5. Capítulo 4
C uando recibo la llamada de Jill estoy almorzando en mi oficina con Mark. Comer en la oficina no es extraño, pero en estos días se ha convertido en costumbre.
Me he lanzado al trabajo como salvavidas y como purificador. Entro la primera, salgo la última, almuerzo y muchas veces ceno delante del ordenador. Para evitar la acumulación de olores de comida, me conformo con ensaladas desganadas que olvido tan pronto las termino.
Mi amigo Mark no piensa en olores, en purificaciones ni en kilos de más o menos, por eso se está zampando un burrito extralargo cuando llama Jill.
—¿Jill?
—Hola, hermana. ¿Cómo estás?
—Bien, bien. ¿Sucede algo?
Jill conoce mis horarios y es poco habitual que llame en medio de un día de trabajo. Nuestras llamadas tienen una rutina, y cuando se salen de ahí, generalmente es que hay un problema.
—Nada malo. ¿Podemos vernos? Será rápido, lo prometo.
Nada malo. En boca de Jill, la frase inquieta más de lo que calma. ¿Se habrá enterado de lo mío con Mira? El miedo es una bestezuela contradictoria: me empuja a huir y a hurgar al mismo tiempo. Dudo un instante antes de responder.
—¿Tiene que ser hoy? —pregunto, pensando en todo el trabajo pendiente.
Pensando, sobre todo, en la cara de Jill si conoce la verdad: decepción con Mira, decepción con ella misma, sentimiento de culpa por su hermana pequeña a la que no supo proteger.
Pobre Jill, tan ajena a los demonios que habitan en mí.
—Sí, por favor. Te invito a un café cerca de tu oficina.
Suspiro. Mark me mira con curiosidad mientras da mordidas como hachazos al burrito entre sus manos.
—De acuerdo —le digo a Jill—. ¿A las cuatro?
—Perfecto. Y no te preocupes. Prometo que te va a alegrar. O eso espero —dice Jill y en su voz hay entusiasmo de verdad, no ese que finge para mantenernos a todos a flote.
Cuelgo y siento un alivio que no termina de aliviar. Después de toda una vida encontrando lágrimas detrás de las sonrisas, es imposible no temer la oscuridad que se esconde tras cada luz.
—¿Todo bien con Jill? —Mark me pregunta con la boca todavía llena de restos de burrito.
—Dice ella que sí. Vamos a tomar un café luego.
—Mmm —se limita Mark a responder y da otra mordida al cilindro relleno de carnitas, queso derretido y guacamole.
Me concentro en la pantalla del ordenador. Muevo los dedos sobre el teclado sin ningún fin.
—¿Qué tal están tus padres? —hace al fin mi amigo la pregunta que sabía que vendría desde que colgué a Jill. Porque es mi amigo y los amigos preguntan por la familia, aunque sea incómodo.
—Bien, ya sabes. Igual. Mi padre en la uni, se cree que es de él. Mi madre en casa. Igual.
Lo dejo ahí. Mark sabe qué significa igual. Algunas veces bien, algunas veces mal. Me sacudo estas ideas. Debo centrarme en el trabajo para no centrarme en Jill, de lo contrario las tres horas que faltan para el encuentro serán estériles.
—Al final dejé la proyección del EBITDA en 29%. No creo que Vaton Equity vaya a aceptar un margen mayor.
—Y esa es mi señal para partir —dice Mark, con muchas menos razones que yo para ocultarse en el trabajo—. ¿Nos vemos este fin de semana? Anika insiste en que vayas. Seremos pocos y nos portaremos bien, lo prometo.
Es el cumpleaños de Anika, la novia de Mark desde hace tres años, una chica estupenda. Todavía Mark y yo seguimos tratando de entender qué fue lo que vio en él.
Siempre está intentando incluirme en sus reuniones de gente feliz y funcional en las que yo me siento un fraude.
En esos momentos pienso si en realidad soy tan diferente a mi madre como creo.
La idea, incómoda como un espejo torcido, me hace reforzar la sonrisa, iniciar conversaciones vacías. ¿A quién temía parecerme? Dioos.
—¿No me puedes salvar de esta? Ya ves cómo voy de trabajo —le pido a Mark, compañero eterno de batallas, incluso las batallitas inocuas que iniciamos contra su propia novia.
—Lo siento, realmente está muy pesada con esto. Además, Ken —Mark pone su tono de amigo responsable, y a responsable Mark siempre le presto más atención—, creo que te va a venir bien. Últimamente te veo más rara… no sé, como que más ansiosa.
Enseguida me pongo alerta, dispuesta a guardar todos mis secretos. Pero es Mark, al menos mi relación con Mark debo mantenerla a salvo de tanta podredumbre. Suspiro y me froto los ojos, cansada del ordenador y de los malabares para mantener una imagen coherente de mí.
—Tienes razón. Iré a la fiesta —concedo finalmente—. Pero solo un rato.
Mark sonríe, satisfecho, y recoge los restos de su almuerzo. Antes de salir, se detiene en la puerta.
—Por cierto, aviso a navegantes. Anika invitó finalmente a la amiga de su amiga. ¿Recuerdas? La tal Emma —alza las cejas—. Solo digo.
Me río y sacudo la cabeza. Intento aparentar que tomo con espíritu deportivo los intentos de Anika por emparejarme. Sus intenciones no son malas, aunque estas sean querer hacer planes en pareja con la mejor amiga de su novio. Estar soltera en ese caso es un fastidio para los planes de Anika.
—Trabaja, nos vemos luego.
Apresuro la partida de Mark. Necesito estar sola.
Abro un Excel, luego otro. Atiendo dos llamadas y reescribo los mismos párrafos sin avanzar. ¿Por qué alguien debería comprar esta empresa? Comprar. El término nunca volverá a ser neutral para mí. Gracias, Mira. Omnipresente Mira.
El móvil suena. Jill ya está en la cafetería y me envía la ubicación.
¿Qué tendrá que decirme?
En la calle, me dejo arrastrar por la corriente de transeúntes del centro de Toronto. El sol consigue abrirse paso entre las nubes y, durante unos segundos, me permito creer que Jill traerá buenas noticias. Después recuerdo que se trata de mi familia y el optimismo se me pasa.
La encuentro junto a un ventanal, sonriendo de verdad. Me acerco con una imitación mucho menos convincente. Jill se levanta, me besa y prolonga el abrazo más de lo normal.
Mierda. ¿Qué pasa aquí?
—Jill, no quiero ser una exagerada, pero me estás poniendo de los nervios. ¿Qué sucede? —le suelto en cuanto me deja ir.
—¿Pedimos algo primero? —Brilla, su rostro brilla y creo que está disfrutando viéndome sufrir.
—Después, antes dime.
—Es que tengo antojo de un donut de canela.
La miro de medio lado, las cejas tensas y el mal humor escapando como calor del asfalto. Pero es Jill y Jill ha hecho tanto por mí que yo debo traerle infinitos donuts, cascadas incesantes de, ¿café?
—¿Café?
—No, una infusión de jengibre mejor.
Voy a pedir. Cuando regreso con la bandeja, avanzo entre las mesas con más cuidado del necesario, consciente de que estoy alargando el momento.
Jill se levanta y me la quita de las manos.
—A ver, te ayudo con eso —dice y toma la bandeja de mis manos.
—¿No me crees, verdad? —suelta una risotada cuando ya estamos en nuestra mesa, una delante de la otra.
—¿Que no te creo qué?
—Que sean buenas noticias.
—Si tú lo dices —me encojo de hombros, como adolescente arisca.
Con mi hermana soy una adolescente eterna.
—Te he dado pistas.
—¿De qué?
—De lo que es.
—¿Terminarás por decirme?
—Tanto cerebro y al final se te escapa lo más básico. Los antojos, Ken, los antojos.
—¿Estás con el periodo?
Jill se lleva las manos a la cabeza, mira al cielo con aire desesperado. Parece que no estoy diciendo lo que quiere oír.
—¡Que vas a ser tía!
—¿Yooo?
—¿A qué viene el pánico? ¡Es una buena noticia!
—Sí, sí, claro, pero es que no me lo esperaba.
—Normal, lo estábamos llevando muy discretamente, por si no se daba.
—¿Qué quieres decir?
—Nada. Ahora es momento de hablar de cosas buenas. Como que vas a ser tía.
—Tía… uff… tía. Vaya.
Elocuente, Ken. Me alegro, claro que me alegro, pero no me veo yo muy del tipo tía a tope, más bien tía que aparece una vez al año en Navidad.
—Ken.
—¿Sí?
—Se supone que me tienes que felicitar.
—Oh, Dios, por supuesto, por supuesto —me levanto a trompicones, me acerco a mi hermana y esta vez soy yo la que inicia el abrazo—. Felicidades, Jill, me alegro mucho por ti y por Dan. Mi sobrina o sobrino tendrá mucha suerte, tendrá grandes padres.
En lo no dicho está lo que humedece los ojos de Jill y después los míos: al contrario de nosotras, la criatura que viene tendrá padres que quieren ser padres, que, si todo sale bien, estarán presentes satisfaciendo las necesidades de su hija.
¿Pero quizás mi madre también creyó que lo haría bien? No puedo pensar en mis padres ahora, Jill y la vida que viene no merecen la carga del pasado.
—Y espero que también una gran tía.
—Por supuesto que sí.
—Lo digo en serio, Ken. Solo cuento contigo y con Mira para ayudarme, además de Dan, claro. Y si me pasa cualquier cosa…
—¿Pero qué dices?
—Que sí, que parece exagerado, pero son cosas que se piensan. Falta mucho, pero si me pasa algo, solo cuento contigo y con Mira para ayudar a Dan. Mamá y papá… ya sabes.
Mamá, papá y Mira, que yo incluyo a Mira. Antes muerta que dejar a una sobrina mía al cuidado de esa cazafortunas.
—No pensemos tonterías. Ayudarás a criar hasta a tus nietos y biznietos, ya verás. Ahora dime, ¿qué tal lo tomó Dan?
—Está feliz. Lo desea tanto como yo. Preocupado por hacer más dinero por el aumento de gastos que tendremos, pero estoy cansada de decirle que nos arreglaremos.
La mala conciencia me pellizca el ánimo. Dan y Jill con estrecheces económicas ante la perspectiva de su primer bebé y yo, gastando lo que no debo en una aprovechada.
—No te preocupes por nada. Yo te ayudaré en todo lo que pueda —digo en un impulso del que de inmediato me arrepiento.
No soy de prometer extremos, de darme toda. Prefiero generar expectativas modestas y sobrepasarlas.
—Gracias, Ken. De hecho, te llamé no solo para darte la noticia, sino porque necesitaré tu ayuda. Con nuestra madre.
La tensión me surge instantánea en los hombros, como si alguien hubiera colocado una prensa invisible.
—¿Qué quieres decir ?