Capítulo 23
Mientras corría por la playa al día siguiente de saber que se avecinaban cambios en mi vida lo hice intentando dejar la mente en blanco y descargando, forzando la carrera más que nunca, toda la tensión y frustración que tenía dentro.
Y no solo por lo que me había enterado de que Andrea le estaba haciendo a Aitor, o porque sabía que no tardando mucho tendría que enfrentarme a dos hombres que años atrás fueron dos de las personas más importantes de vida.
Sino también porque la situación con Mikel cada vez me hacía más daño.
Cada día me sentía peor sobre todo cuando pasaban cosas como el día anterior al terminar de acostarnos. No siempre era así pero cuando lo hacíamos cuando él estaba frustrado por haber hablado con su ex y me hacía sentir utilizada y encima al terminar me trataba con indiferencia.
Harta, así es como estaba. ¿Por qué no le decía se acabó? Pues porque era una completa idiota que estaba enamorada de él y que me conformaba con las migajas a escondidas que me daba.
Al terminar, cosa que nunca me había pasado, me tuve que sentar en la arena de la playa porque me mareé un poco. Joder había forzado demasiado. Allí me tuve que quedar sentada unos minutos hasta que se me pasó el malestar que tenía .
Porque aparte del mareo, también se me había revuelto el estómago, sí es que los nervios no eran buenos para nada pensé antes de levantarme.
Al volver a casa si siempre me paraba unos segundos para mirar la casa vecina ese día lo hice con mayor motivo.
Las persianas estaban diferentes al día anterior y también había luz en una de las habitaciones. La casa volvía a tener la vida de antaño dije negando con la cabeza.
Después de atender a Flos y Lucky subí a darme una ducha que duró bastante más de lo normal.
Quise quedarme debajo el agua más tiempo para que mis músculos se destensaran del todo y para ver si ese malestar que tenía se me pasaba. No lo hizo.
Con el estómago todavía revuelto me preparé una infusión y salí a sentarme al jardín a tomármela. Me senté en el balancín que estaba en una esquina al otro lado de la piscina.
Mis niños debieron de notar que no me encontraba bien porque los dos vinieron a darme mimos. Se subieron al balancín y se apoyaron cada uno en una de mis piernas.
La infusión pareció hacer efecto porque cuando me la estaba terminando ya empecé a sentir mejor.
Flos y Lucky levantaron las orejas al oír los pequeños pasos que eran los únicos que rompían el silencio en el que estábamos al acercarse despacio.
Aitor se puso de puntillas para mirar por encima de la vaya seguramente para ver si estábamos. Cuando me vio sonreír y saludarle con la mano, su sonrisa se hizo muy amplia y sin pensárselo la abrió.
Sus pasos se volvieron más rápidos para acercarse a nosotros.
—Buenos días, Amaia —dijo mientras acariciaba a los perros.
—Buenos días. Eres madrugador, ¿no?
Se echó a reír.
—Sí, dormir es una pérdida de tiempo. Hay muchas cosas que hacer y ver en esta vida y si estás dormido te las pierdes.
Ahí la que se echó a reír fui yo mientras negaba con la cabeza.
—¿Qué tal ayer las compras?
Por como puso los ojos en blanco y el resoplido que soltó, pude hacerme una idea de la tortura que le tocó pasar.
—Fue horroroso, Amaia, estaban más perdidos en el supermercado de lo que lo estaría una pulga en un campo de futbol. Creo que si en este pueblo hay restaurantes que sirvan comida a domicilio en pocos días nos harán clientes VIP, porque o pedimos o comemos pan y agua todos los días.
El ataque de risa que me dio hizo que se me saltaran hasta las lágrimas.
Iba a decirle que si quería podía ir a coger unas madalenas que Nerea había dejado en la cocina, pero una voz que yo conocía muy bien y que hacía años que no oía resonó cerca y las palabras se me quedaron atascadas en la garganta .
—¡Aitor! ¿Dónde estás? Tenemos que irnos.
Era Bosco, su voz era inconfundible.
—Jobar…—dijo con cara de pena.
—¿Qué pasa? —susurré
—Tenemos que ir a Bilbao a que firmen unos papeles. Me tocará quedarme con mamá y no me apetece, en lo que ellos están en la oficina. Espero que por la tarde ya volvamos, me gusta esté sitio.
Sonreí a oírle decir eso. Le pasaba como a mí, allí se sentía seguro y en paz y nadie mejor que yo le entendía.
—¿Dónde coño está?
Esa era la voz de Eneko otra que reconocería entre un millón.
—Tengo que irme —dijo con una pena que me encogió el corazón.
Cerré los ojos unos segundos para coger fuerzas. Fuerzas para enfrentarme el pasado. Porque sí, había llegado el momento de hacerlo, ya no podía demorarlo más.
—Espera, diles que estás aquí. Que vengan ellos.
Frunció el ceño y vi miedo en su mirada.
—Sí saben que me he colado en tu casa, se enfadarán, no me permiten hablar con desconocidos.
—Y en eso tienen, razón. Pero conmigo harán una excepción, te lo aseguro.
—¿Por qué?
—Porque conozco a tu padre y a tu tío desde que nacimos —confesé.
—¿En serió ?
Asentí. Se quedó pensando unos segundos y abrió los ojos como platos y me miró como si hubiera hecho el mayor descubrimiento del mundo.
—La leche… tú… tú eres la Amaia de papá, ¿cierto?
¿La Amaia de su padre? ¿De qué coño hablaba el niño? Yo de su padre no había sido nunca nada. Le miré alucinada.
—¡Aitor! —Volvió a llamarle Eneko.
—Ya te lo contaré en otro momento, es algo que oí a escondidas. Ahora no es el momento.
Puse los ojos en blanco, vaya con él crio que manía tenía con escuchar cosas que no debía a escondidas, tendría que hablar con él y decirle que dejara de hacer eso porque ya estaba viendo yo que eso iba a meterle en más de un problema por curioso.
Me levanté del balancín y me acerqué a la vaya con Aitor detrás de mí.
La abrí y desde allí pude ver a Bosco y a Eneko uno al lado del otro mirando en todas las direcciones del enorme jardín y en cada árbol buscado al niño.
—No le busquéis más; está en mi jardín.
Los dos giraron la cabeza a toda velocidad hacía mi al oírme. Sus ojos se abrieron como platos al reconocerme.
Como si estuvieran sincronizados se acercaron deprisa hasta donde estaba.
—Jobar, te miran como si hubieran visto un fantasma —susurró Aitor a mi lado.
—Es que eso es lo que soy para ellos: un fantasma del pasado al que hace casi seis años que no ven .
—Eso son muchos años.
—Depende de para que, pueden ser muchos o pocos —dije pensando en que si era a su madre a la que me tocara ver seis siglos me perecerían pocos.
—¿Amaia? —dijo Bosco mirándome alucinado.
—Hola, Bosco.
—Joder…
Eneko me miraba como si fuera una aparición, pero no era capaz de decir nada, estaba como bloqueado.
—Hola, Eneko.
—¿Qué… qué haces aquí? ¿Has venido de vacaciones?
Negué con la cabeza.
—Vivo aquí.
—¿Desde cuándo?
Cerré los ojos unos segundos antes de contestar, pensando que las cosas ya nunca más serian como antes ya que al volver a mi vida se enterarían de muchas cosas.
—Desde siempre. Desde dos días después de vernos por última vez.
—Joder… nosotros creíamos que te fuiste a estudiar al extranjero, eso dijeron tus padres. No puedo creer que hayas estado aquí todo este tiempo.
Me encogí de hombros.
—Ellos solo dijeron lo que yo les pedí que hicieran, lo que necesita que todo el mundo creyera.
Eneko que aún no había abierto la boca dio un paso más en mi dirección. Se quedó justo frente a mí y me miró a los ojos .
A los ojos… Nunca me había mirado de la manera en la que lo estaba haciendo. En sus ojos vi muchas cosas, nostalgia, dolor, arrepentimiento y pesar mucho pesar.
—Amaia… —susurró antes de cerrar los ojos.
Miré a Bosco de reojo y vi como en sus ojos había también arrepentimiento, dolor y también parecía que sus ojos se estaban aguando por la emoción del momento.
Tragué saliva.
—Papá…
Di las gracias al cielo y a Aitor por romper ese momento que se estaba volviendo demasiado intenso y en el que los tres parecíamos estar más incomodos a cada segundo que pasaba.
Eneko parpadeó y desvió la mirada hacía su hijo.
—Es mío… —susurró señalándome con la cabeza a Aitor.
Solté una risita.
—No hace falta que lo jures; es una copia tuya. Cuando le vi ayer, me pareció verte a ti cruzar la valla cuando tenías su edad.
—Eso lo dice todo el mundo. Dicen que nos parecemos mucho.
Sonreí mirando a Aitor.
—Y tienen razón, te pareces mucho a tu padre. Tengo fotos dentro de cuando tenía tu edad. Te las enseñaré para que lo veas.
—¿Tienes fotos? —me preguntó emocionado.
—Así es. Y no solo de tu padre. De tu tío y de tu madre también .
—¡Qué guay!
Los tres reímos al ver su alegría.
—Me gustaría que habláramos —me pidió Eneko.
—Pienso lo mismo —añadió Bosco.
—Si es algo del pasado, no creo que haya que decir nada. Pero a mí sí que me gustaría hablaros de algo —dije señalando con la cabeza a Aitor sin que me viera ya que se había distraído con los perros que se habían acercado a nosotros.
—Hablaremos de él lo que quieras. Pero de lo otro también nosotros sí tenemos mucho que decir.
Eneko al decir eso dirigió su mirada a mis brazos donde estaban mis manchas. Eso me hizo fruncir el ceño, no porque las mirara con asco, o de mala manera sino porque me dio a entender que era algo relacionado con eso de lo que querían hablar.
Pero lo que más me extraño de todo fue que no me habían mirado raro ni una sola vez como habían hecho en el pasado.
Me dio la sensación de que me miraron a mí. Solo a mí. Suspiré y asentí con la cabeza.
—¿Mañana? —me preguntó Bosco.
Volví a asentir. Eneko miró el reloj y resopló.
—Tenemos que ir a firmar a Bilbao un proyecto —dijo como si eso le fastidiara.
—Lo sé. Aitor me lo ha dicho.
—Papa… yo no quiero ir.
Eneko cerró los ojos como si le jodiera tener que hacerle a su hijo pasar por algo que no quería.
—Lo siento Aitor, pero, tenemos que ir .
Aitor agachó la cabeza disgustado y dio dos pasos en dirección a su casa.
—Podéis dejarle aquí conmigo.
Bosco y Eneko me miraron alzando las cejas. Y Aitor lo hizo con los ojos brillando como dos soles.
—Sí, papa por favor. Déjame quedarme con Amaia, va a ir a la cafetería de Nerea y quiero ver ese paraíso. Anda por favor, por favor déjame ir —le rogó juntando las dos manos.
—¿Nerea? ¿Cafetería? ¿De qué habla? —preguntó Bosco.
—Nerea es mi mejor amiga. Tiene una cafetería en el centro del pueblo, que está llena de libros. Allí la gente va a tomar algo y a leer.
Bosco soltó una carcajada.
—Ahora entiendo lo del paraíso.
—Es el sitio favorito del pueblo de Amaia y estoy seguro de que será el mío al menos hasta que mamá no se entere.
Vi cómo Eneko y Bosco se tensaban al oírle decir eso y como cruzaban una mirada con la que se dijeron varias cosas.
—¿Entonces qué, puedo quedarme o no? —insistió Aitor.
Eneko me miró. Yo asentí. Y él sonrió dándome las gracias con la mirada.
—Ve a casa a coger el bañador a la tarde nos daremos un baño en la piscina —le dije a Aitor que casi no me dejo ni terminar de hablar antes de salir corriendo .
—Amaia… él es…
—Especial, lo sé. Solo me hicieron falta ayer cinco minutos hablando con él para saberlo. Como también sé que no lo está pasando bien, al sentirse diferente, eso yo lo sé mejor que nadie.
Vi la desolación en sus miradas al oírme, pero callaron. Como habían dicho ya hablaríamos al día siguiente más tranquilos. Aitor volvió y ellos se marcharon a toda prisa porque ya llegaban tarde.