4. Capítulo 3 #2
—Perfecto —dice y se va acercando a mí—. Como tú pidas. Cero deseo, buen servicio. ¿Después me puntuarás?
—Como quieras. —Me encojo de hombros buscando mostrar una ligereza que las dos sabemos que nunca he tenido.
Delante de mí Mira abre las piernas, se sube en el sofá y se desliza sobre mis muslos. Su rostro es el de una enfermera que va a realizar una cura. Me lo tengo merecido.
—¿Quitamos esta chaqueta? Por mucho que estés recibiendo un servicio, esto no es un banco. Hay que estar desvestida para la ocasión.
Mete las manos bajo la chaqueta y la desliza sobre mis hombros. La dejo hacer, aunque su impasibilidad me enciende el ánimo. Aparta la chaqueta y lleva las manos directamente a los botones de mi camisa blanca. La sujeto por las muñecas, deteniéndola.
Quedarme desnuda frente a Mira sería una nueva exposición, una nueva debilidad. ¿A qué vine? Tanto no querer pensar en lo que temes termina por generar los peores desastres.
—No quiero que hagas. Quiero hacer —me atrevo a exponer un deseo antiguo. ¿De qué va esto sino de aprovechar ella mis represiones y yo dar rienda a ganas nunca satisfechas?
Me mira desde abajo, la cabeza ligeramente ladeada, como si estuviera evaluando mi propuesta, como si estuviera descubriendo una nueva Ken.
—¿Y qué quieres exactamente hacer?
No soy Mira, aunque a veces intente competir con sus armas. Soy Ken y por eso siento la cara escocer. Hay tanto que quiero hacer a la mujer que se apoya sobre mis muslos, pero nada de ello lo puedo verbalizar. Me ahogaría con la primera palabra.
Frunzo el ceño, giro la cabeza, suelto sus muñecas con la esperanza de que se aleje de mí. En su lugar, siento una mano de Mira en mi mejilla. Me obliga a mirarla.
—¿Qué tal si comienzas por donde lo dejamos? Comienza por desvestirme. Yo soy muy de seguir protocolos.
Mira siguiendo protocolos, una mentira más que acepto encantada.
—Por ejemplo, puedes comenzar por mi blusa —dice y ahora es ella la que toma mis manos, las lleva hasta la frontera que forman su pantalón y la blusa y las deja ahí—. Tira de ella.
Como un robot teledirigido sigo sus instrucciones, tirando de la blusa hacia arriba. Cuando la punta de mis dedos roza su piel, suelto la tela como si una súbita instrucción me mandara a retirarme .
Mira deja escapar una risa breve. Me sienta como un pellizco indeseado. Hago por levantarme, pero ella aumenta su presión sobre mí.
—Calma, Ken, solo estamos intentando pasarlo bien. Aunque pasarlo bien no es lo tuyo, ¿mmm?
Me enfurece que me conozca tan bien.
—Suéltame, déjame ir. Nunca debí dejarme llevar por tus locuras.
—Shhh, shhh, un trato es un trato y yo todavía no he cumplido con mi parte —dice y se pone de pie con una rapidez que me toma desprevenida. Se quita la blusa en un movimiento fluido y la deja caer al suelo.
Su piel brilla bajo la tenue luz de la habitación. A un costado, unas marcas que parecen pecas trazan un camino en su piel.
Mis dedos tienen vida propia. Carentes de disciplina, quieren saltar, convertirse en exploradores de la piel inmaculada de Mira, solo marcada por el camino de pecas que quién sabe a qué problemas puede conducirme.
Ella no se detiene. Ahora pasa a la cremallera del pantalón. Dios. Baja, baja la cremallera.
A mi pesar, mis ojos siguen sus gestos como un pez atontado sigue la comida que cae desde arriba.
El pantalón se desliza por sus piernas, dejando al descubierto más piel, más realidad de lo que un día fue parte de mi imaginación .
—Ven —me ordena.
Es como despertar de un sueño, con el corazón en escapada y la boca un desierto necesitado de humedad. Su humedad.
No, no, no.
Tengo que salir de aquí. Yo no soy esta. No compro cuerpos, no devuelvo humillaciones, me quedo reprimiendo las ganas de mi adolescencia como todo el mundo.
Me levanto, obligándome a alejar la mirada de Mira.
—Qué cobarde eres, Ken —lo dice suavemente, como asegurándose de que escuche cada palabra—. Siempre lo has sido. Una cobarde que escoge el camino más seguro.
Mi mandíbula se cierra como si al fin atrapara a la bestia.
—¿Alguna vez has hecho menos de lo que se esperaba de ti?
Le doy la espalda. Puedo irme, no me tiene prisionera. No físicamente, al menos. Sus palabras son otra historia; garfios obstinados que me mantienen clavada al suelo, incapaz de mover un solo músculo.
—No, claro que no. Siempre cumpliendo, tragando reproches. Siempre con objetivos que alcanzar y deseos que acallar, ¿no, Ken? Deseos que no podías ni decir —ahora casi susurra. Cómo puede insultar susurrando es solo cosa de Mira.
Se mueve, mis músculos se hacen roca en medio de la expectativa. Mira está muy cerca de mí, su cuerpo se insinúa en mi espalda. Recuerdo que está desvestida y este amasijo de carne y hueso que va conmigo —y ahora poco sabe de disciplina, de rigores— se pone a temblar.
Mira se pega detrás de mí lo suficiente para sentir sus formas. Quiero reclinarme hacia ella, dejarme ir. Solo la dinámica que se ha establecido entre nosotras me detiene.
Sus manos se apoyan en mis caderas, tiran con suavidad hacia ella. La dejo hacer, quiero dejarme hacer. La piel de Mira me espera y esa idea es sol, yo, pobre planeta en su órbita.
Si su mano se mueve unos centímetros más abajo y entra en mí, en unos pocos minutos acabaría esta tortura, lo sé. Estoy tan mojada, tan lista.
Pero no lo hará. Estoy segura de que no lo hará. No está en los planes de Mira quedarse sin financiación ni juegos.
—¿Crees que no me daba cuenta de cómo me mirabas, Ken? La hermana de Jill que me seguía con la mirada a todas partes. Tan hosca, tan disciplinada. ¿Cuántas veces te tocaste pensando en mí? ¿Cuántas veces te mordiste los labios para no gemir mi nombre?
Su boca roza mi oído. Quiero encogerme de placer, pero resisto el impulso .
—Ahora que tienes la oportunidad de conseguir lo que tanto deseas, ¿vas a demostrar que no eres suficiente para tomarlo?
Quizás estaba equivocada, oh, por favor , que esté equivocada, porque Mira se abre paso por la cintura del pantalón y en un movimiento brusco presiona circularmente entre mis piernas.
Placer y dolor. Éxtasis y enajenación. Me eleva y me suelta. Mira, hada y bruja.
—¿Renunciarás a esta posibilidad? ¿Eres tan pusilánime, Kenny?
Kenny hace el truco. De un tirón saco la mano de Mira de entre mis piernas, me giro, la presiono por el pecho, guiándola hacia la cama. Ella ríe, satisfecha, como si hubiera alcanzado al fin a resolver un problema muy molesto.
Todavía me queda razón para pensar que por supuesto que sí, que todo final con Mira está concebido por ella. Que los demás solo tenemos la apariencia de autodeterminación.
Saberme juguete en juegos ajenos no es suficiente para hacerme abandonar la habitación. Sigo presionando a Mira hacia la cama, pero no es necesario. Ella se adelanta, me toma la cabeza, presiona su boca a la mía. Inclina el cuerpo hacia delante, insiste en unir nuestros cuerpos .
Vuelvo a apoyar la palma de mi mano en su pecho, todavía cubierto por un sujetador blanco. Empujo y por un momento me sobresalto con mi propia brusquedad. Pero Mira, incombustible Mira, solo parece disfrutar con el gesto.
Se deja llevar, sabiendo que llega a la cama cuando el colchón le roza las piernas.
—¿Y ahora qué? —pregunta.
—Si quieres que pare, me lo pides. En cualquier momento. Si no, cállate la boca. A la más mínima actuación me voy y no regreso. Eres un cuerpo que deseo, nada más. No necesito la ilusión del placer. ¿Trajiste lubricante?
—¿Lubricante?
—Sí, lubricante.
—Kenny, Kenny —canturrea, me toma la mano derecha y la mete dentro de sus bragas—. ¿Crees que lo necesito?
Muerdo el gemido, lo encierro como a un perro rabioso y, en su lugar, acerco la boca a su oído y escupo la advertencia.
—Que no me llames Kenny, cojones. —Trazo círculos desesperados en su clítoris, rápidos y que se deslizan como en pista de hielo—. Que no me llames Kenny.
Mira, siempre dos pasos por delante de mí, me atrapa la mano, la restriega con fuerza contra su pubis. Aunque intenta sofocarlo, escucho su gemir. Libero mi mano de un tirón.
—¿Qué te dije?
Apoya la cabeza en mi pecho y parece vaciar el aire de la habitación con una sola inhalación.
—Lo siento, lo siento. Me portaré bien, ¿de acuerdo?
—Gírate.
Y ella lo hace. Sin protestar, sin jugarme una mala pasada. Todavía.
Tengo los dedos helados y temblorosos cuando me acerco a desabrocharle el sujetador. Libero la prenda, que cae sobre la alfombra sin apenas hacer ruido.
Ahora me permito mirar la espalda que está frente a mí. Mirar sin miedos, sin vergüenzas, sin expectativas.
La piel aquí es más blanca, sin esa cualidad dorada que muestra Mira al exterior.
¿Será un producto de belleza? Sé tan poco de esas cosas.
El canal de las vértebras parece una invitación a deslizarte, como si estuviese pensado como parque de diversión para lenguas ajenas, flanqueado por firmes músculos que se tensan y se relajan con cada respiración.
Y los hombros, los hombros de Mira… Poso mis dos manos sobre ellos, acerco mi boca al medio de su espalda.
Aspiro el olor que sale de su piel. Me alejo y con las manos recorro los costados de su espalda.
Me tomo todo el tiempo que necesito. Al fin y al cabo, puedo hacer con Mira casi todo lo que quiera. Lo he pagado.
El pensamiento me repugna y me espuela. Mira me llevó a esto.
Dejo que mis manos se deslicen hasta el final de la espalda, que vayan más allá y atrapen la delicada tela de la braga. La deslizo por sus muslos. Ella se deja hacer, con una docilidad que le es ajena hasta que la necesita.
—Acuéstate —le quiero ordenar y me sale un graznido ronco.
Se gira y lo que veo en su rostro es una de sus peores trampas. Imita tan bien el deseo sin necesidad de palabras.
¿Qué puedo prohibirle ahora? Huyo de sus ojos que cuentan tantas falsedades. Me centro en un punto indeterminado de su cuello.
—Acuéstate —insisto.
Ella lo hace al fin. Queda boca arriba, con las manos a los costados, las piernas entreabiertas.