4. Capítulo 3 #3
—Puedes parar cuando quieras —insiste una voz que sale de mi boca y que recuerda a la mía, pero que me cuesta reconocer—. Preferiría que cierres los ojos, eso sí.
Si Mira no me observa, puedo tener la ilusión de privacidad, de estar haciendo algo íntimo sin testigos.
Pero es la primera vez que ella me mira con desconfianza .
—No haré nada que te haga sentir incómoda. Solo tienes que decirlo y me detengo —vuelvo a insistir y esta vez la voz de Ken suena a Ken.
Asiente con un movimiento mínimo. Cierra los ojos. Yo al fin puedo observarla sin restricciones.
Sus senos, de una areola pálida, se han derramado por su pecho. La lengua me cosquillea. Quiero besarlos, quiero morderlos hasta hacerlos cambiar de color.
Es momento de contenerse. Siempre he sido buena conteniéndome.
Bajo la mirada por su abdomen que es seda y es piedra, llego a la entrada del pubis que ya sentí, pero no he visto.
Ahora veo, veo la piel que cambia ligeramente de color y textura porque ahí debía haber vello.
Ahora solo está la piel suave que sigue hasta que se separa en dos; en medio, se insinúa una protuberancia rosada y brillante que parece tener un vínculo especial con mi lengua.
Quiero sumergirme entre las piernas de Mira, aspirar su olor, lamer sus líquidos. Es un deseo antiguo, existencial. Mira lo convirtió en una operación comercial.
Me siento en el borde de la cama. Comienzo por tocar su rostro; los pómulos brillantes, la nariz de aletas pequeñas, trazo los contornos de la boca.
Bajo por el cuello, lo rodeo con mi mano y siento el latido arterial bajo mi palma.
Permanezco unos segundos así, preguntándome si Mira estará temiendo mis intenciones.
Continúo bajando y llego a los senos. Con las dos manos, los cubro ambos, presiono, me entrego a la sensación de tener mis manos llenas de los senos de Mira.
Suelto y con la punta del dedo índice, estimulo los pezones hasta que se vuelven dos pasas duras. No puedo evitar notar que la respiración de Mira cae en la indisciplina, su pecho baja y sube como ascensor sin control.
Señales falsas de una mujer falsa.
Pellizco los pezones. Aumento la fuerza. Le duele. A mí me duele. La necesidad entre mis piernas se vuelve tortura autoinfligida. Mira agarra las sábanas entre sus manos convertidas en garras.
Dejo ir mis dos tiernas presas. Vuelvo a bajar la barrera del abdomen, miro la entrada a todo lo que anhelo y temo entre sus piernas. ¿Me atreveré? La primera barrera está dentro de mí. Mira siempre fue lo inalcanzable. Ahora está aquí. Por un precio, no lo puedo olvidar.
Acerco dos dedos, abro los labios con cuidado.
Percibo un movimiento en la cadera de Mira que presiona hacia arriba.
Con la otra mano la detengo. Sigo en mi exploración, expando los labios, humedezco bien un dedo en su canal.
No mintió, más lubricación sería una redundancia.
Con el dedo húmedo hago un movimiento circular y breve en el clítoris, una pequeña presentación.
Ella insiste en subir la cadera, yo le niego el movimiento. Con una mano en su cintura y la otra entre sus piernas, deslizo el dedo hacia la entrada de la vagina, solo un poco. Esta vez estoy a la espera del movimiento de Mira y puedo frenarlo al nacer.
Recorro su canal con suavidad. Quiero aprenderme cada planicie, cada rugosidad, cada pliegue.
Al llegar al botón delicado, retomo los movimientos circulares.
Me siento unida a ese punto de su cuerpo como el escritor a la palabra precisa: siente que existe, la busca incansable, cuando la encuentra la usa con mimo.
Cuando en la periferia de mi vista percibo movimiento en las piernas de Mira, es como salir de un trance. Observo sus pies curvarse, rápida me fijo en sus manos que se aferran a las sábanas. Mi mano sale de entre sus piernas como mordida por una alimaña.
Pero Mira aparenta hacer lo que quieren los demás hasta que ella desea otra cosa. Por eso se mueve con la rapidez de un parpadeo, incorporándose en la cama. Una de sus manos, la misma garra que parecía rasgar la sábana, ahora quiere atravesar mi mandíbula. Me inmoviliza. Yo me dejo inmovilizar.
—Mírame —dice y gira, brusca, mi cabeza hacia abajo.
La mano entre las piernas de Mira ya no es mi mano. Incapaz de mover un solo músculo, observo cómo sus propios dedos bailan un ritmo frenético entre sus pliegues. Le brillan el dedo corazón y el índice, los pone de lado, los lleva arriba y abajo.
Yo quiero dejarme ir, tocarme junto con ella, olvidarme de lo que soy. Pero Mira tiene razón, parte de lo que soy es también ser una cobarde.
Así que me limito a seguir la danza entre sus muslos. Por suerte, no pestañeo. Si no, habría perdido el momento en que los dos dedos, como nadadores, se lanzan y se sumergen en Mira.
No puedo gemir, no puedo gemir.
Los dedos se pierden entre la masa rosada y tierna, emergen unos pocos centímetros y vuelven a entrar cada vez con mayor fuerza. Escucho el roce húmedo. Mira curva la mano y con la palma presiona el clítoris.
Siento que mi mandíbula es zarandeada una vez más. Quedo frente al rostro de Mira, que no mueve un músculo, que no dice una palabra, tal y como yo le ordené.
Eso no evita que perciba el instante en el que tiene un orgasmo. Quizás la delata la rigidez del cuerpo, la mirada que es toda para mí y que por un segundo termina siendo para nada, el brillo húmedo de sus ojos oscurecidos por el placer.
Y yo, pobre mí, me deshago de verdad, sin un roce y todavía vestida.
El orgasmo me llega inesperado. Es placer y es bochorno.
Inclino la cabeza, la mano de Mira me sostiene todavía la mandíbula.
No soy capaz de contener un sollozo. Me muevo unos centímetros hacia delante, ahora sí buscando más presión para prolongar el goce.
Me siento sucia y a la vez no recuerdo si algún día me he sentido tan liviana.
Cuando los labios de Mira comienzan a recorrerme el rostro a ritmo de besos, salgo de este hechizo en el que estuve perdida.
Me levanto de la cama, voy hacia el sofá con pasos inestables.
—¿Qué haces? —la escucho preguntar.
Rebusco en el bolsillo de mi chaqueta, saco el sobre que puede volver a traer la normalidad entre nosotras. No me atrevo a llevarlo a la cama. Lo alzo para que ninguna de las dos pueda ignorarlo. Después lo dejo en la mesa frente al sofá.
—Lo acordado —digo y me dirijo hacia la puerta de salida sin mirar atrás.
—¿La próxima semana a la misma hora? —Mira eleva la voz justo cuando estoy a punto de salir.
Mi mandíbula vuelve a recordar sus hábitos antiguos. Se cierra con fuerza, mastica la humillación. Porque yo solo puedo pensar que una semana es mucho tiempo. ¿Podré costear ver a Mira dos veces cada siete días?