8. Capítulo 7
T odo estaba yendo tan bien. No la veo desde hace dos semanas. Ella no ha respondido a mis mensajes para enviarle el pago —excusa floja, lo sé— y yo estoy resignándome al regreso a la normalidad sin escapadas.
Pero entonces Jill me llama. Mi hermana solo quiere saber cómo me va ahora que voy más a casa de nuestros padres.
—¿Cómo va con lo de papá y mamá?
—Bien, igual que te iba a ti, supongo.
—Me dijo mamá que la acompañaste al psiquiatra. Gracias. Sé que no tienes mucho tiempo libre.
No, no tengo tiempo. Pero si tengo tiempo para hundirme en la ignominia con Mira, sacaré tiempo para asumir las responsabilidades que antes me ahorraba Jill.
—No te preocupes por eso. Todo fue bien.
Con el tenedor doy vueltas desganadas a la ensalada de quinoa y garbanzos. Jill parece que le está tomando el gusto a llamar en el horario que dedico a almorzar.
—¿Te dijo algo el Dr. Kaplan?
—No, no. ¿Se supone que debía decirme algo?
Yo ni me acerqué a la puerta.
—Mamá me dijo que habló con él de la posibilidad de un nuevo tratamiento.
—A mí no me dijo nada de eso. ¿Qué nuevo tratamiento?
—Uno que se administra a través de la nariz. Algo parecido a la ketamina.
—¿Qué? ¿Cómo el médico no nos va a decir nada? ¿Va a darle un tratamiento así, sin contar con la familia?
Las calles de Toronto están llenas de intentos de tratamiento con sustancias psicoactivas que terminaron fatal.
—Ken, mamá es una adulta capaz de decidir por sí misma. Ella es la que puede decidir qué hacer y qué no.
Jill dice una verdad, pero no es una realidad ni para mí ni para ella.
Llevamos tanto tiempo viendo en nuestra madre a alguien que necesita ayuda, a alguien a la que hay que dar “el impulso extra” porque si no, no lo hará, que los roles que se supone que cada una debe tener hace mucho que se desconfiguraron .
—Mamá es una adulta, pero si las cosas salen mal, el problema nos lo tenemos que comer nosotras. Papá ni está ni se le espera.
—¿Por qué asumes siempre el peor escenario? Puedes pensar que mamá va a estar mejor, que al fin tiene la motivación suficiente para arriesgarse con un nuevo tratamiento. Eso ya de por sí es una buena noticia, pero eliges ver el peor escenario.
Por supuesto, mi hermana tiene razón. Jill nació con el aparato de la sabiduría incrustado en el pecho.
—Lo siento, tienes razón. Si ella quiere intentarlo, adelante. Pero Jill, ya sabes cómo va esto…
Escucho un toque en la puerta de mi oficina. Antes de que me dé tiempo a responder, la puerta se abre y Mark asoma la cabeza sin decidirse todavía a entrar.
—Jill, ¿te llamo en la noche? Mark llegó ahora.
—No te preocupes, yo también estoy ocupada. Saluda a Mark de mi parte. Mejor seguimos hablando otro día. Hoy tenemos cena en casa con Mira.
Mira, dijo Mira.
—¿Cena?
—Sí, tengo que ir a comprar algunas cosas —por el sonido que se cuela a través del teléfono, mi hermana ya parece estar en movimiento, su voz delata que su mente está en otros asuntos—. Aunque Mira traerá todo de uno de los restaurantes. Un beso, hermanita.
Jill cuelga. Porque tiene cena con Mira .
—¿Puedo entrar? —Hay una parte de mí que todavía está presente y es capaz de procesar las cosas que dice y hace Mark.
Por ejemplo, que pide permiso para algo que ya hizo, como entrar a mi oficina, sentarse desparramado sobre una silla, mirarme con la cabeza ladeada y con curiosidad.
Pero hay una parte de mí que solo tiene espacio para una idea: Mira estará esta noche en casa de Jill.
—¿Qué tal? —Mark pregunta por llenar el silencio.
Ni él ni yo lo admitiremos nunca, pero dependemos emocionalmente uno del otro.
Sentimos la necesidad de vernos a diario.
Él me cuenta cada uno de los detalles de su vida y yo no le cuento casi nada, no se lo cuento a nadie, pero cada vez que tengo un problema, la sola presencia de Mark me proporciona alivio.
—Bien, hablando con Jill.
—¿Qué tal está la futura mamá? —Mark alza las manos, pidiendo él dar la respuesta—. No me digas, que ya sé: bien, está bien.
Nunca he sido generosa con las palabras.
—Pues sí, está bien. Y te manda saludos.
Esta noche, ella estará en su casa, Mark, pero tú no sabes hasta dónde llegan mis transgresiones.
—Yo también le mando saludos, se lo dices cuando la veas —Mark alza con exageración una ceja—. ¿Has pensado en lo que hablamos?
Lo miro, intentando recordar a qué se refiere.
—¡Ken! ¿Lo de Emma? Me dijiste que te lo ibas a pensar de verdad.
—Mira que estás pesadito con ese tema. Te dije que la voy a contactar en cuanto tenga más tiempo.
—Por ejemplo, ¿hoy? Ya han pasado casi dos semanas. Las chicas como Emma no están disponibles mucho tiempo.
Sé exactamente cuánto tiempo ha pasado. Fue la última noche que vi a Mira. Sostengo el tenedor con fuerza, embisto la ensalada como si fuera un enemigo. Mastico con una fuerza tan exagerada que el contacto de mis dientes me provoca un ligero temblor.
—Oye, si no quieres no lo hagas. Lo digo porque me pareció que te gustó. Es que Emma está muy bien, tiene un toque, ¿sabes? Te veo con ella, yo te veo.
Mark cruza un tobillo sobre su muslo izquierdo. Luego, se arremanga más la camisa blanca sobre los codos. ¿Dónde habrá dejado la chaqueta? A Mark se le perdonan muchas cosas porque tiene algo que se puede contratar, pero no fabricar: carisma. Todo el que a mí me falta, Mark lo sobreproduce.
—La voy a llamar, ¿de acuerdo? Lo haré, pero hoy no —y a continuación digo una mentira, un autoengaño que solo tiene por diana a mí misma—. Hoy tengo que ir a lo de Jill, tenemos que volver a hablar sobre un posible cambio de tratamiento de mi madre .
Durante el resto de la tarde pongo tanto empeño en evitar pensar en lo que haré, que cuando llega el momento de salir, me siento agotada. Contemplo la idea de ir para casa. Llegar un día a una hora razonable no me vendría mal. Después pienso en Mira. La energía vuelve a mí cual ola.
—Ken, qué sorpresa —Dan es quien me abre la puerta cuando al fin llego a casa de mi hermana.
El townhouse de Jill y Dan está en un barrio tranquilo, alejado del centro y rodeado de grandes parques. Es un lugar ideal para criar a un hijo, y sospecho que eso influyó en su elección.
—Hola, Dan, ¿está Jill?
—Sí, sí. Adelante.
Nos saludamos con un beso en la mejilla. Yo uno mis zapatos a los varios pares que se alinean junto al recibidor.
—Estamos reunidos, así que llegaste en buen momento —Dan me explica.
—¿Quién es? —escucho a Jill preguntar mientras se acerca a nosotros desde el salón.
—Es Ken, vino a verte.
La voz de Dan dice lo que él no se atreve a verbalizar: que es una sorpresa. Es muy extraño que la hermana de su mujer se presente sin avisar en casa. Tan extraño que nunca había sucedido antes.
—¿Ken? —Jill no está asombrada, ella está asustada—. Ken, ¿sucede algo? —pregunta en cuanto me ve.
—No, no, nada. Todo está bien. —La reacción de mi hermana me irrita porque pone en evidencia lo absurdo de mi presencia aquí—. Solo que me quedé preocupada con eso del nuevo tratamiento. Quería volver a hablarlo.
Antes yo no mentía, yo era recta. Rectitud de monja, ¿recuerdas? Ahora soy esta que usa a su madre y su enfermedad ante la más mínima posibilidad de volver a ver a una mujer.
—Como quieras. Pero yo creo que eso mejor discutirlo con el psiquiatra que es el que tiene toda la información.
—Sí, pero no sé. ¿No te parece un cambio muy repentino?
—No se queden hablando ahí. Entren —Dan hace un gesto para que lo sigamos.
—¿Recuerdas que te dije que vendría Mira? —Jill avanza hacia el interior y vuelve la cabeza para mirarme.
—Disculpa, ahora que lo dices, sí lo recuerdo —mis habilidades de actuación se muestran en todo su raquítico esplendor—. ¿Ya está aquí? Me puedo ir. Ya ves que no es nada urgente.
—¿Irte? ¿Por qué? No seas absurda. Entra y toma algo. Quédate a cenar ya que estás.
No me da tiempo a responder. En ese momento entramos en el salón y mi mandíbula reacciona antes que yo, cerrándose con fuerza.
Porque aunque estoy segura de que Mira tuvo que escucharme hablar con Jill, que nuestros pasos avisaron de una cercanía inminente, ella está en un sofá y no está sola. A su lado hay una mujer de pelo castaño y ojos alertas, que parece evaluarme en cuanto me ve.
La boca de Mira todavía roza la mejilla de la mujer cuando parece reparar en mi presencia. No es un beso de amiga, tampoco es un beso casual. La escena es cutre, casi de peli de bajo presupuesto, y yo sé que Mira lo hizo a propósito. Saberlo no la hace menos dolorosa.
—¡Ken! ¡Qué sorpresa! —Mira aparenta asombro. Se aleja de la mujer y se acerca a mí.
Antes de que pueda apartarme, me sostiene la mejilla y deja en ella un beso idéntico al anterior. Mismo gesto, misma duración. Mira reparte besos en serie, como una fábrica cualquiera.
El resentimiento me consume. Hace que guarde los agravios de Mira como una lista de tareas pendientes. ¿Pero es esto en realidad un agravio? Mira no me debe nada. ¿O sí? Ella, al fin y al cabo, lo inició todo.
—Ven, que te presento —tira de mi mano hacia el sofá—. Ella es Stella, una amiga.
A pesar de la presión de Mira en mi mano, yo evito acercarme a la mujer que se pone de pie.
La mujer lleva el pelo recogido en un moño alto que no suaviza su aspecto, todo lo contrario, deja en exposición un cuello firme, musculoso, del que cuelga una cadena gruesa y plateada.
La chaqueta de cuero verde oscuro parece insinuar lo que guarda debajo; músculos desarrollados, tensos, listos para usarse a la menor oportunidad.
¿De dónde Mira conoce a esta mujer? No es alguien que imaginaría en su círculo cotidiano. A la tal Stella la rozas de casualidad en el metro y le pides mil disculpas.
Agradezco el mecanismo automático que me hace mover la cabeza en una especie de saludo universal. Después me giro hacia Jill.
—¿Podemos hablar? Solo será un momento.
—¿No te quedas a cenar con nosotras? —Mira pregunta y en su expresión hay tanta gentileza, tanta suavidad, que por un segundo me siento mal por juzgarla con dureza.