7. Capítulo 6 #2
—No, no tengo idea de dónde sacó eso. De hecho —entrecierra un ojo, su ceja pálida forma una pendiente—, mi hermano fue víctima de un asesinato. Ver true crimes no es mi actividad favorita.
Oh Dios.
—Lo siento mucho. De verdad que Anika lleva las mejores intenciones —pido perdón, estiro las manos para enfatizar la incomodidad del momento.
—No pasa nada, fue hace mucho tiempo —Emma dice y como parece que es una mujer normal, capaz de tener empatía real por los demás, toma mis dedos estirados, les da un apretón breve que busca tranquilizarme—.
No todo el mundo sabe cómo reaccionar cuando lo menciono, por eso no suelo decirlo. Es incómodo para todos.
—Si sirve de algo, me he entrenado de forma consciente en tolerar la incomodidad. Así que adelante, tírame escenas incómodas.
Mírame a mí, haciendo bromas, siendo, ¿coqueta?
—No sé si estás pidiendo más muertos en mi familia, así que… —Emma parece perder todo su buen humor. Leí muy mal esta escena.
—No, no, no, perdona. Mejor, ¿te traigo algo de beber?
La risa le explota como una granada, rápida y ruidosa. Las mejillas se le llenan de color y las pecas, ¡tiene pecas!, parecen perderse entre sus pómulos.
—Ojalá pudieras ver tu cara. ¿Siempre eres tan seria?
Entonces lo siento: el zumbido de insecto atrapado entre mi chaqueta. Puede ser un mensaje de cualquiera, yo sé que es de ella. Aguanto el deseo de mirar de inmediato el móvil. Me concentro en Emma.
—Me temo que sí. No hay forma de que me tome nada a la ligera.
Es liberador poder ser completamente sincera con una desconocida.
—¿No te cansas?
—No diría que la sensación es cansancio, más bien frustración. Y exasperación. —Toco el rectángulo rígido dentro de la chaqueta—. Pero nada grave, lo que sentimos todos, supongo.
Ya comienzo a mentir. No creo que los demás sientan el mismo nivel de frustración que yo ante la falta de responsabilidad ajena. Ni que se sientan tan presionados para cumplir hasta con el más mínimo de sus compromisos.
Llevo mis brazos a la espalda, entrelazo mis dedos. Debo apresarme a mí misma.
—¿Y qué haces para relajarte, para quitarte esa frustración?
Mira sobre mí, su sexo en mi boca. Mira, frustración y válvula.
Cierro los ojos. Bajo la cabeza.
—¿Me perdonas un momento? —Miro a Emma—. Necesito ir al servicio.
—Sí, por supuesto.
Controlo el paso hasta llegar al pasillo, después doy zancadas exageradas hasta llegar a la puerta del servicio. Ya dentro, saco el móvil del bolsillo.
Solo me quedan dos horas
Mi cerebro, tan dado a los cálculos, saca cuentas. Solo en el trayecto empleará alrededor de una hora. ¿Mira dónde estará?
No vale la pena. Claro que no vale la pena. Y en realidad es lo único en lo que estoy pensando cada día. Respondo:
No tengo lo acordado
El efectivo que tenía en casa ya lo gasté. Tengo que sacar más, mucho más.
El teléfono vibra sin parar. Es una llamada y es de ella. La indecisión dura lo que me toma vencer el miedo.
—Te puedo proveer a crédito. Confío en tu capacidad de pago. —Mira suena divertida.
—Lo que quieras. —Yo sueno como siempre, molesta.
—Mmm, literalmente va de lo que tú quieras.
—¿Sí? Difícil darse cuenta.
Mira carraspea .
—¿Quejas?
—Muchas.
—Estoy muy abierta, abiertísima a escucharlas y ponerles remedio.
A través de la llamada se escuchan otras voces. Mi cerebro tarda un momento en asociar la familiaridad que identifica con Jill.
—¿Estás con Jill?
—Sí.
—¿Cómo se te ocurre llamarme estando con mi hermana? —susurro.
—Siempre quiero tocarte un poco las narices. ¿Nos vemos en tu piso?
—No, por supuesto que no.
—Es lo más fácil y rápido ahora mismo.
Aparento pensármelo. Después cedo a la transgresión.
—Solo hoy —digo y corto la llamada.
Mira en mi casa. Ya siento crecer en mí la debilidad.
Cuando salgo del baño, lo hago decidida a caer otro peldaño.
—Lo siento mucho, pero me tengo que ir. Surgió un asunto familiar —me justifico ante Emma.
Me place creer que lo que veo en su rostro es una pizca de contrariedad.
—Y yo que te había traído una cerveza —dice y alza una botella de Stella de la mesa que tiene cerca—. Espero que se solucione todo.
No soy una gran amante de la cerveza, pero ahora, con una chica guapa invitándome a una y Mira llenándome de euforia y vaciándome de inhibiciones, me atrevo a aparentar que sí.
—Me hubiese encantado disfrutar esa cerveza contigo, Emma. —Hasta sueno segura—. Encantada de conocerte.
Me despido con un beso rápido en la mejilla, pero cuando ya estoy de espaldas a Emma, la vuelvo a escuchar:
—¿Quieres mi número? Yo le iba a pedir el tuyo a Anika —admite con naturalidad Emma y pienso que esta mujer debería gustarme de verdad.
—Te lo digo y me timbras.
Mientras menciono mi número a Emma, evito juzgar lo que estoy haciendo. Porque en realidad, ¿tengo yo algo con Mira? No. Entre Mira y yo solo hay una transacción comercial que se puede romper cuando cualquiera de las partes así lo desee.
Si algo es seguro es que no estoy siendo desleal a Mira. Es ridículo solo contemplar la idea. Más complejo es pensar en lo que estoy haciendo con Emma. ¿Estoy siendo deshonesta? ¿Hay algo torcido en mí que debería impedirme acercarme a otras mujeres? Me cierro a la idea cual tortuga al tacto.
Me despido de Anika y Mark con un abrazo rápido y pongo a mi madre como excusa. Es asombroso lo fácil que resulta caer un poco más.
Al salir a la calle, el aire frío y húmedo de la primavera atraviesa mi ropa. Me castañean los dientes, pero sé que no es solo frío.
El móvil vibra otra vez en mi bolsillo. Es Mira, recordándome que el tiempo corre. Acelero el paso hasta entrar en el coche que dejé en la calle.
Mira vuelve a llamarme cuando estoy aparcando en el párking de mi edificio. No le contesto. Termino de aparcar, tomo aire, me digo que es igual que en el hotel, solo que en esta ocasión el lavado de las sábanas me toca a mí. Ahora sí me enfrento al móvil.
—¿Dónde estás? —Es la primera frase de Mira al responder a mi llamada.
—Ya estoy en mi edificio.
—¿Dónde? Yo estoy aquí y no te veo. Se está convirtiendo en un hábito esto de tener que esperar por ti. —El engreimiento de Mira no conoce límites.
—Te recuerdo que he comprado tu tiempo —mascullo.
—Has comprado un servicio del que se está beneficiando otra. Despierta, bonita .
Escucho el rechinar de mis dientes. No es frío, no es anticipación. Es rabia.
—¿A que estás destrozándote la boca con la mordida? Solo bromeaba, Ken.
—¿Dónde estás?
—En el lobby.
—Acércate al ascensor B, yo voy a subir ahora.
Mira no decepciona. Cuando las puertas del ascensor se abren, ella me espera.
Y es un poco la Mira del comienzo, la chica que mi hermana llevó a casa y todavía no utilizaba la ropa como un arma más.
Lleva un mono vaquero, una sudadera amarilla sin capucha, zapatillas blancas y una bandolera de piel.
Cuando me nota dentro del ascensor, sus ojos se agrandan. Leo claramente en sus labios un «wow». La puerta del ascensor hace por cerrarse sin que Mira haya entrado. Impido el cierre tocando el botón de apertura.
—¿Subes o no? —Miro al hombre que va dentro del ascensor conmigo—. Lo siento.
El hombre de ojos rasgados y pelo largo me mira, se inclina. Deseo que no entienda nada de lo que digo.
—Estás guapísima, Ken —murmura Mira ya a mi lado dentro del ascensor.
Deseo que sus palabras no me afecten. No responder con ira a las burlas o con complacencia exagerada a los halagos. Pero no es así. El halago de Mira genera burbujitas en mis venas.
—Buenas noches —se despide el hombre del ascensor que al parecer sí entiende lo que hablamos.
—¿Y esta sorpresa? ¿Este es el nuevo uniforme de las mujeres en la banca? —Mira apenas espera al cierre de las puertas para ir hacia mí, tomarme de las caderas y empujarme hacia el fondo del ascensor.
—¿Me permites hoy un pelín de teatro? Así puedo decirte que fue verte y me mojé. —Se tira a por mi boca.
No soy lo suficientemente rápida o no soy lo suficientemente valiente para negarme.
Me da un beso rápido, un sumirse profundo en mi boca y desaparecer. Yo quedo como pez en la orilla.
—¿O es que te arreglaste para alguien? —Hurga en mi rostro—. Kenny, Kenny, ¿una cita?
El ascensor se detiene, veo abrirse las puertas como una liberación.
—Señora Martin, ¿cómo está? —digo a la mujer que apoyada en un bastón de madera intenta contener la sonrisa. Mira se hace a un lado, aparenta que sigue arreglando algo en mi chaqueta.
—Muy bien, querida. Veo que traes visita. —Los ojos le brillan con picardía.
—Una amiga de mi hermana —respondo rápidamente y salgo del ascensor—. Buenas noches, señora Martin.
Escucho que Mira y mi vecina se despiden, pero yo solo quiero llegar al piso y escapar de tanto bochorno.
Sé que la señora Martin nunca podría saber qué rol tiene Mira en mi vida ahora mismo, pero da igual, yo sentí que tenía un cartel lumínico en la cabeza.
En mayúsculas, en letras rojas, decía: PUTERA.
—Es muy agradable tu vecina —dice Mira detrás de mí mientras cierra la puerta.
Yo dejo los zapatos a un lado del pasillo, me quito la chaqueta y la cuelgo en el vestidor. Camino por el pasillo hasta alcanzar la cocina. Me sirvo un vaso de agua.
—¿Tú cocinas aquí algún día?
El escepticismo en la voz de Mira tiene justificación. Mi cocina se muestra con el brillo impoluto de lo no vivido. Como mis valores antes de ser puestos a prueba por Mira.
—¿Tienes hambre? Puedo prepararte algo rápido —ofrece y finge tan bien la honestidad que por un segundo me siento feliz de que la mujer que más he deseado quiera cocinar para mí.
Pero la vida nunca es un cuadro tan perfecto.
—¿O estabas cenando con alguien? ¿Una cita? —insiste en saber.
Se acerca a mí, me toma de las manos, intenta hacer que me dé la vuelta como si fuese un maniquí en exposición. Suerte con eso.
—¿Te pusiste así de guapa para otra? — Vuelve a escudriñar mi cara, yo intento sostenerle la mirada, pero pestañeo, trago la nada incómoda de mi garganta—. Sí, estabas con otra.
Se muerde el labio, ladea la cabeza, se separa de mí y se apoya en la encimera de la isla.