Yo solo te veo a ti Capítulo 11
31%

Capítulo 11

Los meses fueron pasando y, por fin, el curso estaba a punto de llegar a su fin. Tan solo quedaban quince días para que terminara.

Todos nos habíamos presentado ya a la PAU y la habíamos aprobado sin problemas, aunque mis notas fueron las mejores, con bastante diferencia respecto a las de todos los demás.

No haber salido de casa más que los fines de semana que fui a Ea y las muchas horas que pasé sola, en vez de perder el tiempo o compadecerme, las empleé en estudiar y escribir.

El panorama con los chicos siguió exactamente igual. Y otras cosas también fueron diferentes a las de otros años. ¿Cómo no celebrar mi cumpleaños en marzo con una gran fiesta con todos en el jardín de casa, como siempre habíamos hecho?

Ese año, mi cumpleaños coincidió con las vacaciones de Semana Santa y, una vez más, Andrea se las ingenió para organizar un viaje al que, por supuesto, yo no fui.

En esa ocasión fue un viaje a la nieve. Ahí me costó buscar una excusa para decir que no iba, pero los astros se alinearon echándome una mano porque dos días antes de que se marcharan cogí la gripe y, aunque estuve malísima, me dio la oportunidad de no tener que mentir a mi familia una vez más .

El distanciamiento con Bosco también fue en aumento; que su novia fuera la mejor amiga de Andrea ayudó a que eso pasara.

No fue así con Eneko, con el que seguí viéndome en secreto. Aunque, gracias a que Nerea estuvo por mensajes y llamadas, y junto a mí los fines de semana que fui, y a mi abuela también, esos meses los pasé mucho mejor y no me sentí tan sola.

Cogí aire antes de salir de mi habitación para ir con mis padres a casa de Andrea y Bosco a comer.

No había podido inventarme ninguna excusa para librarme de la comida que sus padres darían por el cumpleaños de los mellizos, así que me tocaría sacar mi vena de actriz y pasar el día lo mejor posible.

—Amaia, es hora de irse. ¿Estás lista, cielo?

—Sí, solo me queda coger el bolso y ya estoy.

Bajé y mis padres ya me estaban esperando.

Nada más llegar, vimos el despliegue que seguramente había sido idea de Andrea y que tenían montado en la casa. La casa parecía decorada como si fuera a haber una recepción real.

Después de las felicitaciones oportunas y los cumplidos de lo guapos y mayores estábamos los cuatro que volaron en todas las direcciones, nos sentamos a comer.

—Bueno, chicos, ¿estáis preparados para empezar la universidad después del verano? —nos preguntó la madre de Eneko .

—Por supuesto. Tengo muchas ganas de empezar. La nueva generación de arquitectos está en camino. Seremos vuestros sucesores.

Las palabras de Bosco hicieron que mi madre frunciera el ceño porque yo no iba a estudiar arquitectura como ellos tres y, si nuestra relación seguía siendo igual de buena como yo les había hecho creer, era rarísimo que dijera eso.

Agaché la cabeza porque no supe qué decir en ese momento.

—No todos tendremos sucesor; Amaia no va a hacer arquitectura —dijo mi padre, que estaba igual de extrañado que mi madre.

Las cabezas de todos se giraron como si estuvieran sincronizadas para mirarme.

—¿No vas a estudiar lo mismo que nosotros? —Me preguntó Bosco.

—No.

—¿Por qué no nos lo has dicho?

Porque apenas hablamos más allá de cuatro frases a diario, quise decirle, pero como sabía que me lo preguntaría en cuanto tuviera ocasión y estuviéramos solos, así que callé.

—Pensé que sí lo había hecho —contesté encogiéndome de hombros.

—Si no vas a hacer arquitectura, ¿qué vas a estudiar, Amaia? Con tus notas puedes elegir la carrera que quieras, incluso la de medicina.

—¿Medicina? No, gracias —contesté al padre de Bosco, haciéndole reír por la cara rara que puse .

—Entonces, ¿cuál?

—Lengua y literatura.

—Es una buena carrera también. Con ella tendrás muchas salidas —dijo la madre de Eneko.

—Sí, eso pensamos nosotros también cuando nos lo dijo. Lo bueno es que la facultad donde se estudia ese grado está al lado de la de arquitectura y podrán ir desde aquí todos juntos en un solo coche.

Las palabras de mi madre casi me hacen echarme a reír a carcajadas allí mismo. ¿Todos juntos? Sí, claro, en eso mismo estaba pensando yo, en ir con ellos y ellos conmigo, claro.

Con la cebra o la vaquita, como me llamaba Andrea a todas horas, ni a la vuelta de la esquina irían, no fuera a ser que alguien les relacionara conmigo y ocurriera una catástrofe mundial por tal acto.

—Claro, será genial seguir todos juntos —dijo Andrea sonriendo.

Tuve que morderme los labios para montar allí una escena. No se podía ser más cínica. Pero claro, delante de los padres de todos hizo lo que siempre hacía. Decir lo que esperaban que dijera la buena niña que todos pensaban que era para quedar de puta madre.

Ya habíamos terminado de comer, así que busqué una de las excusas más usadas para levantarme e ir a respirar a otro sitio, yo sola, por unos minutos.

—Voy al baño un momento.

Me levanté de la mesa y mi madre y la de los chicos se pusieron de pie también para empezar a recogerla .

Entré en el baño que estaba en la planta baja y me agarré al lavabo con las dos manos, cerré los ojos y, mientras hacía respiraciones profundas, fui contando para calmarme.

—¿Estás bien?

Me llevé la mano al pecho y pegué tal bote del susto que, si Bosco no me hubiera agarrado, me habría caído contra la pared.

—Joder, Bosco, casi me matas de un infarto.

—Lo siento, no quería asustarte.

—¿Qué haces aquí?

—Hablar contigo.

Levanté una ceja y le miré con cara de: «¿En serio? No hablamos casi nunca y te cuelas en el baño de tu casa, detrás de mí, para tener una conversación».

—¿Qué quieres, Bosco? No creo que tengamos nada de qué hablar.

—Joder, claro que sí. Te echo de menos, Amaia. Y me jode muchísimo enterarme así de que vas a hacer literatura. ¿Cuándo hemos dejado de ser nosotros?

Se me puso tal nudo en la garganta que tuve que tragar saliva dos veces antes de poder contestarle.

—Yo sigo siendo la misma. Con manchas, pero la misma. Y sigo estando en el mismo sitio.

Agachó la cabeza, avergonzado, porque sabía que mis palabras eran ciertas. Él había sido el que cambió. Él ya no estaba y apenas hablábamos porque así lo había querido.

—Lo siento… perdóname por no estar .

—Yo también lo siento. Pero no te preocupes, no estoy enfadada. Antes del verano ya sabía lo que me esperaba este curso, así que tuve meses para prepararme.

—¿Lo sabías? —me preguntó asombrado.

Solté una risa amarga.

—Lo supe en cuanto os conté lo que me pasaba. Y lo corroboré cuando tu hermana propuso un campamento al que sabía que yo no iría para no exponerse.

—Joder, Amaia…

—Bosco, no importa, ¿vale? Siempre serás mi mejor amigo, aunque estás cerca, pero a la vez lejos. Me alegro muchísimo de que hayas conseguido entrar en Arquitectura como siempre has querido y también me alegro mucho de que las cosas con Edurne te vayan muy bien.

—¡Chicos, es hora de preparar la fiesta!

La voz de su madre desde alguna parte de la casa cortó nuestra conversación.

—Venga, vamos a salir; tenéis que preparar la fiesta de esta noche.

—¿Tenemos? ¿O es que no piensas quedarte?

Le miré unos segundos sin decir nada.

¿A la fiesta? Ni de coña iba a quedarme en una fiesta en la que no era bien recibida y a la que ni siquiera me habían invitado.

Andrea había convencido a sus padres para que les dejaran a ella y a su hermano la casa para celebrar la fiesta de su decimoctavo cumpleaños. Iba a venir, que yo supiera, toda nuestra clase y muchísimos más chicos del instituto. Vamos, que iba a ser la fiesta del año .

Una fiesta en la que yo no pintaba nada.

—Sí, claro. Me quedaré a ayudaros a decorar y preparar todo.

—Y a la fiesta de después también.

—No. Sabes que no es buena idea que tu hermana no me quiera aquí.

—Pero yo sí y también es mi cumpleaños. Invito a quien quiero. Y mi mejor amiga no puede faltar en mi celebración de mi mayoría de edad.

Por un momento en ese baño, parecíamos los mismos Bosco y Amaia de siempre. Parecía que nada hubiera pasado en esos meses.

—Lo pensaré.

—No. Te quedas. Por favor, Amaia… dime que te quedarás. Quiero que hablemos. Quiero que me cuentes tus planes y por qué vas a estudiar literatura. Quiero y necesito a mi amiga.

Joder, ¿quién podría negarse después de cómo me lo estaba pidiendo y la cara de pena que me estaba poniendo?, porque yo no pude hacerlo. Pese a todo, era mi mejor amigo y le seguía queriendo, aunque hubiera sido un capullo de marca mayor.

Asentí sonriendo.

No hubo más palabras, solo un abrazo entre nosotros. Un abrazo que ni sabía cuánto necesitaba hasta que me lo dio.

El resto de la tarde, mientras decorábamos, no puedo decir que fuera como en otros tiempos porque estaría mintiendo, pero sí que se parecía un poco .

Entre nuestros padres, todo fue bromas y risas, como siempre había sido, y entre Bosco y yo también las hubo, además de una conversación extensa en la que le conté mis planes de estudiar literatura porque me gustaría acabar escribiendo libros, y él me habló de Edurne, con la que las cosas no parecían tan ideales como parecían.

Me quedé en la fiesta. Y maldita la hora en la que tomé esa decisión.

No podría decir que fue divertida. Solo hablé con Bosco y con algunos compañeros de vez en cuando mientras bebíamos. Yo nunca había hecho eso, pero ellos parecían estar más que acostumbrados al ritmo que tuvieron durante toda la noche.

Yo, a la tercera copa que me tomé por insistencia de Bosco, empecé a encontrarme fatal y al final acabé tumbada en la cama de la habitación de invitados donde me había quedado cientos de veces.

Allí amanecí en ropa interior; ni recordaba cómo me quité mi ropa para poder meterme en la cama y dormir toda la noche. Pagué bien caro las copas que me había tomado; eso me lo recordó el dolor de cabeza que tuve al día siguiente.

Pero lo que no supe esa mañana cuando me levanté en aquella cama es que quedarme en aquella fiesta haría que mi vida, tal cual la conocía, diera un cambio radical.