2. Capítulo 1
P orque cuando en la mañana llegué a casa de mis padres, lo hice con las pocas ganas de siempre. Ni aun en el cumpleaños de mi madre, o quizás porque es el cumpleaños de mi madre, puedo sobreponerme a esta resistencia visceral que siempre me hace permanecer unos minutos extras dentro del coche.
Después, también como siempre, la culpa hace su magia y salgo como impulsada por un espasmo.
Toco la puerta y espero. A diferencia de mi hermana Jill, no tengo llaves de casa de mis padres. Nunca me las han ofrecido y, sin necesidad de preguntar, creo que todos sabemos que prefiero no tenerlas.
Si por mí fuera, anunciaría mi llegada desde varios kilómetros de distancia. Así me encontraría escenas preparadas, pero al menos me evitarían el bochorno de ver cómo se construyen en tiempo real .
—Kendra, bienvenida. Adelante —me recibe mi padre haciéndome espacio en la puerta para poder entrar.
Después de cerrar, se queda delante de mí con las manos sin saber dónde ponerlas. La vista se le escapa hacia el pasillo y después regresa a mí, como si necesitara fuerzas para no salir huyendo.
Me inclino un poco, acerco mi mejilla a la suya y suelto al aire un beso minúsculo.
—¿Dónde está mamá? —realizo la pregunta que dicta cualquier protocolo de llegada a la casa familiar.
—En el patio, hoy está soleado —responde mientras se adentra en la casa.
Un cacho de la ansiedad que me acompaña cede, pero enseguida me obligo a ser cauta. Mejor no confiarme, la decepción podría ser peor. Que esté en el patio no significa que tenga un buen día.
Un buen día. Dios, cómo odio el maldito término.
Atravieso la casa en semipenumbra, el salón con sus muebles envejecidos que se niegan a cambiar porque sería un desperdicio —el planeta merece algo mejor que los Cullen cambien sus muebles perfectamente funcionales—, la cocina definida por ausencias.
Ausencias de olores, de ollas al calor, de alimentos preparados o por preparar.
En mi casa siempre fuimos los campeones del sándwich.
—Carys, mira quién está aquí —anuncia mi padre a la figura que en el sillón de mimbre da la espalda a la casa.
La figura —mi madre, es mi madre— se levanta y, en los segundos que tarda en girarse, mi ansiedad alcanza nuevos niveles.
—Ken, cariño, qué bueno que estás aquí —dice en un tono que cualquier humano con una audición funcional consideraría excesivo.
Su boca se estira en una actuación de sonrisa que parece poner a prueba los límites de los músculos del rostro. Los ojos de mi madre, como los míos, de un verde avellana que dependiendo de la luz pueden parecer marrones o dorados, brillan de forma artificial.
Artificial es toda esta pantomima. Mi madre nunca ha tenido una sonrisa espontánea en toda mi vida. Antes dicen que sí, antes de que yo naciera, antes de que apareciera la depresión y ya nunca abandonara nuestras vidas.
Cuanto más se esfuerza mi madre por aparentar un buen ánimo que casi nunca experimenta, más ansiedad y agotamiento genera en mí.
—Hola mamá. ¡Feliz cumpleaños!
Hoy la teatralidad nos tocará un poco a todos.
Mi madre cumple 55 años y como cada celebración impuesta por el calendario, forzaremos sonrisas, conversaciones; aparentaremos una cercanía que nadie siente.
Cuando el reloj nos diga que ya es adecuado, nos separaremos intentando ocultar el alivio mutuo.
—Gracias, cariño. No debiste molestarte —dice tomando en sus manos el cuadrado envuelto en papel que guarda su regalo de cumpleaños.
Mi madre me rodea con sus brazos y me da un abrazo igual de forzado que su sonrisa. No debo juzgarla así, me dice la culpa, tan familiar, e intento imprimir un poco más de calidez a mi gesto sobre ella.
Nos separamos y mi madre comienza a desgarrar el papel. Todos sabemos qué será. Un libro, en este caso de autoayuda. Regalar a mi madre es tan difícil que se ha vuelto muy simple.
¿Qué le regalas a alguien cuyo padecimiento crónico implica la dificultad de disfrutar de casi todo?
Pues lo único que parece apreciar. Un placebo para su mal.
Un libro que le dice que todo se va a arreglar si sigue la regla 1, 2 y 3.
Cualquiera diría que después del tercer libro con resultados dudosos ya comenzaría a cuestionar el éxito de la autoayuda, pero mi madre insiste porque siempre la ilusión de una solución mágica es mejor que la realidad sin manual de instrucciones.
—¡Hoola! —escuchamos desde el interior de la casa.
Otro trocito de ansiedad se me rebaja. Mi hermana Jill hace mejor trabajo que yo en mantenernos a flote. Ella sí pertenece aquí. Entra sin llave, visita sin necesidad de que lo ordene el calendario .
Siento los pasos de mi hermana acercándose, pero no viene sola. ¿Estará su esposo con ella? Aunque Dan no lo diga, sé que a él tampoco le gusta visitar a mis padres.
Quedamos en silencio los tres esperando ver aparecer a mi hermana. De pie, mirando hacia la puerta de la cocina que desemboca en el pequeño patio atestado de macetas, la única señal de vida real de esta casa.
—Traigo sorpresa conmigo —dice Jill en cuanto pone un pie en el patio.
Lo primero que veo son unas manos de dedos largos y finos que sostienen una tarta. Todavía me da tiempo a reprocharme no haber traído una antes de descubrir que esas manos pertenecen a la segunda mujer que siempre estoy dispuesta a evitar.
Primero mi madre, después Mira Radley.
A mi madre la evito por toda una vida de disgustos. A Mira Radley por toda una adolescencia de gustos. Cuando eres lesbiana y la mejor amiga de tu hermana mayor se ve como Mira, tienes un problema.
Solo nos separan tres años, pero cuando tienes 15 años, 16 años, eso es un mundo.
—Happy birthday to you, happy birthday to you… —Mira empieza a cantar y mi hermana se suma.
Observo a mi madre y ahora sí creo que su risa sale de un sentimiento real. Este siempre ha sido un poder de Mira .
—Gracias, cariño, gracias. —Mi madre se adelanta a abrazar a Jill y a Mira.
Otra vez ese pensamiento tan retorcido, tan de niña con traumas, de que el abrazo para ellas sí parece natural. Otra razón por la que me resisto a las visitas a la casa de mis padres: la imagen de Ken, niña con traumas, me provoca escalofríos.
Soy una adulta con la vida en orden, me he esforzado mucho para ello.
Pero a pesar de todos esos esfuerzos, de todo el orden, mis ojos se van a Mira como lo hacían cuando era una adolescente que apenas podía esconder la baba que se le caía solo con verla pasar.
No está igual, eso sería ser injusta con Mira. Estoy segura de que ella también se ha esforzado mucho para lucir como luce ahora.
La piel le brilla, seguro que por algún producto que desconozco. Y mientras yo siempre luzco de un pálido nostálgico, ella tiene una tonalidad dorada, como acabada de llegar de unas vacaciones lujuriosas en el Caribe.
El pelo, un rubio oscuro con reflejos claros, cae en ondas suaves más allá de los hombros. Los ojos, como miel batida, parecen conjuntar con su pelo y su piel.
El maquillaje de Mira es lo suficientemente sutil para realzarla, para hacerte saber que ella solo necesita un toque. Mira sola se basta para ser bella. Es verdad, pero no abarca toda la verdad.
En casa conocimos a Mira cuando solo era una chica que no se podía permitir los toques de nada. Era bella, igual que ahora.
Solo que ahora Mira es una cosa cara.
No una persona, no una mujer; es un objeto caro. No la estoy ofendiendo. Si Mira escuchara mi opinión, estoy segura de que estaría de acuerdo. Yo sé que Mira ha trabajado mucho para lucir como un objeto de lujo.
—Y felicidades a ti también hermanita, ¡VP! —Jill avanza hacia mí con los brazos abiertos, ella sí, siempre dispuesta a la conexión del abrazo.
¿Cómo podemos ser tan diferentes?
—Gracias. —Intento una sonrisa que en mis labios se siente desganada.
Mis padres guardan silencio, se abren paso hasta sus asientos, se dejan caer.
No se comentan los logros de su hija menor en la banca.
A pesar de que a los 28 años su hija logró ser VP de Fusiones y Adquisiciones en uno de los principales bancos canadienses, eso solo es motivo de vergüenza para los Cullen.
Y aunque no lo digan, piensan en mi padre, profesor de la Universidad de Toronto, un hombre dedicado a las ideas cuyo héroe personal es Frederick Banting.
—¿VP? ¿Eso qué significa? —Mira es ahora la que se acerca a mí.
Yo prefiero que esté más alejada, su cercanía es excluyente. Cuando Mira está cerca, solo la percibes a ella.
—Nada, más trabajo. —Intento desviar la atención de mi nuevo puesto—. ¿Qué tal estás, Mira? Hace más de un año que no te veo, creo.
Mi aparente inseguridad al recordar la última vez que vi a Mira es solo eso, aparente. Yo recuerdo cada una de las veces que la encuentro.
—Puede ser. ¿En el cumpleaños de Jill?
—Sí, sí, puede.
Fue en el cumpleaños de Jill. Yo estoy segura, pero Mira a lo mejor solo está lanzando la opción más probable. Nunca me ha prestado nada más que una atención simpática y superficial.
—Espero que más trabajo al menos también signifique más dinero —dice y se encoge de hombros, insinuando resignación.
Mira adapta el personaje a la escena con una facilidad que hiela.
Ahora interpreta a la amiga comprensiva de la familia, casi indiferente al dinero.
La única verdad de ese papel es que ella es amiga de la familia.
Mira nos estima y está agradecida a los Cullen, pero no nos comprende y su misión en la vida es tener dinero.
—Mamá, ¿cómo tienes el día? —pregunta Jill, siempre más valiente, más sensible. La buena hija.
—Bien, cariño, bien. No te preocupes. —Mi madre se pone en pie con excesiva rapidez. ¿Soy la única que nota cuán artificiales son sus movimientos?—. ¿Cortamos la tarta? Es preciosa, Mira. ¿La hiciste tú?
La desconexión de mi madre con la realidad es tal que cree que Mira Radley se acerca a una cocina algún día de su vida para algo más que supervisar el personal.
—Pues sí, la hice yo —Mira responde y ríe triunfal.