Yo te pago 6. Capítulo 5
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6. Capítulo 5

La veo enseguida. Está en una de esas sillas bajas de terciopelo, con las piernas cruzadas y un ritmo impaciente en el pie elevado.

—¿Subimos? —dice apenas me acerco, moviendo los músculos justos para producir las palabras.

Ni un saludo, ni un “hola”. Solo eso, “¿subimos?”, como si el lobby fuera una antesala inútil.

Se pone de pie y su movimiento es tan rápido que el perfume que deja atrás me alcanza antes de que yo pueda responder.

La sigo, intentando recordar toda la estrategia que había dibujado para este día. Si la estrategia de Mira es ir de prisa para evitar que piense, le está funcionando. Mi cerebro intenta alcanzar a mi cuerpo, que la sigue como un autómata por estos suelos relucientes .

—¿Qué quieres hacer hoy? —Entra en la habitación dándome la espalda.

Es la misma de la vez anterior. No conviene repetir en estas cosas y me sorprende que ella no lo haya considerado.

En esta ocasión Mira ha dejado en mis manos cerrar la puerta porque ella está ocupada en desvestirse.

Primero se deshace de los tacones con dos tirones leves, después del fino jersey de cashmere que llevaba remangado hasta los codos.

Cuando toca el turno del pantalón, yo ya estoy excitada y molesta.

No hay nada sensual en los movimientos de Mira, nada que indique un intento de estimular. Su acto tiene el espíritu de las trabajadoras agotadas después de una jornada de trabajo.

¿Lo está haciendo a propósito?

Se gira, las dos puntas de sus senos me llaman a mi pesar. La mirada se me va entre sus piernas.

—Por cierto, felicidades, futura tía —dice y lleva las manos a la espalda, abriéndose más a mis ojos.

Muerdo el interior de mi labio.

Por supuesto que lo hace a propósito. ¿A quién se le ocurre anunciar una felicitación así, desnuda?

—¿Para qué estás usando realmente el dinero? —pregunto lo que lleva días carcomiéndome el alma.

—Para mantenerme a flote. Pero ¿eso a ti qué te importa?

—Me importa cuando el dinero llega a mi hermana.

—¡Ah! Jill te comentó. —Se le ilumina el rostro—. Pero dime, Ken, que no Kenny, ¿qué es lo que en verdad te molesta? ¿Que tu dinero llegue a tu hermana? ¿No debería alegrarte?

No respondo. Ella sabe que hay algo esencialmente torcido en esa situación.

—¿Lo que te molesta es que el dinero que necesita Dan yo lo gane teniendo sexo contigo? ¿Es eso?

Intento una respiración controlada, recuerdo a tiempo no trocearme el labio desde dentro.

—Si es así, no te preocupes, no hemos tenido sexo. Nos hemos desfogado. El dinero para Dan me lo he ganado desfogándonos.

Su voz ahora es suave, modula cada una de las sílabas que pronuncia con mimo.

Sería un placer escuchar a Mira si no me entraran estas ganas locas de abofetearla.

Ya lo dije. Lo admito. Quiero cruzarle la cara en medio de una palabra y después verle la expresión de espanto.

¿Qué está mal en mí? Yo no soy esto en lo que Mira me convierte.

Me voy de aquí. O al menos eso intento porque Mira da dos zancadas y me impide abrir la puerta.

—¿Otra vez el juego del gato y el ratón?

Rodeo a Mira, la empujo, intento escapar de este lugar y de esta mujer.

—Si te vas, igual me pagas. El tiempo ya me lo has quitado.

Sus palabras son cuerda que tira al barro, pero si me voy sin darle su dinero —suyo desde que lo saqué con este fin—, me sentiré peor. Así que abro el bolso que no he soltado desde que entré a la habitación, saco el sobre con el dinero acordado y lo pongo en su mano.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti?

Por patrañas que no sea Mira, venga, cuéntame otra.

—Que siempre harás lo correcto.

Yo también sé cosas de ti, Mira. Sé que harás lo que sea para conseguir lo que quieres. Correcto o no es irrelevante.

—También es tu rasgo más aburrido.

¿Aburrido? ¿Seré la única persona que ame lo aburrido, lo predecible, lo estable? Pero estoy aquí con Mira, una forma muy extraña de demostrar mi militancia en el Partido Unidos por la Rutina.

Vuelvo a girarme hacia la puerta, pero Mira está atenta y me agarra del brazo. Quien la ve no imagina cuánta fuerza puede tener. Su mano en mi brazo es una insinuación, pero una insinuación clara de que ni intentándolo voy a poder escapar.

—Espera, espera.

—Por favor, ya —me atrevo a hablar al fin.

Quiero irme, de verdad quiero irme. Mira no me dará ninguna explicación auténtica a nada. Y el deseo… el deseo está y se guirá estando, pero lo que yo haga con Mira entre estas paredes solo me dejará sintiéndome sucia y con necesidad de más. La única escapatoria es huir.

—Hoy he estado un poco insoportable, ¿no?

Con la mano libre, me acaricia la mejilla.

Los volantazos emocionales de Mira provocan latigazos en cualquier espíritu.

—Es que, no sé, me molestó muchísimo que llegaras tarde. Yo llegué 20 minutos antes.

—Tenía complicaciones en el trabajo —explico y sé que es un error. Yo no tengo que darle explicaciones a Mira. Yo tengo que irme corriendo de aquí.

—Me lo imaginaba. No tiene importancia. Entiendo que tienes responsabilidades con las que cumplir.

Por eso entenderás, Ken —me suelta el brazo y ahora sus dos manos están en mi cabeza, sus dedos se entrelazan con mi pelo—, que yo también quiera cumplir con las mías.

Me sienta muy mal esto de recibir dinero y no cumplir con mi parte.

Sus dedos hacen algo maravilloso en el espacio que hay detrás de mis orejas.

—¿De verdad no hay nada que quieras hacer? Respetando las reglas, claro está —frunce el ceño, pone morros—. Nada de esas feas expresiones de placer fingido. Todo seriedad y eficiencia.

Masajea mi cabeza y, contra toda intención, me inclino ligeramente hacia ella. Mi piel se ha convertido en un campo minado que estalla de placer bajo sus dedos. Cierro los ojos, permitiéndome esta pequeña rendición.

—Podríamos... —susurra, pero se detiene. ¿Por qué se detiene?

Abro los ojos. Mira me observa y en su mirada hay cálculo y hay deseo. Deseo simulado.

—No me hagas caso. Dime, ¿cómo puedo cumplir con mi parte? ¿Quieres hacer lo de la última vez? —Aleja una mano de mi cabeza, la dirige a mis dedos, los toma y los coloca en medio de su pecho desnudo—. ¿Quieres seguir explorando?

Entiendo que debiera molestarme su engreimiento, su actitud de diva que se deja adorar, pero la realidad es que me llena de ganas y premura. Debilidad triste que voy a controlar. La voy a controlar.

—¿Volvemos a la cobardía, Ken? —deja escapar un gran suspiro—. Es agotador. Siempre azuzándote para que te atrevas a dar el salto.

No sé si agradecer que cuando está conmigo, Mira es descarnada y cruel. No me pasa una, no hay un paño tibio. La Ken que ella refleja es la peor Ken: indecisa y pusilánime, controladora sin poder, llena de deseos e incapaz de cumplir uno.

Porque en esta habitación, aquí con ella, yo me paralizo. Si me voy, dejo atrás un mundo de emociones nunca sentidas. Si permanezco, incorporo la humillación y la vergüenza a ese universo recién descubierto.

—¿Sabes qué? Estoy segura de que hay algo que siempre has querido hacer —ahora sus manos están sobre mis hombros, me empujan hacia el interior de la habitación—. Porque si te gusta una mujer, Ken, y ya establecimos que yo te gusto aunque sea un pelín, ¿verdad?

Hace un gesto mínimo con dos dedos, sin dejar de presionarme con la otra mano hacia dentro de la habitación.

—Si te gusta, quieres probarla. ¿A que sí?

Mi abdomen parece olvidar las leyes de la física y se deja caer en el vacío.

—Se te hace un poco agua la boca, ¿verdad? Piensas en ello y se te acelera el corazón.

¡¿Cómo es capaz de saber todo lo que me está pasando ahora mismo?!

—Es terrible cuando llevas mucho tiempo sin estar con una mujer —su voz ahora es un susurro perezoso—. Es como si la lengua tuviera ansiedad, ¿no crees? Aunque qué sabrás tú, claro. No serán candidatas las que le falten a esa boca tuya .

A Mira no tengo que prohibirle expresiones falsas, tengo que prohibirle palabras misiles, palabras que destruyen defensas con la mayor precisión.

—¿Tú quieres probarme, Ken? —se detiene y pregunta.

No intento emitir palabras que no voy a encontrar, pero sospecho que mi cuerpo le está dando todas las respuestas que necesita. Mi respiración ya no es la misma, lo sé, y el calor que siento debe estar manifestándose en mi piel.

—¿Quieres comerme? Yo estaría muy de acuerdo con eso. ¿Qué tú crees? ¿Lo hacemos? —La voz de Mira, baja y fragmentada, destruye murallas en mi interior, rellena trincheras, abre caminos donde antes solo había árboles ariscos—. Ya tenemos aquí la cama, échate, no tienes que hacer nada, solo échate.

Y a mí, que solo tengo capacidad para sentir lo que siento entre mis piernas e impulsos para perseguir esta necesidad que es vacío y es dolor, Mira me tira en la cama, con la espalda sobre el colchón y mis ojos conectados a su rostro de inexpresividad exagerada.

—Porque tú eres la clienta, Ken, y yo debo complacer los deseos que tú no eres capaz de decir.

Y yo creo que te mueres por estar entre mis piernas.

Yo tengo cero problemas con eso, cero. Es más —dice y tira de su braga gris hacia abajo, alejándola de ella con un movimiento de pies—, creo que te gustará que te folle la boca.

Presiono mi trasero contra la cama, un intento vano de buscar alivio a lo que sus palabras provocan en mí. ¿Por qué tanto placer puede sentirse como sufrimiento?

—O si quieres, puedo ser yo la que te pruebe a ti primero, yo encantada —levanta una ceja, mira hacia mis caderas sabedora de los destrozos que está causando.

Giro el rostro hacia un lado. Cierro las piernas con fuerza. Por mucho que el deseo sea agonía, no me desharé delante de Mira.

El colchón se hunde cuando sube a la cama. Una vez más, tiene las piernas a ambos lados de mi cuerpo.

—Como desees —dice, y como la última vez, Mira me sujeta por el mentón y vuelve mi rostro hacia ella hasta obligarme a mirarla.

Avanza por mi cuerpo. Su piel desnuda roza mis muslos y su calor se filtra a través de mi ropa.

No se detiene, pasa por mi abdomen como una comitiva con una misión especial.

Yo veo avanzar la imagen dorada del torso de Mira.

Podría quedarme aquí para siempre, bajo estas vistas, con tantas promesas aún por realizarse.

Pero Mira no es de promesas ni de abstracciones. Ella ofreció follarme la boca y así lo hará. Cuando su pubis llega a la altura de mis labios, se detiene unos segundos. Escucho que toma aire y siento una de sus manos enredarse en mi pelo.

—Ofrezco… —se aclara la garganta, vuelve a tomar aire, como si necesitara todo el oxígeno de la habitación— lo mismo que tú. Si quieres que pare, basta con que lo digas. Tan solo no seas gallina, Ken.

No tengo tiempo de reaccionar al insulto porque Mira baja y, despacio pero con movimientos decididos, pone su sexo rosado y tierno sobre mi boca.

Ahogo mis deseos de gritar, en su lugar abro la mandíbula, proyecto los labios.

Queda en mí la entereza de negarle mi lengua.

Pero entonces Mira se mueve, un movimiento circular que llena mi mentón de humedad.

Y yo huelo, huelo el aroma almizclado y dulce de su excitación.

Mi lengua se independiza de mí y sale en su búsqueda. La encuentra, la recorre. Mira guarda silencio, pero en mi cabeza sus dedos se tensan entre el pelo, tiran con fuerza. Me duele, un dolor que amplifica el placer. Mi lengua sigue explorando, dibujando patrones sobre sus pliegues húmedos.

Mira marca el ritmo con sus caderas. Ella tiene el control, la idea debería ser otro oprobio. ¿Mi plan no era el opuesto? Pero la realidad es que aquí, con mi boca en el sexo de Mira, me siento al fin plena. Como si, por primera vez, hiciera algo profundamente deseado .

Mi lengua se empeña en su clítoris, crea caminos ovalados, circulares, da pequeños toques de atención. Sus muslos tiemblan contra mis mejillas, pero Mira cumple con lo acordado: no emite sonidos falsos.

Sus dedos se tensan aún más en mi pelo y su cuerpo se arquea ligeramente hacia adelante.

El movimiento de sus caderas se acelera.

Ya dejó atrás la cadencia elegante y sensual, ahora su vaivén es caos y rudeza, simple búsqueda de la saciedad.

El arco de su cuerpo se acentúa, su sexo se exprime contra mi boca y a mí me cuesta respirar.

Al fin escucho un gemido que sale de la boca de Mira y que se apaga justo al empezar.

No sé si el sonido muere porque lo acalla ella o porque en mis oídos los muslos de Mira parecen querer romper los huesos de mi cráneo.

El movimiento en mi boca para, su sexo es prensa sobre mis labios sensibles, pero ni el dolor ni la falta de aire ni el agotamiento físico me impiden sentir la euforia que me recorre.

Porque Mira ha tenido un orgasmo, el segundo ante mí, y esta vez vino de mi boca.

Poco a poco, ella relaja sus muslos y se incorpora.

Me mira desde arriba, con el pelo revuelto y las mejillas sonrojadas.

Está así durante unos segundos, después vuelve a inclinarse, comienza a besar la comisura de mis labios, besos rápidos que se van repartiendo por toda mi boca, por toda mi mandíbula.

Cuando se da por satisfecha, se deja caer a un lado, aunque sus pies y manos quedan entrelazados a mí.

Me cuesta esconder una sonrisa engreída. Después, no queda ni su fantasma porque pienso: orgasmo fingido. Se puede fingir tanto por la cifra exacta.

Me safo de su agarre, apoyada en las manos me levanto de la cama.

—¿Y ahora qué? —escucho que pregunta.

Mi ropa es un estropicio, pero me da igual. Recojo el bolso del suelo donde había quedado tirado. Salgo sin mirarla, sin hacer nada más. Al fin y al cabo, el servicio ya estaba pago.

Todavía sin alcanzar el ascensor, ya estoy pidiendo un coche. En la calle me espera y, aunque el conductor intenta hacer conversación, yo lo esquivo. Otras urgencias me arrastran.

El coche se detiene delante de mi condominio.

—Que tengas buena noche —le digo apresurada al conductor y, sin esperar su respuesta, me lanzo a cubrir la corta distancia que hay entre la acera y la entrada del edificio.

En el ascensor marco la planta 22, pienso en los inconvenientes de vivir a esa altura. Por ejemplo, el tiempo que demoras en llegar y poder masturbarte al fin.

Porque cuando abro la puerta de mi piso y de un golpe seco la vuelvo a cerrar, no avanzo más allá, me quedo en la entrada. Tiro el bolso al suelo, meto la mano por la cintura de mi falda y entonces sí me deshago.

Porque acabo de hacer con Mira lo que durante años apenas me atreví a imaginar, y la realidad ha arrasado con todo lo que alguna vez fantaseé.

Creí que iba a explotar, pero me contuve hasta este momento en que me disuelvo toda, me dejo ir sin sus ojos viendo qué es capaz de hacer conmigo.

Mira me deja en río, en vaho. Si no tengo cuidado, Mira me va a desaparecer.