Capítulo 12
Una semana después del cumpleaños de los mellizos, en el instituto prepararon, como cada año, una fiesta de graduación para los alumnos de segundo que terminaban esa etapa.
A la fiesta acudirían todos los alumnos y los padres de los graduados y, después del discurso que, como no podía ser de otra manera, daría Andrea, habría en el gimnasio una postfiesta en la que servirían un aperitivo para todos.
—Estás preciosa, cariño. Estoy muy orgullosa de ti, eres la que mejores notas ha tenido de todos los alumnos. Tenías que haber sido tú la que diera el discurso —dijo mi madre, emocionada, susurrándome mientras Andrea hablaba.
—Sabes que lo de hablar en público no es lo mío, ama.
—Bueno, pero si se le hubieras escrito tú, seguro que habría estado mejor.
En eso no podía quitarle la razón, porque lo que Andrea estaba hablando en el discurso de graduación tenía poco, ya que lo que más hizo fue hablar de ella misma.
Al acabar, nuestros padres nos reunieron a todos para darnos la enhorabuena.
—Ahora que estamos todos juntos, Eneko y yo queremos contaros algo .
Cuando Andrea dijo eso, fruncí el ceño porque no me gustó el tono con que lo dijo. Busqué la mirada de Eneko, pero en cuanto nuestros ojos se encontraron, me la retiró y ahí me temí que lo que pasaría a continuación sería algo muy malo.
—¿Qué queréis decirnos, hija?
—Que estamos juntos. Somos pareja oficialmente —dijo mientras le agarraba la cara y le plantaba un beso en los labios.
—Cuánto me alegro, cariño. Estaba claro desde siempre que estabais destinados —le dijo su madre, dándole primero un abrazo a ella y después a Eneko.
Apreté los puños tanto que me clavé las uñas en la carne y me contuve todo lo que pude para no derrumbarme allí mismo.
¿Cómo había sido capaz de engañarme así? ¿Cómo era posible que estuvieran juntos, si nosotros también lo estábamos? O eso creía yo.
—¿Y desde cuándo estás con mi hermana, tío? Porque yo esto no me lo he visto venir.
Andre no le dejó contestar; fue ella misma la que nos puso al tanto de todo.
—Tonteando llevamos desde el verano, ya me entiendes. Pero siendo pareja oficial desde nuestro cumpleaños.
¿Cómo se podía ser tan cabrón y llevar desde el verano tonteando con ella y, por lo que había dicho, acostándose también a la vez que lo hacía conmigo? Lo suyo no tenía nombre.
—Enhorabuena, sois tal para cual —dije con sorna .
—Por favor, pueden ir pasando al gimnasio —dijo el director, haciendo que la conversación se cortara ahí.
Todos nos movimos para seguir a la multitud y, en un momento dado, entre tanta gente, noté que alguien me agarraba del brazo.
Al girarme, vi que era Eneko.
—Esta noche te espero en la piscina; tenemos que hablar.
Solté una risita amarga.
—¿En la piscina? ¿Para qué? ¿Para follarme antes o después de que a tu novia y celebrar la graduación?
—Joder, Amaia, las cosas no han sido así. No han pasado como ella ha dicho; me gustaría explicarte…
Ni le dejé terminar.
—Mira, te puedes meter por el culo tu explicación. Esto —dije señalándonos a los dos— ha sido una mierda desde el principio; solo me querías para lo que me querías mientras no tenías a otra con la que revolcarte.
—Joder, que no. No pienses eso, por favor. Yo te quie…
—Ni se te ocurra acabar esa frase, porque sería la mayor mentira que nadie haya dicho nunca.
—Amaia…
—Desde luego que os merecéis el uno al otro. Hacéis una pareja maravillosa. Te deseo toda la suerte del mundo. Porque déjame decirte una cosa, la vas a necesitar.
Frunció el ceño.
—¿Por qué me dices eso?
Reí con amargura .
—Porque Andrea no es capaz de querer a nadie. Solo se quiere a sí misma. Pero ya te darás cuenta.
—Amaia, yo…
—Tú, nada. Maldita la hora en la que me enamoré de ti y maldita la hora en la que consentí que me mantuvieras escondida como si fuera un sucio secreto.
Me miró con los ojos como platos.
—No te sorprendas tanto, sabes de sobra lo que sentía por ti. Pero tranquilo, no te culpo. La única culpable de irme a mi casa con el corazón roto soy yo. Nunca debí permitir esto, así que me lo tengo bien merecido por ser una idiota.
—Joder, no digas eso, no eres idiota ni mucho menos un sucio secreto.
—Por supuesto que lo soy. Al menos se sinceró por una vez. O mejor no digas nada más. No quiero seguir hablando de esto ni de nada contigo nunca más. Que te vaya bonito, Eneko.
Me di la vuelta y caminé entre la gente en busca de mis padres. Y allí llegué con la cabeza alta, sin derrumbarme. Ya lo haría más tarde. Pero allí no. No le daría a Andrea la satisfacción de verme caer.
Cinco minutos después, el director se dirigió a los alumnos para felicitarnos y desearnos todo lo mejor en nuestra siguiente etapa.
—Y ahora veremos un video de todos los alumnos que algunos han preparado a lo largo de toda su etapa en nuestro instituto durante estos años.
El video no fue nada del otro mundo. Fotos y algún video de todos nosotros .
Lo impactante fue la última imagen que salió, con la que la gente, en un principio, se quedó en completo silencio. Pero unos segundos después empezaron a oírse las risas de la mayoría de mis compañeros.
De los profesores y de los padres no hubo ninguna.
La última imagen era la mía en la cama de la habitación de invitados de la casa de Bosco y Andrea, en ropa interior, completamente dormida.
Pero lo peor no era la imagen, sino las palabras que la acompañaban. «La vaquita ronca como una cerda».
Miré a mi alrededor. Andrea se reía a carcajadas. Edurne la acompañaba y decenas de compañeros lo hacían también. Fue el peor momento de mi vida.
Pero lo peor y lo que más me dolió de todo fue que Bosco, mi amigo, mi hermano del alma, también se había unido a esas risas. La traición de Eneko me partió el corazón, pero la de Bosco me partió el alma.
Quise desaparecer, deseé con todas mis fuerzas estar en cualquier otro lugar que no fuera ese, viviendo el momento más humillante de mi vida en el que todos mis compañeros, sus padres y hermanos y los que habían sido mis profesores me estaban viendo casi desnuda y con todas mis manchas al descubierto.
Esas manchas que, al completo, solo me había visto yo.
—Amaia, hija, respira.
La voz de mi madre me llegó distorsionada; aun así, supe que estaba llorando.
Mi corazón empezó a latir rápido, muy rápido, y mi respiración se aceleró tanto que el aire no me llegaba a los pulmones. Después de eso no recuerdo nada más, solo un grito de mi padre y la más completa oscuridad.
Me desperté en una habitación que reconocí como la de un hospital una hora después. Seguía llevando el mismo vestido puesto, el mismo recogido en el pelo, aunque algo despeinado.
Mis padres estaban allí a mi lado. Eran los mismos de siempre, aunque sus miradas estaban llenas de preocupación, consternación y también algo de enfado. La que no era la misma era yo y nunca más lo sería.
—Amaia, hija, menos mal que al fin despiertas, nos has dado un susto de muerte —dijo mi madre mientras me abrazaba fuerte contra su pecho.
Antes de que ninguno dijéramos nada más, entró una enfermera a tomarme las constantes y, a continuación, un médico que nos explicó que había tenido un ataque de ansiedad tan grande que había acabado desmayándome.
El médico, que era joven, mucho y muy guapo, que todo hay que decirlo, se sentó a mi lado en la cama para hablarme directamente.
—Voy a darte el alta. Pero si notas que vuelves a sentirte mal, debes volver a venir de inmediato. Puede que, si estás pasando por un mal momento y esto no ha sido algo puntual, haya que derivarte a psiquiatría.
—No se repetirá. No dejaré que se repita.
—No es algo que tú puedas controlar. Si hay un motivo, puede repetirse en cualquier momento.
—Lo hay, pero ya no lo habrá más .
—Está bien. Pero, por favor, hazme caso; si te notas mal, vuelve. Y si esto ha tenido algo que ver —dijo tocando una de las manchas de mi mano con sus dedos—, debes saber que no es un problema.
Retiré la mirada; no quería que viera la verdad en mis ojos.
Ese fue mi error. Fue justo lo que le hizo darse cuenta de la razón por la que me había dado el ataque. Al menos, mi enfermedad había sido parte de la causa para que hicieran lo que me habían hecho.
Humillarme, hundirme, ridiculizarme y exponer mi cuerpo al mundo para que se rían cruelmente de mí.
Se quedó callado unos segundos y, al ver que no decía nada, volví a mirarle a los ojos. Ahí me sonrió como si estuviera esperando que hiciera precisamente eso, prestarle toda mi atención.
—Quiero que recuerdes algo.
—¿El qué?
—Hay personas que solo verán las manchas.
Tragué saliva y contuve las lágrimas que se me empezaron a formar en los ojos.
—Sí.
—Pero también hay personas que ni siquiera las verán, porque solo te mirarán a ti —dijo echando una mirada de reojo a mis padres para que le entendiera mejor.
Asentí porque no sabía qué contestarle.
—Procura quedarte con las segundas; son las que realmente merecen la pena.
Dos lágrimas me cayeron por las mejillas .
—Gracias… —Susurré.
—No me las des, solo sigue adelante.
—Lo haré.
Se fue a levantar de la cama, pero antes y sin que nadie le oyera, solo yo, me susurró.
—Yo no las he visto en ningún momento. Solo he visto a una chica rota con los ojos más bonitos que he visto en mi vida.
Contuve la respiración hasta que salió de la habitación, seguido por la enfermera.
Mis padres me ayudaron a levantarme de la cama y nos marchamos del hospital en silencio. Silencio que duró hasta que llegamos a casa.
Y pensé que me dejarían descansar y no me preguntarían nada, al menos de momento, pero no hubo suerte. Mi madre me llevó de la mano hasta la cocina y me hizo sentarme en un taburete.
Preparó tres infusiones y cuando puso las tres tazas en la isla de la cocina, entonces fue cuando rompió el silencio.
—Habla.
—No tengo nada que decir; habéis visto lo mismo que yo.
—Amaia, hoy se terminan las mentiras. No vas a decirnos ni una más.
—Yo no…
—Tú sí. En ese gimnasio me he dado cuenta de muchas cosas. Más de la que me gustaría. Pero lo principal es que llevas meses mintiendo, diciéndonos a todos que las cosas iban bien y está claro que no es así .
No puede más; ver cómo mis padres estaban sufriendo hizo que me acabara de romper del todo. Y le conté algunas cosas, solo las más obvias para haber terminado así.
Lo que había pasado con Eneko me lo guardé. Pero si les conté que ese curso lo había pasado muy mal por el vacío que hasta mis amigos, incluido Bosco, me habían hecho.
Les hablé de las risas, de los comentarios, de cómo para protegerme yo me había aislado cada día más y les pedí perdón por haberles mentido, pero les expliqué que lo hice para no preocuparles.
Dijeron muy enfadados que hablarían con los padres de los mellizos y de Eneko y que intentarían descubrir quién había hecho la maldita foto.
Les rogué que no lo hicieran, que no quería sentirme peor porque ellos perdieran su amistad, esa de tantos años con sus amigos. Como también les pedí que dejaran estar lo de la foto, que solo quería olvidarlo.
De todas maneras, a mí no me hacía falta ni investigar, ni preguntar siquiera quién lo había podido hacer; lo sabía de sobra. Había sido Andrea.
—Si quieres, podemos buscar otra universidad. No creo que allí, viendo a la mayoría de los chicos, te sientas bien.
—No.
—¿No? ¿Entonces vas a ir allí a estudiar literatura?
—Sí que voy a estudiar literatura, pero no en la facultad.
—No entiendo —dijo mi padre .
No era una idea que se me acabara de ocurrir. Era algo que me había rondado la cabeza muchas veces, pero no me había atrevido a dar el paso, porque si lo hacía, tendría que dar muchas explicaciones de por qué lo hacía.
Pero como ya había dado las explicaciones, solo me quedaba dar el paso.
—Estudiaré en Ea.
—¿En Ea? Allí no hay facultad.
—Lo sé, aita, lo haré a distancia.
Los dos me miraron guardando silencio unos segundos.
—Esto ya lo tenías pensado, ¿verdad?
Asentí. Se miraron. Me miraron. Y volvieron a mirarse.
—Si es lo que quieres y lo que necesitas, nosotros te apoyaremos en todo —dijo mi padre cogiéndome de la mano.
—Ese siempre ha sido tu lugar preferido en el mundo —añadió mi madre emocionada.
—Y siempre lo será, ama.
—Pues ya está todo dicho.
—Nosotros podemos…
—No —dije cortando a mi padre porque adiviné lo que iba a decir y eso sí que no lo iba a permitir.
—Vuestra vida está aquí. Hablaremos todos los días. Nos veremos todo lo posible cuando podáis ir —dije dejando claro que no iba a volver—, pero allí me voy yo a seguir con mi vida; vosotros tenéis que seguir con la vuestra .
—El hombre que tenga la gran suerte de compartir tu vida ni se imagina lo maravillosa que es la persona que se lleva.
—Pues espero tener suerte yo también, y que el que me toque en gracia también lo sea.
Los tres nos echamos a reír y a llorar a la vez que nos fundíamos en un abrazo, que no fue de despedida, sino de comienzo.
Y allí, en esa cocina, fue donde tomé la decisión que cambiaría mi vida, sin saber en ese momento que el pasado siempre vuelve.
Pero hay veces que lo hace para mal y otras para bien.