Yo solo te veo a ti Capítulo 20
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Capítulo 20

Retiré la mano a toda prisa de Aitor y me la llevé al pecho.

Mi respiración se estaba descontrolando y no quería sufrir una crisis de ansiedad delante de él. Se asustaría y bajo ningún concepto quería eso.

Era solo un niño. Un niño que por lo que estaba viendo en sus ojos, esos que no había podido dejar de mirar desde que había levantado la cabeza, me decían que ese niño estaba triste, que no era feliz y que se sentía de algún modo rechazado.

No es que fuera bruja o una experta, pero había visto tantas veces eso en los míos que era capaz de reconocerlo en otros son solo mirarlos unos segundos.

Hice un par de respiraciones profundas y conseguí casi calmarme del todo.

—¿Estás bien? —susurró mientras se acercaba a mi para acariciarme el brazo como queriendo asegurarse de que así era.

Me sorprendió que hubiera tocado mi brazo justo donde más manchas tenía y ni siquiera se inmutara era como si no las hubiera visto o como si no le importara que estuvieran allí.

Sonreí pensando que ese podía ser de los segundos como decía Mikel. De los que me veían a mí y no a lo que tenía en el cuerpo.

—Sí, estoy bien, solo ha sido un momento .

—Me alegro, porque si te pusieras enferma yo con mi tamaño y mi peso no podría moverte. Me tocaría ir a buscar ayuda y no me gustaría que en lo que voy te quedaras sola.

La leche, joder con el niño como razonaba para lo pequeño que era y que observador era. Se había dado cuenta perfectamente de lo que me pasaba.

Me levanté del suelo y él lo hizo también.

—¿Te vas a algún sitio?

—¿Qué?

—Llevas las correas de los perros en la mano, aquí en el jardín supongo que no se las pones así que supongo que vais a algún sitio.

Sonreí otra vez al ver lo observador que era.

—Sí, íbamos a salir. ¿Y tú qué estabas haciendo antes de colarte en mi jardín?

Vi cómo se ruborizaba al recordarle lo del jardín, pero en la cara le salió una pequeña sonrisa. Sonrisa que por supuesto era igualita a la de su padre.

—Estaba leyendo sentado en el césped.

—¿Leyendo? —dije sorprendida.

—Ehh… sí —dijo en voz muy baja.

Note como se avergonzaba al decir que sabía leer. Pero qué coño pasaba con eso, me pregunté un poco molesta,

—Pues tienes una suerte enorme de saber leer con cuatro años. Cuando llegues a los que yo tengo habrás leído miles de libros. Ojalá yo también hubiera leído a tu edad .

Mi respuesta pareció gustarle porque me miró y la sonrisa que me dedicó fue una grande y sincera.

—No todo el mundo lo ve como tú. Algunos…

Quedó la frase el en aire. Y volví a ver en sus ojos esa tristeza y quise, no, deseé que desapareciera y si yo podía hacer algo para ayudar a que así fuera, aunque fuera el hijo de quien era, lo haría.

—¿Y solo tienes pensado leer toda la mañana, no vas a jugar o ir a la playa con tu familia?

Retiró la mirada hacía un lado.

—Están ocupados con el trabajo. A lo mejor por la tarde.

Mierda lo dijo con tanta tristeza que me encogió el corazón.

—¿Han venido aquí a trabajar?

Todavía no estaba preparada para decirle que conocía a sus padres así que no le pregunté directamente por ellos.

—Papá y el tío tienen que terminar un proyecto muy importante esta semana. Lo podían haber hecho en casa, pero… las cosas se pusieron más feas de lo normal y han querido venir aquí para desconectar.

Estaba segura de que eso no se lo habían dicho a él si es que era verdad que algo había pasado así que supuse que sin que lo supieran Aitor había oído conversaciones que no debería a su corta edad.

No podía quedarme quieta, aunque sabía que probablemente me iba a meter en problemas, así que pregunté lo que más necesitaba saber.

—¿Con quién has venido ?

—Con mi padre y mi tío. Solo nosotros tres, mamá… ella…

Me di cuenta enseguida que o no sabía explicarse que era lo que pasaba con su madre o que no sabía muy bien porque no había venido.

Pero a mí con saber que la desgraciada de Andrea no estaba en Ea me valió para proponerle lo que llevaba unos minutos pensando.

—Si te quedas un rato aquí, deberías pedir permiso.

—¿No te vas? —me preguntó contento.

—No, me quedaré y si quieres puedes quedarte conmigo. Quiero enseñarte algo que creo que te gustará.

—¿De verdad?

Joder era maravilloso ver cómo se le iluminaba la mirada.

—De verdad, por eso te decía lo del permiso.

—No me hace falta pedirlo, ellos saben que a la calle no me voy a ir yo solo. Saben que estaré en el jardín y si salen a llamarme desde aquí o desde tu casa los oiré.

Desde luego era un buen argumento. Y sinceramente yo prefería que de momento los fantasmas que tenía por vecinos no supieran que yo estaba allí. Porque no, no lo sabían.

Cuando me marché les pedí a mis padres que no le dijeran a nadie donde estaba y a todos cuando preguntaron, Bosco entre ellos, les dijeron que me había ido a estudiar fuera de España.

Así que seguramente al no verme volver a Bilbao seguían pensando que seguía fuera .

Necesitaba tiempo para asimilar que iba a volver a verlos, porque eso era algo que más pronto que tarde iba a pasar, era inevitable que pasara viviendo en la casa de al lado y ahora mucho menos que Aitor ya me había conocido.

Pero gracias a dios no sería en ese momento. Porque verlos sin prepararme sería algo que no podría soportar.

—Vale, pues si te llaman te vuelves.

—Genial.

—Dame un minuto que aviso a la persona a la que iba a ver y enseguida vamos a ver lo que te he dicho.

—Vale mientras lo haces voy a acariciar otro poco a los perros.

Me agaché un poco a la vez que él se arrodillaba.

—Este es Flos y este es Lucky —dije señalándoles según decía sus nombres—. Chicos, él es Aitor. Nuestro vecino y un amigo, cuidarle mucho ¿vale?

Los dos ladraron al oírme como si me hubieran entendido y Aitor al verlo sonrió.

Me volví a levantar y saqué el móvil. Abrí el chat de Nerea.

Amaia: Nerea hoy no iré a la cafetería tengo algo que hacer.

Me contestó solo dos segundos después.

Nerea: ¿Te pasa algo? ¿Estás bien?

Amaia: Nada malo tranquila. A la hora de comer te lo cuento.

Nerea: Vale, pero que sepas que me quedo intrigada.

Y cuando lo sepas vas a pasar de estar intrigada a flipada además de cabreada pensé mientras resoplaba .

Amaia: Así aparte de poner cafés y dulces hoy, ejercitas la mente pensando en cientos de cosas que pueden ser.

Nerea: Serás cabrona, luego te voy a dar una colleja por eso, que lo sepas.

Amaia: La esperaré con ansias. Te dejo ya. Luego nos vemos.

Nerea: Vale, pero Amaia, si necesitas algo, llámame. No sé… como que mate a alguien o entierre un cadáver, que te compré un consolador nuevo, no sé lo que sea.

La madre que la parió pensé mientras ponía los ojos en blanco.

Amaia: Nerea dile a tu hermano que te pida cita en psiquiatría, estas fatal del coco.

Nerea: Lo mío no tiene solución, seria gastar recursos de la seguridad social para nada.

Amaia: Estoy totalmente de acuerdo. Tomate un café y un dulce, anda.

Nerea: Lo haré, luego nos vemos, misteriosa.

Amaia: Hasta luego, loca.

Me guardé el móvil en el bolso del pantalón y sonreí negando con la cabeza. Nerea era una loca, pero yo la quería así con su locura y todo.

—Ya estoy. Cuando quieras.

Aitor se puso en pie de un salto y avanzo hasta que se puso a mi lado. Caminamos juntos hasta dentro de la casa.

—Lo tengo en la planta de arriba —dije moviendo la mano para que me siguiera.

—Vale .

—Oye, antes de nada quiero pedirte un favor.

—Lo que quieras, ahora somos amigos. Porque lo somos, ¿no? Y los amigos se hacen favores.

Solté una carcajada.

—Lo somos si tú quieres que lo seamos, claro que sí.

—Quiero.

—Bien.

—¿Qué quieres pedirme?

—¿Sabes guardar un secreto?

Sacó pecho haciendo reír.

—Claro que sí. Todo lo que me digas me lo llevaré a la tumba y ni bajo tortura lo contaré.

—Perfecto. Pues ahora vas a saber algo de mí que casi nadie sabe y tienes que prometer que no lo dirás a nadie.

Se puso serio y se llevó la mano al pecho. Sonreí al verle hacer eso, era riquísimo.

—Lo juro.

Asentí antes de entrar en mi habitación con el detrás. Igual que había hecho con Mikel meses atrás cogí el primer libro que escribí de la Ratita Azul y se lo mostré.

—Jopetas, si tienes todos los que ha escrito.

—Sí —dije riéndome—.¿Has leído alguno de ella?

Su sonrisa se le borró de la cara y vi como aguantaba las lágrimas.

—El tío Bosco me regaló uno en mi cumple, pero mamá me lo quitó, no quiere que lea hasta que los demás niños del cole lo hagan dice que ser o hacer cosas diferentes al resto es malo .

Hija de puta, pensé conteniéndome para no decirlo en alto. ¿Cómo podía tratar y decirle esas cosas a su propio hijo? Desde luego que el tiempo no la había hecho cambiar, sino que su maldad había ido en aumento.

—Ser diferente no es malo.

—Tú lo eres. Eres diferente como yo. Por eso me entiendes y no me miras raro como hacen otros cuando hablo —dijo señalando mis manchas.

Vale, ahí me di cuenta de lo que le pasaba o al menos lo sospeché. Leía siendo tan pequeño, usaba un vocabulario que no era acorde a un niño de su edad, sino de uno mucho más mayor, y razonaba también como si fuera más mayor.

Aitor tenía altas capacidades o eso creía.

—¿Te molestan? —dije mostrando las manchas de mis manos.

—No. Es algo que tienes. Pero yo no las veo. Bueno, verlas sí las veo, que no estoy ciego. Quiero decir que yo te miro a ti, no lo que tengas.

Ole… este era de los segundos. De los que merecían la pena, pensé mientras se me calentó el corazón al oírle.

—Pues a mi contigo me pasa lo mismo. Yo solo te veo a ti. No el cómo hables o lo que hagas.

Asintió sonriendo. Vi que quería preguntarme algo, pero no se atrevía, pero al ver como miraba los libros. Lo supe enseguida.

—Puedes llevarte hoy el que quieras y cuando lo termines coger el siguiente.

—¿Sí?

—Claro que sí .

—Jolin, qué bien, el que leí me encantó y tenía muchas ganas de leer los demás.

Me eché a reír al ver su emoción. Frunció el ceño.

—¿Oye y cuál era el secreto?

—Yo soy la Ratita Azul.

Me miró con los ojos abiertos como platos y con la boca formando una o.

—¿Es broma?

Negué riendo.

—No. Mira, ven.

Bajamos las escaleras y llegamos hasta la cocina donde había dejado la mochila con todas las cosas.

Saqué el portátil y mi cuaderno donde iba haciendo anotaciones mientras escribía. Le encendí y le mostré los dibujos para la portada del siguiente libro que estaba a punto de terminar.

—Esté será el siguiente. Saldrá a la venta el mes que viene. Pero…

—¿Pero? —me preguntó ansioso.

—Si todavía estás por aquí. Te regalaré un ejemplar antes de que se empiecen a vender. Serás el primer niño del mundo en tenerlo.

—Madre mía, creo que me voy a desmayar de la emoción —dijo antes de sentarse en una silla y darse aire con una mano haciéndome reír a carcajadas.

El resto de la mañana hasta poco antes de la hora de comer se la paso allí conmigo. Todo el raro hablándome de libros, de los niños de su cole y de muchas cosas más. Pero de su familia no dijo ni pio .

Cuando se marchó al ver la hora que era y sin dar opción a Bosco o a Eneko de que lo llamaran, me puse a preparar la comida mientras pensaba en mil cosas.

Sobre todo, pensé en cómo sería verlos a los dos cinco años después.