7. Capítulo 6 #3
—Ven aquí, Ken. —La voz de Mira está despojada de jugueteo—. Te va a gustar, ven aquí.
Dice que me va a gustar, lo más seguro es que me va a gustar y después me va a hacer sentir miserable.
—Solo quiero que me folles, que me metas los dedos con toda tu fuerza, con rabia si te viene en gana. Quiero correrme como la última vez. —Baja uno a uno los dos tirantes del mono—. Me encantó, es en lo único que pienso.
Soy capaz todavía de identificar el momento exacto en que me dejo ir, en el que me digo que no pasa nada por una vez aceptar la quimera, habitar la burbuja y después explotarla, sin manchas.
Ella se inclina, estira el brazo y toma mi mano. Tira de mí. Me besa, un beso calmado, tan poco parecido a Mira que me quedo disfrutándolo con curiosidad.
—Ya que hoy estás tan dispuesta a aceptar mentiras te digo otra —susurra con sus labios pegados a los míos—. Te he extrañado.
En esta brecha temporal que le abrí a sus embustes, sus palabras alimentan el ego, estimulan el espíritu .
Mira toma mi mano hábil, la lleva a su boca y, con la lengua, humedece los dedos índice y corazón. Mira, embustera y sexy.
Se desabrocha las esquinas del mono, que apenas queda colgando de sus caderas. Después, Mira lleva mi mano entre sus piernas.
—Vamos a seguir mojando esto, ¿quieres?
Dirige mis dedos a su franja húmeda. Los mueve arriba y abajo.
Con la mano libre toma mi rostro. Me obliga a mirarla. Su rostro magnífico parece estar haciendo un gran esfuerzo por concentrarse.
—¿Lista?
Asiento, soy capaz de asentir, como si fuese un animal amaestrado. Porque si hoy Mira dice salta, yo salto.
—Entra. —Es lo que ordena en realidad y yo obedezco.
Mis dedos entran en ella como si llegaran a casa al fin.
Se adentran, salen. La boca de Mira atrapa mi boca.
Muerde. Quizás haya hecho sangre. No importa.
Todo lo que importa está en este entrar y salir de ella, en este sentirla tan cerca, tan mía. ¿Por qué no me asustan estas ideas?
—Así, sí. —Pega su cuerpo al mío, desliza la boca hasta mi oído—. Déjame tocarte, Ken, por favor, déjame tocarte.
Su voz ruega y promete. Me deja atiborrada de deseos, tan huérfana de defensas.
Muevo la cabeza, me niego lo que más quiero.
—Solo una vez, una vez y ya —susurra, después con la lengua recorre mi oído. Me retuerzo y en lugar de huir, busco sus labios.
Mira toma el gesto como asentimiento. Asegura mi mano entre sus piernas envolviendo mis dedos con su palma, después, me muerdo un lamento cuando su otra mano se intenta abrir paso en mi sexo.
Sin pedir permiso para suceder, las piernas se me abren ligeramente. Qué poco importa ya nada. Todo lo importante parece estar concentrado en esto que siento, en esta sensación que ha sido en realidad el verdadero motor de la humanidad. Una vez comienza, actúa como un tornado, imparable.
Mira me recuerda con una sacudida de manos que no debo despistarme, que no solo yo tengo urgencias.
Mis dedos recobran el sentido entre sus piernas, ella se orienta mejor entre las mías y aunque yo quiero decirle que pare, de verdad que sí, no puedo evitar el entusiasmo al notar que Mira halla el punto donde más la necesito.
Traza rayas aceleradas por encima de mi braga, círculos que nunca tocan la zona más sensible, pero que siempre logran inflamarla más. Yo conecto el movimiento que ocurre en mí con el movimiento que realizo en Mira, conecto mi placer con el placer que intento provocar en ella .
Las manos de Mira crean agonía, por eso busco, desesperada, su final, que se presiente glorioso.
¿Soy esta que mueve las caderas, que se roza contra los dedos de la mujer apoyada en la isla de la cocina?
No me reconozco y quizá sea precisamente por eso, porque es otra, que la dejo hacer lo que desea: entrar con los dedos con demasiada fuerza en la otra mujer, escuchar sus ruegos y acelerar con cada uno de ellos.
Las dos mujeres conectadas por manos, conectadas por el movimiento y por el placer, están en medio de una danza que desde fuera parece frenética. Pero entonces la danza se detiene; una mujer muerde un hombro, la otra cierra los ojos y parece a punto de dejarse caer. La mujer en pie la sostiene.
Cuando vuelvo a ser yo, me sacudo los brazos de Mira, intento alejarme con pisadas inestables porque todavía persiste el temblor de mis piernas.
—Ken —ella llama—. ¿Te das cuenta de lo que pasó ahora? ¿Notaste cómo te sentiste?
Mira no alza la voz, ni siquiera frunce el ceño, pero algo cambia. Sus ojos, quietos, sostienen los míos con una calma que yo siento como una amenaza.
—Tú eres mía. Lo eres desde hace años. Solo has estado esperando a que te llame —habla sin alterar el rostro, como si su voz viniera del fondo de un pozo sin agua—. Cada vez que te llame vendrás. La pobre infeliz con la que has estado hoy solo es un engaño, Ken. Ambas lo sabemos.
—Te odio. Yo te odio profundamente, Mira. —Las palabras me salen exprimidas por una prensa.
—Confundes deseo y realidad, Ken. Tú quieres odiarme. ¿Quieres que te diga cómo se llama en verdad lo que sientes por mí?
Sus palabras tienen el efecto de una jauría de perros salvajes ladrándome. El miedo me hace embestir. No quiero escuchar a Mira, no soportaría quedarme sin otro velo en su presencia.
—Un calentón guardado durante mucho tiempo.
Una filia. Nunca serás más que white trash, Mira.
Ningún Birkin tapará eso —veo salir gotitas de saliva de mis labios, me duele articular las palabras, pero ya es muy tarde para parar—.
Por eso voy con otras a fiestas donde están mis amigos y a ti te pago tras las puertas de una habitación de hotel.
El dinero que te doy no es lo que vales, Mira. Es lo que eres.
Le doy la espalda, escapo hacia mi habitación. Me daré un baño con el que poder disimular mejor las lágrimas con el agua. Hace tanto que no lloro. Creo que ha llegado el momento. Ser cruel con Mira fue necesario y doloroso.
—Cierra al salir —le digo antes de perderme por una puerta.