2. Capítulo 1 #2
Y no puedo más que creerle, aunque me sorprenda. Mira puede hacer tartas perfectas, arrancarle a mi madre una risa de verdad y conseguir que cualquiera confunda sus deseos con una buena idea. En mi cabeza, siempre ha tenido superpoderes.
—Ahora le ha dado por la alta pastelería —explica mi hermana.
—Relaja mucho. Te lo recomiendo, Carys —le dice a mi madre y le da un abrazo breve en la espalda.
—¿Qué tal Ewan? —Sé que saco el nombre del esposo de Mira como un escudo, una defensa contra el deslumbramiento que ella siempre me causa.
Mira se aleja de mi madre, se acerca a mí y toma asiento a mi lado. ¿Por qué no se queda cerca de Jill?
—Bien, ocupado, como siempre. Por eso me da por hacer tartas —dice y sonríe con tanto descaro, tanto desparpajo, que si yo fuera un hombre creería que Mira está coqueteando conmigo.
—Es que para que tu esposa se dedique a hacer tartas hay que estar muy ocupado, Mira —suelto, hundida en mis aires hoscos.
Al instante me siento mezquina.
Mira es más que una esposa que hace tartas. Mira hizo tanto por el negocio como Ewan, quizás más. Que ella siempre intente proyectarse como otra cosa solo habla de lo que quiere vender, no de la realidad.
Con Mira realidad e ilusión son siempre cosas muy distintas.
—¿Tu esposa se podrá dedicar a hacer tartas, Kenny?
Con las mejillas ardiendo, cierro la mandíbula como una trampa para bestias. Que Mira insinúe un paralelismo entre su esposo y yo es un insulto. Yo no caeré en las manos de una cazafortunas por mucho que se vea como Mira Radley.
Para empezar, no tengo fortuna que cazar. Todavía.
No como Ewan, con dinero familiar. A todos sorprendió que él no siguiera en los negocios de la familia y que junto a Mira se metieran en todo eso de los gastrobares. Ya van por tres. Bien por ellos.
—No pretendo casarme, Mira, y cuando tenga pareja estable espero que ella me invite a tantas cenas como yo a ella. O ir a la mitad y ambas contentas.
—¿A la mitad? —Se ríe, con la cabeza para atrás para mayor efecto—. Eso es de cutres, Ken.
Me hierve la sangre. Mira siempre logra hacerme sentir básica. Un bicho raro, eso es lo que soy en cuanto ella aparece a mi alrededor.
—Kendra, relájate, que te va a dar algo —mi hermana me dice en broma, de aderezo una pizca de advertencia.
Sabe muy bien lo fácil que es ofuscarme bajo el influjo de Mira.
—Vamos a cortar la tarta —dice mi padre blandiendo un cuchillo en una mano, en la otra una pequeña torre de platos pequeños y blancos.
—¿Traigo cucharas? —Me ofrezco viendo la oportunidad de alejarme del grupo y respirar al menos durante unos minutos.
No espero por una respuesta, me levanto impulsada por las emociones maltrechas que me provoca Mira. Me adentro en la casa, hacia la cocina. Desde hacía mucho no buscaba nada en la cocina de mis padres.
Todo está más o menos igual que en mi infancia, solo que ahora los muebles y paredes parecen estar haciendo una gran mueca, por ajados.
—Ken, ¿todo bien? —Escucho a mi hermana preguntar detrás de mí.
—¡Deja de preguntar a todo el mundo si está bien! —le suelto de mal humor, sobresaltada.
Cuando me giro y la miro, Jill está con las manos alzadas y los ojos agrandados.
—Hey, calma, calma, Kendra. Es solo un puto día, por Dios. No te va a matar estar unas horas con tu familia.
Le doy la espalda y busco en el cajón las cucharas faltas de brillo. Mi hermana siempre ha tenido la molesta habilidad de leerme como cuando todavía era una niña incapaz de mentir.
—Y destensa la mandíbula. ¿Sigues usando la férula de descarga? —Pone una mano sobre mi hombro, me presiona los músculos duros como rocas.
—Jill, conmigo no tienes que hacer también de cuidadora. —No logro desprenderme de esta crispación que me obliga a contenerme a cada paso.
Y es que estoy siendo injusta con Jill. Ella no sabe sino ser cuidadora.
Es el rol que le asignó la vida. Lo ha sido de nuestra madre, lo fue de mí.
Cuando todavía estaba en una edad en la que se espera que un adulto asuma la carga, Jill ya intentaba cubrir los agujeros del cuidado dejados por mis padres.
—No estoy haciendo de cuidadora, estoy haciendo de hermana mayor, es diferente, aunque se le parece. Eso sí, de hermana mayor ideal. Soy la mejor hermana mayor. —Oigo la sonrisa que se le escapa entre las palabras y, al fin, siento que vuelve a mí un poco de equilibrio .
—No te vengas arriba, no es para tanto —digo y Jill, que me conoce tanto, sabe que estoy extendiendo una mano, abriendo una puerta.
—De verdad me alegro mucho por lo del trabajo. Sé que te gusta y es importante para ti.
Muevo la cabeza en un gesto de aquiescencia. Las palabras de Jill me conmueven. ¿Por qué mis padres no lo ven así? Las cosas no tienen que ser importantes para ellos, basta con que sean relevantes para mí. La felicidad de sus hijas no tiene que estar escrita en su lenguaje. Es el fin, no su medio.
—Gracias, Jill. —Miro hacia mis manos, rehúyo la calidez que siempre ofrece la mirada de mi hermana—. Vamos a comer la tarta, parece buena. ¿Aunque de Mira? No sé…
Jill ríe y se va andando hacia donde está la nevera.
—Te va a sorprender, le quedan espectaculares.
—¿Y qué hace Mira aquí?
Siempre andaba con mi hermana, pero en estos días ya es muy poco común verla en lo de mis padres.
—La invité para que cambiara un poco de ambiente. Está teniendo dificultades con los negocios, nada grave —explica mientras saca una botella de agua de la nevera.
Tengo una curiosidad malsana por saber todos los detalles sobre los problemas que Mira y su marido ideal pueden estar teniendo. Al final, no digo nada. Muevo la cabeza como si comprendiera todo. Alzo una mano hacia la puerta que lleva al patio.
—¿Vamos?
—Sí.
Cuando abrimos la puerta corredera, nos golpea una risa grupal tan ajena a esta casa como lo es la alegría que simboliza. Mi padre, mi madre, Mira. Los tres ríen despreocupadamente. Una bruja, Mira es una bruja con la que hay que tener mucho cuidado.
—¿A qué debemos las risas? —pregunta Jill.
—Mira nos hizo recordar las ocurrencias tuyas y de Kendra —mi madre explica.
—¿Comemos? —intervengo. No soportaría un viaje hipócrita al pasado.
—Carys, corta la tarta, es tu derecho de cumpleaños —anima Mira.
Con manos en las que se aprecia un temblor que todos aparentamos no ver, que yo intento que no duela, mi madre atraviesa la delicada capa de crema color marfil.
Al tacto del cuchillo, la crema cede y deja entrever un interior esponjoso con matices dorados.
Me recuerda a Mira, con su pelo de oro y seda.
A mi pesar, me desespero por probar la tarta.
Cuando al fin llega a mí un trozo, acerco la cucharilla al plato, separo un primer cacho, lo llevo a la boca sin ceremonia mediante.
Debí prepararme mejor .
Me aguanto el gemido de placer. La tarta está tan buena que llego al absurdo de pensar que mi futura esposa bien podría dedicarse a hacer esta tarta.
—¿Qué tal está, Kenny?
¿Por qué Mira me llama Kenny? ¿No recuerda la de veces que le he dicho que no me gusta que me llamen Kenny?
—Está bien —me limito a decir.
—Hmm, esa lluvia de halagos tan propia de Kendra Cullen. —Hoy Mira parece empeñada en tirar de todas mis cuerdas.