Capítulo 25
El resto de la tarde no volví a ver a Mikel y fue lo mejor porque no tenía ganas, esa era la pura verdad.
Desde que subir a darme una ducha que fue bastante larga y en la que aproveché para dejar salir todo el dolor que tenía dentro, llorando sentada en el suelo como hacía años que no lo hacía, no salí de mi habitación hasta que no fue la hora de preparar la cena.
Como dije que haría, preparé dos tortillas de patata. Estaba terminando de preparar una ensalada con la que nosotros acompañaríamos la tortilla cuando Nerea entró en la cocina.
—Hola potxola.
—Hola.
Me miró frunciendo el ceño a la vez que se acercaba a mí.
—Amaia, ¿qué te pasa?
—Nada —dije demasiado rápido.
—Amaia, no me jodas. Te conozco y sé que hace días que te pasa algo.
Negué con la cabeza.
—En lo que te duchas voy a llevar una tortilla a Aitor, no tardo nada en volver.
—Amaia, coño, habla conmigo.
Mis ojos se aguaron, pero retiré la mirada para que no me viera. Tarde fue demasiado tarde. Nerea era demasiado rápida .
—¿Esto no tiene nada que ver con ellos no es cierto?
—No me pasa nada de verdad, solo estoy cansada.
No insistió al ver que con mi respuesta le había dicho justamente lo que quería saber que no estaba así por la vuelta de Eneko y Bosco. Así que cambió de tema.
—Solo contéstame algo.
—¿Qué?
—¿Qué has sentido al verlos esta mañana? No hemos podido hablar de ello.
Me quedé pensando unos segundos antes de contestar.
—No lo sé. Siempre pensé que si alguna vez volvía a verlos sentiría rabia, odio y cosas malas. Pero eso no ha pasado. Es raro, no sé cómo explicarlo.
Nerea sonrió.
—Tienes un corazón tan puro que eres incapaz de odiar a nadie. Creo que les has perdonado lo que hicieron. Como suelen decir, el tiempo lo cura todo.
—Me hicieron mucho daño. Más de lo que me ha hecho nadie nunca.
—Y creo que se dieron cuenta de cuánto la cagaron cuando te perdieron. Por eso creo que te han pedido hablar, para pedirte perdón.
Suspiré.
—Puede que tengas razón y sí que les haya perdonado. Pero las cosas nunca podrán volver a ser como antes, eso lo tengo claro.
—Puede que lo mejor sea que no sean como antes. Lo mejor es que sean distintas, pero para bien.
Asentí .
—¿Se te ha removido algo por dentro al ver a Eneko?
Esa respuesta era la más fácil. Porque era una de las que más clara tenía.
—Absolutamente nada. He sentido nostalgia por los niños que fuimos, pero si me estás preguntando si he sentido algo así como amor por él, no, eso no está ahí y te puedo asegurar que nunca más estará.
Soltó una risita y la miré con las cejas alzadas.
—Por supuesto que no has podido sentir nada. Porque tu corazón no está libre para que eso pase.
La miré con los ojos abiertos como platos por la sorpresa.
—No me mires así. No soy tonta, ¿sabes? Y llevo viendo meses cómo miras a mi hermano.
Mierda, mierda y más mierda.
—No le miró de ninguna manera especial, solo como el amigo que es, nada más.
Iba a decirme algo más, pero los pasos de Mikel que bajaba por la escalera hicieron que se guardará sus palabras.
—Voy a llevar la tortilla.
Asintió.
—Y Nerea.
—¿Qué?
—Déjalo estar, por favor.
—Pero…
—Por favor —repetí rogando, y ella esopló.
—Está bien. Pero que sepas que estoy aquí, siempre estaré aquí, para hablar o ayudarte con lo que sea .
Se me encogió el corazón al oírla decirme eso. Porque sabía que era la verdad. Ella era mi amiga pasara lo pasara y sabía que tendría su apoyo siempre.
Pero en este caso, eso no podía ser. Porque era su hermano por el que estaba sufriendo y ella bajo ningún concepto podría saberlo.
—Lo sé. Gracias.
Asintió antes de darse la vuelta para ir a ducharse y yo me di prisa en coger la tortilla para llevársela a los vecinos antes de que Mikel entrara en la cocina.
No quise invadir entrando por el jardín, así que lo hice por la puerta principal. Bosco fue el que me abrió cuando llamé al timbre y al ver que era yo frunció el ceño.
—¿Por qué vienes por aquí y no has entrado por el jardín como siempre?
¿Como siempre? Pensé con pesar. Pues porque nada volverá a ser ya como siempre. Debió de adivinar mis pensamientos porque sus ojos se llenaron de dolor.
—Pasa, por favor —dijo retirándose a un lado.
Cogí aire antes de dar un paso para entrar en esa casa en la que tantas cosas había vivido. Miré el hall y sonreí.
—Está todo igual.
—No todo —contestó muy serio.
Alargó las manos, me cogió la tortilla y la puso en el aparador de la entrada.
—Espero que os guste —dijo dando un paso atrás.
—Amaia, espera. No te la que quitado de las manos para que te vayas. Lo he hecho porque necesito hacer algo .
Le miré confundida.
—¿El qué?
—Algo que llevo queriendo hacer años. Algo que me ha hecho mucha falta y algo que si no lo hago ya no podré seguir.
Ni tiempo me dio a decir nada. Dio dos pasos hacia mí y me envolvió entre sus brazos. Me abrazó tan fuerte que casi me faltaba el aire.
Unos segundos después note como su respiración se aceleraba y como su pecho subía y bajaba. Joder, estaba llorando…
—Lo siento… lo siento tanto. Joder de verdad no sabes cuánto lo siento. Perdóname, Amaia, por favor perdóname por ser un mierda. Yo te quería, te quiero —puntualizó—, eras mi mejor amiga y siempre lo serás.
Diós mío… Estaba totalmente roto en mis brazos. Lloraba como un niño pequeño. Y encima yo que le conocía sabía de sobra que sus palabras eran totalmente sinceras. No es que estuviera arrepentido por lo que hizo, sino que estaba destrozado sabiendo el daño que me hizo.
—Bosco…
—Lo sé, no me merezco ni que me mires a la cara. Pero necesitaba decírtelo, llevo años queriendo decírtelo. He preguntado mil veces por ti y por dónde estabas. Si hubiera conseguido averiguarlo hubiera ido sin dudar, nunca me imaginé que estarías aquí.
—Bosco… —repetí.
—Lo siento, de verdad que lo siento —dijo antes de soltarme y agachar la cabeza, totalmente abatido .
—Mírame —exigí.
Levantó la cabeza. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y su mirada llena de dolor.
—Fuiste un cabrón.
—Lo sé.
—Y un mal amigo.
—Lo sé.
—Todos me hicieron daño. Pero no fue comparado al tuyo. De ti era del único que no me esperaba ese trato. Nunca pensé que pudieras reírte de mí por estar enferma. Los demás me hicieron daño, pero tú me destrozaste.
Mis palabras fueron duras pero necesarias, necesitaba sacar de dentro el cómo me sentí. El dolor que tenía por su traición.
—Amaia…
Su llanto al saber de mi boca el cómo me sentía se intensificó. Y no supe por qué, pero verle sufrir así no pude soportarlo. Di el paso que nos separaba y le abracé.
—Sí vuelves a hacerme una cosa así, te mataré, gilipollas.
Su risa se mezcló con su llanto.
—Sé que las cosas nunca volverán a ser como antes, pero dame la oportunidad de redimirme, déjame estar en tu vida, te lo ruego.
Puede que fuera una idiota o una loca, pero no pude negarme a su petición. Era de las que siempre había pensado que todo el mundo se merecía una segunda oportunidad.
Y mucho más si la persona que la había cagado pedía perdón de la manera que Bosco lo estaba haciendo .
—Procura no cagarla esta vez, no habrá una tercera oportunidad.
Separó la cabeza de mí y me miró sorprendido.
—¿Sí?
Asentí, y volvió a abrazarme fuerte.
Sentí que había recuperado al que un día fue mi amigo incondicional me hizo sentir bien, muy bien. Como él acaba de decir las cosas nunca serían igual, pero quizá con el paso del tiempo fueran incluso mejores.
Un carraspeo a nuestra espalda hizo que nos separáramos. Giramos la cabeza al tiempo para ver cómo Eneko nos miraba con una sonrisa en su boca, pero a la vez sus ojos estaban llenos de tristeza.
—Escúchale. También tiene mucho que decir. No volvió a ser el mismo después de aquel día. En realidad, ninguno lo fuimos —me susurró Bosco.
Asentí.
—Nos vemos mañana —dijo antes de darme un beso en la frente, coger la tortilla y desaparecer por el pasillo.