Yo te pago 4. Capítulo 3
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4. Capítulo 3

D ebí imaginar que Mira tampoco pensaba esperar a que yo diera el primer paso. Dos días después, me escribe:

¿Hoy a las ocho? ¿En el hotel M?

Me obligo a no responder como un perro al que acaban de ofrecerle un premio. Solo tengo una respuesta que dar. Las dos lo sabemos. Apenas me queda vencer el pudor inicial.

Mi respuesta la envío dos horas después. Incluye lo mínimo que puedo decir para mostrar acuerdo sin demostrar el ansia.

Ok

Cuando llego al hotel, Mira me espera en la recepción. No sé por qué había imaginado que subiría directamente a la habitación. Supongo que porque en las películas siempre ocurre así.

En las películas, además, las mujeres que cobran por sus servicios tienen un aspecto reconocible.

Mira no. Ahora se ve como la mejor amiga de mi hermana, vestida para cenar con un grupo de señoras acomodadas y aburridas.

Lleva un pantalón de lana marfil de talle alto y una blusa de seda lavada color champán.

El lazo cae suelto sobre el pecho y forma una V que le da un aire elegante, aunque ligeramente descuidado.

Se acerca a mí con la misma sonrisa que le dedica a mi hermana. Desde fuera, nadie podría decir que esto es algo más que el encuentro entre dos buenas amigas.

Cuando estamos frente a frente, Mira se inclina, pone una de sus manos en mi mentón y acerca su boca a mi mejilla. Es un saludo, quizás demasiado cercano, pero tampoco nada que haga sospechar que entre nosotras dos vaya a suceder algo más que una conversación amistosa.

—Me alegro mucho de que estés aquí, Ken.

Ella guarda el silencio de quien espera alguna contestación, solo que yo tengo la rigidez de la piedra, y mi lengua, pesada, es incapaz de decir una cortesía intrascendente.

—¿Subimos?

Inclina apenas la cabeza hacia los ascensores y me sostiene la mirada. Algo en mis ojos parece bastarle. La sigo por la amplia recepción en negro y blanco, con la sensación de estar metida hasta el cuello en un acto ilícito del que ya no puedo echarme atrás.

Intento enderezarme, proyectar una imagen de competencia profesional, una fachada tras la cual siempre me siento más segura. Nadie sabe qué hago aquí, me recuerdo, por unos minutos todavía puedo seguir interpretando a Ken, juiciosa Ken que nunca hace nada que no deba hacer.

Mira disminuye el paso, espera a que yo llegue a su altura. Esta vez se aproxima más de lo que resulta aceptable. Su hombro roza el mío, y al girar la cabeza hacia mí, su voz se convierte en un soplo tibio que roza mi oído con cada palabra.

—No quiero hacerlo, pero tengo que preguntar.

Amiga de Jill, ya sabes —comienza a decir esta otra Mira.

No es la que me recibió. Esta tiene la voz grave, los ojos brillantes, parece buscar una conexión íntima que yo estoy decidida a negarle—.

¿Estás segura de seguir adelante? Por mucho que lo lamente, realmente no pasa nada si te echas para atrás.

Preferiría que Mira no me hubiese dado esta oportunidad. Sería más fácil negarlo todo, descargar mis culpas y repartirlas como ajenas.

Ella espera una resolución, la única que yo tengo para dar. Solo que las palabras, como va siendo costumbre, están apresadas por una mandíbula con hábitos carcelarios.

—Lo único que va a pasar es que yo subiré y terminaré sola lo que debimos hacer entre las dos. Porque algo tengo que hacer. YA —dice, y tuerce la boca en un gesto que tiene algo de disculpa y algo de burla.

Es inevitable que yo sienta este cosquilleo intoxicante, fuente de tantas malas decisiones. Su deseo es pedernal y palanca, muelle y émbolo. Los hombros de mi propio deseo.

Deseo pagado , no puedo olvidar. Aparece y desaparece a voluntad de billetera. Endurezco el gesto.

—Vamos.

Aparenta haber recibido una gran noticia, una que la llena de júbilo y malas intenciones.

Qué gran actriz es. Yo, peor actriz, peor aprovechando circunstancias, aparto el rostro, me adelanto a ella y busco los ascensores con la mirada.

Me dirijo hacia ellos como si no tuviera que preocuparme por nadie más.

Solo cuando me encuentro frente a las puertas, incapaz de abrirlas, recuerdo por qué soy tan poco de seguir impulsos.

Siento a Mira llegar a mi lado. Veo su mano ocupar mi campo de visión blandiendo la tarjeta de acceso. Asumo la mortificación merecida. ¿A dónde iba yo ?

Cuando al fin accedemos al ascensor y Mira marca la planta 15, yo miro al techo, a las luces estratégicamente ubicadas. Eso no evita que sienta los ojos de Mira recorriéndome el cuerpo.

No puedo más.

—Para.

—¿Que pare qué?

—No me mires así.

—¿Cómo quieres que mire a la persona con la que estoy a punto de follar?

—¡Calla! No digas esas cosas. Hay cámaras.

—¿Y? Si divulgan esto me estarían haciendo un favor. No me vendrá mal el dinero de la demanda.

—¿No te importa…?

El ascensor para y evita que pregunte lo que no quiero saber. En este momento, en esta burbuja de absurdo y posibilidad, no quiero meter a Ewan entre nosotras.

—Por aquí. —Mira señala a la derecha del pasillo.

Hace algo que no espero y contra lo que no sé defenderme. Entrelaza sus dedos con los míos y tira de mí con suavidad. Yo parezco un animal encandilado. Me dejo llevar porque no sé cuál es la habitación y porque se siente bien este roce con apariencia de casual.

Mira abre la puerta y se aparta para dejarme pasar. El clic de la cerradura a mis espaldas me provoca un estremecimiento que no sé atribuir al temor o al deseo .

—¿Quieres algo de beber?

Se acerca hasta que puedo sentir el calor de su cuerpo. Intento retroceder, pero la pared a mi espalda limita la huida.

Es imposible no excitarme por las muestras no explícitas de deseo. La boca entreabierta y húmeda. La respiración controlada y profunda. Quieta frente a mí, Mira transmite más deseo que cualquiera en pleno clímax.

Deseo falso , no olvido.

—Nada. —No quiero que el alcohol me empañe el juicio.

Su mirada termina en mi boca. Sin soltarme del todo, lleva una mano hasta mi rostro y me roza el labio inferior con el pulgar.

—Tienes una boca perfecta por mucho que te empeñes en maltratarla. Severa, como tú. Por eso dan ganas de tomarla y tratarla con mucho cuidado —se separa unos milímetros, tan poca cosa que es más un gesto que una separación real—. ¿Te puedo besar?

Quiero decir que no, aunque mi armadura se está llenando de hoyos.

Los veo surgir uno a uno, humedad a humedad, cosquilleo a cosquilleo.

Pero ¿a qué digo que no? ¿A lo que vine a hacer?

No sé qué me da más vergüenza, si la Ken que se deja llevar por lo que desea o la Ken que es incapaz de hacer lo que vino a hacer .

Nunca he sido hedonista, siempre he sido consecuente.

Muevo la cabeza, el único gesto del que soy capaz para señalar mi consentimiento.

Mira brilla, triunfante. Se acerca y toma mi labio inferior entre los suyos, lo acomoda con delicadeza para después recorrerlo brevemente.

Vuelve a disminuir la distancia entre nuestras bocas y esta vez Mira, sensual Mira, decide que ya puede humedecer mis labios, que ya puede estrujarlos entre los suyos, que su avance puede ser más decidido, que incluso puede insinuar su lengua hacia mi lengua, un saludo que me provoca el infame debilitamiento de las rodillas.

Creo que ella es capaz de percibir todas mis capitulaciones porque se acerca más a mí.

Siento en mi espalda la firmeza de la pared y en mi abdomen, en mi cadera, la mezcla de dureza, suavidad y calor del cuerpo de Mira.

Vuelve a besar y ya su lengua no saluda, ahora explora como si fuese un territorio en el que hubiera plantado bandera y fuera suyo porque sí.

Proyecta más la cadera hacia delante. Oh, Dios .

Siento la presión entre mis piernas aumentar y una sensación increíble, la sensación más increíble, me llena de líquido y electricidad.

Mira gime y es pedernal. Pero recuerdo: gemido falso .

Pongo mis brazos en sus hombros, la separo de mí con fuerza innecesaria. Por unos instantes me observa con desconcierto.

—No hagas eso.

—¿Qué? —pregunta levantando las manos a la altura del pecho, las palmas hacia arriba, en su rostro una aparente perplejidad.

—No finjas desearme.

—¿Fingir? —Ahora su boca se abre, parece incrédula.

—Sí, no necesito que finjas algo que no sientes. Las dos sabemos por qué estamos aquí.

—¿Por qué asumes que estoy fingiendo?

—No.

—¿No qué? Está siendo muy difícil comunicarme contigo.

—Que no intentes engañarme. Hasta ahora hemos sido honestas con lo que buscamos, no vamos a cambiar ahora.

—Yo he sido honesta. Tú te has limitado a aceptar —se aleja de mí, va quitándose los zapatos mientras camina por la habitación. En una mesa auxiliar toma una botella de agua y bebe—. Pero supongo que este es un momento ideal. Dime, Ken, ¿qué quieres?

Cuando Mira pregunta, lo hace de frente. Supongo que nunca teme lo que pueda escuchar. Para entonces, ya ha previsto todas las posibilidades y sabe cómo utilizarlas a su favor.

—¿No se supone que eres la profesional que está dándome el servicio? —Yo no soy Mira, yo rehúyo su mirada—. ¿La que sabe qué hacer?

—Eso creía que estaba haciendo. —Levanta una ceja.

—Pues hay margen de mejora, Mira.

—Tampoco es que me hayas dejado hacer mucho. —Sé que he logrado molestarla. Me muerdo la sonrisa.

—Avanzamos hasta que comenzó el teatro. No estoy comprando tu deseo, solo tus servicios. Cuando contrato a un electricista no necesito que parezca feliz, solo que evite que me electrocute.

Siento un placer nuevo, mezquino y turbio. En la superficie no sabía que lo buscaba, lo juro: el placer de humillar.

Estoy devolviendo a Mira lo mismo que ella me dio. Humillación por humillación.

Me acerco al sofá que está a un lado de la habitación, me siento cuidando los modales —Ken, correcta Ken—, y ahora sí me atrevo a observar a Mira abiertamente.

Y ella, a la que espero ver con las mejillas teñidas de rojo vergüenza, o al menos con algo de la dureza del que recibe el golpe, solo sonríe de medio lado, satisfecha .