3. Capítulo 2 #2
Me observa en silencio, parece estar evaluando la verdad de lo que digo. ¿Será capaz de ver la diferencia entre aspiración y vergüenza?
—Estoy jodida, pero no hundida, saldré de esta como he salido de muchas otras, estoy segura —me dice y parece relajarse.
Toma su copa, se acerca más a mí y apoya la cabeza en el respaldo del sofá. Hay más peligro en esta Mira relajada que en la altanera de minutos atrás. Ante esta Mira soy capaz de derribar todos los muros.
—¿Está bueno tu cóctel? —pregunto porque soy una torpe cuando se trata de consolar.
—Es solo kombucha.
—¿Eh?
—Sí, no bebo alcohol.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace mucho, nunca me ha gustado. Siempre me la arreglo para que los demás piensen que sí los acompaño mientras beben. —Alza la copa como para demostrar su punto—. No sé por qué la gente se siente incómoda consumiendo alcohol si con ellos hay alguien más que no lo hace.
—Algo de razón llevas. Ahora mismo mi copa empieza a parecerme un símbolo de debilidad .
—No, por favor, bebe. Estoy esperando que termines esa para invitarte a otra. A ver si al fin te relajas.
A Mira parece que no le hace falta el alcohol para relajarse. Su actitud felina de momentos atrás ha cedido y aunque quedan restos, ahora su aire es de mujer hedonista que promete disfrutar con cada gesto.
—Cuando se está en apuros económicos no es muy prudente invitar a copas, Mira. Seguro que tu asesor financiero te lo diría.
—Al final las terminarás pagando tú, las dos lo sabemos.
Es una bofetada. Sus palabras son una bofetada de realidad merecida. Por estar embelesada analizando todos los cambios de Mira, por venir a un encuentro atestado de inconvenientes.
Estoy a punto de poner fin a esta cita cuando Mira vuelve a hablar.
—¿Puedo apoyar la cabeza en tu hombro, Ken? Realmente estoy cansada.
El temor llega rápido y feroz. No me esperaba la petición.
—No creo que sea buena idea, Mira.
—Es solo apoyar la cabeza, Ken. —Y siendo Mira como es, simplemente se abre paso con su cabeza de pelo dorado, se acomoda en el hueco entre mi brazo y el pecho y me estira el brazo para hacerse sitio—.
Siempre me he sentido muy segura entre tu familia.
¿Recuerdas cuando me quedaba a pasar la noche y dormía con Jill? Eran las únicas noches que dormía bien.
Me llega su perfume, no sé si el de su pelo o su piel. Siento su peso sobre mí, la tela del vestido, quizás seda o satén, queda prendida en la vastedad de mi americana de lana. Estoy tan poco lista para todo esto.
Es la primera vez que siento a Mira tan cerca y yo, como no puede ser de otra forma, estoy a punto de entrar en pánico. La respiración la llevo al mínimo bajo la absurda creencia de que si respiro como necesito, va a notar lo descompuesta que me tiene.
Mira, astuta Mira, ¿por qué conoces tan bien cómo rendirme?
—¿Sabes que aún duermo alguna noche con Jill? A Dan no le hace mucha gracia terminar en el cuarto de invitados. Y Ewan dice que ya soy muy mayor para fiesta de pijamas.
No sé qué se supone que deba decir ahora.
Mi hermana nunca entra en detalles sobre la vida de Mira y Mira se lo agradece con la misma discreción.
¿Sabrá Jill la locura que Mira me propuso?
Lo dudo mucho. La amoralidad de mi hermana al juzgar a Mira debe tener algún límite y este claramente marca uno.
Siento que se mueve, pero no la miro. Mantengo la vista al frente como si me fuera la vida en ello. De pronto, noto que sus dedos me tocan con cuidado la mandíbula, la recorren en una caricia leve, una hormiga despistada buscando el rumbo.
Sé que debo negarme a este traspaso de los límites, pero no puedo. Mi deseo, de seguirlo, sería hundirme en la mano que me toca.
—¿Sigues usando la férula de descarga?
Muevo la cabeza, afirmando. Las palabras, visto está, a mí me han abandonado.
—Por supuesto. Tú nunca dejarías de hacer lo que tienes que hacer, ¿verdad? —Mira habla a pocos centímetros de mi rostro—. Como cuando de adolescente te invitábamos a salir con nosotras y te negabas porque tenías que hacer los deberes. ¿Quién hace eso?
Suelta una carcajada breve.
—Ken, Ken. Tan guapa y tan juiciosa. Yo le decía a Jill que Kenny se estaba poniendo muy atractiva, toda angulosa y con carácter. ¿Qué crees que me respondió un día? Oh, Dios, con esto te vas a reír.
Lo dudo. Ahora mismo no creo que pueda abrir la boca para reírme de nada. Mira me tiene presa con su cercanía.
—¡Que a ver si conseguías novio y salías embarazada! Creo que hasta te dio la charla —añade, con el humor todavía prendido en la voz.
Tiene razón. El recuerdo consigue arrancarme un amago de sonrisa.
Mi hermana, siempre rápida para llenar los huecos que dejaban nuestros padres, intentó advertirme sobre el sexo y el riesgo de quedar embarazada. Supongo que fue menos incómodo que escuchar lo mismo de mi madre o, peor aún, de mi padre.
—Aunque poco después le quité esa preocupación.
Y aquí tengo que confesarte una pequeña traición.
—El dedo de Mira me recorre, perezoso, el cuello.
Es tan inapropiado, es tan maravilloso—.
Yo le dije a tu hermana que no tenía que preocuparse por chicos y embarazos.
Que más bien tenía que preocuparse por si alguna arpía de Church te rompía el corazón y te dejaba de regalo una ETS.
Una reacción automática me saca del inmovilismo. Observo a Mira en mi hombro, acurrucada como quien está lista para irse a dormir. Si no fuera porque sé que apenas hay nadie en el bar y estamos en la penumbra, me sentiría incómoda de mostrarme así en público. Soy, a mi pesar, de moral anglicana.
—Te vi un día en una discoteca de Church. No sé cómo lograste entrar porque no tenías edad —explica Mira sin necesidad de que le pregunte—. Toda nerviosa, aparentando ser muy mayor y muy tomboy . No eras ninguna de las dos cosas y por eso me resultabas enternecedora.
—¿Qué tú hacías en Church?
—¿Ahora sí tienes ganas de hablar? —Su tono es de burla y con razón—. Estaba disfrutando de la noche con una chica encantadora, pero lamentablemente igual de arruinada que yo. Aquello estaba destinado a durar algunas noches y poco más.
No sé si Mira estará sintiendo el latido de huésped impaciente de mi corazón.
¿Por qué no sabía nada de esto? ¿Por qué no conocía que Mira también salía con mujeres?
Es como si mi yo adolescente sintiera que al fin tiene una oportunidad con su ídolo.
Y la tengo, me recuerdo, tan real que hasta tiene un precio.
Qué manera de llenar todo de mugre. Nunca le perdonaré el hacerme sentir una rarita que tiene que pagar para lograr lo que desea.
—En fin, que te vi y lo primero que quise hacer fue ir a sacarte, era mi deber como amiga de Jill, pero decidí no hacerlo yo. Cuando vi a la primera arpía acercarse, fui a donde Margo, la dueña, y la convencí para que te echara con cariño. Creo que no lo hizo mal.
—¿Tú fuiste la culpable de que me echaran de aquel bar? Después de eso no me atreví a volver a uno hasta más de dos años después.
—Cuando correspondía.
—Mira, ¿vas tú a darme lecciones sobre cómo comportarme ?
—No, pero oye, al menos no te saqué yo. Habría sido más penoso que te sacara la chica que de verdad te gustaba.
Sus palabras son como agua caliente, escuecen y alejan. Intento levantarme, pero Mira aumenta su presión sobre mí.