Capítulo 13
Cinco años después…
Con una taza humeante de café en la mano, salí al jardín como cada mañana desde hacía cinco años para ver el amanecer.
Era algo que se había convertido en una rutina en mi vida y que pocas veces había dejado de hacerlo.
Me encantaba esa sensación de paz y de silencio que se respiraba a esas horas. Ver cómo el sol asomaba mientras solo se oía de fondo el canto de algún pájaro, o, algunas veces, ni siquiera eso.
Me tumbé en una de las hamacas que estaban en el jardín y me quedé mirando el cielo mientras bebía pequeños sorbos de café.
Unos pasitos cortos me hicieron sonreír. Como si supieran que ese era mi momento de cargar las pilas para enfrentar un nuevo día, Lucky y Flos, mis dos perros, se acostaron uno al lado del otro a los pies de la hamaca.
Sonreí al recordar cómo dos años atrás la loca de Nerea me convenció para ir a casa de uno de nuestros amigos para ver a los cachorritos que su perra había tenido.
De sobra sabía ella que no solo íbamos allí a ver a los perritos, sino también para engañarme, o más bien, yo me dejé engañar, para quedarme con uno de ellos .
Pero cuando los vi, fue un flechazo: no solo por uno, sino por los dos que quedaban y a los que el chico quería encontrarles un hogar dentro de la camada de cuatro.
No pude decir que no, no me pude resistir a esa mirada tierna y llena de vida que tenían los que en ese momento eran dos cachorritos de dos meses y, sin dudar, dije que me quedaba con ellos.
Y había sido, sin duda, una de las mejores decisiones que había tomado. Sobre todo porque en ese momento estaba atravesando uno de los peores momentos de mi vida.
Dos meses antes de que Flos y Lucky llegaran a mi vida, la persona más importante para mí se había marchado, dejándome desolada y con un vacío en mi interior que no creía posible volver a llenar.
Gadea, mi amona, mi ejemplo a seguir, mi ancla, mi amiga y la mujer que estuvo para mí desde mi nacimiento y en el peor momento de mi vida hasta ese momento, me dejó un día de invierno.
Lo hizo sin hacer ruido, lo hizo feliz, lo hizo en su cama, en la que se acostó esa noche después de darme un beso de buenas noches, y ya no se levantó al día siguiente. Murió mientras dormía.
Los médicos dijeron que no sufrió, que su corazón se detuvo mientras dormía y que se había ido en paz.
Aun dos años después de su marcha, la seguía echando de menos cada día. Pero ya no dolía recordarla. Ahora la recordaba con cariño y sonreía al evocar las muchas cosas que habíamos vivido juntas desde que decidí irme a vivir con ella tras aquel golpe tan fuerte en el instituto.
Después de aquella conversación con mis padres, aquel día que prefería no recordar, solo tardé dos días en hacer las maletas y venirme no solo de visita, sino a vivir definitivamente con mi abuela.
La risa se me sale sola cuando entramos por la puerta aquel día, y mis padres le contaron lo que había pasado, porque yo ni quería ni podía hablar de ello.
Nunca en la vida había visto a mi abuela tan enfadada; por su boca no solo salieron sapos y culebras, sino un zoo entero, vistiendo de limpio a todos mis compañeros, pero sobre todo a mis amigos.
Mis padres también le contaron a ella mis planes de estudiar a distancia y ella estuvo totalmente de acuerdo.
Dijo que ese siempre había sido mi sitio de paz y que estar allí me ayudaría a dejar todo lo feo atrás y que me ayudaría a sanar.
Sané. Sí que lo hice. Y no solo con su ayuda, sino con la de mis padres, que estuvieron pendientes en todo momento, y también con la de Nerea, que después de echarme la bronca del siglo por mentirla, me agarró la mano y me dijo: «Yo te ayudaré a seguir y, si hace falta, te arrastraré hasta que lo consigas».
El primer año fue duro, muy duro. Las pesadillas con aquella dichosa foto y las risas, sobre todo las de mis amigos, me despertaban por las noches, entre chillidos y sollozos .
Las crisis de ansiedad se repitieron durante meses, aunque ninguna fue tan fuerte como la primera, ya que no llegué a desmayarme.
Pero lo peor, sin duda, fue lo muchísimo que les costó ayudarme a aceptarme a mí misma y a mis manchas otra vez. La ropa oscura y de manga larga volvió a mi vida y me acompañó durante ese primer año de noche y de día.
Eso fue hasta que mi abuela y Nerea se hartaron de verme en ese estado, según dijeron, por el daño que me habían hecho cuatro cabrones sin corazón, y me forzaron a dejar esa ropa de manera radical.
Solté una risita, lo que hizo que Flos y Lucky levantaran las orejas al oírme, al recordar la manera en que lo hicieron.
Una mañana, cuando me levanté, mi abuela me hizo salir al jardín. Allí estaba Nerea, con toda mi ropa de funeral, como mi abuela la llamaba, amontonada, formando una pirámide.
—Hoy se acaba esto. Así que o te pones la otra ropa que tienes o sales desnuda a la calle; tú eliges.
Eso fue lo que me dijo mi abuela mientras Nerea tiraba una cerilla sobre la ropa que luego supe que estaba impregnada de gasolina para quemarla por completo.
—¿De qué te ríes?
La voz de Nerea, a la que no había oído llegar, me hizo girar la cabeza para ver que estaba sentándose en la hamaca que estaba junto a la mía, también con un café en la mano .
—Del día en el que tú y mi abuela me quemasteis toda la ropa justo ahí mismo —contesté señalando el lugar.
Nerea soltó una carcajada.
—Eso fue la hostia, tu cara fue un poema. Pero funcionó, y eso es lo importante. Porque dejaste el maldito luto, como decía la amona.
Nerea había terminado queriendo a mi abuela casi tanto como yo y, casi desde que me vine a vivir a su casa, pasaba más horas con nosotras que en la suya, así que terminó llamándola amona también.
Pero que estuviera sentada a mi lado en esos momentos no era una de esas tantas veces en que venía de visita.
La razón por la que estaba allí era que vivía en la casa de mi abuela, ahora la mía, casi desde que ella murió.
No fue algo que decidiéramos ni que yo le pidiera ni que ella sugiriera; simplemente pasó. Un día, viéndome muy mal y llorando por la pérdida de nuestra amona, se quedó a pasar la noche conmigo, y eso pasó muchas veces más en los meses siguientes.
Hasta que un día le dije: «Quédate», y ella me contestó: «Me quedo». Y así fue como, sin planearlo, simplemente por las circunstancias ya llevábamos dos años viviendo juntas.
Ella que vivía en la casa en la que siempre vivió con su madre que era de alquiler porque la mujer nunca tuvo la opción de comprarla por falta de recursos.
Así no tuvo problemas en coger sus cosas traerlas a mi casa y dejar el alquiler que ella con esfuerzo seguía pagando además del de el local de la cafetería que pequeño no era.
El primer mes que se quedó definitivamente conmigo, quiso pagarme dinero por vivir en casa, pero la mandé a paseo y le dije que, si volvía a sugerirme algo así, le tiraría todas sus cosas a la piscina y ella iría detrás.
La cafetería iba bien, pero tampoco era que ganara un gran sueldo: lo justo para vivir y darse ciertos caprichos de vez en cuando. Así que no tener que pagar el alquiler de la casa la dejaba respirar económicamente mucho más.
—La sigo echando de menos —dije con un nudo en la garganta.
—Yo también. Y es que Gadea era mucha Gadea y dejaba huella allá donde iba y en toda la gente.
—Era de armas tomar.
Las dos nos miramos y nos echamos a reír porque mis palabras no podían ser más ciertas: mi abuela era única en su especie.
—Cada día doy gracias porque se cruzará en mi vida y también porque llevará a su nieta a mi cafetería.
—Yo también se las doy por llevarme.
Suspiramos las dos a la vez antes de dar el último trago al café que nos quedaba.
—¿Has terminado el libro?
—Sí. Lo terminé anoche. Luego se lo mandaré a la editorial.
—Estoy deseando verlo impreso y poder poner otro de la colección de la Ratita Azul en la cafetería .
—Pues tardará aún alguna semana, ya sabes cómo va el proceso.
—Lo sé, pero aun así estoy ansiosa
No dije nada, pero yo también estaba ansiosa. Como cada vez que llegaba el momento de sacar un libro nuevo.
Con los que ya tenía publicados, era algo que la gente podría pensar que te habías acostumbrado. Pues no, cada nuevo libro te genera incertidumbre y muchos nervios internos cuando sale a la luz.
Piensas todo el tiempo en si gustará, en si los niños disfrutarán leyendo lo que has escrito y en si tendrá buena acogida, y te dará la seguridad de poder seguir dedicándote a ello.
La publicación de mi primer libro solo un año después de llegar a Ea y con solo diecinueve años y teniendo solo el primer año de carrera terminado fue una locura.
Esos primeros meses, en los que, prácticamente por lo que me había pasado, estuve recluida en la casa sin salir más que porque Nerea o mi abuela me obligaban, escribí el primero.
Lo mandé a una editorial infantil sin expectativas de nada solo por probar me dije.
Pues me sorprendí y mucho cuando un mes después me llamaron para decirme que le había parecido buenísimo y que me lo iban a publicar.
Después de ese vinieron más, hasta llegar a un total de veinte que era justo el que mandaría ese día. Todos ellos bajo seudónimo. Uno que me costó elegir pero que con la ayuda de mi abuela pienso que fue un total acierto porque a la gente y a los niños les encantaba.
Ratita Azul. Ese fue el elegido. Ratita porque era la manera en la que me llamaba mi abuela en la intimidad y Azul porque ella me recordó cómo me gustaba de pequeña que me pusiera en el pelo lazos de ese color.
Así que además de sentirme muy orgullosa del nombre porque había tenido desde el principio muy buena acogida, lo hacía porque en cada publicación mi abuela también estaba presente.
—Hora de empezar el día chicos —dijo Nerea levantándose de la hamaca.
—Sí, hora de ponernos en marcha.
Las dos subimos a las habitaciones para cambiarnos. Nerea para irse a abrir la cafetería como cada día y yo para ir a la playa a correr como hacía por las mañanas varios días a la semana.
Nos despedimos en la puerta con un beso y cada una tiró para un lado.