7. Capítulo 6
A ntes de ir a la celebración del cumpleaños de Anika, decido pasar por casa de mis padres. Dos tragos amargos de un solo impulso, esa soy yo. Me recibe mi madre, que estira los labios, muestra los dientes, cree que esconde lo que piensa y siente.
—¿Y papá?
—Todavía no ha llegado. ¿Cómo estás, cariño?
—Bien, mamá. Vine a prepararte la medicación, ¿Jill te comentó?
—Le dije a Jill que no era necesario. De verdad, yo puedo sola.
«Yo puedo sola», otro clásico. No, no podía sola. Difícilmente pueda ahora.
—No pasa nada, en un momento lo hacemos. De paso dejamos pedida la compra.
—No tienes que hacerlo. No puedo seguir siendo una carga para ustedes.
Mi madre intenta girar la cabeza, pero llego a ver que sus ojos están humedecidos.
Me conmueve, claro que me conmueve, pero algo en mí se aleja y mira la escena desde fuera.
¿Cómo puedo seguir conmoviéndome? No es la primera vez que escucho las buenas intenciones de mi madre. Seguramente no será la última.
—Menos ahora que voy a ser abuela —dice y se le escapa un sollozo.
Me acerco más a ella, le pongo una mano torpe en la espalda. Este es territorio consuelo, territorio de Jill, yo aquí solo me siento una turista de los gestos.
—Venga, mamá. Vamos a organizar las medicinas, ya verás cómo te sentirás mejor.
Son frases que se dicen y están más huecas que madera carcomida. Lo sabe ella, lo sé yo. Mi madre lleva décadas con la misma rutina. Pero esas palabras salvan la incomodidad del momento, nos permiten continuar.
—¿Dónde vas tan guapa? —pregunta frente a la mesa del comedor, cuando yo me afano con el pastillero y el mensaje de Jill en el que me da todos los detalles de dosis y frecuencia.
—A casa de Mark, es el cumpleaños de Anika —respondo sin mirar en su dirección, sacando pastillas de los botes, colocándolas en su día y horario correspondiente .
—Te queda preciosa esa cazadora, cariño. —Mi madre me da una pequeña caricia en la mejilla y yo tengo que controlar el impulso de alejar el rostro.
Aunque creo que mi madre tiene razón. No me veo mal. Me esforcé un poco. Llevo un vestido negro fluido, botines también negros de tacón medio y una cazadora de cuero que complementa este look oscuro y peligroso que de real solo tiene la oscuridad.
—¿Vas con alguien? —insiste mi madre.
—No.
Hasta aquí llegará su intento de interesarse por mi vida privada. Creo que con eso se da por satisfecha: ya mostró interés por su hija, deber de madre cumplido.
Pero para mi sorpresa, mi madre vuelve a hablar.
—Sabes que me encantaría conocer a una pareja tuya, ¿verdad?
—No tengo tiempo para eso, mamá. —Cierro con demasiada fuerza el último compartimento de las pastillas, tomo los botes y me quedo sin saber qué hacer con ellos.
—¿Dónde los guardan? —Busco con la mirada el sitio al que pertenecen.
—Déjalos ahí, yo los pongo ahora en el botiquín.
—¿Entonces hacemos la compra?
—¿Jill no te dio el listado? Siempre compramos lo mismo, cariño.
—Jill me dio una lista de comidas precocinadas horrorosas. Pensaba que quizá quisieran pedir algo más fresco y saludable.
Mi madre sonríe, estira el brazo y creo que va a acariciarme otra vez la mejilla, pero se detiene.
—Gracias, Ken, sé que lo haces por nuestro bien, pero siempre que hemos intentado traer otras cosas, terminan olvidadas y caducando. No es solo por mí, es que en realidad tu padre y yo siempre hemos sido terribles en la cocina, no nos gusta.
Para algo que sí saqué de ellos y tiene que ser eso. La realidad es que el verdadero milagro de esta familia es Jill y todos lo sabemos. A mi hermana hasta le gusta cocinar.
—Entonces la misma compra será. ¿Algo más?
—No. ¿Ya te vas? ¿No te quedas a tomar un café o una infusión?
—No, Mark me está esperando.
Ella asiente sin intentar sonreír. Y aquí viene todo el bagaje de mi historia con mi madre: pienso en si la herí, en si después de irme se tirará en cama y costará días sacarla de ahí. Me viene una ola de resentimiento, después de culpa por sentirme así.
—Jill dijo que me acompañarás a la próxima cita con el psiquiatra. —Su voz suena apresurada a mis espaldas.
—Sí, sí —respondo, casi en la puerta de salida .
—De verdad quiero cambiar, Ken. De verdad.
Me giro y mis ojos se encuentran con los de mi madre. Siento surgir la esperanza tantas veces conocida. Te desilusionará como siempre , me recuerdo. Mejor adelantarme al golpe.
—Okay, nos vemos entonces —digo y la dejo atrás.
Antes de arrancar mi coche, reviso el móvil. Hay un mensaje de Mark preguntando si ya estoy en camino. También hay uno de Mira. El corazón me da un vuelco al ver su nombre en la pantalla. Solo dice: «¿Nos vemos esta noche?»
Antes de que el entusiasmo me tome toda, tiro de frenos. Mira está jugando conmigo, está quitándome todo rastro de control. No es este un día en el que quedamos en vernos.
No respondo. Me voy a casa de Mark. Tardo más de lo previsto porque el tráfico está infernal. En Toronto infernal es nivel normal.
—¿Y dónde estabas? Anika nos va a matar. —Mark me abre la puerta al momento, tal parece que me estaba espiando detrás de una ventana.
—Gracias por la cálida bienvenida.
—Adelante, adelante. —Mi amigo abre los brazos, me da golpes sólidos en la espalda.
Me siento segura con Mark, Mark siempre está igual. Cabreo más, cabreo menos, de él siempre espero reacciones emocionales proporcionadas, equilibrio, sonrisas de verdad. Mark no es un castillo de naipes emocional esperando desmoronarse a la primera palabra.
—¡Ken! ¿Cómo estás? Qué alegría que hayas podido venir.
Anika se acerca por detrás de Mark y, como siempre que la veo, algo sensorial en mí, algo relacionado con la estética y la belleza, se deleita.
Tiene el pelo negro y ondulado, ligeramente por debajo de los hombros; las cejas gruesas, siempre delineadas a la perfección; los ojos oscuros y brillantes, y la boca permanentemente dispuesta a sonreír.
Anika es amable, atenta y servicial. Un ancla para quienes la conocen. Me hace pensar en todo lo que Mira no es.
El teléfono que guardé en el bolsillo de la chaqueta parece provocarme un picor repentino.
—Felicidades, Anika. Esto es para ti. —Le doy un beso, le entrego un sobre marfil. Últimamente me dedico a repartir sobres.
—Gracias, Ken. ¿Qué es? Le dije a Mark que te dijera que no trajeras nada, de verdad. Ya sé que eso de elegir regalo es muy cansado.
—Este me divirtió mucho. Espero que te guste a ti y moleste al salvaje.
Es una cena privada con un buen chef. Anika es una moderna siempre abierta a nuevas experiencias. Mark es más de cerveza, sofá y partido. Esta me la tendrá guardada.
—¿Y Emma, cariño? ¿No querías presentársela a Ken? —Mark pregunta con aire inocente. No me la tuvo guardada durante mucho tiempo.
—Sí, sí, vamos. Verás que te va a caer genial. Es una chica estupenda.
Anika me toma del brazo, llevándome con ella a través de la estancia sin darme oportunidad de objetar.
El salón de mis amigos es un espacio amplio, de techos altos, con líneas limpias y cierto aire de orden que no es de Mark, es todo Anika. La luz se distribuye desde una hilera de lámparas suspendidas.
El sofá en forma de “L” es gris claro, enorme, de esos que yo siempre veo más dados para dormir que para sentarse. Frente a él, un mueble bajo sostiene una hilera de botellas.
Entre doce y quince personas repartidas por el salón y la cocina abierta, hay vasos en mano, voces altas, risas con la libertad de los que no trabajan al día siguiente. ¿No tienen ellos teléfonos con mensajes incómodos en el bolsillo?
Yo sí, a mí me quema.
—¡Emma! ¿Recuerdas que te mencioné una amiga a la que también le gustan los true crime? Aquí está: Ken, esta es Emma. Emma, esta es Kendra, Ken para los amigos .
Conexión sacada por la última punta del último pelo al caer de un pozo.
Un día le comenté a Anika que vi un documental que me había tenido enganchada hasta el minuto final.
Después descubrí que no era la única y que no era el único tipo de documental de ese estilo.
Que los había por decenas y tenían millones de seguidores.
Aquel comentario superficial ha terminado convirtiéndome, por arte de Anika, en una fan del true crime destinada a conectar con otras miembros de la comunidad.
—Hola. —Tomo aire, sonrío a Emma, me esfuerzo en ser más cálida de lo habitual.
No quiero ser descortés en el cumpleaños de Anika, además, Emma, con su pelo pixie ultracorto de color rubio ceniza, las cejas tan pálidas que casi desaparecen en su piel, su nariz fina de la que parecen asomar dos huesecillos bajo el puente y su cuerpo enjuto, como de corredora, bien merece mi intento de calidez.
Lleva una camisa blanca y encima, un blazer beige. Los vaqueros, amplios, no dicen mucho de las piernas de Emma, más allá de que no es alguien que busca abrirse camino con su cuerpo. Emma no parece que vaya a arrasar mi bolsillo usando mi alma.
El móvil, recuerdo el móvil. «¿Nos vemos esta noche?»
—Hola. —Ella me devuelve la sonrisa y sus ojos desaparecen por un momento entre los párpados—. No creas que soy una experta en true crime, son cosas de Anika.
—Voy, un momento. —Anika alza la mano hacia un supuesto llamado que estoy muy segura de que solo ha ocurrido en su imaginación—. Bueno, Emma, te dejo en buenas manos, cualquier cosa que necesites se lo puedes pedir a Ken, ella conoce mejor que yo la casa.
Ja, mentira. Más o menos. Me he quedado alguna noche, pero nada exagerado. Creo.
—Muy discretas las intenciones de Anika —comenta Emma en cuanto Anika está a unos pasos de distancia de nosotras.
Tiene los pómulos alzados y los ojos vuelven a desaparecer bajo los párpados.
—¿Te sucede como a mí? Una amiga heterosexual cree que cualquier mujer homosexual es una pareja en potencia.
—Sí, todo un clásico.
Es refrescante la seguridad de Emma. Es una seguridad que no amenaza.
—Te pido disculpas en nombre de Anika. Sus intenciones son buenas, te lo aseguro. ¿Tú tampoco sabes nada de true crime, no?
Emma ríe y pasa una mano por su cabeza de pelos diminutos.