Capítulo 15
Había pasado una semana desde que Nerea recibió la noticia de que su hermano volvía al pueblo.
Cuando hablaron aquel día por la noche no la contó mucho de porque ese cambió tan radical en su vida, pero las dos dimos por hecho que la ruptura con su novia con la que llevaba muchos años tenía mucho que ver.
Le dijo que llegaría una semana después, aunque a trabajar no se incorporaría hasta otra más tarde porque tenía papeles que arreglar y quería estar instalado con tiempo.
Le pidió el favor de que le buscara un sitio donde vivir, una casa en alquiler que no fuera demasiado cara.
Nerea se había vuelto loca buscando, bueno en realidad las dos porque yo la ayudé. Pero no habíamos encontrado nada que estuviera bien. Todo era o demasiado caro o las casas estaban que daban pena.
Mientras me tomaba el café como cada mañana recordé la conversación de dos días antes.
—Amaia ya no sé ni donde buscar, creo que me he recorrido el pueblo entero.
—Lo sé, yo he mirado mucho también y todo es una mierda.
—¿Y la casa de al lado?
Cerré los ojos y suspiré.
—Nerea, lleva cerrada más de siete años; ni me quiero imaginar cómo tiene que estar por dentro. Además, esa casa es enorme, en el caso de que los amigos de mis padres quisieran alquilarla que, lo dudo, el alquiler sería alto. Tiene seis habitaciones. ¿Qué haría tu hermano con todo ese sitio?
—Tienes razón, es que estoy tan desesperada que ya ni sé lo que digo. Si no encontramos algo antes de que le toqué empezar a trabajar le tocara ir y venir a Bilbo todos los días o dormir en el hotel del pueblo y eso le saldrá carísimo.
Dudé un poco en soltar lo que me rendaba la cabeza desde la noche anterior, pero joder era el hermano de Nerea. Ella me había ayudado tanto qué, que menos que yo también lo hiciera, aunque fuera de manera indirecta.
—Que venga aquí.
—¿Qué?
—Que venga aquí a vivir con nosotras. Puede quedarse todo lo que quiera y mientras buscará algo con calma.
—¿Lo dices en serio?
—Claro. Esta casa es grande. Tiene cinco habitaciones. Dos las que usamos nosotras, y las otras tres quitando cuando vienen mis padres que usan una y ya has visto que cada vez lo hacen menos, están ahí sin usarse.
—Joder Amaia eso sería fantástico.
—Pues díselo.
—Ni hablar, si se lo digo dirá que no. Mikel no querrá aceptar por no molestar.
—¿Entonces ?
—Pues cuando venga se lo diré en ese momento y ya no le quedará más remedio que aceptar si tú estás delante.
—La leche que te han dado, le vas a poner en un compromiso.
—Lo sé. Pero es lo mejor. El tendrá casa hasta que encontremos algo mejor. Yo le tendré a mi lado. Y tú podrás conocerle. Es perfecto.
—Vale pues el doctor Elizondo ya tiene donde dormir. Ahora solo queda darle un repaso a la habitación y ponerla un poco más moderna que esas dos habitaciones que no se usan parecen de la época victoriana.
Contentas por mi idea al día siguiente por la mañana mientras Nerea estaba en la cafetería yo misma me encargué de comprar sabanas, un edredón, unas cortinas y algunos adornos como lámparas una alfombra y algunas cosas más para dejar la habitación a punto.
Lucky y Flos levantaron un poco la cabeza al oír pasos, pero enseguida volvieron a bajarla.
—Como se nota que en nada será primavera, ya no hace tanto frio a estas horas.
Nerea se sentó a mi lado con su taza de café mientras hablaba.
—Sí. Es marzo, pero en nada empezara a apretar el calor.
—En unos días será tu cumple. Que mayor se me hace mi potxola. Veintitrés añazos ya.
Me eché a reír.
—¿Estás nerviosa por la llegada de tu hermano ?
—Si te dijera que no te estaría mintiendo. Así que sí, estoy nerviosa no, atacada más bien.
—¿A qué hora llega?
—Me dijo que a las nueve estaría aquí. Hoy abriré más tarde la cafetería. Quiero estar para recibirle y para que no te comas sola el cabreo que se va a pillar cuando sepa que tendrá que vivir aquí.
—Solo es temporal. No creo que se enfade.
—Eso espero, no quiero que empecemos con mal pie ahora que vuelve.
—Ya verás como no. Y si se pone tonto le tiramos a la piscina.
Las dos nos echamos a reír. El tiempo se nos pasó volando y cuando quisimos darnos cuenta el timbre de la puerta sonó.
Las dos estábamos en la cocina desayunando un café y un trozo de bizcocho que Nerea había hecho la noche anterior.
Se me quedó mirando y me eché a reír.
—Venga, valiente, abre la puerta, que es tu hermano, no Drácula.
—Ven conmigo —me rogó.
Riéndome a carcajadas me levanté de la silla y la agarré de la mano para ir juntas a abrir la puerta.
Dejé que fuera ella a la que viera primero quedándome detrás, para darles ese momento de reencuentro que sabía que necesitaban.
—Renacuaja estás preciosa.
—Y tú estás igual de guapo, aunque más viejo .
Nerea se tiró a sus brazos ya con la lagrimita suelta y su hermano la cogió en volandas.
—¿Qué haces aquí? ¿La dueña de la casa te ha dejado las llaves para que me recibas tú?
—Bueno… veras… es que…
—Nerea, ¿qué pasa?
—Vale, te lo suelto así de sopetón y ya está.
—¿El qué?
—Que no hemos encontrado nada disponible, así que te tocará quedarte unos días con nosotras hasta que consigamos encontrar una casa que se ajuste a tu presupuesto y que te guste.
—¿Nosotras?
—Esta es la casa de Amaia. La casa en la que yo vivo, así que o te quedas aquí o duermes en la playa, tú verás.
—Joder Nerea ¿cómo no me lo has dicho antes? No quiero molestar.
—Y no molestas. Esta casa es grande y estarás bien ya lo veras —dije aún desde atrás.
Nerea se retiró para que su hermano y yo nos conociéramos por fin y cuando le vi la cara me quedé clavada en el sitio.
Mi corazón empezó a latir a toda velocidad, mi respiración se aceleró y decenas de imágenes del día que conocí al chico, ahora ya más hombre, que tenía delante, desfilaron por mi cabeza trayéndome recuerdos que no quería tener.
—Amaia, ¿qué te pasa? —Me preguntó Nerea preocupada .
Me agarré al marco de la puerta para sostenerme intentando que no me diera una crisis. Cosa que no me pasaba desde hacía años.
Lo siguiente que pasó sí que no me lo hubiera esperado nunca. Dos segundos después noté como mis pies se levantaban del suelo y confusa centré mi mirada.
Mikel había sido muy rápido. Me había cogido en brazos para evitar que me cayera.
—Te dije que si te volvía a pasar fueras a verme. Veo que no me hiciste caso.
Abrí los ojos sorprendida al ver que él también me había reconocido.
—Lo recuerdas…
—Esos ojos son imposibles de olvidar —susurró para que solo yo le oyera.
Nerea nos miraba a uno y a otro como si de un partido de tenis se tratara más sorprendida incluso de lo que yo estaba.
—Vale, ¿qué pasa aquí? ¿Os conocéis?
—Sí —dijimos a la vez.
—¡¿De qué?! ¡¿Cuándo?! ¡¿Dónde?!
Cogí aire que inexplicablemente ya entraba casi con normalidad y también mi corazón había dejado de bombear tan fuerte. Me había calmado solo con estar en sus brazos y eso fue raro, muy raro.
—Ya puedes bajarme.
—¿Seguro?
—Sí, ya estoy mejor.
—Amaia joder me has asustado hacía años que no tenías una crisis. ¿Por qué ahora ?
—Ha sido por verme a mí —le contestó su hermano.
—¿A ti? ¿Y eso por qué?
—Porque le han venido recuerdos del día que nos conocimos, ¿no es cierto?
Asentí con la cabeza.
—Amaia, explícame qué pasa porque estoy muy perdida, además de sorprendida y preocupada.
—Tu hermano fue el médico que me atendió aquel día.
A Nerea poco más y se le desencaja la mandíbula del sitio al darse cuenta por mi mirada de que día hablaba.
—¿En serio?
—Sí.
—Joder esto es muy fuerte. Las casualidades existen, pero esta es la madre de todas ellas.
Los tres nos echamos a reír. Me giré hacía Mikel y extendí mi mano.
—Mi nombre no creo que lo recuerdes así que me presentaré. Soy…
—Amaia Aguirre —contestó por mí—. Fuiste la primera paciente que atendí en urgencias, nunca podría olvidarme de tu nombre.
—¿Y tú por su nombre y al saber que mi hermano es médico nunca has pensado que podrían ser la misma persona? No creo que haya muchos Mikel Elizondo por ahí.
Volvimos a reír.
—Lo cierto es que se presentó como el doctor que me había atendido al entrar, pero a mí nunca me dijo su nombre. Se lo diría a mis padres cuando estaba inconsciente.
—Eso es exactamente lo que pasó.
—Joder os juro que si me pinchan ahora mismo ni gota de sangre me sale de lo sorprendida que estoy.
—Vamos a la cocina y te comes otro trozo de bizcocho para recuperarte, anda. Demasiadas emociones para ser solo las nueve y cuarto de la mañana.
—¿Bizcocho?
—Hermanito, solo habrá bizcocho para ti si aceptas quedarte a vivir aquí hasta que encuentres algo adecuado.
Mikel giró la cabeza y buscó mi mirada.
—¿A ti esto te parece bien? Porque si no es así, me voy a un hotel. No quiero invadir ni molestar, puedes decírmelo con total confianza.
—De hecho, ha sido idea mía.
Sonrió y mierda… qué sonrisa tenía. El doctor me iba a causar problemas; lo supe en cuanto me susurró eso de los ojos.
—Está bien pues me quedo. Intentare que sea el menor tiempo posible.
—No tengas prisa, yo estoy encantada de que estes aquí —le dijo Nerea.
—Ya, pero…
—No hay peros —dije cortándole—. Solo falta que conozcas a los miembros que faltan de esta familia y serás oficialmente uno más de esta casa.
Se le borró un poco la sonrisa de la cara.
—¿A tu marido y a tu hijo ?
Nerea se atragantó con su propia saliva y a mí me salió una carcajada enorme.
—¿Qué pasa?
—Amaia, ¿marido y un hijo? Eso sería en otra dimensión. En esta es casi una monja. Nunca ha tenido novio como para tener lo demás.
Me puse roja como un tomate de la vergüenza. Gracias a Dios, Lucky y Flos al oír el jaleo entraron del jardín donde se habían quedado durmiendo, salvándome de la vergonzosa situación.
—Mikel, ellos son los dos miembros de esta loca familia que te faltaban por conocer. Mis niños Lucky y Flos.
La sonrisa volvió a su cara y saludó encantado a los perros.
—Son geniales y se les ve muy cariñosos —contestó mientras les daba mimos como a ellos les gustaba.
—Pues echas todas las presentaciones, vamos a desayunar que luego me tengo que ir a currar y Amaia se pondrá a lo suyo mientras tú te instalas.
Los tres nos sentamos en la cocina a dar buena cuenta del bizcocho.