Capítulo 10
Cogí mi mochila, la cazadora y el móvil para marcharme a buscar a Bosco en su casa.
Desde que tuvimos edad para ir al colegio solos, que estaba a quince minutos de la urbanización en la que vivíamos, lo habíamos hecho juntos.
Algunas veces Andrea se nos unía, aunque, como la señorita tenía que arreglarse como si fuera a una boda todos los días, no solíamos esperarla porque lo de llegar tarde era rutina en ella, además de que Eneko, al ser inseparables, era el que siempre, llegara tarde o no, la acompañaba.
Me estaba colgando la mochila al hombro cuando sonó mi móvil. Sonreí porque pensé que sería Nerea otra vez, para darme un consejo de última hora o quizás para pedirme una foto de la ropa que me había puesto.
Pero mi sonrisa se borró por completo al ver quién era y lo que ponía.
Bosco: Amaia, perdona, se me olvidó escribirte antes. No pases a buscarme; me he marchado ya. Quedé en ir a buscar a Edurne para ir juntos al insti. Nos vemos allí.
Genial, simplemente genial. Los cambios ya empiezan antes incluso de salir de casa. Pues perfecto que así sea, pensé mientras abría la puerta de casa para largarme .
Ni me molesté en contestarle. No hacía falta decir nada. Él lo había dicho todo.
En el camino hasta el instituto, no pude evitar pensar en Ea, en mi abuela, en Nerea, en lo bien que había estado allí y en las ganas que tenía de que acabara el curso para poder volver.
Aunque ya tenía pensado irme en autobús muchos fines de semana si mi padre no podía llevarme.
La llegada al instituto fue como había supuesto que sería. Incómoda.
Las miradas de reojo y las que no lo fueron tanto fue lo primero con lo que me encontré nada más llegar y sin que me diera tiempo ni a entrar dentro.
A eso le siguieron los cuchicheos a mi paso por el pasillo, las risas y los comentarios. Unos fueron preguntándose qué me habría pasado, otros confusos, otros de burla y otros con mala intención.
Pasé de todos, como les había dicho a mi abuela y a Nerea que haría.
No bajé la cabeza como muchos pensaron que haría; la llevé en mi sitio con la mirada al frente e hice como que ni veía ni oía nada.
Al entrar en la clase que me correspondía, en la que estaban también mis amigos, me encontré con el segundo cambio que me hizo contener las lágrimas y, por qué no decirlo, cabrearme un poco.
Desde que teníamos tres años y entramos en el colegio, nos sentaron juntos a Bosco y a mí aquel primer día tan lejano. Así había seguido siendo en los cursos siguientes .
Pero este ya no. Edurne estaba sentada a su lado.
—Amaia, yo…
A Bosco se le veía apurado al ver cómo me había quedado mirando el que, supuestamente, debería ser mi sitio, pero ni le dejé terminar lo que fuera a decir.
Seguramente un amago de disculpa que no sentía o una excusa que ni quería ni tenía ganas de oír.
—Tranquilo, todo está bien.
—Amaia… me alegro de verte. Te he echado de menos.
Sí, seguro que sí, quise contestarle, pero me callé.
Si me hubiera echado de menos, habría hecho que nos hubiéramos visto en algún momento de los dos días anteriores, que bien sabía, por boca de su madre, que yo ya había vuelto.
Pero, al parecer, estaba muy liado y no había tenido tiempo, o esa fue la excusa que me puso cuando le mandé un mensaje para decirle que había vuelto y que estaba deseando verle.
—Sí, yo también —contesté forzando una sonrisa.
Seguí por el pasillo, adelante, mirando dónde sentarme.
Cabezas negando. Mochilas puestas a toda prisa en los pupitres vacíos. Frases como «Ya está ocupado, llegará ahora» y miradas de «Ni se te ocurra sentarte a mi lado».
Eso fue lo que me encontré a mi paso. Y lo mejor, el saludo de Andrea antes de sentarme yo sola en la última fila en un pupitre que estaba solo al final de la clase.
—Vaya, Amaia, ni sé cómo te atreves a venir en manga corta. Joder, tápate, eso es asqueroso .
Eneko, que estaba sentado a su lado, no abrió la boca y retiró la mirada hacia un lado. Eso dolió más que las palabras malintencionadas de Andrea.
—Si te molesta, no mires.
—Oye, no te vayas a poner chulita.
—No me pongo de ninguna manera. A ti te da asco verme, pues es fácil; no me mires.
—¿Es contagioso? Si es así, deberías quedarte en tu casa y no ponernos en riesgo a todos.
La pregunta fue por parte de una de las amiguitas de Andrea y Edurne.
—No es contagioso, puedes quedarte tranquila. Aunque yo, que tú, debería preocuparme por otras cosas que sí lo son.
—¿Qué cosas? —preguntó frunciendo el ceño.
—La gilipollez.
Varios se echaron a reír y yo, por no calentar más el ambiente, me contuve para no hacer lo mismo.
—Me parece que los meses en Ea con tu abuela no te han sentado nada bien; vienes con los humos muy subidos.
Andrea estaba enfadada, muy enfadada, al ver que no había conseguido su propósito. Que no era otro más que conseguir quedar como la reina que se creía que era, haciendo lo que mejor se le daba, amilanando a la gente.
—Al contrario, me han sentado de maravilla. Ha sido un verano de aprendizaje y también en el que he abierto los ojos con muchas cosas.
—Buenos días, chicos. Sentaos, por favor. Sé que es el primer día, pero este año es el último antes de la PAU y tendréis que currar mucho ya desde el primer día. Así venga a sacar los libros.
El profesor de matemáticas, con quien tuvimos esa primera clase, fue quien cortó nuestra conversación al entrar, dando caña contra la puerta.
Andrea se giró en su silla para mirarme a la cara mientras el profesor empezó a explicar y me sonrió. Pero fue una sonrisa que no auguraba nada bueno, ya que venía acompañada de una frase que no dijo con su boca, pero sí con sus ojos.
«Te has sentenciado».
Y sí, eso fue precisamente lo que pasó, pero no fue por las palabras que dije aquel primer día en clase para no dejarme pisar.
La sentencia en mi persona para separarme de todos, Andrea ya me la había echado hacía mucho.
Lo de mi enfermedad fue solo la excusa perfecta para ella para terminar de conseguirlo.
Ese día no solo hubo los cambios en los que Bosco y yo ni fuimos juntos ni nos sentamos juntos; hubo muchos más.
En todas las clases me senté sola. Apenas hablé con nadie. Unos no se acercaron a mí por miedo a que les contagiara mis manchas, otros aleccionados por Andrea simplemente con mirarlos y otros por seguir la corriente a los demás.
En el recreo me vi sentada sola debajo de un árbol haciendo lo que, para mí, era como una terapia, aparte de que era lo que más me gustaba hacer en el mundo y a lo que me quería dedicar, escribir .
Escribir relatos o cuentos infantiles, ese era mi sueño. Y allí, debajo de ese árbol, mientras oía a todos reírse, bromear e incluso burlarse de mí, me juré que, por mucho que me hicieran, por mucho que quisieran destruirme, quitarme la ilusión de ese sueño, eso sí que no les permitiría quitármelo.
Otro cambio más fue que, igual que la ida al instituto, la hice sola; la vuelta también lo fue.
En la misma puerta de casa me encontré con mi madre, que se bajaba del coche, el que traía cargado hasta los topes de compra. Seguramente teníamos la despensa vacía, pensé mientras me acercaba para ayudarla a la vez que resoplaba.
—¿Has vuelto tú sola?
—Sí.
—¿Dónde está Bosco? —preguntó extrañada—. Siempre vienes con él.
—Pues ya no.
—¿Por qué? ¿Estáis enfadados? —preguntó preocupada.
—No, nada de eso. Está con su chica, ama.
—¿Y eso qué? Podéis venir los tres, ¿no? Ella también vive en esta urbanización.
Ahí fue cuando dije la primera mentira de las muchísimas que vinieron después para no preocupar o dejar ver a mis padres, a mi abuela y a Nerea lo mal que estaban las cosas y en la mierda que se había convertido mi vida.
—Ama… no quiero estar de sujetavelas. Y lo estaría en el camino a casa .
Asintió.
—¿Y en el insti qué tal?
—Bien. Ha sido genial volver a ver a todos.
—Y… lo de tu…
Mi madre no se atrevía a preguntar, por si mi respuesta no fuera buena. No sería yo la que permitiera que los míos lo pasaran porque yo lo estuviera pasando así; volví a mentir.
—Todo está bien, ama, nadie me ha dicho nada. Algunos me han mirado curiosos nada más. El resto han actuado con normalidad.
Mi madre sonrió antes de darme un abrazo.
—Me alegro mucho, cielo. Estaba preocupada. Los jóvenes a veces pueden ser un poco…
—Gilipollas, lo sé. Pero no es el caso. Así que quédate tranquila, ¿vale? Todo va bien.
Volvió a asentir y, entre las dos, metimos toda la compra en la casa.
Lo del primer día de instituto fue solo el primer paso del largo camino que me tocó recorrer. Porque durante los siguientes meses las cosas fueron muy parecidas.
Con Bosco y con Eneko fueron los únicos con los que seguí manteniendo contacto. Con el primero, mucho menos del que habíamos tenido siempre, ya que en clase me hablaba lo justo. Aunque fuera así, seguimos manteniendo más el contacto, aunque muy diferente al que habíamos tenido siempre.
Ya no venía a mi casa por las tardes a diario para estudiar juntos; solo lo hacía si ese día no había quedado con su chica o si su hermana, al ver que eso pasaba, no le enredaba con alguna excusa para que no pudiera venir conmigo.
Y, por supuesto, lo de quedar todos juntos los fines de semana, eso se acabó radicalmente.
Yo en casa ponía la excusa de que o no habían quedado, o que tenía que estudiar, o me marchaba a Ea con mi abuela y Nerea, a las que siempre les decía que todo iba bien. Aunque sospechaba que no me creían del todo, lo dejaban pasar al ver mi insistencia en que sí.
Y con Eneko, como no podía resistirme a él, desde que empezó el instituto, también volvió lo nuestro. Siempre a escondidas, claro.
Nos veíamos en la piscina climatizada cuando yo iba a nadar casi al anochecer y él se escapaba para vernos.
En los baños del insti, en la urbanización, en las zonas más apartadas, o en mi casa o en la suya, cuando no había nadie.
Éramos una pareja en las sombras. Una pareja, sí, porque con él tuve todas mis primeras veces.