que es ausencia y preámbulo de rendición.
—No será suficiente —cierro los ojos y busco un resquicio por el cual canalizar algo de razón—. Tienen que deshacerse de dos restaurantes, renegociar la deuda y conseguir capital con urgencia.
—Ken.
—¿Sí?
—Abre los ojos.
Yo abro los ojos.
—¿Sabes cuánto me importan ahora mismo los restaurantes?
Yo niego.
—Nada. No me importan en absoluto. En este instante solo tengo un interés en el mundo: pasar la noche contigo. Ninguna crisis financiera va a impedirlo.
Cuando Mira afirma que nada impedirá su objetivo, hay que creerle. Ella no dice frases vanas.
—Échate en el sofá. Ahora te toca a ti dejarme hacer, ¿de acuerdo?
En mi particular bancarrota moral, no respondo, pero obedezco. Su mano encuentra el botón de mi pantalón y el clic metálico suena como una señal de partida, o quizás como el final de mi atrincheramiento.
Porque por primera vez estoy lista para entregarme a Mira. No para dejarme hacer. No para enzarzarme con su cuerpo como una fiera sobre una presa recién cazada.
Entregarme como una amante que anhela y recibe el cuerpo de la amada.
La amada.
Oh, Dios.
La amada.