Yo te pago 2. Capítulo 1 #3
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2. Capítulo 1 #3

—Tómalo como lo que es, un gran halago viniendo de Ken. Bien pudo ser un “no está mal” —Jill dice con la boca llena de tarta y el espíritu lleno de mejores intenciones que su amiga.

—“Si algo está bien, está bien, todo lo que se diga a partir de ahí es para engordar el ego” —mi padre me imita a la perfección y todos vuelven a reír.

Es incómodo ver mi reflejo con mi padre como espejo. Así es como me ve él, como me ven todos: una mujer con rectitud de monja, con seriedad de juez a punto de dictar sentencia.

Y en ese reflejo hay realidad, pero no aparece todo lo que oculto. Si en medio de esta reunión vomitara todo lo que guarda mi rectitud, todo lo que esconde mi seriedad, quedarían espantados ante tantos resquemores y cosas sin decir.

—Esa es mi Kenny — mi madre dice y supongo que intenta ser cariñosa. Ella y Mira parecen olvidar cuánto odio el Kenny.

El sabor dulce y complejo de la tarta se vuelve ceniza en mi boca, pero aun así bajo la cabeza, presiono con fuerza desproporcionada la cuchara y me como otro pedazo.

Escucho el timbre de un móvil. Me toma unos segundos comprender que es el mío. Después me invade una alegría anticipada. Cuando lo saco del bolso, en la pantalla: Mark.

—Lo siento, pero tengo que tomar esto, es del trabajo —digo con aire apresurado mientras me pongo en pie.

Me dirijo otra vez al interior de la casa, pero me aseguro de contestar antes de entrar. Mi voz suena profesional, clínica.

—¿Sí, qué sucede?

—Llamada de rescate —susurra al otro lado—. ¿Es necesaria o no?

—Sí, es importante que haya llamado, por supuesto —sigo con mi aire profesional, aunque por dentro, el alivio extiende sus alas. Estoy a minutos de poder escapar de esta reunión familiar.

—Pues nada, super Mark al rescate. Me debes unos tacos. ¿Cuánto debo seguir hablando? Bueno, ya me cortarás, así aprovecho y hablo un rato porque Anika no me deja poner una.

—En media hora estoy en la oficina. No se preocupe, lo solucionaremos.

—Jo, tú tampoco me dejas poner una —mi amigo Mark Leekie se queja al teléfono.

Me muerdo la sonrisa que sus palabras provocan. Aunque esté en la cocina, no debo perder la fachada y mi justificación para partir.

Cuelgo y salgo otra vez al patio. Mantengo firme en mi rostro la expresión de premura controlada.

—Lo siento, tengo que irme. Ha surgido un problema en el trabajo —digo de pie, sin dirigirme a nadie en particular.

—Trabajas en banca. ¿Qué problema puede surgir en un banco un fin de semana? —Mi hermana parece incrédula.

—Si trabajas para esclavistas, tu vida no puede ser nada más que esclavitud —sentencia mi padre.

Ignoro a ambos. Para mi hermana no preparé una respuesta a tiempo, para mi padre ya me he gastado las respuestas a lo largo de la vida.

¿Y de qué hablan? Trabajo en banca de inversión, mi vida es una constante emergencia.

—Lo siento, es mi responsabilidad. Mamá, que pases un buen día.

Titubeo durante unos segundos, indecisa sobre si acercarme a darle un beso o no. Al final decido que no, pero es un error. Veo la decepción en el rostro de mi hermana, la furia en los ojos de mi padre, la sonrisa insegura en la boca de mi madre.

No sé qué hay en el rostro de Mira porque evito mirar en su dirección. Con un último movimiento de la mano, salgo con la sensación de estar huyendo. Estoy huyendo.

Cuando llego al coche, se siente como alcanzar un refugio. Estoy a punto de poner en marcha el coche, cuando en la periferia mis ojos captan un movimiento en la puerta de entrada de mis padres. Giro la cabeza y me encuentro con Mira indicando con un gesto de la mano que me detenga.

Lo primero que pienso es cómo puede Mira tener esa sonrisa, esa boca. Por mucho que drene el balance de mi cuenta corriente en dentistas, nunca tendré una boca como la de Mira.

Después me corrijo, salgo del trance que me induce esta mujer y pienso en lo importante. ¿Me he dejado algo? Miro alrededor, como si el objeto olvidado pudiera delatarse por arte de magia.

Pero no tengo que recordar nada porque Mira ya está tocando el cristal del coche.

—¿Sí, me dejé algo? —pregunto en cuanto bajo la ventanilla.

—No, no, tranquila. ¿Podemos hablar? Solo será un minuto.

—¿Hablar de qué? —Esto es raro. Me pongo alerta y como siempre que hay una expectativa en el aire, espero lo peor. ¿Sucede algo a Jill? ¿Mi familia la envía de mediadora de algún desastre oculto?

—¿Puedo subir al coche? Será un momento, pero no quiero hablarlo aquí fuera.

Las alternativas vuelan desbocadas por mi mente, pero la opción más sencilla es la que propone Mira. Dejarla entrar, que termine rápido de anunciar lo que sea y ya lidiaré con ello. Que no le pase nada a Jill, por favor.

—Está bien, entra. —Cedo y desbloqueo las puertas.

La veo dar la vuelta por la parte delantera del coche, abrir la puerta del copiloto y sentarse con esa actitud felina que han perfeccionado las mujeres bellas, habituadas a usar su belleza como otros usan su voz o sus manos.

—¿Qué sucede?

—Ahora nada, pero puede pasar si tú quieres. —Me sonríe de una forma nueva, de una forma que mi yo adolescente soñaba con ver y la Kendra adulta está detestando—. Te propongo tener sexo. Lamentablemente a cambio de dinero. Lo necesito.