Yo solo te veo a ti Capítulo 17
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Capítulo 17

Hacía ya cinco días que Mikel había llegado a casa y todo se había vuelto un poco raro.

Él apenas pisaba la casa, solo en horas puntuales y seguramente porque no le quedaba más remedio como las horas de las comidas y las cenas.

Me evitaba. Y eso era algo que no entendía. Yo no le habia hecho nada, pero estaba claro que en mi presencia se sentía incomodo.

Nerea no se había dado cuenta de ello porque cuando estábamos los tres que era poco tiempo, yo disimulaba muy bien y Mikel lo hacía todavía mejor.

Por las mañanas yo seguía mi rutina de siempre, tomaba mi café en el jardín al amanecer, salía a correr con los perros por la playa y después me iba a la cafetería a trabajar.

Mikel no volvió a la cafetería ninguna mañana más.

Eso sí, como sabía que yo por las tardes solía quedarme en casa, para evitar coincidir porque eso era lo que estaba haciendo, era cuando él se iba a la cafetería con Nerea y por sus conversaciones sabía que se pasaba allí toda la tarde hasta que los dos volvían para cenar.

Terminé el segundo capítulo del nuevo libro que había empezado dos días antes y decidí entrar en la cocina a prepararme un café antes de seguir un rato más.

Aunque seguramente me tocaría hacerlo en el salón o en mi habitación porque desde hacía rato unas nubes muy feas estaban tiñendo en cielo y estaba segura de que iba a caer un buen chaparrón.

Me senté con la taza de café en la mano y me puse a mirar en el móvil las fotos que mis padres me habían mandado del viaje al que se habían marchado hacía unos días con sus inseparables amigos.

Ocho días en un crucero. Reí al ver una foto en la que salían los dos recreando la escena de famosa película de Titanic.

Un carraspeo a mi espalda hizo que se me cortara la risa de golpe. Me giré como a cámara lenta para ver a Mikel al que no había oído entrar, que estaba apoyado en el marco de la puerta mirándome.

Por instinto, al ver cómo me miraba de arriba abajo, me bajé las mangas de la camiseta que tenía puesta y que dejaban al descubierto todas las manchas de mis brazos.

Había notado que no era la primera vez que me las miraba y no sabía porque, pero pensé que podrían incomodarle así que por eso me las tapé. Frunció el ceño al verme hacerlo, pero no dijo nada.

—Lo siento, no pretendía molestarte, solo he venido a coger una botella de agua. Tengo que preparar cosas antes de empezar en la consulta el lunes.

Asentí y me giré para seguir mirando las fotos.

—No me molestas, estaba mirando unas fotos y haciendo un descanso antes de seguir.

Volvió a carraspear.

—Parece que va a llover .

¿En serio me iba a hablar del tiempo? Después de llevar días en los que ni los buenos días me daba cuando nos cruzábamos antes de que me marchara a correr. Me dieron ganas de echarme a reír por lo surrealista que me pareció.

—No te sientas obligado a hablarme ni del tiempo ni de nada porque hayamos coincidido en la cocina.

—¿Qué?

Resoplé.

—Que no hace falta que me hables, no está Nerea delante, puedes seguir evitándome e ignorándome, como haces siempre.

Noté cómo caminaba hasta mi posición y cómo se ponía justo detrás de mí.

—No te evito.

Solté una risa seca.

—Sí, sí que lo haces. Te aseguro que soy una experta en saber cuándo alguien me evita, cuando alguien está incómodo con mi presencia y cuando alguien me ignora a propósito.

—Amaia…

Me bebí de un trago el último sorbo de café que me quedaba y retiré la silla para levantarme.

—Tranquilo, que procuraré cruzarme contigo lo menos posible.

Fui a dar dos pasos para marcharme, pero me agarró del brazo impidiéndomelo.

—Mírame.

Suspiré y me giré para mirarle.

—Tienes razón, te estoy evitando .

Solté una risa amarga al oír de su propia boca lo que yo ya sabía.

—Perfecto, pues como te he dicho, procuraré cruzarme contigo lo menos posible para hacértelo más fácil.

Tiré de mi brazo para marcharme, pero no me soltó. Bajé la mirada hasta el brazo y luego volví a subirla hasta sus ojos y fruncí el ceño porque no entendía qué coño pretendía.

—¿Qué haces?

—¿Quieres saber por qué te evito?

Me encogí de hombros.

—No te evito porque me sienta incómodo a tu lado. Te evito por lo que me haces sentir, que es justamente todo lo contrario.

Abrí los ojos sorprendida. ¿Pero de qué narices estaba hablando? Me pregunté.

—No entiendo qué quieres decir. ¿Te hago sentir asco por…?

Puso sus dedos en mis labios para que no terminara de hablar.

—¿Asco? Te aseguro que nunca podría sentir eso por ti. Más bien todo lo contrario.

Se me cortó la respiración y me quedé tan helada que no fui capaz de decir nada.

—Te deseo, joder. Te deseo muchísimo y no quiero cagarla. Te evito porque, cuando te tengo cerca, cada vez me cuesta más controlarme, no besarte y hacerte de todo .

Me soltó y se llevó las manos a la cara y se las pasó por ella con desesperación.

—Mikel…

—No digas nada.

—¿Cómo no voy a decir nada?

—Joder, porque no hay nada que decir.

—Pues yo creo que sí. Es imposible que me desees, yo…yo no soy como otras mujeres, mi cuerpo…

Dejé la frase sin terminar porque no había nada más que decir, él sabía de sobra de lo que estaba hablando. Soltó una risa seca.

—Ojalá pudieras verte con los ojos que yo te veo. Entonces entenderías lo que siento, entenderías que te deseo como un loco. Y no es algo nuevo, ya me pasó aquel día, joder, y entonces solo eras una cría.

Alucinada era poco para cómo estaba, oyéndole decir esas cosas.

—No es posible…

—¿Quieres ver que sí lo es? Pues compruébalo tú misma.

Alargó la mano, me agarró de la cintura y me pegó a su cuerpo para que notara la erección que tenía debajo de los pantalones, que pequeña no era.

—Dios mío…

—¿Lo notas?

Asentí.

—Pues así me pongo cada vez que te tengo cerca, por eso te evito. Porque cada vez me es más difícil controlarme. Joder, si supieras todas las cosas que se me pasan por la cabeza que me gustaría hacerte, saldrías corriendo.

Lo miré unos segundos, tragué saliva y también dudé qué contestar. Pero fue una duda pequeña porque el deseo que sentía por él ese que hasta a mí misma me había negado que existía desde que volví a verlo gano la partida.

—Hazlas.

Abrió los ojos como platos.

—¿Qué? —susurro.

—Que me las hagas. Todas esas cosas que dices, quiero que me las hagas. Deseo que me las hagas, porque cuando estás cerca yo me siento igual.

—No sabes lo que dices.

—Sí lo sé. Así que házmelas ya. Ahora.

Cerró los ojos y resopló.

—Amaia…no puedo ofrecerte nada más, yo no puedo tener una relación.

Eso ya lo sabía yo. Lo sabía porque le había oído decir a la que era su novia que la quería.

Un regusto amargo me subió a la garganta. Porque a mí no me importaría tener algo más con él. Me gustaría empezar algo y ver a donde iba. Pero bien claro me lo estaba diciendo.

Y aunque doliera un poco saber que como me paso con Eneko si teníamos algo solo sería sexo, también me gustó que me lo dejara claro desde el principio. Eso evitaría que luego me llevara otro palo como me pasó en el pasado .

Así que suspiré y tomé la decisión de no dejar pasar el poder disfrutar un poco. De no dejar pasar el cómo era sentirse deseada por alguien otra vez.

—Ni yo te la voy a pedir. Está claro que esto es lo que es.

—Amaia…

Ni pensé en lo que hacía, solo actué. Porque si me lo pensaba dos segundos más, me echaría atrás.

Le agarré por la camisa que llevaba puesta, lo pegué más a mí y me lancé a besarle.

El primer segundo se quedó parado seguramente sorprendido por mi arranque, pero eso fue lo que tardó en seguirme con el beso. Y Dios mío, qué beso…

No fue un beso lento ni suave. Fue un choque de dos personas que en esos momentos estaban ciegas de deseo.

Con sus manos me agarró más fuerte contra él haciendo que el poco espacio que quedaba entre los dos desapareciera.

El beso siguió de forma salvaje. Todo fue lenguas, saliva, dientes, algún mordisco pequeño y la descarga de todo el deseo que sentíamos el uno por el otro.

Bajó sus manos hasta mi trasero y me impulsó para que subiera las piernas y las enroscara en su cintura.

Dio la vuelta y en esa posición empezó a caminar. Subimos las escaleras sin dejar de besarnos. En la puerta de su habitación se paró para separar su boca de la mía.

—¿Estás segura de esto? Porque si cruzo esa puerta ya no habrá marcha atrás. Voy a follarte de todas las maneras posibles .

El calor de mi cuerpo subió si es que eso era posible, todavía más.

—Lo estoy —contesté antes de volver a besarle y remover mis partes contra su erección.

Entramos en la habitación y cerró la puerta con el pie de un portazo.