Yo te pago 8. Capítulo 7 #2
47%

8. Capítulo 7 #2

Porque Mira puede proponer intercambios infames, pero ser una buena persona. Mira puede ser una canalla cuando estamos a solas, y en realidad seguir sintiendo un afecto nostálgico por la hermana de su mejor amiga.

Pero entonces lo veo, o ella me deja ver, el brillo macarra de sus ojos. La señal de que esto es un juego más. Mira es una psicópata, pienso.

—No puedo. ¿Jill? Dos minutos, por favor —pido .

El silencio se ha extendido en el salón. Supongo que todos me miran a mí, extrañados por la brusquedad de mis palabras. Mira sonríe, triunfante.

—Sí, vamos al estudio —propone Jill.

La sigo por la casa que estoy segura le resultará más familiar a Mira que a mí. Cuando llegamos al estudio, Jill cierra la puerta y me mira con preocupación. No dice nada, espera que yo hable primero.

—Quería disculparme por interrumpir —tengo el cinismo suficiente para calcular qué excusa funcionará con Jill—. Entre la nueva carga de trabajo y los asuntos con mamá estoy un poco al límite. Y ya sabes, siempre quiero controlarlo todo.

Jill no responde enseguida. Continúa mirándome, así que vuelvo la atención hacia una de las plantas del estudio y finjo interesarme por una hoja que empieza a amarillear. Cualquier cosa antes que sostenerle la mirada.

—Tú siempre quieres controlarlo todo, Ken, y a pesar de ser un muy mal hábito, la realidad es que generalmente lo haces sin problemas. ¿Seguro que es eso lo único que te sucede?

Tengo que relajar la mandíbula. Jill me conoce demasiado.

—Sí, seguro. ¿Y tú cómo estás, cómo te estás sintiendo? —me apresuro a preguntar.

—Mejor de lo esperado. Muy pocas náuseas. Pero Ken, no me cambies de tema —lo dicho, me conoce demasiado—. Vamos a hacer algo, yo voy a ocuparme de llevar a mamá al psiquiatra. Así no tienes que preocuparte por eso.

—No, no, por supuesto que no. Menos ahora, quiero preguntar bien sobre el nuevo tratamiento —aprovecho la respuesta para ponerme en pie—. Y me voy, ya te he quitado demasiado tiempo.

—¿Pero no te quedas a cenar? Está rico todo, Mira lo trajo.

Planazo, cenar con Mira y su…

—¿Quién es esa mujer que está con Mira? —no iba a preguntar. Juro que no iba a preguntar.

—Alguien del pasado. Hacía mucho que no la veía. Me sorprendió que la trajera hoy.

¿Del pasado? ¿Cuál pasado? ¿El anterior a conocer a Jill? ¿O era de esa época? No la recuerdo. ¿También es amiga de Jill? Soy capaz de detenerme a tiempo, de tragar todas las preguntas.

—Disfruta de la cena. Yo marcho. Te llamo otro día —me alejo del estudio sin dar tiempo a Jill a insistir en que me quede.

Al pasar por el salón murmuro una despedida apresurada, evito dirigir mis ojos hacia donde Mira y esa mujer están sentadas.

—¿No te quedas? —también me pregunta Dan.

—No, no, tengo trabajo que hacer —me disculpo y voy hacia la salida.

El frío de la calle me hace notar que tengo la cara ardiendo. Detengo mis pasos en la acera, estiro el cuello y expongo más mi rostro al aire fresco de la noche.

Mira se acabó, se acabó.

Mi mano en el bolsillo del abrigo toca el móvil. Intento no pensarlo mucho, por eso escribo el mensaje aferrada al impulso que me nace en el estómago.

Hola, soy Ken. Nos conocimos en la fiesta de cumpleaños de Anika, ¿recuerdas? Éramos parte del mismo grupo de fans del true crime. ¿Quieres salir a tomar algo un día de estos? Me encantaría volver a verte.

Entonces sí pienso: pienso que es muy largo o muy formal. Que a Emma quizás le parezca una aburrida o que me estoy tomando un interés exagerado. Que la gente hoy en día pone tres palabras y cada una de ellas lleva unas letras en las que hay que adivinar el mensaje.

¿Qué me está pasando? Si en algo soy buena es en tomar decisiones. Envío el mensaje. Camino hacia el coche atenta a los sonidos del móvil, pero incluso después de haber recorrido todo el trayecto hasta casa, Emma no ha respondido. Entiendo que es normal, pero mi ego hoy necesita más.

Quizás por eso, o quizás porque yo nunca seré capaz de decirle que no a Mira Radley, cuando llama a mi puerta casi a medianoche, le abro, la dejo entrar.

—¿Qué haces aquí?

—A cobrar lo que me debes —dice y con rudeza me toma la nuca e intenta besarme.

La empujo, alejándola de mí, pero Mira vuelve, pendenciera, y agarrando mis caderas, pretende obligarme a comprar sus besos. La respiración me estalla en el pecho, entrecortada, áspera, como si acabara de correr una distancia inmensa.

Con un movimiento de manos la rechazo, pero ella toma mis dedos, los entrelaza con los suyos.

—Ya, Ken, ya. Calma —traza círculos suaves con sus dedos pulgares en mis palmas. Reparte besos minúsculos por mi rostro—. Dejemos las peleas, ¿puede ser? Vamos a disfrutar de estar juntas.

La tensión de mi cuerpo no se relaja, pero ya noto en mí la rendición del espíritu. Volver a sentir lo que me hace sentir Mira va cargado de pagos, rendiciones y afrentas.

—Me puedo quedar hoy —murmura colando la cabeza en el arco que forman mi cuello y el hombro—. Me puedo quedar toda la noche.

No le pregunto qué excusa da para estar una noche fuera de casa, no le pregunto por esa mujer, Stella. Tampoco le pregunto cuánto me costará dormir con ella.

Porque mientras observo a Mira dormir, doblada sobre sí misma, desnuda, con una mano sujetando mi brazo que la rodea desde atrás, nada más importa.

Lo que siento ahora, lo que Mira me hace experimentar, es poder y es realización.

Es tocar aquello que en la distancia deseé media vida.

Yo sería capaz de hacer cualquier cosa por que esta escena fuera real.

A la mañana siguiente, Mira dice que me cobrará la noche como un encuentro normal.