Yo solo te veo a ti Capítulo 19
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Capítulo 19

Mientras corría por la playa con Flos y Lucky a mi lado pensé en todo lo que había pasado en los tres últimos meses, que eran los que hacía que Mikel había llegado al pueblo.

Desde el primer día que nos acostamos cuando me encontró en la cocina tomando café y me dijo que me evitaba porque me desea, no habíamos dejado de hacerlo.

Pero como me pidió ese día o más bien sonó a exigencia solo seguíamos sabiéndolo nosotros dos.

Y eso cada día me pesaba un poco más. Porque ese primer día cuando salí de mi habitación después de desahogarme llorando pensé que podía habérmelo pedido hasta ver sí nos iba bien.

Y sí, sí que las cosas nos iban bien y no solo en la cama.

Aparte de entendernos a la perfección dentro del dormitorio, bueno y en la cocina, en el salón, en la piscina o donde nos pillaran las ganas en ese momento, también nos entendíamos muy bien cuando no nos acostábamos.

Nos habíamos hecho muy buenos amigos, no al nivel que tenía con Nerea porque eso era insuperable, pero si muy buenos.

Esos meses habíamos hecho muchas cosas juntos, bien los dos solos, esas fueron las menos, o los tres .

Habíamos pasado largas horas en la cafetería los fines de semana que era cuando él no trabajaba. Habíamos ido de ruta por las montañas cercanas, salido de copas, paseado por el pueblo y en casa habíamos compartido noches de cine y palomitas los tres juntos.

Mikel estaba tan a gusto en casa que la búsqueda de una para él de alquiler o había quedado en el olvido o lo estaba haciendo con calma.

Por las tardes que él solía quedarse en casa ya que a la consulta solo iba por las mañanas y ahí era donde los dos compartíamos esos momentos que solo eran nuestros.

Aunque no siempre teníamos sexo. En algunas ocasiones paseábamos por la playa mientras hablábamos. Hablar… Esos tres meses habíamos hablado mucho.

Como dijimos aquel primer día habíamos tenido un quid pro quo. Yo le conté muchas cosas de mi vida y él también de la suya.

Le hablé de mi infancia en Ea, de mi amona, de mis padres y le conté mientras lloraba en sus brazos la historia completa de lo que me pasó con mis amigos y lo de Eneko justo hasta el día que nos conocimos en el hospital como también le conté por qué acabé allí.

Esa parte de cuál fue el motivo de mi ingreso Mikel no la sabía, cuando ingresé inconsciente mis padres solo le dijeron que había vivido un episodió muy feo que me había impactado mucho nada más.

Cuando supo el verdadero motivo y lo crueles que habían sido conmigo sobre todo Andrea pude ver cómo se contenía para no decir unas cuantas barbaridades aun así pude leerlas en sus ojos.

También le conté como había conseguido recuperarme con la ayuda de su hermana y mi abuela, aunque el primer año me costó muchísimo incluso salir a la calle.

Le hablé de lo mucho que me gustó hacer la carrera de forma online ya que me dio la posibilidad de marcar mi propio ritmo y también de escribir los libros cuando quería.

Lo que más le gustó escuchar fue la parte en la que le hablé de lo emocionante que fue tener en mis manos por primera vez mi primer libro publicado de la Ratita Azul y como su hermana montó en casa una gran fiesta en la que decoró el jardín e hizo un cartel en tamaño gigante que colgó para que mis padres y mi abuela lo vieran bien.

Mikel también me contó parte de su vida. No se explayó tanto como yo, pero si lo suficiente para entender porque había necesitado el cambió de volver a venir a vivir a Ea.

Me contó que estudiar medicina había sido duro pero muy satisfactorio ya que era lo que siempre quiso hacer.

Me habló de Arantxa a la que conoció siendo todavía estudiante. Para poder pagarse la carrera, trabajó poniendo copas los fines de semana en un pub de Bilbao y entre semana hacía algunos extras en un restaurante en el turno de cenas.

Pues en ese pub fue donde la conoció y según me contó fue un flechazo por parte de los dos desde el primer momento. Habían estado juntos hasta cuatro meses antes de que decidiera dar un cambio en su vida por lo saturado que estaba.

Los turnos imposibles, las muchas horas de guardia, los casos que te hacían implicarte demasiado y la relación insostenible que se había vuelto la suya con su chica le habían empujado a tomar la decisión de romper con esa vida y cambiar a una más tranquila.

Me contó que los primeros años de relación todo había ido estupendamente. Salían como cualquier pareja, se veían cuando podían y todo iba sobre ruedas.

Tres años después de estar juntos y cuando él ya estaba haciendo el MIR, se fueron a vivir juntos.

Arantxa no había querido estudiar y tampoco prepararse un futuro laboral en ninguna cosa, así que iba botando de trabajo en trabajo en lo que le salía.

Hasta ahí todo bien. Los problemas empezaron cuando Mikel le dijo que casarse no lo veía necesario, aunque ella si era partidaria de hacer una gran boda, pero que sí que quería tener hijos y a ser posible ya, porque con treinta y dos años que tenía pensaba que ya era hora de formar una familia.

Ella se negó totalmente. Le dijo que no quería ser madre, aunque las ocasiones anteriores que lo habían hablado cuando salía en alguna conversación durante su relación le dio a entender que sí.

Pues al parecer era mentira. Le dijo que no le gustaban los niños y que no tendría uno por compromiso o porque él quisiera. Que ella no estaba dispuesta a perder la independencia que tenía atándose a un hijo .

Eso fue el principio el fin. Ahí empezaron las discusiones. Salieron a la palestra los celos que hasta ese momento ella no había mostrado acusándole de liarse para tener un hijo, con varias compañeras del hospital.

Llego un momento en el que Mikel ni pudo más y le dijo que lo mejor era que se separaran y probaran a estar separados porque todo lo bonito que habían vivido se estaba estropeando por los celos y las discusiones.

Me confesó que seguía queriéndola pero que dudaba si seguía enamorado de ella, porque lo vivido al final de su relación le dejo ver una cara de ella que no le gustó nada.

Un ladrido de Flos me sacó de mis pensamientos y me di cuenta de que lo había hecho porque habíamos llegado al final del recorrido de vuelta que hacíamos siempre.

Me paré jadeante y mientras me recuperaba sonreía al verlos a los dos como jugaban metidos en el mar. Parecían dos niños de verdad haciéndose aguadillas.

Volvimos a casa y como siempre me pasaba me quedé unos segundos mirando la casa de los padres de Bosco.

Fruncí el ceño porque ese día y por primera vez había algo diferente.

Todas las persianas del segundo piso estaban subidas y eso no había pasado nunca. Desde hacía años siempre habían estado cerradas. Sí que era verdad que una señora del pueblo a la que pagaban venía a dar una vuelta una vez al mes para darle un repaso y comprobar que todo estaba bien .

La había visto en alguna ocasión entrar, ventilar, y comprobar las luces que apagaba y encendía para ver que todo estaba bien. Pero luego cerraba todo y se marchaba.

Al parecer esa mujer debería haber estado el día anterior y con las prisas se le había olvidado cerrar las persianas o eso pensé.

Me encogí de hombros y seguí hasta mi casa con mis niños al lado.

Entramos y la primera parada como todos los días fue en el jardín. El manguerazo del que encima disfrutaban no lo podíamos perdonar sino después aparte de sentirse incomodos por la arena pondrían perdida la casa.

—Voy a darme una ducha rápida y ahora vengo, ¿vale?

Contestaron los dos ladrando un sí haciéndome reír.

Quince minutos después bajé ya preparada para irnos a la cafetería, pero cuando les llamé no vinieron como otras veces.

Fruncí el ceño, extrañada porque eso no había pasado nunca. La mayoría de los días llegaban hasta a mi sin ni siquiera tener que llamarlos. Sali al jardín a buscarlos pensando que estarían dormidos o tumbados al sol.

Pero nada más lejos de la realidad, los dos estaban tumbados al lado de la vaya de separación de la casa de al lado justo donde había una pequeña puerta que nunca había tenido cerrojo porque por ahí era por donde entrabamos y salíamos todos cuando éramos niños .

Pero lo impactante no era que estuvieran allí porque solían tumbarse al sol en cualquier parte del jardín. Lo que sí lo era, era que no estaban solos.

Un niño pequeño de unos cuatro o cinco años estaba con ellos, arrodillado acariciándoles a ambos.

Totalmente desconcertada me acerqué despacio y sin hacer ruido hasta ellos, al niño no podía verle a cara porque estaba mirando a Lucky y a Flos al igual que él no me había visto a mi llegar.

—Hola —me atreví a decir.

Vi como su pequeño cuerpo se tensaba por completo y como a toda prisa retiraba las manos de los perros.

—Lo siento —susurró con la cabeza agachada.

—¿Por qué lo sientes? Yo no veo que estés haciendo nada malo. Bueno aparte de colarte en mi casa claro —dije riendo para que no se asustara mientras me arrodillaba en el suelo para ponerme a su altura.

—Lo sé, por eso lo siento. Entrar en la casa de la gente sin su permiso está mal. Pero es que… oí a los perros, me asomé y me parecieron tan bonitos que no me pude resistir.

Solté una risita, porque en eso el pequeño tenía razón a mis chicos no se resistía nadie. Eran dos comprometedores que buscaban los mimos de todo el mundo.

—¿Está usted muy enfadada?

Vaya mira que educado, si me llamaba de usted y todo pensé mientras contenía la risa.

—No. No estoy enfadada. Solo sorprendida de verte aquí .

—Yo… me ha colado por la vaya, no tenía cerrojo y…

—Lo sé. Nunca lo ha tenido.

Asintió sin decir nada. Se le veía muy cohibido y totalmente avergonzado. Además de que seguía sin levantar la cabeza seguramente pensando que sí lo hacía vería en mi cara el enfado que pensaba que tenía.

Me despertó tanta ternura que no pude dejar que siguiera sintiéndose así.

—Me llamo Amaia —dije extendiendo la mano.

Se quedó un par de segundos mirando mi mano y dudando si aceptar el saludo o no. Pero finalmente se rendió.

Despacio extendió la suya y con un poco de miedo me la agarró.

—Yo soy Aitor —dijo a la vez que levantaba la cabeza.

Me quedé totalmente congelada. Y no solo al oír su nombre y darme cuenta de quien era, sino al verle la cara. Una cara y unos ojos que yo conocía muy bien o al menos mi mente los conocía por los recuerdos que tenían de ella.

La misma cara, la misma mirada, los mismos ojos azules, la misma forma de la nariz y de la mandíbula. Era una fotocopia de Eneko.

Se me encogió el pecho mientras le observaba porque fue como volver a muchísimos años atrás y verle a él de niño cuando cruzaba esa misma vaya por la que se había colado su hijo para venir a la piscina de la mía o con los demás a buscarme .

Mis ojos se llenaron de lágrimas y el corazón me empezó a latir a toda velocidad al darme cuenta de que si Aitor estaba en mi jardín de Bilbao no podía haber venido solo. Alguien había venido con él. La pregunta era quien de mi pasado había decidido volver, para perturbar mi paz.