Yo te pago 3. Capítulo 2 #3
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3. Capítulo 2 #3

—No te vayas. No debería darte vergüenza haber sentido algo por mí en aquella época.

Era lo normal. Atraigo a mucha gente, busco que así sea.

Se abren muchas puertas de ese modo. Además, con la edad que tenías, bastaba con que alguien estuviera cerca y te prestara un poco de atención para que te encapricharas.

No sé si cree que sus palabras hacen consuelo. Para mí son otro baño en el río del bochorno.

Mira me toma del mentón, me obliga a girar la cara en su dirección. De nuevo vuelve la rigidez a mi cuerpo, el entrechocar exagerado de los dientes, el deseo de gritarle todo eso que merece escuchar.

—Lo que me pregunto, Ken —susurra y se acerca un poco más a mí—, es si todavía queda algo de aquella época. ¿Todavía le sigo gustando a esa chica?

Se alza unos centímetros, ¡¿qué pretende?! Mira se acerca con la lentitud de un reloj de arena. Me da tiempo a pensar que si hace lo que creo que va a hacer, debo negarme, girar el rostro y ponerle fin a esta locura .

Pero cuando sus labios rozan los míos, un toque tan suave que se siente más un recuerdo que una sensación real, yo solo puedo cerrar los ojos para contener el anhelo, para ahogar la rabia por mi debilidad.

—¿Por qué lo haces, Mira? ¿Por qué tienes que humillarme así?

La respuesta de Mira es volver a acercar su boca a la mía, tomar mis labios entre los suyos y besar sin rastros de la delicadeza previa.

Ahora sí debo alejarme, lo sé, pero en su lugar sumo otra acción errática a las que me inspira esta mujer: le devuelvo el beso con rabia, para que sepa cuánto desprecio lo que hace, lo que ella es.

Porque Mira es una cazafortunas capaz de convencerte con su cuerpo de cualquier cosa.

Como ahora, que se separa con brusquedad, dejándome llena de deseo disfrazado de venganza, y ella casi me hace creer que también me desea. Los ojos le brillan, la respiración le cuesta, se seca un poco de saliva que quedó en el labio inferior. Ver mi saliva en Mira es una emboscada para ingenuas.

—Porque me gustas, porque lo necesito —dice y me toma un momento recordar mi pregunta anterior—. Y porque puedo, Ken.

Es desolador que tenga razón, también lo es que ella se comporte como lo que es: una cualquiera.

—¿Cuánto tiempo vas a negarte? ¿Otro día? ¿Otra semana? Hoy viniste a encontrarte conmigo casi a la medianoche. Si la próxima vez te cito en un hotel, ¿te negarás?

Me reafirmo: nunca, NUNCA perdonaré a Mira el haber traído esta infamia entre nosotras. Porque de no ser porque ella abrió la puerta a tantas cosas feas y deseables, a mí nunca se me habría ocurrido algo así.

Ahora, ella lo sabe bien, mi mente solo busca justificaciones para dejarme llevar y aceptar la humillación a la que me somete.

¿Ella se comporta como una prostituta? Dios, creo que es la primera vez que pienso en Mira de ese modo. Lo he evitado porque seguramente me duela más a mí que a ella llamarla así. Pero si ese es el papel que ha elegido, tendré que tratarla en consecuencia.

—¿Cuánto? ¿Cuánto cobras por follar, Mira?

Si esperaba ver algo de vergüenza en ella, me equivocaba. Mira sonríe, victoriosa.

—Cinco mil por encuentro. La mitad en efectivo, la otra mitad por transferencia como servicio de consultoría.

No sé qué decir. Cinco mil dólares es, objetivamente, mucho dinero, pero yo no tengo idea de qué cobra una… Dios, ¿por qué todavía me quedan restos de respeto por Mira? No lo merece.

Escucho la notificación de un móvil. Mira busca en el bolso minúsculo que trajo con ella y saca su móvil.

—Tengo que irme, Ken. Hora de decidirte —dice sin dejar de escribir en el teléfono.

Estoy segura de que es Ewan. Y esa idea, la de que su marido la está esperando en casa, despierta en mí una rivalidad mezquina. ¿Por qué si él la tiene no la voy a tener yo? Como un coche italiano, como cualquier otra posesión de lujo. Ella saca lo peor de mí.

—Una sola vez. Y no lo puede saber nadie —mascullo. Si alguien me ve, quizás piense que esté siendo víctima de algún tipo de tortura.

Mira vuelve a reír, despreocupada y burlesca. Se pone en pie, se inclina y me da un beso rápido y condescendiente en los labios.

—Como tú digas, chica bella. —Me limpia un labial que estoy segura de que no está—. Tengo que irme ahora, pero me dices sitio y hora y ahí estaré. Si tienes alguna petición especial, no tienes más que decirme.

Se aleja con sus movimientos creados para atraer miradas, pero no avanza ni dos metros antes de volver. De pronto tengo sus labios en el oído.

—Hace tanto que no estoy con una mujer, Ken… tengo tantas ganas. Dios, cómo lo vamos a disfrutar.

Apoya la frente unos segundos en la mía, después se separa y esta vez sí marcha.

No me quedo mirándola, no puedo. Los ojos se me han humedecido y no sé si es de frustración o deseo.

Una lágrima se escapa y me recorre la mejilla, inclino la cabeza y me la limpio.

Soy tan poco de estos espectáculos públicos.

—¿Todo bien? —escucho a alguien preguntar.

Cuando miro, está Martha, la bartender, con una expresión preocupada delante de mí.

—Sí, sí. Todo bien, disculpa. —Me levanto, ya es hora de yo también ir para mi casa.

—Solo venía a dejarte la cuenta, estamos a punto de cerrar. Mira me dijo que al final insististe en invitarla tú.

Por supuesto. No podía esperar menos de Mira.