Yo solo te veo a ti Capítulo 9
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Capítulo 9

Cuando abrí los ojos esa mañana, lo primero que hice fue resoplar y desear estar en otro sitio. Concretamente, donde había estado durante todo el verano. En Ea con mi abuela.

Pero eso ya no era posible.

Las clases de mi último año de bachillerato empezaban ese día y no tenía otra opción que ir al instituto. Que eso no era lo que me daba miedo, era reencontrarme con mis amigos o con lo que supuestamente lo eran.

Y digo supuestamente porque apenas había sabido nada de ellos en todo el verano.

De Andrea ni una sola noticia, ni un triste mensaje habíamos cruzado, nada que no esperara, la verdad.

Con Eneko había cruzado varios mensajes en todo el verano, pero pocos.

Y en ellos me había mandado varias fotos de los sitios tan chulos en los que habían estado, pero en ninguna me había dicho que ojalá hubiera estado yo allí con ellos ni tampoco en ninguna me había preguntado cómo estaba.

Con el que más contacto había tenido había sido con Bosco. Me había llamado un par de veces, igual que yo a él. Así como también bastantes mensajes. No diarios, pero al menos no se había olvidado de mí durante todo el verano .

Aunque ya iba con la idea hecha en mi cabeza de que ese curso no sería como los anteriores, al igual que nuestra relación no sería la de amigos inseparables que habíamos tenido siempre.

Con la chica que empezó a verse antes del verano ya era su novia oficial y, como debía de ser, su tiempo tendría que dedicárselo a ella y no a mí.

Así que se avecinaba un curso diferente.  Solo esperaba que no fuera muy duro y que no me lo hicieran pasar muy mal.  Con eso me conformaba.

Retiré la sábana hacia un lado y me senté en la cama. Resoplé una vez, por las pocas ganas que tenía de empezar la rutina antes de levantarme para darme una ducha.

Antes de entrar en la ducha, hice lo mismo que hacía cada mañana. Mirarme todo el cuerpo en el espejo cuando estaba desnuda.

Las manchas se habían extendido. Algunas, como las de los brazos y las manos, se habían extendido bastante. Así como también lo habían hecho las del pecho y varias en las piernas. Pero ya no me miraba y veía en mi reflejo el monstruo que había pensado que era al principio.

Ya me había aceptado como era o estaba en proceso de hacerlo del todo y eso se lo tenía que agradecer a mi abuela y a Nerea, que me habían ayudado muchísimo durante el verano.

Desde la ducha oí cómo sonaba mi móvil, avisándome de un mensaje. Sonreí porque estaba segura de quién era sin siquiera mirarlo .

Salí de la ducha, me puse el albornoz y fui directamente a coger el teléfono.

Como me esperaba, era la que, en esos meses, se había convertido en la que, como ella dijo el primer día que hablamos, no solo en mi amiga, sino en la mejor que tenía en esos momentos y en la que estaba segura al cien por cien de que eso no cambiaría nunca.

Mi abuela dijo que la cafetería de Nerea se convertiría en uno de mis sitios favoritos de Ea y así había sido.

Ni uno solo de los días de todos los que había pasado en Ea había perdonado mi visita a Nerea en su cafetería, excepto los lunes, que era el día en que cerraba por descanso.

Pero no porque cerrara nos habíamos dejado de ver, no, de eso nada. Todos los lunes los habíamos pasado juntas, en la playa, en la piscina, en casa de mi abuela o haciendo alguna excursión a sitios cercanos.

Ella tenía su grupo de amigos, a quienes me presentó.

Al principio fui un poco reticente, pensando que, al ser más mayores, no me aceptarían; nada más lejos de la realidad.

Me recibieron en su grupo con los brazos abiertos y me hicieron sentir muy a gusto desde el primer momento.

Los recuerdos de los veranos anteriores eran muy buenos, pero desde luego que este último se quedaría en mi memoria para siempre, poniéndose encabezando la lista como el mejor de todos .

Y lo sería por lo especial que había sido y por lo en paz que me había sentido. Había hecho muchas cosas a la vez, y entre todos me ayudaron a aceptar el cambio que mi cuerpo había sufrido.

Las charlas con mi abuela habían sido duras en muchas ocasiones, pero necesarias. Los paseos con ella recorriendo la playa y el pueblo estuvieron llenos de conversaciones profundas, de risas, de confesiones, y también hablamos mucho de mis planes para el futuro.

Con Nerea también hubo muchas charlas, pero sobre todo risas. Me había reído con ella en dos meses más que en todo el año junto con los demás.

Nerea y mi abuela eran, para mí, mis personas vitamina. Las que sabía que estarían para mí y que, si flojeaba, estarían para cogerme la mano y tirar de mí hacia arriba.

Al igual que le había dicho a Nerea mil veces, yo también estaría para ella cuando me necesitara.

Para ella el año anterior había sido muy duro. Había perdido a su madre después de meses horribles viendo cómo, sin posibilidad de que hubiera una solución, un cáncer la consumió.

Ella no tenía padre, ya que él también murió en un accidente cuando ella era apenas una niña de cuatro años. Y la única familia que le quedaba era un hermano cinco años mayor que ella que se había marchado de Ea a la universidad para estudiar medicina y, por desgracia, se veían poco.

No porque tuvieran mala relación, eso no. Sino porque él estaba muy liado con los estudios y, además, según me había contado un año atrás, se había echado una novia un poquito absorbente que no le dejaba ni a sol ni a sombra y acaparaba todo el tiempo libre que el chico tenía.

Así que estaba ella sola en el pueblo; bueno, sola no, porque mi abuela la había acogido bajo su ala y la trataba como si fuera una nieta igual que a mí, con broncas incluidas.

Me senté en la cama y abrí el chat.

Nerea: Buenos días, potxola. ¿Lista para empezar el primer día de tu último año de insti?

Amaia: Pufff, pues no tengo ninguna gana, la verdad.

Nerea: Ya sabes lo que hemos hablado, recuérdalo.

Amaia: Sí. La cabeza alta porque no tengo que avergonzarme de nada. Y al que no le guste, que no me mire y que le den bien dado.

Nerea: Perfecto, la teoría te la sabes genial. Ahora ponla en práctica.

Amaia: Nerea, tengo un poco de miedo.

Nerea: Lo sé, cariño. Pero no puedes dejar que ese miedo pueda contigo. Eres fuerte, ¿recuerdas? Además, Bosco estará allí, y esperemos que sea el buen amigo que ha sido siempre y que esté contigo.

Amaia: Eso espero yo también.

Nerea: Y al otro no le dejes que te besuqueé por los rincones; si quiere hacerlo a la luz del día, que no sois vampiros para tener que estar escondidos en la oscuridad .

Amaia: No sé qué pasará con él. Como te dije, es otra de las cosas que me tienen la cabeza loca, porque no tengo ni idea de en qué punto estamos.

Nerea: En breve saldrás de dudas.

Amaia: Sí, hoy será como un nuevo comienzo y no solo de curso.

Nerea: Tú intenta no agobiarte, ¿vale? Y ni falta hace que te diga que estoy aquí para lo que necesites, cualquier día y a cualquier hora. Estoy a una llamada de distancia.

Amaia: Lo sé. Tú también sabes que estoy aquí para lo que necesites.

Nerea: Y si se ponen farrucos, tú me llamas, que lo dejo todo y voy para allá a patear todos los culos que haga falta y a repartir collejas a dos manos sin medida ni control.

Solté una carcajada al imaginármela en esa situación, y no sería nada raro porque Nerea era todo corazón, pero cuando se enfadaba tenía una mala hostia increíble. Era de las que, cuando veías su mirada matadora, o te meabas encima del miedo o salías por patas corriendo sin mirar atrás.

Amaia: Yo te aviso, tranquila. Que sé que estás deseando venir a repartir. Ahora te dejo que ni me he vestido y, por ser el primer día, no quiero llegar tarde.

Nerea: Ni te imaginas cómo me gustaría ir a repartir, sobre todo a cierta niñata. Ni se te ocurra ponerte la ropa de funeral, o me enfadaré, y sabes que tu abuela también. Llámame luego, Ptoxola. Te quiero .

Amaia: No me la pondré, prometido. Luego te llamo. Yo también te quiero.

Sonreí mientras cerraba el chat y me levantaba para vestirme.

Como había prometido, no me puse ropa de funeral. Aunque tampoco me puse ropa con la que dejara toda mi piel al descubierto. Y eso no lo hacía por la vergüenza de que me vieran las manchas, sino porque ese no había sido nunca mi estilo. Yo era más de ropa cómoda que de ir embutida para lucirme.

Me puse unos vaqueros azules, una camiseta blanca de manga corta, mis deportivas del mismo color y, porque a primera hora ya empezaba a refrescar, cogí una cazadora vaquera.

Al bajar a la cocina, la única que estaba allí era mi madre. Al ver el desayuno que me había preparado, me puse los ojos en blanco, preguntándome si eso sería solo para ese día o para toda la semana. Aun así, mientras charlábamos, por no hacerle el feo, comí lo que pude.