9. Capítulo 8
P rimero me llega el mensaje de Mira:
¿Me ayudas a organizar mis cuentas? Prometo que te gustará el pago
Se me escapa un bufido que es todo escepticismo y desdén.
Pero poco después vuelve a llegarme otro mensaje:
Me encantará volver a verte. ¿Quedamos este sábado, mañana?
Es Emma. Y a Emma, que cuando sonríe se le esconden los ojos y no me hace sentir que estoy rodeada de trampas mortales, le respondo de inmediato:
Perfecto. ¿A las 7:30? Si eliges sitio, mejor. Seguro que conoces lugares más chulos que los míos
Yo con ir a The Keg me siento de lo más sofisticada.
«Hecho, te enviaré la ubicación», responde Emma y en mí crece la sensación de deber cumplido, de estar haciendo lo que hay que hacer.
Me permito disfrutar del placer que encuentro en volver a ser yo, la placidez de la coherencia del ser.
Pero entonces, Mira llama y esa placidez casi se convierte en sollozo. Tú eres mía , dijo.
Respiro, ignoro la llamada, dejo el móvil boca abajo y me aferro al plan con Emma. Falta solo un día. Falta tanto.
Me vuelco en la pantalla del ordenador, en las cuentas que sí tengo que hacer por deber y porque en hacerlas bien me va un salario que necesito con urgencia. Mira, capricho caro que yo no me debo permitir.
El teléfono vibra, lo siento porque no tuve el coraje de eliminar cualquier posibilidad de notificación. Trampas al solitario.
Es ella, sé que es ella. ¿Y si no lo es, si es mi hermana, que necesita algo urgente de mí? No debo mentirme así, terminaré desconfiando de cada decisión. La vibración continúa, insistiendo en que me necesita, en que debo responder. En mi estómago, la ansiedad es caldo burbujeante.
—¡¿Qué?! —ladro, miro a la puerta de mi oficina temiendo que alguien me haya podido oír.
—¿Ken? —Al final resulta que sí era mi hermana.
—Disculpa, disculpa, creí que eras otra persona.
—¿A quién le hablas de ese modo, Ken? Tú no eres así.
No soy yo, Jill, en eso tienes razón.
—Perdona. Un conflicto en el trabajo que se fue de las manos. —Otra mentira que sale con facilidad pasmosa—. No volverá a pasar. Dime, ¿qué sucede?
—Tengo que pedirte un favor. Sé que estás muy ocupada, créeme que lo sé —mi hermana pone voz de niña a punto de pedir un antojo—. No te pediría esto si no creyera que es importante.
—¿Te has guardado todas las peticiones para este periodo? —Jill va a protestar, pero la detengo—. Es broma. Por favor, ambas sabemos que nunca podré devolverte todo lo que has hecho por mí.
—No funcionan así las relaciones familiares, Ken. No es una cuenta de resultados. —El cariño en la voz de mi hermana suaviza el regaño.
—Sabes lo que quiero decir, pero en fin, dime, ¿qué sucede?
—Es Mira, necesito que le eches una mano.
Siento una levedad que se parece a un mareo. Algo súbito y preciso, que no me deja reflejos suficientes para reaccionar.
—Que le revises sus cuentas, que la orientes sobre qué podría hacer para mejorar la situación en la que se encuentran ahora.
—Estoy segura de que ella y Ewan tendrán profesionales muy cualificados atendiendo su caso, Jill.
—Sí, sí, pero es que ella no se fía.
—¿No se fía de qué?
—De la gente de Ewan. Y quiere una opinión distinta, alguien que también mire por ella, no solo por Ewan. Es solo orientarla, Ken, no es que te conviertas en su gestora.
—Jill, ¿cuándo Mira te pidió esto?
—Uff, no me lo recuerdes. Me lo pidió hace semanas y yo lo había olvidado. Hoy me llamó para preguntarme si lo había hecho —Jill, buena Jill, suena apenada—. Con lo del embarazo me he olvidado un poco del mundo.
Porque mi hermana no conoce hasta dónde pueden llegar las manipulaciones de Mira. ¿O sí? No puedo dudar también de mi hermana. Mira lo contamina todo.
—No te preocupes, me pondré en contacto con ella.
—¡Gracias, Ken! Te debo una, de las gordas. Ya sé que Mira no es tu persona favorita.
—Jmm, ¿no era que entre la familia no había deudas ni ganancias? —Mira solo es la persona favorita de Jill. A los demás les fascina, les provoca envidia, la desean, ¿pero favorita? No se tiene por favorita a quien te hace sentir amenazada.
—Por supuesto que hay deudas y ganancias, pero no funcionan como en economía.
—¿No cambias tú mucho las normas?
—Son las mismas de siempre, pero a mi hermana las reglas del afecto siempre le han costado.
Mi impulso de responder muere, como mueren las respuestas que, debiendo ser sinceras, implican vulnerabilidad. El afecto, asignatura pendiente para mí.
—Te dejo trabajar, ya te he robado demasiado tiempo. —Jill me salva de la incomodidad.
—No te preocupes, llama cuando quieras —digo y no sé si Jill nota este cambio en mí, esta nueva disponibilidad para ella, para nuestra familia en general.
Muchas veces temí que no estaría a la altura cuando Jill necesitara de mí. Que mi sentido del deber solo sería una bonita teoría cuando chocara con la realidad de tener que tratar otra vez con aquello de lo que con tanto empeño huyo. Pero aquí estoy, haciendo lo que todos, intentándolo.
—Gracias, Ken, un beso —se despide mi hermana.
Cuando dejo de hablar con Jill, la calma que mi hermana esparce a su alrededor me abandona. Es sustituida por ira. La mastico como cachos de plomo en la boca. Escucho a Jill en mi cabeza pidiéndome que afloje la mordida.
El teléfono todavía está en mis manos, veo que me tiemblan un poco. Desbloqueo el móvil, marco el contacto de Mira, me aseguro de tener un mínimo control sobre lo que voy a decir.
—Kenny, ¿ahora sí tienes tiempo para mí?
Kenny, Kenny… Estoy en mi trabajo, no lo puedo olvidar.
—¿Cómo se te ocurre utilizar así a Jill? ¿A Jill, Mira? ¡Que es Jill, por Dios! Ha hecho más por ti que nadie.
Y es que duele que utilice a mi hermana para llegar a mí, pero duele más la sola utilización de mi hermana. Duele por Jill, duele porque entonces Mira no sería la cabrona con buen corazón en la que hallo consuelo en medio de mi desmoronamiento.
—No seas dramática. No he utilizado a Jill. Sabes que nunca le haría daño a tu hermana. Sabes que haría cualquier cosa por ella. —El afecto de Mira por mi hermana es profundo y enrevesado, como ella.
Porque Mira, ahora lo entiendo, no lo ve.
—¿Ni lo pensaste, verdad?
—¿Qué?
—Que estabas usando a Jill .
Mira calla y estoy a punto de hablar para no tener que oír lo que va a decir a continuación, pero su voz me llega, clara e ineludible.
—No. Si no tiene consecuencias negativas reales para Jill o para alguien que me importe, no suelo juzgar lo que hago. ¿Te parece poco ético?
—La mayoría lo consideraría poco ético, Mira.
—La mayoría, esa suma de mediocridades. Te diré una cosita desde mi aberrante falta de ética, Ken: si te guías por lo que prescribe la mayoría, acabarás con una individualidad aplastada.
—Mira habla como de un hecho intrascendente, como quien habla de la última noticia estrafalaria que vio en la tele—.
Después esa misma mayoría te considerará una fracasada o algo peor, Dios no lo quiera, una aburrida.
—Gracias por darme tú consejos a mí. Tú, a mí. ¿No ves ninguna contradicción por ahí?
—Mmm, no sé de qué hablas. A mí nunca nadie me llamará aburrida.
Grito, en mi interior grito.
—No molestes más a Jill, por favor. —Mi voz no ruega, me limito a mencionar un límite como un trámite cualquiera.
—¿Entonces me vas a ayudar? Será solo mirar las cuentas y darme tu opinión.
—Si no lo hago, ¿volverás a utilizar a Jill?
—Eres tú quien está tomando esto muy personal.
Si no tuviéramos sexo y simplemente fueras la hermana de mi amiga que conozco de casi toda la vida.
¿Qué haría? Pues quejarme a tu hermana de que Kenny no me hizo ni caso.
Que desde que Kenny se hizo una alta ejecutiva no recuerda a quienes velábamos por ella de adolescente.
Todo mi cuerpo está contraído. Intento aflojar los hombros frente al escritorio, pero la tensión se resiste. ¿Por qué para Mira todo es un juego, una oportunidad para la burla?
—De verdad, Ken, no tienes que tomártelo todo tan en serio. Solo es ayudarme con unas cuentas. Lo harías con cualquiera.
Con Mira nada se limita a su mínima versión, pero me dejo llevar por las justificaciones que me pone a mano.
—Hoy a las siete. Solo les echaré un vistazo y te recomendaré qué tipo de profesional debes ir a ver. Nada más.
—Perfecto. Gracias, preciosa.
Cuelga y me deja fingiendo enfado, ocupada en zurcir los girones por los que se cuela la satisfacción de haberla oído llamarme preciosa. No es la palabra, sino cómo la ha dicho: con ternura, casi con descuido, como si hubiese brotado sola .
Me sacudo la idea. En Mira nada brota solo. Cada gesto responde a una utilidad, cada versión de sí misma, a un deseo ajeno.
Dentro de unas horas estará en mi casa. Y yo todavía no sé a cuál de todas sus versiones voy a abrirle la puerta.