Yo solo te veo a ti Capítulo 8
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Capítulo 8

Después de comer, mi abuela me pidió que fuéramos a dar un paseo por la playa. Pero le dije que prefería colocar el equipaje y que me diera media hora para hacerlo.

Para la edad que tenía, que eran sesenta y tres años, estaba mejor que muchas personas con la mitad de edad y eso seguramente era por la vida activa que tenía.

Ella no era de las que se quedaban en casa sin salir. Su paseo diario por la playa no lo perdona en ninguna época del año.

Además, en la piscina que tenía en su casa nadaba también en verano y el resto del tiempo tampoco paraba. Siempre estaba trajinando con algo.

Estábamos a primeros de julio y el calor ya apretaba, pero a ella le daba igual. Se untaba bien de protector, se ponía ropa fresca y con su sombrero de paja se tiraba a la calle a disfrutar de su pueblo y de sus gentes.

—Amaia, ¿estás preparada?

—Sí, ya bajo —le contesté mientras colocaba la última camiseta en el armario.

Cuando me vio aparecer, frunció el ceño.

—Sube ahora mismo y cámbiate de ropa; vamos a la playa, no a un funeral.

Resoplé aun sabiendo que en cuanto me viera con los que me había puesto, me diría algo como lo que me acababa de decir .

—Estoy bien así, abuela, no tengo calor.

—Pero yo sí lo tengo con solo verte. Y no me mientas, no lo has hecho nunca y no vas a empezar ahora.

Negué con la cabeza.

—Amona…

—Ratita, ¿crees que soy tonta? ¿Crees que no sé que te pones esa mierda de ropa para que nadie te vea?

Pues había dado en el clavo porque precisamente llevaba poniéndome ropa parecida, siguiendo el consejo de Andrea de que me tapara la piel lo más posible.

En esos momentos llevaba unos leggins negros largos hasta los tobillos y una camiseta de manga larga también negra.

Y en lo del calor sí que había mentido, porque el sol apretaba bien y me estaba cociendo, pero pensé que sería algo a lo que tendría que acostumbrarme si quería ir siempre tapada y que nadie me viera.

—Es que han crecido y…

—Y nada, Ainara. Han crecido y seguramente crecerán más y te saldrán por otros sitios también; ya te lo dijo el médico. Así que cuanto antes lo asumas, mejor.

—Amora, es que no quiero que me pregunten ni que me digan cosas…

—¿Cosas como las que te ha estado diciendo el bicho de Andrea para alejarte?

La miré con los ojos como platos, preguntándome cómo narices sabría ella eso, si yo no le había dicho nada .

—No te sorprendas tanto. Esa niña es mala de nacimiento y me puedo imaginar las palabras hirientes que lleva diciéndote estos meses. Y también creo saber la razón de ello.

Me rendí. Porque con mi abuela no podía ser de otra manera.

—Pues entonces ya sabes más que yo, porque no tengo ni idea de por qué me trata así y me dice ciertas cosas.

—Pues porque es una caprichosa que siempre quiere ser el centro de atención y, si tú estás al lado, pierde parte de él, y también pierde la atención de Eneko, al que quiere tener atado en corto. Y la de su hermano. Siempre le ha repateado que seáis tan amigos.

—¿Tú crees que es por eso?

—No solo lo creo, es que lo sé. Os he visto crecer y sé de qué pie cojeáis cada uno.

—Creo que ha elegido ese campamento para alejarme, sabiendo de antemano que no iría si todo era acuático.

—Mira, Amaia, no puedes dejar que nada ni nadie maneje tu vida. Tu enfermedad te acompañará el resto de tu vida. ¿Quieres que te maneje y te prive de hacer cosas, de disfrutar y, en conclusión, de vivir?

No, no quería eso. Desde luego que no lo quería.

—No.

—Pues entonces no la dejes que lo haga. Tienes manchas, ¿y qué? Otros son feos y no por eso se ponen un saco en la cabeza para que no los vean —dijo haciéndome reír .

—¿Entonces si me miran?

—Pues que miren.

—¿Y si preguntan?

—Pues al que quieras le contestas y al que no, que estudie si quiere saber.

—¿Y si se ríen?

—Si se ríen, el problema lo tienen ellos, no tú. Porque ahí demuestran que son tontos del culo al no respetar a una persona que no les ha hecho nada.

—¿Y con Andrea qué hago?

—Pues pasar de ella. Esa niña no te aporta nada. Tú solo quédate con la gente que suma. A los que te resten, cuanto más lejos, mejor.

—Me va a costar aceptarme.

—Yo no he dicho que lo hagas hoy. He dicho que lo hagas, pero a tu ritmo.

—Ama y Aita no me han mirado raro ni una vez, ni tú tampoco.

—Porque unas manchas no te definen. Porque sabemos que están ahí, pero ya está. Nosotros seguimos viendo a la Amaia de siempre, no vemos el vitíligo, te vemos a ti.

Mis ojos se llenaron de lágrimas. Porque ojalá todos me vieran como lo hacían mis padres y mi abuela y no como a un bicho raro.

—Respóndeme a una cosa.

—Dime.

—Si a Eneko le pasara algo parecido, te dejaría de gustar.

Ni tuve que pensar; la respuesta me salió sola .

—No. Porque su físico me gusta, claro está. Pero lo que realmente me gusta es cómo es él.

—Pues en eso es en lo que tienes que pensar.

—¿Qué quieres decir?

—Pues que las personas que te quieren y el hombre que esté destinado a ti no verán mancha alguna. Solo te verá a ti y le gustarás por cómo eres, no por lo que tengas en la piel.

—Y ahora, por favor, sube y ponte una camiseta de manga corta. Empezaremos la aceptación poco a poco.

Cogí aire y asentí.

Subí a la habitación mientras pensaba en todo lo que mi abuela me acababa de decir. Aunque fue duro escucharlo, tenía que reconocer que me había venido bien para abrir los ojos y decidir que tenía que aceptarme yo la primera si quería que los demás también lo hicieran.

El paseo por la playa fue estupendo. Reímos y saludamos a muchos conocidos que también paseaban o pasaban la tarde en la playa con sus familias; muchos de ellos, como yo, habían venido de la ciudad.

Algunos me miraron, pero no mal, sino con curiosidad.  Los que más confianza tenían se atrevieron a preguntar, pero de muy buenas formas al ver mis brazos. Y como lo hicieron bien y sin hacerme sentir incómoda, se lo dije sin hundirme.

Me sorprendieron mucho las respuestas de muchos de ellos.

«Da igual las manchas que tengas, sigues igual de bonita», dijeron unos. «Anda, pues yo conozco a fulano o a mengano que también lo tiene y lo llevan bien; eso sí, te vas a gastar un pastón en protector solar con lo que a ti te gusta la playa, niña», dijeron otros bromeando.

—¿Te has sentido incómoda? —me preguntó mi abuela al terminar el paseo.

—Lo cierto es que no. Todos me han preguntado de forma educada, y los que no lo han hecho me han mirado con curiosidad, pero no mal.

—Entonces ya has dado un paso más hacia la aceptación. Y por eso te has ganado un helado gigante en la nueva cafetería que han abierto.

—¿Han abierto una cafetería nueva? ¿Cuándo?

—Hace un mes. Es preciosa. Estoy segura de que te va a encantar. Y verás qué buenas migas haces con Nerea, es majísima.

—¿Nerea?

—Es la chica que la ha abierto. Lo mismo no te suena porque es cuatro años mayor que tú, pero ha vivido en el pueblo toda su vida con sus padres y su hermano.

—Por el nombre no sé quién es. Lo mismo, cuando la vea, la ubico mejor.

—Pues vamos a por ese helado y a ver a Nerea.

Quince minutos después, llegamos al centro del pueblo y mi abuela tenía razón, como siempre. Nada más ver la cafetería, me enamoró por completo.

Y es que no era una simple cafetería. Era una cafetería en la que Nerea había puesto estanterías por todas las paredes llenas de libros y, mientras te tomabas algo, podías coger el que querías para disfrutar de la lectura a la vez que de tu consumición.

Incluso te prestaba el libro si querías seguir leyéndolo en casa o te lo guardaba allí aparte para que cuando volviera no lo hubiera cogido otra persona y lo pudiera terminar.

Los libros eran mi pasión y ser escritora, mi sueño y meta de futuro, así que estar en un sitio como ese para mí era como estar en el paraíso.

—Amona es una maravilla, me encanta.

—Ya sabía yo que te iba a encantar. Este sitio se va a convertir en uno de tus favoritos de Ea.

—Ya lo ha hecho —contesté mientras nos acercábamos a la barra, haciéndola reír.

—Buenas tardes, Gadea. Qué bien acompañada te veo hoy.

—Hola, Nerea. Ella es mi nieta, Amaia.

—Lo sé —dijo riéndose—. La conozco desde que nació, además de que esos ojos grises la delatan como que es de tu sangre. Así que no hay probabilidad de error.

Me quedé mirándola y sí que era verdad que su cara me sonaba de verla por el pueblo, pero al sacarme cuatro años, nunca habíamos coincidido en las fiestas a las que nos juntábamos con más chicos de nuestra edad.

—A mí también me suenas. Pero creo que nunca hemos hablado.

—Así es. Nunca hemos cruzado palabra. Pero creo que eso va a cambiar.

—Ah, ¿sí ?

—Sí —dijo riéndose—. Has mirado la cafetería al entrar como si fuera el mejor de los lugares, así que vas a venir mucho, lo sé. Y eso hará que acabemos siendo amigas.

Y ninguna de las dos, en ese momento, sabía que ciertas se volverían sus palabras. Porque Nerea se volvería no solo mi amiga, sino también una persona totalmente imprescindible en mi vida.

—Pues me encantaría. Y sí, tienes razón, podría quedarme a vivir aquí.

A las tres nos echamos a reír.

Ni siquiera nos sentamos en una mesa. Nos quedamos en la barra comiendo el delicioso helado que Nerea nos puso, mientras en las dos horas que estuvimos allí no dejamos de hablar en ningún momento, sobre todo de libros.